Capítulo 10
Separación
—Soy un vampiro —dijo Étienne estirando las palabras hasta deletrearlas.
Continuó con la vista fija en Daphne previendo una reacción, y la que obtuvo no fue exactamente la que imaginaba.
—Debí suponerlo —murmuró ella poniendo los ojos en blanco.
—¿No vas a llorar y a gritar implorando piedad? —alzó las cejas él entre mordaz e incrédulo.
—Está claro que no soy capaz de relacionarme con la gente normal —contestó Daphne más para sí que otra cosa.
—Mira que eres rara.
De las posibilidades que habían contemplado, esa era la menos plausible de ellas por no estar siquiera entre las cien primeras.
Desde un principio habían creído que el verdadero acosador no sería más que un criminal cualquiera.
Los hechos no parecían guardar ninguna relación, ya que los sanglent eran asesinos, no unos simples agresores callejeros.
—De manera que el acosador no era más que un vampiro procurando alimentarse. Penylan se ha convertido en el pueblo con la ratio más alta de fenómenos inexplicables por habitante.
Quería ganar tiempo. Intuía que si mantenía a Étienne entretenido tal vez había una oportunidad de identificar una vía de escape.
—¿Por qué estás aquí? ¿Eres un sanglent? —interrogó—. ¿Esa es la forma que tienen de averiguar quién posee los dones, mordiendo al personal?
Étienne se ofuscó repentinamente y se apartó a zancadas.
—Los sanglent firmaron un pacto con algunos de nosotros en el pasado, es cierto.
Puesto que carecemos de alma, los aiglent nos desprecian y nos siguen la pista, impidiéndonos la caza.
Así que los sanglent nos ofrecieron formar parte de su facción a cambio de toda la sangre que queramos.
No es obligatorio adscribirse; en mi caso, ni siquiera mato para alimentarme, simplemente bebo…
de a sorbos, lo suficiente para subsistir. Por eso debo cazar más a menudo.
—Entonces —Daphne exclamó esperanzada—, ¿no vas a matarme?
Los labios de Étienne se combaron con dureza.
—Sí, debo matarte.
—¡Me has dicho que no lo necesitas! —susurró Daphne, ahora sí atenazada por el miedo—. Si tanto dependes de ello… —hizo un gesto de repugnancia— te permitiría morderme —sugirió en un intento de razonar con él, a pesar de que la simple idea le causaba escalofríos.
—Tu sangre es exquisita. Supongo que llevas una dieta saludable. Pero no es eso… —exhaló Étienne—. Los sanglent y yo tenemos un trato: voy a entregaros a ti y a tus amigas.
—¿Por unas gotas de sangre? —gritó Daphne enfadada.
Étienne le clavó la vista adquiriendo un destello amenazador en las pupilas.
—Me prometieron un alma —zanjó acercando su rostro al de ella.
Se enfrentaron unos segundos con las miradas.
—Vas a vendernos —siseó Daphne.
—Si te hubieras pasado más de siglo y medio penando, tú harías lo mismo.
—Lo dudo.
—¿Quieres que te convierta en vampiro y lo averigüemos?
—Inténtalo —lo desafió.
—No sabes lo que dices —rio él amargamente—. Y de nada vale que te afanes en usar tus poderes conmigo, eso no funciona —la previno Étienne al distinguir la cara de trance de la chica, que se concentraba en su magia.
—He mejorado mucho desde la última vez —lo amenazó centrando sus energías en forzarlo a liberarla.
—Y yo he cazado esta misma tarde —retrucó el vampiro en el mismo tono.
—Me encontrarán, descubrirán que he desaparecido y vendrán a por ti.
—Esa es otra de las ventajas. Guiney no logrará detectarme, no poseo un aura. Es por eso que ninguna de vosotras me percibió cuando examinabais los cuerpos de los sanglent en el bosque, o cuando os espiaba con el fin de aprender más de vosotras.
—Entonces, sí has sido tú todo el rato… —dijo Daphne en apenas una brizna de voz—. Has estado pasándoles información a nuestros enemigos. Y me lo cuentas todo como el malo en las películas de James Bond.
Se esclareció la trama. Étienne se había asentado en el pueblo enviado expresamente por los sanglent debido al trato que los unía.
Daphne se había delatado en cuanto él la había abordado.
Él se habría apuntado en el colegio para descubrir quiénes eran las otras dos aiglent.
Tenía que hallar al trío y aproximarse a ellas, desentrañar sus puntos débiles y luego transmitir esas informaciones a sus superiores.
«Se equivocó con Tammy, Dolly y Ginger. ¿Cómo puede ser?»
—No eres digno de tu apellido. Si es que de verdad eres Étienne Crow y no alguien que usa su identidad.
Étienne, que la miraba desde una distancia de apenas milímetros, se alejó como electrocutado.
—El malo de las películas cuenta su plan de acabar con el protagonista —dijo él—. Yo te estoy contando lo que he hecho, no lo que voy a hacer. Y, para mi desgracia, soy verdaderamente un Crow. Lamento destruir la imagen idílica que tienes de mi apellido —añadió con amargura.
—Tanto cuidar de tu reputación y resulta que vas y la arruinas tú solo.
—Ven conmigo —le exigió separándola bruscamente del borde de la cama.
