Penylan I: Incógnito Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

La chica hipó. La cabeza se le había vuelto un torbellino de repente y se sentía tremendamente cansada.

Bebió unos sorbos de la fresca limonada que, en efecto, la fueron tranquilizando.

Bajó los párpados reprochándose el haberse mostrado tan frágil delante de un desconocido.

Si un sanglent la estaba espiando, ese era el instante ideal para acabar con ella y con Crow.

El reloj de pared resonó en graves campanadas que la despertaron de su súbito sopor. Se incorporó contando el número de veces que el reloj sonaba y advirtió que eran las doce. ¡Habían pasado más de cinco horas!

—Al fin —la recibió Étienne desde su sillón—. Me temo que has sufrido un desmayo —informó.

—Mis padres estarán preocupados… —se desperezó Daphne en un instante corroborando la hora en el reloj de muñeca—. Y Guiney me va a hacer picadillo. Había quedado con ella en Warlow’s —y añadió: —Seguro que no sabes de lo que te estoy hablando.

—Ajá—se le escapó una sonrisa a Étienne—. ¿Hice mal en no despertarte? Parecías agotada.

Daphne no le prestó oídos, buscó su móvil en el maletín de piel.

No estaba.

—No lo comprendo. Nunca lo olvido.

«Y menos desde que soy aiglent.»

—Si no hay electricidad… no tienes Internet ni teléfono, ¿verdad?

Étienne compuso un gesto de «se siente».

—He venido a disfrutar de las delicias de la vida simple del campo —dijo y Daphne no consiguió adivinar si iba en serio o estaba siendo sarcástico.

—Me iré directo a casa. Gracias por esto. De verdad —Daphne agitó la caja en el aire.

—Un placer —asintió él con una circunspección inusitada.

Daphne se despidió lacónicamente y atravesó los portalones de altas rejas oscuras llevando la caja de Paul pegada al pecho.

Al entrar sigilosamente por la puerta principal persuadió a sus padres para que no le dieran ninguna reprimenda y permanecieran adormilados en el sofá de la sala.

Carys dormía plácidamente y ni se percató de que removió medio cuarto intentando dar con su móvil, que no se dignaba a manifestarse.

Decidió recurrir a la táctica de la autollamada desde el fijo. La melodía sonó amortiguada en su habitación, donde lo avistó en el estrecho alféizar de la ventana abierta. Un sitio que estaba más que segura que había revisado.

***

El desvencijado coche de Tom aparcó bien cerca de la acera.

Guiney se aproximó a los saltos y abrió la puerta de un tirón a la vez que él les ordenaba a sus amigos que se comportaran.

La chica se apoltronó en el asiento delantero, que le habían reservado, entre las risotadas de los miembros de la banda. No paraban de incordiar al conductor.

— Noswaith dda , Guiney. ¿Preparada para nuestro espectacular concierto? —dijo Jack echando una rápida ojeada a la nuca pecosa de Tom.

Guiney comprendió la expresión y las intenciones subyacentes y le siguió el juego respondiendo encaramada al respaldo.

—Dispuesta a ser sorprendida.

—¡Vamos a ser los Beatles de Gales! —profetizó Steve saltando en el coche, que se balanceó de un lado al otro.

—Lo mismo dijeron de Oasis en Manchester y mira —gruñó Tom sin quitar la vista del camino—. Para, Steve. ¿Qué clase de amortiguadores crees que tiene este coche?

—Si te sorprendo lo suficiente con mi excepcional voz de barítono, ¿saldrás conmigo un día de estos?

—Y si te traes a tus amigas podemos ir nosotros dos también —tanteó Owain en una risita tonta—. Porque nos lo pasaríamos genial, conozco un sitio…

—¿Pero qué estáis diciendo? Son niñas. ¡Menores de edad! —gritó Tom.

—Es evidente que no has estado atento. Las niñas ya están bien creciditas.

Guiney se sonrojó y ocultó el rostro ante las bestialidades de Jack. Eran capaces de sobrepasar límites elementales con tal de irritar a Tom.

Continuaron con sus chanzas y pullas durante los casi diez kilómetros que separaban Penylan del poblado en el que se hallaba la sala Warlow’s.

En una ubicación privilegiada a pocos metros del mar, el motor se detuvo.

Descendieron del coche a las carcajadas y sacaron la guitarra y el bajo del maletero. Traspusieron la puerta trasera del local, en el que deambulaban los técnicos de sonido e iluminación y el dueño dando los toques finales.

Guiney se desplazó a través del entablado del escenario observando las deslumbrantes luces que rebotaban contra las cortinas moradas del fondo. Una mujer joven, un poco mayor que Tom, se acercó al dueño con el móvil para grabar un mensaje entre bambalinas.

—¡ Croeso ! Como cada año desde 2003, en Warlow’s celebramos la noche de las bandas.

Una noche en la que dejamos a un lado nuestra programación ordinaria y abrimos el local al talento de Gales del Norte.

Esta noche tocarán más de quince grupos.

Podéis venir en familia y pasároslo bien.

Estamos a punto de comenzar. ¿He repetido mucho la palabra «noche»?

Guiney echó un vistazo de extranjis a la lista de los técnicos.

Iban a tocar músicos de diversas tendencias, pero sobre todo de rock y pop.

