Capítulo 7 #4
—Hemos perdido la inmunidad del anonimato. Eso es lo que más me preocupa —dijo Daphne sorbiendo un capuchino.
—Si no hubiera estado tan agotada, habría cortado las emisiones de las cámaras.
—Es igual. De un momento a otro sabrán de quién es el móvil desde el que salió la llamada a Emergencias —terció Belle empujando los hielos al fondo del vaso con la pajita.
—Entonces, tenemos que adelantarnos —sugirió Daphne.
—¿Cómo?
—Cuando suene el móvil, ponlo en manos libres y déjame que cambie los recuerdos del auxiliar para que se equivoque en un número o borre el registro de la llamada.
—Es una idea genial, Daph —la abrazó Guiney.
—Al fin os encuentro —jadeó Aimee largando el resuello, hincando las palmas en la mesa en un intento por conservar las rodillas en su sitio—. Ese imbécil de Robert Gideon pretendía adelantárseme, ¡pero yo soy más joven y corro más rápido! —carcajeó.
—Vete —la echó Belle.
Guiney se lo impidió encajándole un puntapié.
—Estaba segura de que recordaba esas facciones de alguna parte —se sentó en el asiento que quedaba libre y le hizo unas señas a uno de los camareros que, solícito, le trajo un vaso bien grande de té helado—.
Oídme. Entiendo que comenzarán a lloveros propuestas de programas y entrevistas…
nosotras nos conocemos y no sería complicado llegar a un acuerdo…
—Ni lo sueñes —fue la seca objeción de Guiney.
No era necesario dar explicaciones a una persona tan rastrera. Era más que probable que fuera prometiéndoles cualquier clase de tratos con el fin de agenciarse su noticia bomba.
—Oh, vamos, el país entero está a la expectativa de lo que está ocurriendo en Penylan. Hacía años que a nadie le importaba este rincón del reino —Aimee puso los brazos en jarra de un modo amenazador.
—No prestéis atención, señoritas —interrumpió un hombre alto, fuerte, que rondaba los cincuenta años y vestía de manera elegante—. Mi nombre es Robert Gideon, para serviros —les tendió una mano grande de piel oscura, pasando sobre Aimee Rhys.
La periodista se irguió hecha un basilisco, su corta estatura era la de una niña al lado del enorme Gideon.
—Yo las hallé primero, a ti ni siquiera te importaba este caso —le dijo venenosa.
El hombre, lejos de intimidarse, paseó los ojos de su hombro menudo a las chicas.
—Si venís a mi programa, mi equipo se encargará personalmente de llevaros a Londres. Y saldréis en prime time .
—¿Ha dicho Londres? —le brillaron de pronto los ojos a Belle.
Guiney se apresuró a asestarle un codazo debajo de la mesa. No había que demostrar inclinación hacia esas proposiciones.
—No iremos a ninguna parte —se impacientó Daphne—. No somos unos fenómenos de circo para que nos paseen. Simplemente somos ciudadanas responsables.
—Vosotras os estáis guardando información —acusó la reportera entrecerrando los párpados en un mohín de recelo—. Habéis estado metidas en este asunto desde el principio. Recuerdo lo que me dijisteis en el restaurante de Tanaka.
«¿Te vas a pirar ya?», quiso gritarle Belle, mas se contuvo.
De pronto, en mitad de la contienda dialéctica sonó la melodía de jazz del móvil de Robert Gideon, quien lo sacó con modales refinados del bolsillo de su americana azul.
Su rostro demudó en concentración y apenas unos monosílabos brotaron de sus labios en respuesta a lo que venía del otro lado.
Al terminar la llamada, se excusó ante las jovencitas.
—Siento cortar nuestra negociación, si cambiáis de idea aquí os dejo mi tarjeta —les tendió un rectángulo de fino papel azul y letras en plata.
—Un momento —lo asaltó Aimee cuando él ya se encaminaba a la puerta—. Si te vas así como así es porque te han dado el chivatazo de una noticia más jugosa —se interpuso entre Gideon y la salida. Aquel la tomó delicadamente del brazo apartándola de su camino.
—Del mismo modo que un buen mago no revela sus trucos, un buen periodista no regala sus primicias —declamó mientras la puerta se cerraba tras él en un sonido de campanillas.
Aimee lo maldijo por lo bajo y se abalanzó a la calle a perseguirlo.
Belle y Guiney clavaron la vista en su amiga.
—Aquí no —pidió ella levantándose.
Cuando ya la cafetería estaba a unos convenientes metros de distancia, la chica se explayó.
—Le he leído la mente y… tal parece que han hallado a los sanglent muertos en sus celdas.
Nadie se explica cómo sucedió porque estaban en calabozos aislados unos de otros y no se han encontrado los elementos con los que se habrían suicidado.
Están investigando si han ingerido una sustancia.
En cualquier caso, tiene pinta de que los han querido liquidar.
—No eran más que unos mandados—exhaló Belle—. Nos va a tocar averiguar la identidad del final boss que los envió.
A pocos pasos, un muchacho de incipiente barba rubia las observaba escondido detrás de un contenedor de basura del callejón adyacente a Stardust. Chris Meilyr, youtuber de Los sucesos , guardó la nota de voz y le dio al play, corroborando que se hubieran grabado bien las palabras oídas de boca de Daphne. La frase sonó en bucle:
«Le he leído la mente.»