Penylan I: Incógnito Capítulo 8
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Capítulo 8

Concierto

Las esquinas de Penylan eran un hervidero de medios de comunicación.

Por doquier se topaban con reporteros y metros de cable de cámaras y micrófonos.

Las mechas rojas de Belle en su cabellera rubia rizada amenazaban con descubrirlas ante los atentos espectadores, por lo que se acostumbró a ir cubierta con la capucha de la sudadera a pesar del calor.

Alguien se había acercado lo suficiente para saber que ellas iban a ir tras los sanglent ese día. Y ese alguien no había despertado el don de la guardiana de las auras. No tenían ni idea de por dónde empezar a investigar.

El aniversario del accidente de Paul pasó y Daphne optó por dejarlo estar esa vez.

Si las vigilaban, era el momento perfecto para atacarla.

Prefirió acudir al cementerio la tarde en la que iban a ver a la banda de Tom tocar en Warlow’s, depositar unas flores frescas sin mucha ceremonia cuando todavía había luz y cuidadores, y largarse bien rápido.

Jugueteó con los bordes del papel que envolvía el ramo de rosas preguntándose cuánto tardarían en olvidarla si el Clan de Sanglent se las sacaba de en medio, y si acaso en la aparente aleatoriedad del mundo había vidas que fueran elegidas para permanecer por algún motivo en especial que a los simples mortales se les escapaba.

Vidas que, entretejidas, eran más poderosas de lo que se consideraría si se tuviera una amplia visión del panorama.

Tal vez ellas tres fueran muy pequeñitas en la jerarquía del Clan de Aiglent y, a pesar de ello, su alianza estuviera en el centro de la telaraña reforzando las hebras delicadas, haciendo que la estructura se sostuviera.

La discusión entre Carys y su madre en el corredor le recordó que le habían dado permiso hasta las diez, así que se incorporó y cogió la cartera de piel que reposaba en la cama, saliendo por la puerta del patio para evitar la típica escenita de celos de su hermana en la que solía quedar mal parada.

Por primera vez, la brisa vespertina en el cementerio le puso el vello de punta.

El viento brincaba entre los panteones de fría piedra, que se iban coloreando de los tonos del crepúsculo.

Las campanadas de la iglesia de Santa Perpetua anunciaron la caída de la noche, rompiendo el respetuoso silencio.

Y algo atizó los árboles alertando a Daphne, que se puso de pie mientras se secaba las mejillas con las palmas de las manos.

Un chasquido de hojas secas a su espalda.

Al volverse, solamente vio el solitario laberinto de mármol.

—Como te decía… bloqueé las cuentas de los trolls y eliminé los mensajes. Te prometo que mientras respire no voy a consentir que te insulten por ser quien eras, Paul —estiró el dedo meñique en un remedo de promesa—. Tengo que irme —dio un beso a la piedra.

—¿Alguna vez consigues que te conteste?

El corazón se le cayó a los pies.

—Tú. Otra vez —resopló Daphne al reconocer a Crow acuclillado sobre un sarcófago de granito—. Ten un poco de respeto por los muertos.

Étienne bajó de un salto.

—A ellos les dan igual los vivos —se encogió de hombros—. Aun así nos gusta creer que son capaces de oír.

—¿Sabes? No estoy de humor para tus teorías sobre el Más Allá —Daphne emprendió la retirada.

—Un segundo —se plantó frente a ella—. Paul Williams Lowe… —lanzó un vistazo fugaz a la lápida—. Vienes muy a menudo por él.

—¿Qué? —contestó Daphne en un respingo—. Oye, ¿no eras tú el que no querías que la gente se metiera en tus asuntos? ¿Qué hay de los asuntos de los demás?

—Te veo desde mi casa —apuntó vagamente a la colina y cruzó los brazos de nuevo.

—¿Con prismáticos? —bromeó Daphne.

—Desde el jardín —puso los ojos en blanco él—. Contraté un jardinero, ya no parece la Selva Negra. Precisamente, cuando los fontaneros cavaron alrededor de una fuente para revisar el estado de las cañerías encontraron una caja con el nombre de tu amigo. ¿A quién debo entregársela?

—No le queda familia en Penylan. Murieron él, sus padres y el cachorro que habían adoptado unos meses atrás —resumió Daphne y la sorprendió que todavía le doliera tanto pensar en ello.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Étienne presionándole el hombro.

La chica se encogió instintivamente.

—Yo me la quedaré.

—Bien. Acompáñame, entonces —ofreció Étienne.

—Es que… he quedado. Mañana me va mejor.

—Ya estás aquí, son unos minutos —insistió él.

Daphne lo observó con suspicacia. En realidad, deseaba hacerle unas cuantas preguntas.

—Vale. Tienes razón.

Atravesaron el camposanto y emergieron a la calle en la que el acosador la había atacado. No pudo evitar el escalofrío preventivo, aunque sin tanta enredadera desbordada y con las luces arregladas ya no parecía un buen escondite.

—El alumbrado funciona.

—Nada que una visita al ayuntamiento no pueda solucionar —sonrió Étienne empujando las puertas de hierro.

—Nada que el apellido Crow no pueda solucionar. Hace tres años que no arreglan el poste que está frente a mi casa.

