Capítulo 9 #2
—A ver, aclaremos las cosas —Tom quiso poner paños fríos—: Los sanglent han anulado vuestra tapadera gracias a la información que alguien les ha proporcionado.
No es descabellado considerar que ha podido ser cualquiera si se escudó entre el gentío de Warlow’s.
De cualquier modo, eso no resuelve el hecho de que estéis a punto de que os ataquen otra vez.
Las tres chicas permanecieron calladas, incapaces de articular palabras que explicaran su desaliento y cólera. Estaban hartas de que las hubieran abandonado a su suerte en una contienda en la que los supuestos aliados brillaban por su ausencia.
—¿Y si… si los contactamos y les sacamos una tregua? —aventuró Guiney mordiéndose el labio inferior, nerviosa.
Las otras dos se miraron entre sí, luego a ella. Guiney aprovechó el impasse y colocó su bolso sobre la mesa, vaciando su contenido. Las pertenencias robadas a los cuatro sanglent del bosque se desplomaron en un montón enmarañado.
—Podríamos acceder a los números de la memoria —dijo desparramando los móviles hacia el lado opuesto de la mesa, en el que se ubicaban sus amigas.
—Mira, Guiney —empezó Belle prudente—, antes de que vinierais, Daphne y yo acordamos que la solución más cómoda era llevarnos el marrón con nosotras. Cinnamon nos aconsejó que no nos fugáramos con tal de no despertar sospechas… y… pues, ya nos han encontrado.
—Este pobre pueblo ya ha sufrido bastante nuestro mal fario —se lamentó Daphne sinceramente.
—Es verdad —se avino ella huyendo de la mueca de reconvención de Tom, quien se esforzaba por mantener la paciencia.
—Lo enfocáis al revés —las regañó—. No debéis renunciar a la seguridad que os dan los que os aman, debéis manteneros a resguardo en lugar de andar por ahí, a merced de esos cretinos.
No sé qué os pasa que estáis tan raras hoy, que actuáis tan a la defensiva las unas con las otras —se levantó del asiento posando las manos en los hombros de Guiney—.
Os estáis guardando cosas, y lo siento si es mi presencia la que os incomoda —inició la retirada a través del caminito de tierra.
—Espera, no te vayas —lo sujetó ella de un brazo.
—Estaré en casa todo el día. De verdad, no sembréis la desconfianza entre vosotras, de lo contrario ellos os habrán ganado de antemano —dijo desenganchándose suavemente y yéndose con las manos en los bolsillos.
—Sí que le ha afectado —comentó Belle.
Daphne vio a Tom marcharse por el rabillo del ojo.
—Si Crow es el informante quiere decir que utilizó a Paul para que entrara en la mansión y así tenerme apartada de Warlow’s. Me dio una caja con cosas de Paul que supuestamente halló en el jardín haciendo reparaciones. Hasta dijo que tenía talento —su tono se tornó agrio.
—Daph, jamás dudaría de que había poderosas razones para que justamente tú antepusieras a Crow —la calmó Guiney.
—Siento haberlo defendido durante un momento.
Belle frunció el entrecejo en un gesto de remordimiento.
—Él no es un sanglent, no está tatuado —puntualizó.
—Quizás el tatuaje sea el signo de los iniciados y él no lo tenga por ser un simple aprendiz —conjeturó Daphne—. O usa maquillaje. En cualquier caso, habrá que arrancarle una confesión.
Guiney estuvo de acuerdo; no obstante, Belle se mantuvo taciturna.
—¿Y si no fue él?
—¿Qué otra persona va a ser? —refunfuñó Daphne corroída de unos repentinos deseos de destrozarle a Étienne la cara bonita.
—Sí. Yo… —flaqueó Belle—. Resulta que he hablado con el fantasma, que no es un fantasma, sino una aparición astral de un chico que está encarcelado y que me pidió auxilio —farfulló.
Sus amigas la miraron de hito en hito, sin captar el sentido de sus frases. Ella hizo acopio de serenidad y cruzó las piernas, que no cesaban de revolverse de miedo a causarles una decepción por lo que iba a explicarles.
—En concreto, Ares pertenece a un clan que domina el tiempo, igual que tú, y proyecta una imagen de sí mismo porque su padre lo tiene preso —compendió Guiney procurando asimilarlo.
—Perdonad que no os lo comentara antes, es que… no lo sé, con lo de las secuestradas y los cinco sanglent… No se me pasó por la mente que al ser incorpóreo le fuera sencillo espiarnos. Cinnamon no dijo nada de un Clan del Tiempo.
—Aun así… Étienne sigue siendo nuestro principal sospechoso, su versión de cuerpo presente sí estuvo en la explosión —recordó Guiney sintiendo un repentino brinco de hambre en el estómago—. ¿Nos vamos a comer? El Guía ha gastado mucha energía y quiere reponerla.
—¿Algún día nos lo mostrarás? —rio Belle recogiendo sus cosas y cojeando al caminar.
Daphne lo notó y le tendió el brazo con el propósito de que se sostuviera en ella.
