Capítulo 9
Rapto
—No quiero olvidar esto —dijo Tom acariciándole el cuello a Guiney, justo en donde el sanglent había presionado dejándole cardenales.
—Pero tendrás que hacerlo —apenas murmuró Guiney abrazándolo, todavía en shock por la reacción de Tom.
—¿Por qué? Esto es entre tú y yo —la aferró él con fuerza.
—Intentamos que al modificar los recuerdos las piezas encajen. ¿Cómo vivirías sabiendo que hay huecos en tu memoria?
—Acabas de describir cualquier resaca.
Guiney no tuvo más remedio que reír.
—Dame una oportunidad. Seré muy discreto.
—Tom —Guiney tragó saliva—. Estás en peligro. Si los sanglent se enteran de que estás al tanto…
—¿Los qué?
—Los sanglent. El Clan de Sanglent es el grupo al que pertenecen los tipos de esta noche.
Nosotras somos aiglent, del Clan de Aiglent.
Si los sanglent se enteran de que conoces el secreto, irán a por ti.
Los cinco que aparecieron muertos en las celdas se expusieron demasiado.
Es el secretismo lo que les permite actuar.
Y hoy en día no es posible tener privacidad ni vida íntima.
—Por eso quitaste las fotos —comprendió él.
—Exacto.
—¿Crees que así averiguaron dónde íbamos a estar? Publiqué decenas de cosas relacionadas con la Noche de las Bandas y Warlow’s.
—Probablemente. Aunque… ¡mierda! —Guiney se separó de él—. Belle y Daphne —agregó sin más y se concentró en sus auras. Las sintió débiles, pero en sus casas. A salvo—. Están bien —suspiró.
—¿Qué buscan los sanglent? —Tom cogió su mano y se sentaron en el banco de madera.
—Según Cinnamon, al Guía. Quieren cogerlo cuando está debilitado para que no sea un problema para ellos. Y, por lo demás… no lo sé. No sé qué sacan de esto. ¿Poder? Ni idea.
—Ese nombre… Cinnamon, ¿de qué me suena?
—De ver a Aimee. Es la mujer que hallaron en el bosque.
Tom la miró con el ceño fruncido y los ojos muy clavados en ella.
—¿Ellos la mataron?
—Otros, pero sus cuerpos se esfumaron —dijo Guiney, y se dio cuenta de que no había nadie, aparte de sus dos amigas, que pudiera testificar la verdad de la historia.
—He leído novelas de espías con menos giros dramáticos —bromeó Tom, aunque su semblante serio le dio un tono de espanto—. ¿De qué modo puedo ayudarte? ¿Qué puedo hacer por ti?
Guiney se encogió de hombros.
—Solo sé tú mismo.
Empezaba a amanecer. El cielo se aclaraba y surgían unos haces dorados que lamían las puntas de los tejados más altos.
—¿Cuánto tiempo nos queda hasta que me borren la memoria?
—Le enviaré un mensaje a Daph en un rato, a ver si puede venir —Guiney acarició con el pulgar la mano de Tom, enlazada a la suya.
—Vale —asintió él mirando hacia el firmamento, del que iban desapareciendo las estrellas—. Entonces, prométeme una cosa.
—Lo que quieras.
—Prométeme que si no vuelvo a tener la valentía de besarte, lo harás tú.
Había unas lagrimillas en sus ojos cuando la miró. Guiney hundió la cabeza.
—Al diablo con el secreto —dijo finalmente ella reteniendo sus propias lágrimas—. Vete a casa y haz como si no hubiera pasado nada. Ya me encargaré yo de dar las explicaciones que hagan falta.
—¿Estás segura…?
—No mucho. Vete antes de que me arrepienta. Duerme tranquilo.
—Una última cosa —dijo Tom y se despidió con un beso fugaz antes de salir por el pasillo que daba a la consulta.
Guiney remontó la escalera precavida de cualquier ruido que la delatara. A juzgar por las sombras que proyectaban los muebles serían más de las seis. Se llevó las manos a la garganta rumiando algún pretexto lo suficientemente bueno que le permitiera vestir cuello alto en verano.
—¿Por qué diablos llevas eso puesto? —le dijo su madre en cuanto la vio en la cocina, rayando el mediodía.
—Anoche hacía frío, me parece que he cogido un resfriado —mintió ella. Igualmente, sonó plausible, porque la presión que había aplicado el sanglent en su laringe le había dejado la voz ronca.
—¿Qué tal estuvo el concierto? No te oímos llegar —se interesó su padre, que desatascaba el fregadero—. ¿Los vio el representante ese?
—No. Aunque, tocaron genial —carraspeó Guiney.
—Robin es mi mejor amigo, pero no estoy de acuerdo con él en eso de no apoyar a su hijo —añadió el señor White blandiendo una llave inglesa, dispuesto a desenroscar las tuberías.
Guiney no contestó, revisaba la catarata de llamadas perdidas de sus amigas respondiendo al mensaje en código de la pasada noche.
—¿Vas a salir? —dijo su madre a punto de disponer los platos.
—Sí, comeré fuera, con las chicas —la eludió abriendo la puerta. Casi se chocó a Tom, que justo extendía los dedos hacia el llamador.
—Hola —se desconcertó—. Hablábamos de ti —apuntó en dirección a la cocina.
—Venía a verte. Es mi día libre —le sonrió él sin animarse a una muestra de cariño tan cerca de sus familiares—. Hola, Henry, Vivianne.
—Lo siento, he quedado con las chicas —cerró ella y venció a duras penas las ganas de echarse a los brazos de Tom—. ¿Cómo vamos a hacer para vernos si se supone que no deberíamos vernos? —murmuró.
