Capítulo 10 #2
La cámara dejó de centrarse en el señor Hywel encuadrando únicamente a Aimee, quien cerró el directo lanzando unas preguntas retóricas.
—El acosador, que sigue suelto, ¿ha querido vengarse de una testigo? ¿O acaso se trata de la huida de una joven enamorada? Daphne, si nos estás viendo, tus padres y hermanos te aguardan impacientes. Vuelve a tu hogar —añadió dándole un tono emotivo al final de su alocución.
—Será mejor que los congeles para que nos colemos por la puerta trasera —aconsejó Guiney—. Si nos ve, nos sacará en la tele. Ya lo debe de haber relacionado todo con lo de las secuestradas.
—Esta mujer es como un callo en la planta del pie —gruñó Belle haciendo unos ademanes.
Avanzaron pisando los parterres de flores de los vecinos, se cobijaron en el lateral de la casa, dieron un rodeo por el patio y abrieron la puerta corredera del lavadero.
Belle disolvió su encantamiento al ingresar en el cuarto de Daphne, cerrando tras ellas.
Observaron los cambios a su alrededor, no muy importantes a ojos de sus familiares, aunque a los suyos desbordaban significado.
—Ha quitado lo que demostrara que ha vivido aquí.
—Se ha olvidado el bolso y sus cosas —indicó Belle revolviendo en su interior—. Aquí está el cargador del móvil, Leanne ha debido de llevarle el aparato a la policía —verificó.
—Hay un bulto que sobresale de debajo de la cama —contempló Guiney—. Me da que ya había empezado a hacer las maletas. ¡Dios, cómo pesa! —gimió tirando de la asidera.
—Parece que la hubiera dejado a medias —ponderó Belle revisando el contenido—. Igualmente, nadie la vio salir de la habitación.
—Quizás nunca salió por su propio pie, quizás se la llevaron con algún pretexto —dijo Guiney echando un vistazo a la ventana abierta que daba directamente al lado derecho de la edificación—. Es difícil estar seguras de lo que su familia realmente vio o no.
—Pudo haberles modificado la memoria, tienes razón. Aunque, Si no has sentido el aura de los sanglent en los alrededores… —aludió Belle volviendo a guardar los efectos en su lugar— es que ellos no han tenido nada que ver.
—Tal vez ha sido el espía —aventuró Guiney propinándole un puntapié a la maleta hasta embutirla bajo el somier—. Si no conseguimos percibirlo porque es una persona corriente, podría haber secuestrado a Daphne sin producir rastros tan tangibles como los de los sanglent.
—Si fuera la persona en la que estamos pensando —dijo Belle.
—Étienne —concordó Guiney.
—Todos los caminos nos conducen a él —sonrió con tristeza Belle—. Ojalá no sea demasiado tarde.
—¡Aimee! Está viniendo —advirtió Guiney—. Deprisa, por la ventana.
Se escurrieron fuera amparadas en la sombra que proyectaba la construcción sobre el verde césped de la entrada. Belle decidió enviarle un audio a la señora Hywel diciéndole que iban a hablar con sus compañeros de clase por si sabían algo.
—Y no estaremos mintiéndole —aseguró Guiney afinando sus sentidos ante cualquier atisbo de impronta que esclareciera la situación.
Guiney se paró en seco en medio de la calle, causando que Belle tropezara con ella.
Había percibido un retal de pensamiento de Daphne, igual que había sucedido en la caverna con los recuerdos de Cinnamon y los suyos propios.
El problema era que se trataba de una huella difusa, remota, una pulsación de los dones que hubiera dejado una impronta.
¿Por qué no sentía su aura, qué la habría opacado?
Era como si se la hubieran bebido hasta la última gota.
—Daphne estuvo aquí —reveló ella—. Sin embargo, eso no me basta si quiero descifrar qué camino siguió.
—Me hago una idea —Belle señaló en un cabeceo la calle del cementerio—. Es evidente que ha ido a saludar a Étienne, que lo pilló y él se las arregló para retenerla.
—Si así fue, tal vez algún espíritu atrapado la haya visto —prosiguió Guiney echando a correr al camposanto.
—Es un poder maléfico el conjurar espectros —jadeó Belle trotando a su lado.
—No planeo pasarme al lado oscuro de la fuerza, Obi-Wan —bromeó Guiney recorriendo las tumbas grises de nombres en negro.
—Céntrate un poco —rogó Belle, a quien ya la mataban los nervios.
Rodearon un panteón de paredes repujadas de calaveras, de las que brotaban arañas y toda clase de bichos, y se ampararon de la lluvia bajo las enormes alas extendidas de un ángel doliente.
—Yo me encargo —dijo Belle abriendo una brecha en las nubes y que no les lloviera encima.
—Hay uno por aquí cerca. Seamos cuidadosas, es irascible. Se despidió resentido de este mundo —comentó Guiney emplazando al fantasma, que no tardó en presentarse en un estruendo de viento.
—¿Qué queréis? —zumbó.
—¿Vino por aquí una chica bajita, pequeña, pálida, de ojos verdes y pelo oscuro? —Belle indicó sus señas al espacio vacío—. Es más o menos así de alta.
—¿Creéis que me importan los vivos? ¡No volváis a molestarme!
