Penylan I: Incógnito Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Lo haré yo —aceptó Daphne—. En un ratito —bostezó.

—Yo llamaré a la policía, no me apetece caminar —ofreció Guiney marcando el número.

—¿Qué hacéis aquí?

—Ya he dicho que llamando a la pol… —se interrumpió Guiney y se volvió para saber quién había hablado.

En la parte alta de la ladera estaba Étienne, con el ceño fruncido y una expresión tan hosca y espeluznante que por algún motivo las dejó heladas.

El viento de la tormenta ondeaba sus oscuros rizos y los ojos verdes se habían transformado en una fina línea enmarcada en largas pestañas negras.

Los puños estaban fuertemente apretados.

Contra todo pronóstico, al dirigirse a ellas su tono sonó tan aterciopelado y medido como de costumbre.

—Vine al ver la explosión —señaló con la cabeza hacia el poblado que había del otro lado de la carretera—. Imagino que todo el mundo la ha visto.

—Ha sido… —comenzó Belle.

—Una explosión de gas. Terrible —completó Daphne.

—Estaba llamando a la policía porque justo pasábamos por aquí y… —retomó Guiney—. Al parecer, estas cinco personas son las que secuestraron a las chicas de la tienda… porque…

Los sanglent permanecían quietos en sus puestos igual que unos campistas que se echaran una siesta.

—¿Y vosotras a qué vinisteis? —inquirió Étienne acercándoseles. Cualquier rastro de irritación se había esfumado de un plumazo.

—Ya te lo he dicho. Nosotras pasábamos y al oír el estallido vinimos a investigar qué había sucedido. Descubrimos a estas personas, que han sido alcanzadas por la explosión —agregó—, y a las secuestradas.

Étienne esbozó un gesto perspicaz. Se notaba que lo que le contaban no le resultaba muy creíble. Lanzó un vistazo de soslayo a las chicas raptadas, que ya no gritaban ni pugnaban por soltarse.

—Deberíais haberlas liberado —las acusó yendo al hall en su andar elegante.

Las cosas se complicaban, si desataba a las chicas, estas iban desperdigar la historia de cómo se había desarrollado en verdad el rescate.

—Espera —gritó Daphne—. Deja que las libere la policía, no queremos meternos en problemas.

Étienne se detuvo, no sin antes exponer un gesto de sospecha. A pesar de ello, retrocedió levantando los hombros ante las tres jóvenes maniatadas, cuyo calvario no terminaba nunca.

Mientras tanto, Guiney acababa de dictar las coordenadas de su ubicación a la agente que la atendía desde el otro lado de la línea.

—¿Cómo se os ha ocurrido salir de turismo en estos momentos? ¿Os dais cuenta de que podríais haber sido vosotras las que estuvierais amarradas de pies y manos en vez de ellas? —las amonestó el chico apoyándose contra la pared semiderruida del edificio.

—Lo mismo se podría aplicar a ti. ¿Y si fuera un secuestro por dinero? —dijo Daphne procurando desviar su atención.

Étienne clavó en ella su mirada inquisidora, demasiado fuerte para mantenérsela, y contestó en un modo que no daba lugar a réplicas.

—Hay una cantera cerca. He venido a comprar piedra auténtica para las reparaciones de mi casa. No me conformo con una chapuza, no eres la única a la que le importa el patrimonio.

El sonido de las sirenas de las fuerzas de seguridad las alertaron de su pronta aparición.

—Estás en lo cierto, mejor será que las libere —resolvió precipitadamente Daphne, acercándose a las rehenes en unas zancadas.

—¿Te ayudo? —propuso Étienne.

Ella se lo sacó de encima con un ademán.

—No es preciso, ve a hacer señas a las patrullas —lo despachó a la vez que borraba de las mentes de las adolescentes los recuerdos de la pelea, salvando únicamente los de los últimos minutos.

Un coche de la policía, otro de los servicios de rescate y dos ambulancias frenaron estruendosamente a un costado de la casa. De los vehículos bajaron rápidamente enfermeros y agentes, entre ellos los compañeros del padre de Daphne.

Belle aflojó el hechizo, lo que regresó a los sanglent al tiempo real en el instante exacto en que eran esposados. Daphne se hizo a un lado con el fin de abrir vía a los enfermeros, que comprobaron la salud de las tres secuestradas en estado de shock.

—¿Podrán testificar? —se informó el inspector abordando a una de las sanitarias.

Una de las jóvenes, la más pequeña, se escapó de los cuidados de los profesionales y abrazó a Daphne vehementemente.

—¡Gracias! —lloró y, en voz baja, prosiguió—: No revelaré vuestro secreto, te lo prometo, y las demás tampoco.

—Andan por su propio pie, así que supongo que su diagnóstico es bueno —contestó la enfermera al reparar en ese detalle.