—Viviendo a dos calles de distancia, una videollamada me pareció una tontería —Tom jugó con el asa de bandolera del bolso de la chica—. No voy a cargarte con toda la responsabilidad. Que tus amigas juzguen y voten democráticamente qué hacer conmigo y mis recuerdos.
—El resultado de la encuesta podría no ser favorable —ella se mordió el labio.
—Por las dudas, me dejé a mí mismo una nota en la agenda: «Besar a Guiney White. ASAP»— le dijo al oído.
La mayoría de los bancos de madera del bosque permanecían vacíos y llenos de hojas secas.
Amenazaba tormenta y a nadie del pueblo le había apetecido pasar el día al aire libre, debido por otra parte a la psicosis de los asesinatos de las últimas semanas.
Belle y Daphne se envararon ligeramente al reparar en Tom, un movimiento involuntario que disimularon.
—¿Qué te pasó en el pie? —Tom aludió al tobillo vendado de Belle, quien quiso apartarlo infructuosamente.
—Me quedé colgando de un árbol al escaparme de la domótica enloquecida de mi casa. Vinieron los bomberos a bajarme. Casi voy presa porque me confundieron con un ladrón —respondió desviando la mirada—. Lo normal.
—Vaya, qué oportuno —recalcó Tom sin malicia.
Daphne no lo interpretó de esa manera, sino que pensó que estaría mosqueado porque no habían ido a su actuación.
—¿No le crees?
—Yo no he dicho eso —levantó él las palmas en gesto apaciguador—. Es que… es como si alguien hubiera planeado que vosotras no pudierais ir y así Guiney se las tuviera que arreglar sola con esos sanglent.
Belle y Daphne abrieron los ojos de par en par en una especie de cortocircuito cerebral. Guiney se golpeó la frente balbuceando maldiciones.
—Deberías ser más sutil, ¿sabes? —le gruñó.
—¡¿Se lo has contado?!
—No, a ver… —suspiró ella y les narró lo acontecido la noche anterior.
Al final de su relato, el silencio duró unos segundos.
—Por favor, no me borréis la memoria. Os quiero ayudar.
Las tres chicas se miraron entre sí.
—Eres consciente de que así será más complicado, ¿verdad? —preguntó Daphne a Guiney.
—Me hago cargo.
—Vale. Cambiando de tema: nos han pillado. No había modo de que adivinaran de dónde éramos solo por salir en la tele —aventuró Belle masajeándose el tobillo.
—Nos han estado observando y se habrán enterado de que eres la portadora. El que fuéramos a coincidir en Warlow’s anoche les dio la idea de hacerse pasar por los productores — completó Daphne arrugando distraídamente el dobladillo de su falda.
—¿Por qué el clan no nos da una mano? —pateó el suelo Belle desparramando tierra. Un presentimiento revoloteó en su cabeza—. ¿Y si solo estamos nosotras? ¿Y si mataron a los demás?
—Un segundo. Estaba repasando lo que dijiste, Daphne, lo de que nos han vigilado, y no es posible…
para estudiarnos debieron de estar muy cerca, tanto que los habría percibido al instante, es instintivo.
Únicamente las personas normales son más difíciles de sentir porque sus auras suelen ser pasivas.
Hay dos personas cuyas presencias a veces no percibo.
Claro que, si nos acecharan desde una muchedumbre, se me fundiría el seso tratando de individualizar cada aura, se camuflarían.
—¿Has dicho dos personas? ¿Nosotras? —cuestionó Belle ceñuda.
—A vosotras os siento; pero, si estamos lejos, ya no tanto. Me refería a Tom y… a Étienne.
—¿No eres capaz de percibirme? —él mostró un gesto de incomprensión
—No es eso… es como si la ocultaras muy bien. Imagino que no te darás cuenta de que lo haces. O tal vez sea cosa mía.
—¿Tengo un aura tímida?
—¿Y qué hay de Étienne? —llamó su atención Daphne.
—Bueno, él… lo que me sucede es que veo su aura, aunque no alcanzo a palparla, es como si fuera una simple imagen —suspiró incapaz de expresarse de una manera más precisa—. Eso no significa que sea una mala persona o un sanglent.
—¿No hay nadie más en todo Penylan con quien te pase eso?
—Mi círculo es un poco cerrado, no puedo contestar a esa pregunta —alzó las cejas—. Se lo he atribuido a que es un antisocial.
—Pues fue muy extraño que estuviera precisamente en el lugar en el que luchamos contra los sanglent —dijo Belle—. ¿Y si fuera un espía a su servicio?
—¡Vamos, Belle! ¿Cómo va a ser un espía? Nos tiene muy vistas, ya nos habría delatado.
—Piénsalo, Daph. ¿Qué sabemos de él? La casa ha estado prácticamente abandonada durante décadas, puede que ni siquiera sea realmente el dueño.
—No es un okupa. Es idéntico a la gente de los retratos, y he visto esos retratos antes en el archivo de Penylan.
—¿Ese es tu argumento? ¿Que no es un sanglent porque se apellida Crow? —Belle no había querido revestir de un matiz de impaciencia a su voz, que se traslució a su pesar.
Daphne escondió los ojos para tapar el sentimiento de culpabilidad que cruzó su rostro.
—Ayer me topé con él por casualidad y estuvimos charlando. No me pareció mala gente.
—¡Te ha engatusado! —Guiney saboreó las palabras.
—¡Ya le gustaría! —carcajeó Daphne.
—¿Vas a confiar en lo que él te diga? —arremetió Belle descreída.