Los instrumentos se agolpaban contra las paredes, en orden de salida.

Había que ser rápidos, cada grupo tenía derecho a dos canciones y entre actuación y actuación disponían de un par de minutos para sacar los instrumentos de unos y enchufar o montar los de otros.

Los que tenían batería habían quedado entre medio de las actuaciones de las guitarras acústicas de los Folk Brothers, las gaitas de los McNamara o el cuarteto de viento SassyJazzy con tal de tener tiempo suficiente para quitar los tambores.

—Siéntate donde quieras —le dijo el dueño a Guiney—. Estamos a punto de empezar. Voy a abrir las puertas.

Ella miró el reloj. Las chicas se retrasaban, pronto Warlow’s se llenaría de espectadores y les iba resultar difícil verse en la aglomeración.

—Seremos los primeros —cuchicheó Tom en el oído de Guiney bajo las voces de la concurrencia.

—¿Nervioso? —preguntó ella, aunque la respuesta la obtuvo al reparar en su escurridiza aura ligeramente temblorosa.

Aquel le restó importancia con un gesto.

—Deséame suerte —le suplicó.

—¡Rómpete una pierna! ¿O es solo para el teatro?

La suerte siempre los había favorecido. Sus auras reflejaban el entusiasmo necesario para adivinar en ellos un futuro próspero. Quizás esa noche fuera su gran oportunidad. Y tal vez Tom se marchase, abandonase Penylan y se transformase en una estrella.

La olvidaría.

Tal vez era lo más indicado, porque ella iba a estar muy ocupada arriesgando su vida y las de sus seres queridos en su lucha contra los sanglent.

Se obligó a dejar de pensar en futuros hipotéticos y enfocó hacia el escenario, dispuesta a grabar a sus amigos, que se retrasaban.

La gente abarrotaba Warlow’s, lo que aumentaba el ruido.

Guiney contempló su vaso de coca cola y revolvió los hielos usando la pajita, obligándose a desterrar los pensamientos tristes de su mente.

Esta debía ser una despedida, un adiós a su vieja y tranquila existencia, y también un adiós a la relación que la unía a Tom, no quería exponerlo más.

Aunque, por otro lado, era preciso transmitirle energías positivas, mostrarle que lo apoyaría siempre, donde quiera que fuese.

Iba a tomar un nuevo sorbo que la sustrajera de la necesidad de suspirar cuando lo sintió: una presión horrible en el pecho, como si le clavaran miles de agujas.

Con el temor manifiesto en las facciones, se volteó a investigar su procedencia y divisó a cuatro hombres de mediana edad, uno de los cuales estrechaba la mano del dueño del local.

—Ese debe de ser el productor —oyó que conversaban los camareros.

No. No era verdad. Debían de confundirse. Guiney abrió con dedos ávidos la aplicación de mensajería y usó el código de una sola palabra que ella y sus amigas habían ideado para estas ocasiones.

Ninguna contestó ni miró el mensaje.

***

Las copas hicieron un ruidito de resonancia al chocar entre sí. La editora de Phillibert Annwyl dio un sorbo corto al champagne y se sentó en el sillón de orejas cruzando las piernas.

—El lunes te envío los papeles firmados. La editorial francesa de la que te hablé quedó fascinada con tu libro sobre la Guerra Fría. El anterior te pagó esta casa y presiento que con el nuevo… —dio una palmada al sillón—. ¿Mallorca o las Canarias?

Los adultos rieron la gracia de la mujer regordeta. Belle dio un resoplido.

—¿Me vas a llevar a Warlow’s? —preguntó a su madre, que miraba junto a ella la escena desde la barra de la cocina.

—¿Te quedas a comer, Ashanti? —preguntó la señora Annwyl.

—No lo había pensado. Pero… ¿por qué no?

Belle le clavó la mirada a la madre.

—Es la editora de tu padre, Belle. Gracias a ella tenemos esto —susurró la mujer abriendo la nevera.

—No me importaba vivir en un suburbio de Londres, coger el metro lleno de gente para ir al colegio y que tú dieras clases de Historia del Arte en la escuela nocturna. Molabas más cuando no eras una mami de clase media —resopló Belle otra vez.

—A mí también me gusta vivir tranquila, sin cuestionarme si lo que hago vale la pena o si llegaremos a fin de mes —zanjó ella.

—Is, querida, ¿para cuándo tendré en mi mesa un manuscrito tuyo? —dijo Ashanti sirviéndose más champagne.

—No soy muy buena escritora.

—Tonterías. Phil me ha contado que sabes montones de cotilleos del mundo del arte underground. ¡Sería tan divertido leer sobre eso!

—Vale, me voy sola —murmuró Belle escabulléndose y subiendo la escalera de a dos escalones.

Una vez en su habitación, cogió dinero para un taxi.

Estaba a punto de irse cuando escuchó que la puerta se cerraba automáticamente.

Las luces se encendieron y apagaron en parpadeos estroboscópicos, el termostato se volvió loco y la calefacción subió la temperatura hasta los treinta y siete grados.

Dominó el clima en su habitación con un manotazo y fue hasta el panel táctil.

Los parámetros iban de un extremo a otro, por mucho que tocaba la pantalla para restablecer la configuración.

—¿Qué habéis hecho? —gritó a través de la puerta.