—Si quieres, puedo pasarme otra vez por el ayuntamiento —le siguió el juego él, andando a grandes trancos por el ahora menos agreste jardín, que no obstante mantenía su desordenado aspecto original.

—Eso a mi padre le encantaría —dijo Daphne, cuyo semblante divertido se convirtió en uno de congoja al avistar algunos de los sitios favoritos de su infancia.

Se detuvo a contemplar el blanqueado cenador neoclásico. Era muy distinto sin el gris de la lluvia y las matas de arbusto amenazando tragarlo.

—¿Conseguiste la piedra que buscabas?

—Ahí está —Étienne señaló vagamente a un montículo sin dejar de ascender por el camino rectilíneo de la puerta principal.

—¿No le encargas estas cosas a un arquitecto? —Daphne se obligó a ir a su ritmo, lo que no era fácil porque Étienne era alto, ágil y no estaba interesado en captar por el rabillo del ojo todos los cambios a su alrededor—. O a cualquier otro adulto.

—Es mi herencia. Es mi responsabilidad —resolvió él invitándola a pasar al interior.

El contraste fue inmediato.

La única iluminación provenía de unas exiguas llamas de velas decorativas.

Había cientos por todas las superficies posibles, lo que le daba al interior un aspecto de ermita pija.

El aroma que impregnaba el ambiente de la residencia de los Crow era el resultado de la conjunción de la humedad acumulada durante muchos años y el perfume de todos esos velones de diseño.

El recargado estilo neobarroco en el que abundaban las formas sinuosas y la exuberancia de detalles de los majestuosos cuadros y las diversas obras de orfebrería que destacaban en cada recodo de los pasillos salpicados de altísimas y pesadas aberturas cautivaron la atención de Daphne.

Era como recorrer un museo dedicado a la vida y costumbres de la Gran Bretaña victoriana.

«Esto valdrá un pastizal. ¿De dónde habrá salido? De haber estado antes, los ladrones no habrían dejado nada», pensó Daphne al llegar a una sala.

En un elegante gesto, Étienne le propuso que tomara asiento en una mullida y acogedora butaca tapizada en terciopelo color rojo vino, al tiempo que él se recostaba en un sillón de ancho respaldo.

Los separaba una mesilla en la que alguien había depositado una bandeja de plata reluciente y dos copas de cristal facetado que contenían limonada, a juzgar por su apariencia.

Daphne tragó saliva y se restregó las manos, nerviosa.

No lograba distinguir a Étienne claramente.

—Aún no hay electricidad —se excusó.

—Pues te las apañas muy bien. ¿Cuánto se tarda en encender todo esto?

—Mi mayordomo es muy eficiente en sus labores.

—Oh, sí, lo olvidaba.

«Olvidaba que eras rico», pensó ella explorando con la mirada los contornos temblorosos de la decoración de la sala.

—¿Cuánto hace que viniste a Penylan?

—No mucho, estoy desde finales de junio.

—¿Y el resto de tu familia? —quiso enterarse ella, que había alcanzado a entrever los rasgos de unos retratos enormes de un hombre y una mujer del siglo XIX a los que se asemejaba terriblemente.

—No muy lejos de aquí.

Pese a que los Crow habían sido una de las grandes familias de la historia del poblado, hacía décadas que no se arrimaban a ese humilde rincón. Tal vez él era el único preocupado por cuidar de su legado en Penylan.

—¿De verdad te gusta Santa Perpetua? Entiendo que el insti público no te haga gracia, pero si quieres entrar en «Oxbridge» hay colegios que son un pase directo.

—Hay quien diría que la riqueza también es un pase directo —Étienne cruzó una pierna sobre la otra.

—No voy a agregar nada a eso.

Daphne tuvo que admitir que Étienne era un conversador muy listo. No tan pretencioso como le había parecido al principio.

—¿Y a qué colegio ibas antes?

—Nunca he ido al colegio, me educaron en casa.

—Eso es inexplicablemente moderno para la imagen que me he hecho de ti.

—Ahora siento curiosidad por esa imagen —Étienne entrelazó los dedos.

Daphne se preguntó si estaba flirteando con ella o si se refería a su aversión a las habladurías.

—A propósito, encima de ese mueble está la caja.

Se refería a su aversión a las habladurías, sin duda.

Daphne destapó la caja de cartón multicolor afectada por la intemperie y en su interior halló polaroids, blocs de notas y flores resecas.

—Gracias —masculló entrecortadamente Daphne, la voz atrapada en el cuello.

—No hay de qué —y esa vez Étienne la miró a los ojos al declarar: —He de confesar que he echado un vistazo y me parece que tu amigo tenía talento.

—Sí —estuvo de acuerdo ella, rememorando viejas épocas.

—Hay una carta a tu nombre, no la he leído —se apresuró a desmentirse revolviendo en el fondo de la caja y tendiéndosela.

El papel se había vuelto quebradizo y ocre, la artística letra seguía siendo legible. Daphne la desplegó con un temblequeo y barrió las líneas, que se tornaron borrones conforme las lágrimas le empañaban la vista.

—Ven, siéntate —la condujo Étienne de vuelta a su butaca al verla sofocarse—. Bebe un poco, te calmará.