Penylan I: Incógnito Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

Era una situación desesperada, si nadie se lo impedía al sanglent, Guiney no sobreviviría a su ataque, cualquiera que este fuese.

«Tom, los chicos, no puedo abandonarlos aquí, tengo que hacer algo; no puedo abandonar a Belle y a Daphne, el trío no funciona así.»

Entre la maraña de gente, Tom, que había imitado la caída de sus colegas en cuanto se olió que esos tipos eran muy raros, se preparó, dispuesto a beneficiarse de la mínima distracción para rescatar a Guiney y escapar de allí.

—¡¿Dónde está tu Guía?! —rugió el sanglent levantando una manaza, para darle una bofetada.

Tom se desembarazó de los cuerpos de sus colegas justo en el segundo en que una luz, la misma que había embestido a Guiney unas semanas atrás, hacía lo propio con los extraños individuos y con él, transformando el callejón en un embudo luminoso.

Al recuperar el dominio de sus sentidos, el productor ya no estaba y Guiney se arrodillaba entre las bolsas de basura tocándose la garganta magullada, tragando a duras penas. Ella le dirigió una ojeada inexpresiva, tras lo que Tom se desvaneció sin un último pensamiento.

—Perdón, Thomas; no debes acordarte de esto —dijo Guiney en una voz que no era la suya, sino la del Guía.

En un centelleo, los cuerpos de los chicos se desvanecieron, y también Guiney.

Tom despertó con la vista neblinosa, como si hubiera andado mucho tiempo bajo el sol y entrado después en un lugar a oscuras.

Tardó unos instantes en responderse dónde se hallaba y las imágenes de lo que había pasado se precipitaron sobre él en cascada, congelándole el aliento. Ella estaba al tanto de lo que se estaba cociendo, sabía quiénes eran esos tipos que habían ido allí a… ¿matarla?

Saltó de la cama echando las sábanas a un lado y se dio cuenta de que continuaba vestido. Salió en dirección a la casa de Guiney, pero su coraje flaqueó y un impulso lo condujo a deambular por las calles.

«¿De qué fui testigo en realidad?»

Lo que deducía era que aquella luz que la había derribado se había cobijado en su ser, lo que la volvía apetecible a personas de mala calaña… y que la oportunidad con la que él y los chicos habían soñado largamente había sido un embuste. Era tan irreal.

Entre sueños, Guiney oyó que Tom la llamaba.

Al principio, le costó regresar del mismo modo que a él.

Sentía dolores de la cabeza a los pies, especialmente en el pescuezo, y un gran cansancio general, además de un raro temor sin nombre.

En cuanto estuvo completamente espabilada, se separó del lecho en un santiamén corriendo a la ventana.

—¡Tom, no chilles, despertarás al vecindario! —dijo ella en voz queda.

—¡Baja, Guiney!

—¡Está bien! —respondió agobiada y se lanzó escaleras abajo.

—Tenemos que hablar —concretó él en un susurro ni bien ella traspuso el vano de la puerta del patio trasero.

Se sentaron en la mesa de tablas. Frente a frente.

—¿Quiénes eran esos tipos?

Guiney puso su mejor cara de póquer, dadas las circunstancias.

—Verás… la respuesta no te resultará creíble.

—Haz el esfuerzo.

Guiney lo miró con un estremecimiento en las tripas. Si a ella misma le había costado tener fe en Cinnamon, a él le iba a resultar una broma de dudoso gusto. Cerró los ojos y empezó a contárselo a trompicones. Ya vería la manera de que Daphne le borrara esos recuerdos.

—El motivo por el que fuimos a la escena del crimen de Tammy, Dolly y Ginger y por el que estuvimos en el arresto de los secuestradores que se suicidaron tiene mucho que ver con lo que pasó hoy.

—¡Te dije que no era buena idea que os metierais…!

—No. No, Tom —Guiney meneó la cabeza—. No es lo que tú piensas.

Se dio cuenta de que necesitaba que lo supiera, necesitaba quitarse ese peso del alma, necesitaba que comprendiera el peligro en el que estaba por ser tan importante para ella.

—La luz que viste el día de mi accidente es un espíritu denominado Guía. Es lo que nos salvó. El Guía es miembro de… Pertenece a… una gente enfrentada a la que nos ha estado fastidiando.

Tom hundió el entrecejo.

—¿Te hace gracia? No he venido a que te escondas en el sarcasmo como siempre que hay que tocar temas serios.

—¿Qué? —Guiney se mostró herida—. Esto es serio.

Daphne, Belle y yo tenemos poderes, dones sobrenaturales.

Daphne puede leer la mente, ¡si hasta te hemos cambiado recuerdos, por Dios!

—se levantó de un salto del banco y rodeó la mesa—.

Belle maneja el clima y el tiempo, y yo veo las auras.

No te atrevas a decir que no quiero tocar temas serios.

¡Hace años que no hablamos de otra cosa que no sea de tu música y de tu estúpida obsesión por liarte con tías que te usan como papel de váter porque a mí me condenaste al ala más fría de la friendzone!

Tom se quedó en silencio. Era imposible desentrañar su gesto.

Se puso en pie y su rostro quedó a unos milímetros del de Guiney.

—Bah, qué más da. Mañana te habrás olvidado de todo lo que te diga —dijo ella con amargura.

—No, no me voy a olvidar —susurró él.

—O te lo borra Daphne, o lo hará el Guía. No está permitido que…

Tom la besó impidiéndole continuar.