Penylan I: Incógnito Capítulo 11
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Capítulo 11

La exclusiva

Belle atrancó la puerta y pegó la espalda contra el marco.

Su mirada se centró en el paragüero, aunque sus pensamientos estaban fijos en Daphne.

Se preguntaba si en vez de regresar a casa no sería preferible prolongar cabezonamente la búsqueda, si eso serviría.

Y, especialmente, qué harían los aiglent cuando traicionaran al clan.

Si las despojaban de esos poderes que únicamente les habían ocasionado desdicha, se los agradecería.

Pateó el zócalo, rabiosa. Los aiglent no tenían derecho a disgustarse con ellas, las habían dejado solas a merced de esa gente horrible. No hacían más que ejercer su opción a la supervivencia, que no le fueran ahora con algún buenismo barato.

—¿Hija? —llamó Is Annwyl reteniendo el chal, que se le escurría de los hombros —. ¿Habéis localizado a…?

Sin embargo, no continuó, pues los sollozos de Belle le dieron a entender que no había habido suerte. La cobijó entre sus protectores brazos y le besó la frente.

Is desestimó contarle lo que Aimee había dicho de ellas en la televisión, aun bajo el riesgo de que se lo reprochara más tarde.

Se limitó a mecerla, ignorando que no era solamente el miedo de lo que le hubiera sucedido a su amiga lo que la angustiaba, sino también el temor a morir pronto o a vivir una existencia de proscritas, que era casi lo mismo.

—No quiero que papá me vea así —hipó Belle secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Se pondrá triste —agregó.

«Y no deseo que el último recuerdo que me quede de él sea el de un hombre abatido.»

—Tranquila, está en el garaje. Tenemos reserva en Bryn Williams y Ashanti nos espera. Ten el móvil a mano y llámame si te encuentras mal. Volveremos pronto, te lo prometo.

Belle asintió en un mohín imperceptible y ascendió los escalones pesadamente, apurando los relojes a su alrededor con tal de que sus padres se fueran rápido a Colwyn Bay, mientras ella afrontaba sus confusas reflexiones.

No encendió las luces y se tumbó boca abajo para acallar los sollozos que todavía le retumbaban en el pecho.

No se percató de que se había dormido hasta que sintió un pegajoso viento helado que la envolvía y un paisaje oscuro suplantó a las coloridas imágenes de una feria en la que había estado hacía ya diez años.

Una ventisca de nieve pálida le dio la bienvenida a un mundo albo y resplandeciente que se volvía cada vez más nítido en sus retinas.

Al principio, creyó reconocer el bosque de las cercanías; no obstante, la soledad que la invadía era tan profunda que la hizo ver que se equivocaba.

Ojeó las copas de los árboles negros intentando pillar la silueta de algún ave. Solo había silencio.

¿Qué demonios era ese sitio? Era una imagen más potente que una ensoñación, su cuerpo parecía haber sido remolcado hasta ahí. Sus energías la habían abandonado en parte.

Adelantó un vacilante paso apartando la maleza, tocó las rugosas superficies de los troncos, que permanecían congelados. Todo estaba muerto. Y, a pesar de ello, se mantenía en pie como si hubiera sido disecado.

La nieve le llegaba a los tobillos y dudó si no le pasaría lo mismo a ella, si no se convertiría en hielo. Echó a correr a saltos por el camino libre de hierbajos, se internó en las entrañas del bosque, donde apenas había espacio por el que moverse.

Y la vio. Una figura menuda sentada en el suelo, indiferente al frío.

—¡Daphne! —gritó Belle acercándose en unos cuantos brincos.

Ella levantó lentamente los ojos, velados y hundidos.

—¡Daph! —la abrazó Belle, y la chica se mantuvo distante, adormecida—. ¿Me oyes? ¡Despierta! —le zarandeó los hombros, intuyendo que había entrado en estado de hipotermia.

Belle contempló directamente los ojos de vidrio fundido y no encontró a nadie.

—Es un sueño después de todo —susurró amargamente, soltándola—. Tú no eres Daphne —se irguió y se obligó a proseguir la caminata.

—Belle… —dijo la voz de su amiga a su espalda—. ¿Eres tú? ¡Oh, Dios, se suponía que tú no debías estar aquí!

—¿A qué te refieres? ¿Dónde estamos? —se dio la vuelta ella y regresó a su lado de inmediato.

Daphne tomó aire recuperando color en las mejillas. Había regresado del trance en el que se había sumido.

—Te han raptado, Belle. Igual que a mí —aclaró.

—¿Y cómo vinimos a parar a este sitio? —inquirió Belle con un repentino escozor en el espinazo.

—No lo sé… creí que… —se detuvo Daphne cavilosa— creí que este era mi mundo personal, el lugar al que iba cuando él me dejaba inconsciente.

—¿Él? ¿Quién te ha secuestrado, Daphne? —la apremió Belle apretando fuertemente su mano.

—Prepárate —se sonrió ella—. Al final, siempre estuvimos en lo correcto: Étienne es el espía.

—¡Mierda, lo imaginaba! —pateó el suelo Belle—. Pero… ¿en qué se relaciona con nuestro secuestro? ¿Es el acosador?

—Exactamente —suspiró Daphne.

—Ya verás cuando se entere Guiney, empezará a corretear por ahí gritando: «¡Os lo dije, os lo dije!». Sabes lo pesada que se pone cuando acierta.

