Capítulo 9 #3
Tiritó en la fantasía y en la realidad. Sentía frío, un frío que la circundaba y se escurría en su respiración a cada bocanada, como si fuera una serpiente que reptara en el ambiente hasta llenar sus pulmones.
Era el mismo frío que había experimentado antes del ataque del acosador, pero no reconocía de dónde surgía; en el sueño no aparecía la sombra intimidante.
Solo al percibir la fina incisión en el cuello, el filo lacerante que cortó la piel, supo tres cosas: que el acosador había hecho presa de ella finalmente, que había ido a completar el trabajo y que le sería imposible despertar.
La punción se tornó más profunda y un ardor bordeó la zona en la que se produjo.
Un líquido viscoso bajó por el interior de sus venas y otro tanto se derramó en el hombro y en el pelo.
Los últimos vestigios de conciencia se esfumaban con el cálido aliento de su atacante al oído.
Este la levantó casi dulcemente apretándola contra su pecho.
Sin hacer el menor ruido que lo delatara, se deslizó a través de la ventana abierta y surcó el patio delantero de modo sigiloso bajo las brillantes estrellas.
Se camufló entre las calles desiertas, corrió portando el cuerpo laxo de Daphne en sus brazos sin que sus piernas aflojaran. Tomó el sendero del cementerio, el más oscuro y despoblado de Penylan a esas horas, y rehuyó del resplandor de las luminarias recientemente reparadas
Sostuvo con más fuerza a Daphne al salvar el último trecho que lo separaba de la puerta de entrada de la mansión Crow, que franqueó de una patada.
Se desplazó a lo largo de los corredores y las escaleras como alma que lleva el diablo hasta depositarla sobre una confortable cama repleta de almohadas y cojines.
Exhaló profundamente al tiempo que acariciaba las manos heladas de la chica.
—¿El señor desea que le traiga el botiquín? —consultó a su espalda el mayordomo en un alarde de naturalidad.
Étienne, que sabía que andaba por ahí desde el primer momento, negó en un cabeceo.
—Esperaré a que despierte. Esto puede durar horas, como la última vez. Vaya a descansar —le aconsejó al hombre recibiendo un asentimiento como respuesta.
Ni bien el mayordomo se retiró, Étienne acercó una alta y antigua silla tapizada en terciopelo verde situándola frente al lecho en el que yacía Daphne. Se sentó manteniendo la espalda recta y un gesto de indiferencia que le daba a su rostro angelical el aspecto de un hombre severo.
—No te he administrado una cantidad de narcótico que te haga dormir como una marmota —susurró acentuando su sonrisa—.
En tus sueños me oyes, es una de tus facultades.
Tu mente está preparada para no sucumbir nunca a la completa inconsciencia —extendió la mano y rozó la pálida mejilla con sus dedos de marfil—. Despierta pronto, Daphne Hywel-Loraine.
Daphne escuchó la llamada distante en el fundido en negro en que se había transformado su mente e intentó reconocerla.
Poco a poco los colores reaparecieron y el bosque se desvaneció en una espiral.
Percibía el escozor de la iluminación de una vela aromática en los párpados, la incandescencia de tonalidad carne.
Abrió los ojos confundida y la turbación fue en aumento a medida que las imágenes cobraron sentido.
Había sido raptada por el acosador y estaba a punto de verle la cara.
El miedo se apoderó de ella al reparar en que este la habría encerrado y que probablemente no habría escapatoria.
Se giró despacio, dispuesta a descubrir el rostro de quien se sentaba a su lado.
—Al fin —la saludó Étienne agachando la cabeza hacia ella.
—Tú… —balbuceó Daphne con voz desmayada—. ¿Y el acosador? ¿Dónde está? ¿Me has… me has salvado de ese sujeto? —tanteó ella irguiéndose de sopetón, lo que le recordó en un tirón el dolor de la punción en el cuello.
Étienne tornó a sonreír con gesto beatífico.
—No.
—¿Entonces, qué hago aquí? —gritó ella presa del pánico.
—Estás retenida —contestó él fríamente.
—¿Por qué? —Daphne se introdujo en sus pensamientos para que él admitiera que era el espía y poner en uso su don de inmediato, sin preocuparse por agredir a alguien que estuviera fuera del secreto de los clanes.
Fue en balde.
Manteniendo la compostura, Étienne le aconsejó en un ademán que volviera a recostarse.
—Nunca hubo tal acosador —afirmó Étienne enérgico—.
Ha sido una tontería mediática. Si he abordado a esas mujeres es porque lo necesitaba, no soy un degenerado.
Luego agregaron detalles que en nada se relacionaban con mis acciones.
Ha caído algún que otro chico también, pero nunca lo mencionan. Las chicas me gustan más, huelen mejor.
Daphne se estremeció, incapaz de detener el terror que la recorría. Debía usar su don contra ese tipo de inmediato, lo que no era sencillo debido a la debilidad mental que el narcótico le había provocado.
—Aquella noche ibas a ser mi primera víctima en varias semanas. Estaba hecho polvo. Por eso me venciste con la exigua e incipiente magia que poseías —continuó él sin parar de sonreír condescendientemente.
La joven susurró un desmayado «Desde un principio… lo sabías» que sucumbió en sus labios. Étienne rio en una carcajada corta y grave.
—Por supuesto que lo sé, es parte de mis capacidades —se acercó hasta que su nariz casi tocó la de Daphne—. Soy un vampiro.