Capítulo 7
Enfrentamiento
—Los viajes psíquicos me debilitan. Tardé en recuperarme del anterior y no sé cuánto rato estaré aquí hoy. Te suplico que me escuches —pidió el aparecido.
La chica se acomodó en el borde de la cama y asintió.
—Vale, pero... ¿al menos me dirás tu nombre?
—Me llamo Ares.
—Qué nombre más cool , el de un dios… dios de la guerra —murmuró Belle suspicaz—. Yo soy Belle Annwyl —agregó.
Ares percibió que lo estudiaba detenidamente, dispuesta a desentrañar cada palabra que le soltara con tal de averiguar si le convenía confiar en él.
—¿Por qué no tienes cuerpo? —arremetió Belle traspasando a Ares de un puñetazo que no le afectó lo más mínimo.
—Si lo que ves de mí es una proyección astral es porque estoy encerrado en una celda que inhibe el uso de mis demás poderes. Por eso te ruego que me ayudes.
La naturaleza de Belle era compasiva, pero no estúpida. No se le ocurrían muchas opciones que te llevaran a la cárcel sin ser culpable.
—¿Quién te ha encerrado y por qué?
—Mi padre. Me niego a obedecerle.
—Ya —ladeó el rostro ella—. El mío a veces también se pone pesado.
Ares sonrió, y su risa distó de ser despreocupada y encantadora. Era el graznido de rabia de quien odia a la persona a la que hace alusión.
—El mío quiere verme muerto, Belle.
—Eso que dices es bastante alarmante.
—Ya. Escúchame: por culpa de la sucesión de poderes perdí mucho tiempo intentando contactarte. El pulso de tu don es bastante débil y solamente lo capto cuando lo usas. Necesito que vengas a sacarme de aquí antes de que mi padre encuentre a la Dama —su voz se alejaba nuevamente.
—Es que… ahora mismo estamos metidas hasta el cuello en un problema gordo, no creo que…
—Intentaré volver… —alcanzó a exclamar Ares al agotar sus energías.
—…sea factible que nos involucremos en…
—…y te diré cómo llegar…
—…el rescate de un rehén.
El murmullo de Ares se extinguió y Belle se quedó mirando al vacío, indecisa entre auxiliarle o no. Podía ser una trampa, o al menos tenía la pinta de serlo. Así que ella no iba a caer en ese timo.
—Lo siento —negó en un meneo de la cabeza y abrió las cortinas dejando penetrar los hilos de luz cristalina del amanecer.
Eran más de las doce cuando despertó. Un mensaje en la pantalla del móvil le comunicaba que sus amigas iban a estar allí en cuestión de minutos.
Corrió a darse una ducha y bajó a la cocina a picar algo.
Su madre le había dejado la comida envuelta en papel film, se habían ido a visitar a unos parientes a Conwy y no regresarían hasta por la noche.
Se repantigó en el sofá esperando el sonido del timbre.
Sus pensamientos regresaban una y otra vez a los sucesos de esa noche.
Lo bueno del asunto era que no estaba siendo asediada por un fantasma, sino por la proyección astral de un australiano. Una explicación muy razonable .
El chico se había evaporado tras un chispazo súbito, como si se le hubiera ido la señal, dejándola con un cúmulo de preguntas sin formular: para empezar, cuál era la función del Clan del Tiempo en el delicado equilibrio de fuerzas que representaban los aiglent y los sanglent.
Una nueva pieza se desplazaba en el tablero de ajedrez y ella se debatía entre contárselo a las chicas o postergarlo hasta una segunda manifestación del australiano que fuera más aclaratoria.
Lo último era más práctico que andar preocupando a las demás con minucias que las distrajeran de su cometido principal.
—¡Qué panda de frikis! —gruñó Guiney al sentarse en un sillón de orejas— Nos han vetado. Y ni siquiera somos seguidoras del canal —se puso roja de ira.
—Oh, Dios, ¿qué hemos hecho para merecer esto? —se compadeció falsamente Daphne.
—¿Has visto lo que Chris ha puesto en una publicación, Daph?
—ante la negativa de ella, Belle prosiguió—.
Que rogaba disculpas a sus seguidores porque unas personas ajenas al canal habían «reventado la transmisión con un escepticismo pseudocientifista que pretendía desacreditar la importancia de la investigación paranormal con los argumentos de las élites mundiales».
—Lo que reventó la emisión fue esa inepta remedo de la Bruja Tonta hablando en arameo inventado —rio Daphne—. Cambiemos de tema —se dirigió a Guiney—. Dijiste que habías ideado algo.
—Sí —se volvió hacia ellas—. Deberíamos buscar a los sanglent por los pueblos cercanos, dentro del área de sesenta kilómetros a la redonda al que se refirieron las chicas.
Una vez los pillemos, los atraeremos mediante tus poderes, Daphne; con que intentes usarlos será suficiente, se percatarán.
