Capítulo 7 #2
—Hay que ir hasta el centro comercial y fijarnos en las improntas —urgió Guiney—. No estamos tan lejos del lugar del incidente —expuso ojeando su móvil.
Marcharon a paso veloz, dándose valor las unas a las otras para persistir. El sol se abrió paso entre las nubes, iluminando en un brillo húmedo la entrada del centro comercial donde las tres chicas intentaban trazar el camino que habían seguido los sanglent.
—Según internet, los autobuses de aquí enfrente nos llevan adonde creo que están.
—Aimee ya no podrá afirmar que esto es obra del acosador, tendrá que inventarse otra teoría —jadeó Daphne apretándose las costillas, corriendo entre los coches.
—Dirá que el acosador nunca actuó en solitario, sino que era parte de una pandilla —tosió Guiney respirando entrecortadamente.
—Esto se acaba —aseveró Belle interponiéndose al autobús, que debió detenerse y abrirles las puertas—. Así las acabadas seamos nosotras.
Fueron hasta los asientos del fondo bajo la mirada de regaño del chófer, que arrancó a toda prisa.
Guiney sentía cada vez más intensamente la presencia de los sanglent en los alrededores, como si tiraran bengalas al firmamento con tal de llamar su atención.
Era un buen plan, se aseguraban encontrarlas sin tanto trabajo.
Se escudriñaron los rostros, en los que la preocupación hacía mella.
Sus corazones se dividían indecisos entre dos posturas: el temor y la responsabilidad.
Por un lado, querían entregarse y rescatar a esas niñas de sus captores, liberarlas de un sino que no les correspondía.
Y, por otro, eso comportaba involucrarse en una lucha de facciones a la que las habían lanzado sin otorgarles la posibilidad de sopesar su inclusión o no.
El curso de los acontecimientos las arrastraba a tomar una decisión y renunciar a la neutralidad.
—Es allí —dijo Guiney, el pecho hinchándose y desinflándose en violentas inspiraciones—. Los siento, los distingo.
Daphne persuadió al conductor para que detuviera el autobús sin rechistar en medio de la carretera y las chicas descendieron velozmente.
Del otro lado, un horizonte liso de nubes negras arremolinadas en avanzadilla de la tormenta veraniega y la figura imponente de una vieja casa solariega en ruinas, con sus torres rozando el cielo de pizarra.
Se abrieron paso entre el césped crecido todavía empapado de rocío, bajando la ladera de la colina en cuya falda se asentaba aquella edificación.
Cuando estaban a unos diez metros, las puertas de madera y hierro de la casa en ruinas se batieron lentamente y divisaron a los cinco custodiando a las prisioneras, que lloraban e imploraban de modo ininteligible, acostadas en el suelo.
—Habéis venido —celebró el rubio en su acento gutural.
—Arreglemos esto de una puta vez —gruñó el cabecilla.
La naturalidad de la estampa las chocó. Estaban ahí, a unos pasos de sus enemigos mortales. Y aun así les costaba comprender que las cosas debieran ser de esa manera, que esos hombres y mujeres representaran un peligro inminente y que no fuera a surgir de milagro quien salvara la situación.
—Soltadlas —rugió Belle enseñando la barbilla.
—Y una mierda —carcajeó la mujer del tatuaje de pantera en el brazo—. Son nuestra garantía —pateó la pierna de una de las secuestradas.
—¡Sonreíd! —las apuntó el sanglent restante con la cámara de su móvil, que se despegó de sus manos tan pronto Daphne se percató de que procuraban fotografiarlas y exponerlas a otros sanglent—.
Tío, lo estoy pagando en mensualidades —se quejó él recogiendo los pedazos del aparato, que había impactado contra un tronco.
De inmediato, Guiney rastreó e inutilizó todos los dispositivos electrónicos de la zona. Cabía la posibilidad de que las hubieran grabado o fotografiado antes de ese paripé.
—Vale, ¿qué hacemos ahora? —inquirió Daphne viendo que los cinco no daban muestras de ser los que rompieran el hielo.
—Improvisar —dijo Belle.
—Planificar —dijo Guiney
—¿Qué? —dijeron al unísono Belle y Guiney girándose la una hacia la otra.
—Intentemos negociar con ellos y obtener una resolución pacífica. Las vidas de esas niñas están en nuestras manos —terció Guiney.
—Ok. ¿Por qué habéis matado a Dolly, Tammy y Ginger? —comenzó Belle.
Los sanglent, de brazos cruzados, se miraron entre sí, como no dando crédito a lo que oían.
—Porque este tío tiene mal genio —se mofó uno de los hombres morenos señalando al rubio.
—Mala idea, Guiney —masculló Belle.
—Yo solo abogaba por darles una oportunidad, pero no los noto nada arrepentidos.
—Si no pueden hablar, no pueden culparte —la mujer de pelo escarlata pellizcó la mejilla de una de las secuestradas, que gritó ahogada en cinta aislante.
—Sería más fácil no acabar en prisión si no defendieras esa postura —le espetó Daphne.
—Qué ingenuas… —intervino el único de los cinco que no lo había hecho hasta ese momento y del que desconocían su don.
Sin mediar palabra, el sanglent de los cabellos rubios atacó agarrotándoles los músculos del cuerpo, que se retrajeron en tensión.