El fantasma se esfumó después de otro golpe de efecto, dejando a las chicas desoladas. No había pistas, lo único que les quedaba por hacer era reventar a patadas la puerta de Étienne y obligarlo a confesar dónde retenía a su amiga.
Belle golpeó la aldaba con más ímpetu del que se necesitaba y no tardó en salir el mayordomo a detener semejante estrépito.
—¿Está Étienne? —entró a zapatazos, suspendiendo en elegancia.
—Me temo que el señor se ha ausentado —respondió Jones en una leve y educada inclinación de cabeza.
—Mejor —se sonrieron las dos empujando ligeramente al hombre hacia el interior.
No se entretuvieron en maravillarse de la exquisita decoración, fueron revisando cada una de las dependencias de la planta baja minuciosamente en pos de algún pasadizo secreto que las condujera a la desafortunada Daphne.
—Señoritas, por favor. ¡Esto es completamente indignante! —se horrorizó el mayordomo al ver que las chicas removían tapices, alfombras, se arrastraban debajo de muebles y abrían armarios.
—Calla la boca —mandó Belle congelándolo en el tiempo.
—Debiste haber hecho eso desde un principio.
Por más que rebuscaban, ni Daphne ni nada que se relacionara con ella aparecía.
Desconsoladas, acometieron la labor de examinar la primera planta.
Aunque las pesquisas fueron tan vanas como las anteriores.
Ni pizca del aura de su amiga en ningún lado.
Tampoco recuerdos concretos. Si había permanecido allí, no había habido ocasión de emplear sus poderes, no había rastros de una impronta del don.
—Nada —se derrumbó—. No percibo nada.
—No… se habrá desvanecido, ¿verdad? —inquirió Belle sintiendo agolparse las lágrimas en los ojos—. No puede desvanecerse, ¿verdad?
—¿Qué les diremos a sus padres? —lloró Guiney—. ¿Qué les diremos a sus hermanos?
Ambas se abrazaron, impotentes. A pesar de poseer dones de los que nadie más gozaba, no eran capaces de hallar a su amiga, de salvarla de cualquier circunstancia injusta en la que estuviera inmersa.
—¿Y si se ha ido con ella? —aventuró Belle—. Si al final decidió que era arriesgado tenerla aquí, es probable que le consiguiera otro sitio en el que encerrarla.
—El mayordomo lo sabrá —coincidió Guiney bajando las escaleras a la carrera—. Si nos fuera posible leerle la mente comprobaríamos si dice la verdad.
—Lee su aura.
—Sería igual que un polígrafo: solo detectaría su nerviosismo. Si miente bien no obtendría resultados válidos.
Jones, cual era de esperar, continuaba en la misma posición en la que lo habían abandonado. Belle lo devolvió al tiempo real en un ademán.
—¿Adónde demonios ha ido Étienne? —lo increpó Guiney con un dedo acusador.
—No lo sé —respondió Jones resuelto.
—¿Salió en compañía de alguien? ¿Está aquí Daphne Hywel?
—No a ambas preguntas.
No obstante, Guiney reparó en que cuando hacía la última observación el aura de Jones había dudado un segundo. Daphne sí había estado allí, si bien era presumible que él ignorara qué le había deparado la providencia.
—Repetiré: ¿está aquí Daphne ahora ?
—No lo creo. Si así fuera, no lo sé. El señor Crow la trajo, pero yo me retiré a mi habitación y no sé en qué términos él se separó de ella —se irguió el mayordomo, harto de las insolencias de esas pueblerinas indecentes—.
Él no ha hecho más que rescatarla. La trajo porque la vio desmayada en el jardín. Aparentemente, se había colado.
—¿Cuándo fue eso? —ahora era Belle quien preguntaba.
—Anoche.
—¡¿Anoche?! —gritaron ambas al unísono. De acuerdo con las horas que habían transcurrido, las probabilidades de que su suerte hubiera sido adversa aumentaban todavía más.
Se retiraron a un aparte a discutir. Cabía la opción de que Daphne se hubiera encaminado directamente a la casa de los Crow y que hubiera sido abordada a su vuelta no habiendo leído nada raro en la mente de Étienne.
O que, por el contrario, él la hubiera dominado y se la hubiera llevado de allí, consciente de que las otras dos irían en su busca.
Cualesquiera de las hipótesis implicaba ampliar las averiguaciones.
—Étienne no podrá conducir, tiene diecisiete años. No habrá ido muy lejos —planteó Guiney.
—Existen los taxis —puntualizó Belle.
—¿Crees que lo iban a llevar con una chica posiblemente maniatada?
—Hay gente para todo.
—Es más probable que los sanglent lo hayan recogido, si es el espía. Si es verdad que esto ocurrió anoche, que Étienne se piró y aún no ha vuelto, y no hay vestigios de Daphne en el edificio, entonces el o lo que la haya raptado hace mucho que se puso en marcha.
—¿No pensarás que lo que dijo Aimee… lo de una fuga por amor…? —comenzó Belle.
—Estamos hablando de Daphne.
Se volvieron hacia Jones con sendas miradas hoscas antes de irse por donde habían venido. Era momento de pedir ayuda.
***
Étienne pegó el brazo contra la pared de la única cabina telefónica operativa que quedaba en Penylan oyendo sucederse los timbrazos. Del otro lado respondió la persona a la que pretendía interpelar.
—Espero que sean buenas noticias.