Penylan I: Incógnito Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—No hemos sido nosotros —le llegó el sonido amortiguado de la voz de su padre—. ¡El sistema de domótica se ha vuelto loco! Ha bloqueado todas la cerraduras.

El estruendo de la alarma casi la hizo caer al suelo. Sonaba a máxima potencia y alertaba a los vecinos. Las ventanas-ojo se llenaron de basurillas con forma humana.

—Esto no lo puede bloquear.

Belle abrió la ventana. Calculó el salto hasta la rama del árbol y se estiró.

Se agarró bien fuerte de la rama e intentó recular. Consiguió que el pie tocara el alféizar, pero se le enganchó la sudadera y quedó colgando con medio cuerpo en la rama, una pierna en el aire y la otra en la ventana.

Intentó concentrarse. Solo era cuestión de emplear su don, invocar una ráfaga de viento que la alzara y la depositara en el suelo. Estaba a punto de hacerlo cuando oyó un grito.

—¡Quieta! ¡Policía!

***

Los sanglent estaban en el mismo sitio que ella, Tom y un montón de inocentes.

Los cuatro se acercaban.

Guiney clavó en ellos los ojos y los vio tomar asiento en la mesa más próxima al escenario, a apenas unos tres metros de distancia.

La chica elucubraba cómo dirigirse a Tom, que había colocado su móvil junto al suyo antes de hacer mutis por el foro. Tampoco la favorecía el hecho de que no podía distraerlo en medio de la actuación, a punto de comenzar. Se preguntó si lograría escabullirse y si le daría tiempo de escapar.

Intentó captar la ubicación de las auras de sus amigas; no obstante, estaba lejos de Penylan y no conseguía percibirlas por mucho que se esforzaba.

Los focos se proyectaron hacia el escenario y el dueño discurseó sobre lo genial que era la noche de las bandas como trampolín de nuevos talentos de los alrededores. La concurrencia fijó la vista en el proscenio, muchos alzaron los smartphones con ganas de que comenzara la música.

Entonces, las luces de los focos se apagaron y solo permanecieron encendidas las de la sala. Los chicos fueron a sus puestos y se escucharon los acordes de la guitarra de Jack al tiempo que unos haces de colores los volvían a iluminar entre los vítores de los fans.

Guiney quiso hacerse notar por todos los medios a su alcance; sin embargo, Tom y los otros estaban concentradísimos.

Buscó el contacto visual con los cuatro individuos de auras azules y violáceas y le causó cierta perplejidad que parecieran atender al repertorio.

Se preguntó si sus poderes no se habrían equivocado, si no sería una confusión producto de su miedo a perder a Tom que le jugaba malas pasadas.

Los minutos se sucedían y los sanglent no daban muestras de querer allegarse a su mesa.

Guiney no sabía qué sería más prudente, si permanecer en la silla con esos testigos alrededor o huir y que la persiguieran.

Su ensimismamiento le impidió percatarse de que había concluido el turno de sus amigos, que le cedían el paso a Becca Acosta y su ukelele.

Uno de los sanglent llamó por señas a Jack y este esbozó una amplia sonrisa vanidosa sorteando la escalerilla del entarimado de un brinco, perdiéndose en el corredor aledaño. Guiney entendió al instante y abandonó su sitio yendo hacia ellos con decisión.

—Será mejor que no vayas —le ordenó a Tom cogiéndolo del antebrazo.

Tom se la quedó mirando incrédulo y se soltó.

—Es un productor de Liberty Records. La oportunidad de la que te he hablado.

—Es un error.

—Se suponía que eras una de las pocas personas que me apoyaban —le respondió en un tono de franca decepción.

Guiney fue sintiendo más y más desazón a medida que los muchachos se congregaban en la puerta trasera del local.

«Es una trampa», gritó en su cabeza. «¿Por qué no viene a por mí? Soy su verdadera presa.»

—¡Tom, por favor! —rogó en un hilo de voz sujetándolo fuertemente de la manga suelta de la camisa cuando los otros ya se iban tras los hombres misteriosos, emergiendo al callejón trasero.

Estaba sola, Daphne y Belle no habían contestado.

«¡Mi poder es una inutilidad! Si pudiera detener el tiempo o manipular sus mentes para que se queden en el interior.»

Tom se deshizo de ella quitándose la camisa y acompañó al resto de la banda con Guiney pisándole los talones. Los cuatro hombres ocuparon estratégicamente las vías de salida. El que decían que era el productor encendió un cigarrillo y le dio una calada.

—Estoy interesado en vuestra música —exhaló el humo.

Los chicos prorrumpieron en risas de alegría.

—Pero más lo estoy en la chica.

Aquello puso a los cuatro muchachos en guardia, Tom se deslizó entre ella y el hombre.

—Oiga, ¿qué pretende? —lo encaró Jack y de inmediato los otros sanglent lo devolvieron al fondo de un empujón. Jack trastabilló y Tom lo cogió antes de que se fuera al suelo.

El productor musical pasó de largo de ellos y enfrentó a Guiney, que se plantó fieramente, si bien su don no la hacía la más fuerte de los presentes. El aura del hombre era aterradora, ella percibió el peso de su maldad y el cariz de sus intenciones.

No era posible usar su don allí, no delante de sus amigos.

—No te hagas la tonta. A ver cómo reaccionas si me cargo a estos —el falso productor la cogió de la muñeca. Guiney le dedicó un mohín feroz tirando en dirección contraria con el fin de desasirse.

—¡Deje a Guiney en paz! —gritó Tom separándose de Jack. Un sanglent lo detuvo poniéndole la mano en el pecho y lo envió contra la pared.

El falso productor agarró a Guiney del cuello sin darle margen de reacción. Tom y sus amigos procuraron socorrerla y los secuaces, que los habían rodeado solapadamente, los retuvieron engarzándose en una lucha de forcejeos, gritos e insultos que resultó en una orden del sanglent de mayor rango.

—¡Escúpelo, escupe a tu Guía! No me tomes el pelo, no soy uno de esos feriantes que hacen trucos de magia, no te gustaría que usara mi don —apretó la garganta de la aiglent incrustándole los dedos en los músculos.

Guiney buscó los ojos de Tom con los suyos, todavía reacia a que él descubriera cómo era ella ahora.

—¿No quieres cooperar? —el sanglent la zarandeó—. Vas a acompañarnos o estos pagarán las consecuencias —graznó apretando su garganta con firmeza hasta asfixiarla.

Los ojos de Guiney viraron a blanco y sus miembros se destensaron.

Desde el umbral de la conciencia, divisó a los sanglent de menor rango avanzando contra la banda, que se rebulló a golpes y patadas, hasta que el jefe empleó su poder y a un simple chasquido, igual que los hipnotistas de Las Vegas, hizo que los cuatro se desplomaran.