—No iré a ninguna parte —Daphne le retiró la mano, que él asió nuevamente.
—De momento, no voy a matarte —prometió él.
—Tu palabra no vale mucho.
Étienne se abalanzó sobre la enjuta figura e hincó los colmillos en su cuello.
Su boca lanzó un suspiro cálido en la yugular.
Daphne cerró los ojos y tragó saliva, adormecida e incapaz de reaccionar, regresando al lóbrego sueño del que había despertado solo para cerciorarse de que había transmutado en una verdadera pesadilla.
Sintió la presión de los afilados dientes y un pinchazo que recordaba al de las inyecciones, con la diferencia de que la punción era más intensa y cargada de avidez.
Los labios de Étienne ascendían y descendían a cada trago.
Se sentía desfallecer. ¿Cuánto habría bebido ya?
Étienne la sostuvo por la cintura en el instante en que despegaba la boca delicadamente con el propósito de dejarle una herida limpia que cicatrizara pronto.
Aupó su peso como si portara una frágil muñeca y cruzó el cuarto.
Bajó tres tramos de escaleras hasta un sótano recóndito y subterráneo amueblado con cómodos colchones viejos y apolillados.
Tendió en uno de ellos a Daphne echándole un vistazo al abandonar el lugar con un portazo y dos vueltas de llave.
Étienne emergió del subsuelo invocando a gritos a su mayordomo, que acudió presto a su encuentro.
—Debo salir, Jones. He de telefonear a unas personas —le notificó.
Jones asintió, conocedor de los hábitos de su amo, y volvió a la confortabilidad de su almohada.
El joven Crow surcó los portalones de la mansión en busca de más sangre que le otorgara los arrestos para acometer la tarea que le aguardaba.
Tenía que raptar a Guinevere White y a Belle Annwyl y entregárselas a los sanglent.
Lo que ellos hicieran con las chicas no le atañía, únicamente que cumplieran su compromiso y que le suministraran el alma que tanto ansiaba, aun si tras ese acto vil la corrompía por siempre.
***
Belle consultó el reloj de muñeca por tercera vez en el mismo minuto.
Guiney permaneció con los brazos cruzados haciendo un extraño ruido de impaciencia.
Se habían citado en Stardust a las nueve de la mañana para desayunar juntas antes de ir a aporrear la preciosa puerta de Étienne y sacarle una confesión.
De eso iba a depender que compraran o no unos billetes a ninguna parte.
—No viene. La llamaré al móvil —dijo Belle.
—La has llamado cuatro veces y le has enviado quince mensajes —remarcó Guiney.
—La última —prometió ella a la espera del tono.
—¡Belle, dime que Daphne está contigo! —rogó entre sollozos la señora Hywel a través de la línea.
—¿No está en casa?
—¡No y no se ha llevado su móvil! Su cama está sin deshacer; faltan cosas en su cuarto, temo que se haya fugado.
—Eso es imposible —rebatió Guiney, que había oído a la mujer chillar desde el altavoz.
—Si os ha mencionado algo, por favor no nos mintáis. Su padre está enloquecido, ha reunido al departamento de rescate y organizado batidas en medio Penylan.
—Puede que se haya entretenido en la calle y que se haya olvidado el teléfono en casa —aventuró Belle esforzándose por que la idea de que los sanglent la hubieran atacado no rebotara en su cabeza.
—¡Ni salió a desayunar, no la hemos visto desde anoche! —volvió a chillar la madre.
—No se preocupe, estaremos ahí en un minuto —dio su palabra Guiney frunciendo el ceño y escudriñando a Belle, que también se olía un mal fondo tras aquello.
Se pusieron en camino más que convencidas de que era inconcebible que Daphne se hubiera ido sin ellas de manera intempestiva. Era preciso explorar el cuarto de su amiga con el propósito de dilucidar qué auras habían merodeado por allí.
A medida que andaban, Guiney se afanaba en captar la esencia de su amiga en los alrededores; pero, si ya le resultaba muy complicado sentir a Daphne en condiciones normales, todavía más si su rastro se había extinguido varias horas atrás.
—¿Crees que si hubiera estado en peligro el Guía la habría socorrido igual que hizo contigo? —inquirió Belle resollando.
—Eso espero. Sin embargo, no sé si no estará escaso de energías en estos momentos.
—¿Qué será lo que se proponen?
—Solo me vienen a la mente dos opciones: o la retienen para obligarnos a ir en su busca… o aceptaron que es más fácil enfrentarnos por separado y prefieren deshacerse del trío una a una.
—Voy a arriesgarme a una tercera: que Daphne se ha ido por su cuenta y riesgo a la mansión de Étienne y no quiso que la localizara nadie —apretó los dientes Belle—. Por poco sentido que eso tenga.
La casa de Daphne estaba al doblar la esquina. Ni bien giraron a la izquierda atisbaron la furgoneta del programa de Aimee y a su presentadora entrevistando al señor Hywel, que se dirigía a la cámara enseñando una foto del anuario escolar de su hija.
—¡Mierda! —maldijo Guiney y sumó unos cuantos apelativos no muy cariñosos con los que describió a la periodista.
—¿Cómo se les pasó por el cerebro avisar a esa arpía? —renegó Belle a su vez.