El dolor apenas les permitía pensar, sin embargo a Daphne le quedaba un resquicio de conciencia para contraatacar con una respuesta psíquica.
Ordenó al sanglent relajar la presión, lo que Belle aprovechó desatando una de esas tormentas que no hallan fin, casi ciclónica.
Las gruesas gotas caían estrepitosamente trocando en lodazal lo que no era de piedra y cemento; unos grandes trozos de granizo apedrearon a los cinco, llegando incluso a producirles cortes y magulladuras, lo que aflojó el hechizo del sanglent.
Las chicas se recompusieron, aunque otro traspié las aguardaba. Los rayos iban electrificando el ambiente, algo que resultaba de mucha utilidad cuando tu poder era manipular las cargas iónicas de las moléculas del aire.
—Oh, no —gimió Guiney, quien advertía nítidamente las auras de las mujeres—. Se están alimentando de esta energía.
—¡Belle, detén la lluvia! No seré capaz de contenerlas —expresó Daphne, cuya cabeza daba más vueltas que una lavadora.
A un gesto, los cuatro atacaron en una maraña que hizo temblar cielo y tierra, las dos mujeres actuando como un potenciador de los otros tres.
—¡Parad! —exclamó Guiney expandiendo su aura, invocando las esencias de lo vivo y lo que alguna vez lo fue y repeliéndolos con ellas.
No obstante, eso no bastó para enviar lejos a los sanglent.
El sanglent rubio volvió a usar su artimaña de quitarles el aliento; Daphne, afortunadamente, guardaba entereza con la que contrarrestar su intromisión psíquica.
—Esto no da resultado —se lamentó Belle viendo a los enemigos aproximarse—. Me he equivocado de palmo a palmo. La tormenta nos ha perjudicado más de lo que nos ha ayudado.
—No digas tonterías, no ibas a prever esto —juzgó Daphne, que se precipitó rendida al suelo tocándose las sienes, soportando unas severas ganas de vomitar.
—Hay que impedir que nos arrinconen, si no nuestros dones no serán suficientes. La diferencia numérica nos perjudicaría —dijo Guiney.
—Nos están entreteniendo. Si los hubieran mandado porque son mejores que nosotras, ya nos habrían vencido. Se podrían haber largado sin sufrir mayores daños. Pero se quedan a recibir leña.
—¿Qué quieren de nosotras? —Belle desplegó una coraza temporal de protección que repelió los embates conjuntos de los cuatro, devolviéndoselos.
—Son una unidad de reconocimiento —entendió Guiney volviendo a convocar las energías en su cuerpo, esta vez las de las sanglent también—. Les dirán a otros más letales quiénes somos.
—Por eso nuestra única opción es que ellos no consigan contarlo—. Daphne retuvo mentalmente a los sanglent impidiéndoles atinar a ningún tipo de movimiento.
—¿Qué pretendes? ¿Que actuemos del mismo modo que Cinnamon? —se opuso Guiney.
—¡Cuidado, chicas! —las advirtió Belle al percatarse de que el quinto de ellos, el que había de ser el cabecilla, las observaba fijamente. Sus ojos astutos declaraban que él no estaba ni había estado bajo el influjo de Daphne.
—¿Cuál es su poder? —el murmullo de Daphne fue demasiado alto para considerarlo como tal.
Las dos amigas negaron con la cabeza. Si la controladora de las psiques no conocía el poder, no había forma de imponerle al enemigo que no lo empleara.
—No tiene sombra —se percató Belle.
El quinto reaccionó al oír esa afirmación y presto usó su don, el mismo que había eliminado a un fantasma de la faz de la tierra. Atrapó las sombras de las tres aiglent, que se desprendieron tomando entidad propia, alzándose cual reversos oscuros de ellas mismas.
Daphne, Guiney y Belle se echaron atrás, aterradas de aquello que sucedía. Eso era demasiado complicado de racionalizar.
Las siluetas empezaron a danzar a su alrededor, en un arrebatado baile que les nublaba la visión. Daphne perdió el contacto con las psiques de los sanglent, lo que les dio arrestos para acometer una última descarga. Las sombras se apartaron reverencialmente ante sus amos.
Ocurrió tan rápidamente que luego no fue sencillo discernir cómo se habían dado los hechos. El suelo bajo sus pies se resquebrajó en secos y colosales terrones, el aire se llenó de estallidos de estática… y una ráfaga de aura barrió a los sanglent lanzándolos contra el edificio.
Belle los congeló temporalmente en las posturas en las que habían acabado en el suelo, fuera de combate. Las sombras se reintegraron a su verdadero hogar entre las suelas de los zapatos.
No entendían por qué portento se habían librado de esa, aunque el trabajo en equipo había ayudado bastante. Habían concluido, sin mediar palabra, que la razón por la que eran un trío era que sus poderes funcionaban más eficazmente al combinarse.
—Lo hemos conseguido —suspiró Guiney con voz de ebria—. Y solitas.
—Estoy grogui —añadió Daphne levantando un dedo que se abatió pesadamente.
—No os durmáis —aconsejó Belle, sentada a lo indio—. Hay que entregarlos a la policía. Y desatar a las niñas.
—¿Alguna sabría borrarles la memoria? A golpes me resultaría muy bestia —bromeó Guiney probando incorporarse.