—¡Ja! Porque no te das una idea de otra cosita que averigüé.

—¿Qué?

—Étienne es un vampiro —le soltó Daphne sin ningún tipo de rodeos.

Belle alzó una ceja.

—Okay, se ha pasado con el narcótico.

—¡Que es verdad! —chilló Daphne.

—Bueno, a estas alturas ya nada me asombra —le restó importancia Belle.

—Ojalá hubiera una manera de escapar de aquí.

—Es como un limbo, ¿verdad?

—Qué sé yo. Me da la impresión de que es donde acabaron nuestras auras.

—Eso tendría sentido. Te hemos rastreado por todo el pueblo y los alrededores y no logramos captar tu esencia.

—Debe de ser algo propio de las miembro del clan —conjeturó Daphne.

—Sería una buena explicación.

—Nuestra única esperanza de salir de este sueño es Guiney.

—Estamos perdidas.

***

Aimee no podía ocultar la sonrisa de triunfo.

Las pantallas de la redacción alumbraban en un brillo de ritmo frenético.

Las hipótesis pronunciadas por ella tan solo media hora antes se colaban en la programación de muchos canales que no eran para el que ella trabajaba.

Y ni siquiera agradecían la gentileza de la reportera de decirlas en vivo.

—Enciende las luces, ¿quieres? —le espetó el productor abriéndose paso tras un centelleo de tubos fluorescentes.

Apartó unos cuantos papeles de la mesa de trabajo y se posó en el borde, indicando al director de Programación que aceptara la cómoda silla giratoria. Nadie se fijaba en la presencia de Aimee.

—Ha sido una emisión estupenda —elogió el productor—. Mira—apuntó a los televisores—, nos están plagiando descaradamente, eso es que les gusta.

—No me resultan muy éticos tus métodos —el director se dirigió a la reportera—. Esto es difamar.

—Es como si nunca hubieras trabajado en televisión —se mofó el productor graznando una risotada.

—A diferencia de ti, ocupo un cargo de responsabilidad que zozobra si lo que ha divulgado esta señorita no son más que fantasías de detective aficionada —lo cortó con una penetrante mirada oscura.

—Tengo pruebas, ¡lo he visto! —Aimee se señaló el pecho con el índice, en una actitud de autodefensa.

—No importa que lo hayas visto tú, lo que importa es que lo vea la gente. Espabila, niña, sin imágenes que lo demuestren, nada es verdad —sermoneó el director abotonándose la americana.

—Confiad en mí —Aimee hincó las palmas sobre la mesa otorgando un aire de profesionalidad a la cuestión.

—Rhys, si algo he aprendido de este trabajo es a no confiar en nadie.

O le traes buenas y deliciosas confirmaciones visuales de tus palabras a este hombre, o me cargo el programa.

Estuve a punto de hacerlo cuando los padres de la niñata esa nos pusieron una demanda, pero te di una oportunidad porque el tema era demasiado jugoso para detenerse en contemplaciones.

¿Lo captas? —el productor se cruzó de brazos echándola en un ademán.

Aimee se retiró componiendo un mal gesto.

A pesar de lo que había trabajado, de cómo se rompía los pies y el cerebro obteniendo el material, no contaba en el juego.

A ellos solo les importaba quedar bien y generar audiencia.

No era más que un simple peón que colocaban a la vanguardia fiándose de que el contrincante se lo tragase.

Subió al coche y lanzó el bolso al asiento del copiloto.

Se sujetó al volante con la cara vacía de expresión.

Algunas cosas las podía comprobar con una cámara, otras eran suposiciones imposibles de registrar.

No, debía elegir otra senda, cogerlas con las manos en la masa, encontrar a la desaparecida y, de paso, ganarse a la opinión pública, la única que la catapultaría al verdadero estrellato.

«¿Por dónde empezar?»

De repente, como por invocación divina, sonó su móvil al son de Material girl.

—Diga.

—¿Es usted la señorita Aimee Rhys? —dijo una voz juvenil y nasal.

—Sí, así es. ¿Con quién tengo el placer de hablar? —prosiguió Aimee impaciente.

—Mi nombre es Chris Meilyr. He visto su programa hoy… ¿no ha escuchado los mensajes en su contestador? Oiga, tengo una información que tal vez le sirva… es sobre esas chicas.

Aimee sonrió de oreja a oreja por su buena suerte.

—Dímela, Chris —lo alentó.

—No tan rápido. No lo hago por ser un buen samaritano, si me comprende.

—¿Cuánto quieres? —gruñó Aimee otra vez de malas examinando los extractos de su cuenta bancaria.

—No quiero dinero, quiero evidencias. Quedamos a las nueve en la esquina de Noble & Probyn . Está en el pueblo de las tres chicas, Penylan.

—Claro que sí. Ahí estaré.

Aimee echó el teléfono en el asiento contiguo con brío y encendió el motor. Chris Meilyr, el youtuber del canal que cubría el tema del acosador… cómo no iba a sonarle su nombre si era su mejor fuente, aunque él mismo no estuviera al tanto.

***

—No entiendo por qué me traes a casa.

—Guiney, no iréis a por los sanglent con la policía y los servicios de emergencias copando cada esquina de Penylan. Vendrían enseguida si desatarais un enfrentamiento de los vuestros.

—La abandonamos…

—En tu interior estás segura de que Daphne está viva, ¿verdad?