Daphne se asombraba de lo que había pasado. Aparentemente, al estar tan agotada sus poderes no habían surtido ningún efecto. Debió intentarlo varias veces más, hasta que por fin las saludó y ellas compusieron rostros embobados.

Otro chirrido de frenos se oyó provenir de la carretera. La cara de Guiney cambió rápidamente al verde pistacho al darse cuenta de quién se trataba. Era la unidad móvil del programa de Aimee, presta a transmitir en directo.

El cámara captó las primeras imágenes de los detenidos dentro de los coches policiales y del descampado en el que las niñas habían sido halladas, así como las caras de las jovencitas recientemente rescatadas.

Daphne, Belle y Guiney se fueron alejando subrepticiamente de la escena, procurando no aparecer en las noticias de la tarde o en el periódico del día siguiente.

Buscaron con la mirada a Étienne entre la muchedumbre de curiosos que se había ido formando, aunque este había desaparecido, quizás debido a motivos similares a los suyos.

A nadie le apetecía participar en un proceso legal engorroso.

Y menos a ellas, con lo que tenían para esconder.

—Han sido otras valientes ciudadanas las que las han encontrado —declaró el encargado de la redada—. Una de ellas llamó a la central, estaban aquí… —las quiso localizar, infructuosamente.

El cámara hizo lo mismo y logró unas borrosas tomas de tres chicas, una rubia, una castaña y otra morena que se distanciaban aprisa del escenario.

—Os he visto —dijo Tom ni bien ellas plantaron los pies en Noble & Probyn . En un periquete rodeó el mostrador mostrándoles la pantalla de su móvil sin quitarles ojo de encima. Era una captura del canal de 24 horas en la que a lo lejos se divisaban sus borrosas cabelleras.

—¿De qué hablas? —fingió sordera Guiney, cuyo rostro demacrado adquirió color.

—Esas tres cabezas juntas son difíciles de camuflar. ¿Qué demonios hacíais ahí? Primero os vais a un cementerio a medianoche y luego aparecéis en medio de un acto terrorista. ¿Qué va a ser lo siguiente? —las riñó.

Se despatarraron en las losas blancas gesticulando que no tenían ganas de oírle. Eso no hizo más que aumentar su enfado.

—Este es un negocio respetable, levantaos —refunfuñó amenazándolas con barrerlas a escobazos.

—Es que está fresquito… —balbuceó Belle, ya en el tercer sueño.

—Calla un minuto, ¿vale? Estamos muertas —exhaló Guiney.

—Muerta vas a quedar si no mueves el culo. Vendrán los dueños de un momento a otro y no voy a consentir que haya tres tías pegadas al suelo como chicles viejos —le soltó sin rastros de amabilidad y sí bastante indignación.

—Te dije que no era buena idea venir al local del cotilla —dijo Belle por lo bajo.

—Fue de casualidad, estábamos… estábamos ayudando a Crow a elegir piedra para las reparaciones de su casa. Él también estuvo allí —mintió Daphne hábilmente, cambiando los pensamientos de Tom.

Este se tapó la cara en un intento por contenerse.

—Pasábamos cerca de pura casualidad —empezó Guiney en inflexión de disculpas—. Y oímos una explosión de gas. Nos aproximamos y descubrimos a las secuestradas que habían salido en la televisión un rato antes.

Más le valía mantener la versión oficial, no contradecirse en ningún punto. Tom las observó ahora con un gesto compasivo. Debía de pensar que eran las personas con más mala suerte de Penylan, que todo les sucedía a ellas. Y no estaba muy equivocado.

Desalojaron las baldosas del local unos quince minutos después, casi recuperadas.

Volver a casa sin que nadie las reconociera por el camino iba a ser una labor complicada, especialmente con lo que había aumentado la cuota de pantalla del programa de Aimee desde el asesinato de Tammy, Dolly y Ginger.

—Esperad —las llamó Tom ni bien traspasaban el umbral—.

¿Recuerdas que me debes un favor? —se dirigió a Guiney—.

El viernes próximo tocaremos en Warlow’s , se hace la noche de las bandas otra vez y me gustaría que fueras, ya sabes, a darnos ánimos.

Hay posibilidades de que alguien nos escuche y… tú sabes.

—Sí, yo sé —rio ella disfrutando de su repentina turbación—. Estaremos allí —prometió devolviéndole una sonrisa sincera.

Fueron a refugiarse a la cafetería. Stardust estaba casi vacía, la mayoría de los habitantes de Penylan se había marchado de vacaciones y los empleados se oteaban unos a otros ahogando bostezos de aburrimiento.

—Estuvimos días esperando a que aparecieran y lo hicieron en cuanto fuimos nosotras las que movimos ficha —susurró Guiney.