Capítulo 11 #2
—Sí. Sé que no es un fantasma, si es lo que intentas decir.
—Pues no pierdas las esperanzas.
—Lo siento —murmuró Guiney reclinando la frente contra la ventanilla del coche.
—¿Lo sientes, por qué? —la observó Tom reduciendo aún más la velocidad.
—Por haberte metido en este lío. Se suponía que iba a ser mi problema, no el tuyo.
—Ahora es de los dos.
—A eso me refiero, no es justo para ti —Guiney expulsó el aliento violentamente—. Soy un monstruo, una bruja que trae desgracias; si valoras tu vida, aléjate de mi.
Tom detuvo el coche en la entrada y apagó los faros conteniendo el oxígeno.
—Pronto esto llegará a su fin. Ellos quieren al Guía, no a vosotras —contestó con voz tranquilizadora.
—¿Y si soy así toda la vida? —gritó ella quitándose el cinturón con ímpetu—. ¿Y si jamás dejo de ser perseguida o de percibir las auras de las personas? ¿Soportarás a alguien como yo? Si te hubiéramos borrado la memoria, tú…
—¿Qué dices, Guiney? —la interrumpió aferrándola de las muñecas con el fin de que no se echara a llorar, lo que hacía tan a menudo últimamente—. ¿Piensas que como amigo soy una cosa y como novio otra? Tú ocupas un lugar en mi corazón, no una categoría.
—Mis padres —anunció ella y se soltaron de inmediato.
Los padres de Guiney entreabrieron el portal de calle iluminando la acera, vestidos con más elegancia que lo habitual, y se aproximaron al vehículo a la vez que ellos desmontaban.
—Estaba a punto de llamarte —le indicó Vivianne a su hija—. Nos vamos a celebrar el cumpleaños de Trevor, te había escrito una nota.
—Ah, vale —forzó una sonrisa Guiney recordando que Daphne los había condicionado para asistir a un evento al que, en principio, no tenían pensado ir por la situación económica de la familia. Sin Daphne, la sugestión era casi imposible de revertir.
—¿Sabes si Robin y Hannah ya salieron? —Henry se dirigió a Tom algo suspicaz por la voz algo llorosa de su hija.
—Ni idea. Vivimos en la misma casa, pero no nos comunicamos demasiado —respondió él apartándose otros quince centímetros de Guiney.
—Solucionadlo —gruñó Henry en un gesto reprobatorio y a continuación prometió a Guiney: —No tardaremos mucho, no está bien que te quedes sola con lo que está ocurriendo.
—¿Por qué no te quedas tú a hacerle compañía? —sugirió Vivianne dando una palmadita en el hombro a Tom—. Así no estarás a solas tampoco. ¿Y si os ponéis una peli, escucháis música…? Hay pizza en el congelador.
—¿Por qué la gente decide sin consultarme? —Guiney fingió haberse ofendido.
—Solo piensan en lo que te conviene —retrucó Tom aceptando la propuesta.
—Está bien, no nos demoremos más o llegaremos tarde a los entremeses.
—¡Papá!
—Con lo caro que resulta Trevor cuando lo invitas… —chasqueó la lengua su madre sentándose en el asiento del copiloto —hay que aprovecharse al máximo. Puede que me traiga su centro de mesa.
Los vieron irse y los saludaron con la mano. Cuando ya no había más humo gris en el horizonte, entraron en el adosado.
***
—Ojalá hubiera una forma de advertir a Guiney. Si pone en marcha el plan que acordamos, irá ella solita a intercambiar al Guía por nosotras —le expuso Belle a Daphne yendo de un lado a otro.
—Tanto si hace eso, como si la rapta Étienne, estaremos a merced de los sanglent.
—¿Perdona? —inquirió de inmediato Belle desviándose de sus elucubraciones.
—Étienne ha hecho un trato con ellos, es por eso y no por sus actividades nocturnas que nos retiene aquí. Les ha exigido un alma… que me encargaré de despegarle nuevamente ni bien nos libremos de esta —amenazó Daphne.
—Hay que escapar de inmediato —apremió Belle centrándose en los trozos de cielo gris perlino que se entreveían a través de las altas copas ondulantes—. ¡Movámonos! —gritó y acto seguido comenzó a dar saltos y patadas, y a agitar los brazos.
Étienne detuvo parcialmente la marcha a pocos metros de la portezuela del sótano, encubierta por la caseta de piedra del jardinero.
El cuerpo adormecido de Belle se removía en una violencia tal que daba la impresión de que estuviera a punto de caminar solo, y a él no le convenía que divisaran a una zombi en las inmediaciones de su mansión.
Se acuclilló conteniendo las sacudidas convulsivas de la chica y destapó la entrada, arrojando rápidamente a Belle sobre los colchones apolillados, cerca de Daphne.
El vampiro reforzó las manillas empleando un candado del tamaño de un puño, guardándose la llave en el bolsillo. La madera enmohecida por la humedad no era en exceso resistente; sin embargo, sí era lo suficientemente gruesa para que no escaparan los sonidos al exterior.
Se precipitaron las primeras gotas y, a pesar de que las nubes la cubrían, la luna ya debía de alcanzar la fase de cuarto menguante.