—No iremos muy lejos si tu pie sigue en estas condiciones.
—¿Seguimos con el plan de largarnos de Penylan? —sopesó Guiney—. Habrá que avisarle a Tom.
—¿No era que a Tom no se le debía contar nada porque es un cotilla sin remedio? Ya me resultaba raro que lo viéramos siempre en la puerta del local abrazado a la escoba —se mofó Belle.
Guiney tragó saliva y se tornó del color de las moras. Apuró el paso desviándose unos metros antes de exclamar:
—Ese cotilla y yo estamos saliendo.
—¡Os sincronizáis fatal! —le reprochó Belle en un grito.
El grueso camarero les sirvió los platos como si estuviera repartiendo cartas en una partida de naipes. Daphne pinchó los macarrones con el tenedor antes de que rodaran fuera de la mesa.
—¿No había un sitio peor al que ir? —resopló Belle echando un vistazo a su lasaña deforme—. Tengo la impresión de que está mutando. ¿Eso son salchichas o dedos humanos?
—Hay que despistar.
—Tiene una sola estrella en Google —terció Daphne—. Y unas reseñas malísimas.
—No vamos a fijarnos ahora en eso —dijo Guiney tragando a grandes bocados.
—Esta reseña la escribiste tú —se la enseñó Daphne.
—Por eso, ¿para qué querría volver? —pasó la comida con un largo sorbo de agua.
—Nos harán falta una tienda de campaña, bolsas de dormir y víveres, muchos víveres —enumeró Daphne en dirección a Guiney prosiguiendo con los preparativos de la huida.
—Me sé el número de la tarjeta de mis padres —sonrió Belle con malicia—. Sacaremos dinero del cajero automático antes de pirarnos.
—¿Y adónde iremos? No tenemos licencia de conducir.
—Adonde haya una multitud que nos ampare —proyectó Guiney rápidamente.
—Londres es grande —intervino Belle—. Y lo conozco bien, hay muchos escondites.
—No hay por qué decidirlo ahora.
Guiney frunció los labios y se dio la vuelta en su asiento, clavando la vista en el muchacho rubio de gorra negra que se iba del restaurante.
—Qué raro… juraría que reconozco ese aura. En fin, se tratará de alguien del colegio.
—¿Era de fiar? —receló de inmediato Belle.
—Era normal. De alguien sin dones.
—¿Hacía mucho rato que estaba aquí?
—No, menos que nosotras.
—¿Cuándo volverá a estar en forma el Guía, Guiney?
—Probablemente, no antes de una buena siesta.
—Bien. Voy a meterme en las mentes de nuestras familias para que sientan el irreprimible deseo de salir mañana por la noche. Eso nos dará tiempo de poner la huida en marcha —dijo Daphne masticando sus macarrones con una mueca de resolución.
Put your dreams away sonó a máxima potencia en su ordenador mientras recogía los juguetes y peluches que sus hermanos habían desperdigado en el cuarto. Ni tan solo ante ellos lograba disimular el malhumor que le causaba haber sido timada por Crow.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Alis en su voz aguda regalándole un abrazo de oso.
—Nada, Alis —le respondió Daphne esbozando una sonrisa triste—. Es que a veces confío en personas que me defraudan.
—¡Se ha escapado la coneja! —gritó Dywel corriendo tras el animal, que brincaba a lo largo del corredor. Alis soltó a Daphne y se unió a su hermano.
Los vio irse con el corazón estrujado de pena. Lo mejor que podía hacer por sus hermanos era marcharse, eliminar todo rastro que la relacionara con ellos con tal de que los sanglent los dejaran en paz.
Atrancó la puerta de la habitación despacio, colocando la trabilla. Carys andaba de parranda con los de su pandilla y no iba a regresar hasta haber sobrepasado los límites que le habían impuesto.
Daphne sacó la maleta con ruedas que guardaba debajo de la cama y la abrió.
Acto seguido metió ropa, enseres de viaje y la caja de Paul.
Descolgó las fotos familiares en las que aparecía, guardó los apuntes escolares y tachó su nombre de cualquier papel que lo contuviera.
Al acabar, se sintió una extraña en su propio mundo.
Pateó sin querer el libro que había dejado junto a la mesa de noche enviándolo a la otra punta del cuarto.
Acarició la tapa apesadumbrada. Aquel libro era una antigüedad que le habían regalado sus abuelos.
Tenía el ex libris de James Crow. Lo puso en la maleta antes de cerrarla y devolverla a su sitio bajo la cama.
Se recostó, exhausta. Modificar los deseos de seis adultos obligándolos a buscarse una ocupación para la siguiente noche había resultado más complicado que borrar los recuerdos de las niñas secuestradas.
No se desvistió. Apagó la luz y el sueño la venció arrastrándola a unas ensoñaciones terroríficas en las que carecía de poderes con los que enfrentarse a sus enemigos.
Se había extraviado en un bosque oscuro y tenebroso de árboles retorcidos y negros refrescados en capas de nieve gris que devolvían una luz muerta de cielo encapotado.