Los finos zapatos negros de piel se escarcharon con el agua del césped cuando Étienne cruzó el jardín con dirección a la última casa que habría de allanar y cuyo umbral, como buen vampiro que era, iba a trasponer de noche.
***
Guiney le echó un vistazo al post it que su madre había adherido al estante de las especias despegándolo con una mueca.
—«Nos vamos al cumpleaños de Trevor. Cuida de los animales» —leyó ella—. Tendré que darte algo de comer, Tom —le dio una palmadita en la cabeza.
—Por suerte Vivianne lo arregla todo —le siguió el juego él hurgando en el congelador a la caza de la pizza prometida, que resbaló sobre la mesa con un sonido pétreo.
Mientras la chica llenaba los cuencos del perro y las gatas, que se abalanzaron como muertos de hambre, el chico encendió el microondas y puso la pizza a calentar.
Guiney permaneció unos segundos en el patio trasero junto a sus mascotas, observando cómo la luna era tapada paulatinamente por las nubes grises.
Sintió una oleada de frío que la obligó a recular a la cocina.
—Tardará unos minutos —la informó Tom arrellanándose en el sofá de la sala, encendiendo la televisión—. Había olvidado que había partido.
—¡Si en verano no hay Liga! —se acomodó ella a su lado.
—Es un amistoso entre las divisiones juveniles de Lituania y Estonia.
—Indudablemente conocerás incluso la formación titular —bajó los párpados.
—No, solo la de Estonia —se dio aires él—. Porque el entrenador lituano cambia habitualmente de táctica.
—¿Quién gana? —preguntó Guiney ahogando la risa.
—Mhhh... yo diría que pierden los dos —gesticuló Tom.
—¿Quién es el menos malo?
—El árbitro.
—¡Anda ya! —ella lo golpeó con un cojín entre carcajadas.
Aguantaron un rato el aburridísimo aunque bien intencionado partido, hasta que el microondas avisó que la cena estaba lista. Guiney llevó la pizza a la sala y la cortó en ocho porciones justo en el instante en el que pitaban el entretiempo.
—Gracias a Dios, no me quedaré sin ver los goles… si logran encontrar la portería —declaró Tom con la boca llena, estirando los hilos de queso.
—¿Estás seguro de que es un partido de fútbol? —tragó Guiney, repentinamente atacada por la hambruna del Guía.
—Yo sí, ¿pero ellos?
—Dejemos de burlarnos de esos pobres chicos —dijo ella sorbiendo su vaso de agua mineral en un pispás—.
Te agradezco que estés dispuesto a animarme.
Si no estuvieras aquí me habría pasado la noche hecha una bola bajo las sábanas temblando de miedo, pendiente de la llamada del Clan de Sanglent para el intercambio.
Tom la abrazó con fuerza, de la misma manera que lo había hecho la madrugada del concierto, temiendo que se desvaneciera de un momento a otro, que se escurriera entre sus dedos hacia un futuro incierto.
Guiney habría deseado pedirle que no se fuera, que no parara de abrazarla.
Si hubiera tenido los poderes de Belle, habría detenido el reloj por siempre, sin temor, sin infelicidad, oyendo el latido de su corazón.
—El segundo tiempo —le indicó ella a su novio.
—No me importa.
—Pues te acabas de perder el gol en propia puerta que acaba de marcar el de Lituania —lo picó.
—No te preocupes, apuesto a que marcan otro —le garantizó él en un falso acento paternal.
—Hoy estás más idiota que de costumbre —rio ella.
—Espera que voy a oír los comentarios del locutor estonio —cogió el mando para cambiar el idioma y se zampó otra porción—. Estoy completamente de acuerdo con su postura.
—¡Oh, mierda! Está lloviendo, hay que recoger la ropa del tendedero —corrió Guiney al patio a descolgar rápidamente la colada.
La sorprendió un aguacero que la caló hasta los huesos. Estornudó por las cosquillas que una gota le hizo en la nariz y un escalofrío la recorrió nuevamente.
Contuvo el aliento. Se sentía observada, una presión en el abdomen le indicaba que hacía varios segundos que no respiraba.
—¡Guiney, entra o te vas a enfermar! —se acercó Tom tomando de sus manos la ropa húmeda y llevándola dentro—. ¿Estás bien, has percibido a alguien?
—No es nada —mintió—. No sé qué me ocurre.
Tom depositó las sábanas y camisetas en el cesto que había a un costado de la lavadora y tiró suavemente de la manga de la camisa blanca de Guiney.
—Deberías cambiarte. Estás helada.
—No hace falta.
—Guiney… —Tom se puso severo—. Tus padres me matan si te ven así.
Ella accedió a regañadientes, no le apetecía subir a su cuarto sola, prefería continuar machacando a los jugadores un rato más.
Ascendió arrastrando las chanclas; las luces del alumbrado público se derramaban directamente en su cuarto, por lo que no consideró necesario ir hasta la lámpara de la mesilla.
Metió medio cuerpo en el armario y revolvió al acecho de su vieja camiseta azul cielo, la única que se había salvado del aguacero.
Una sombra que cubrió la luz que provenía de la ventana le oscureció la visión.
—Tom… —la voz se le quebró al murmurar—. ¿Eres tú?