Si hay suerte incluso podrías persuadirlos para que nos persigan hasta una zona libre de inocentes.
—Nos quedaría hallar un área como la que describes: libre de curiosos y en la que no sean capaces de desplegar sus poderes —accedió Daphne.
—Ellos nos quieren a nosotras; el haberse equivocado y que hayan obtenido tanta publicidad derivada del tema del acosador no les debe de sentar nada bien, no les gusta hacerse notar.
Por lo que, si los azuzamos y los incitamos a seguirnos, estarán bailando a nuestro son —continuó Guiney—.
Aparte de eso… he estado pensando en lo que empleó Cinnamon para despachar a esos cuatro extranjeros.
Y presiento que ha sido energía espectral —reveló.
—¿Qué? —preguntó Belle en una mueca de desconcierto.
—Sí, bueno… lo que intento explicar es que, si se perciben y controlan las auras, es posible también conjurar en un solo punto las energías que invoque. Aunque no sé de qué modo pasar de la teoría a la práctica.
—Hazlo rápido —la urgió Daphne—. ¿Y tú ya has aprendido a controlar el clima?
—Estoy en ello —le respondió Belle desviando la vista—. ¿Y tú a detener ataques con la mente?
—Nos vendría bien un tutorial —dijo Guiney notando lo raro que era que discutiesen seriamente de temas que sonaban a pura imaginación. El asunto era que esas imaginaciones habían cobrado forma en varios asesinatos.
—Vale, antes de que se nos caiga el alma al suelo por todo lo que está pasando, ¿seguimos la conversación fuera? El día se ha quedado bueno —ofreció la anfitriona.
No había nadie husmeando en los alrededores, así que se sintieron lo suficientemente a gusto para sacar provecho de la corta tregua de la que dispondrían antes de ir a enfrentarse a sus enemigos.
—Un nuevo vídeo de Aimee —indicó Guiney apartando su taza de té vacía.
—¿Vas a ver esa bazofia? —la regañó Daphne, que jugaba con el perrito de Belle.
—Hay que estar al corriente de los movimientos de esos tipos, y la manera más eficaz es no perder detalle del caso del acosador —se defendió ella—. Ya hay hipótesis que relacionan la muerte de Cinnamon con las de Tammy, Dolly y Ginger.
De cualquier manera, ese día las noticias no mostraron nada que hubiera que catalogar de nueva pista.
Los tertulianos persistían en centrarse en los secuestros y asesinatos de las tres jóvenes, que la presentadora estrella procuraba atribuir al acosador a toda costa, a pesar de que los expertos que había congregado en el estudio alegaran lo contrario.
Era una carrera contrarreloj. Era preciso aprender a usar sus dones si iban a desafiar a los sanglent, pero no disponían de demasiado tiempo si querían evitar una nueva masacre.
Otros dos días transcurrieron y seguían sin indicios de los sanglent. Había una muy remota probabilidad de que el desliz del asesinato múltiple los hubiera condenado y que los mismos sanglent se hubieran ocupado de borrar a los otros del mapa.
El autocar de media distancia paró emitiendo un bufido y las tres chicas se sentaron al final, entre una anciana que dormitaba y un chico que escuchaba reguetón a todo trapo.
Guiney iba atenta a cualquier perturbación de las auras que llamara un poco la atención; no obstante, la comarca parecía extremadamente en calma.
—Por aquí no están —masculló descansando la cara en la ventanilla—. Sigamos.
La gente iba despejando el autobús y otros pasajeros ascendían; ya habían atravesado varios poblados y no había señales de esencias fuera de lo común.
—¿Estás lo bastante concentrada? —cuchicheó Belle sobre el bullicio que armaban unos chavales de la edad de ellas.
—Unos poderes como los de esos cinco no son fáciles de disimular, destacan mucho —respondió ella frotándose la frente.
Daphne hizo sonar la campanilla, dando por terminada la excursión en la estación de Llandudno. Cruzaron la acera e ingresaron de inmediato en un restaurante, sedientas. Bebieron unos refrescos y se giraron hacia el televisor gigante, en el que estaban echando un documental sobre la marsopa.
Belle punteó con el dedo la pantalla del móvil de Guiney para agrandar la imagen en el Google Maps.
—Nos faltan estas dos carreteras. Si no andan por ahí, entonces no me explico dónde.
—La línea 13 nos lleva —señaló Daphne.
La atención de los parroquianos se focalizó de repente en el aparato de 36 pulgadas. Un hombretón pidió al dueño que subiera el volumen. La cara de Aimee de tamaño natural en el canal de noticias 24 horas de la competencia las previno de que algo malo estaba ocurriendo.
—…otras tres jóvenes han sido secuestradas, esta vez en plena calle, hace tan solo un cuarto de hora.
Los testigos afirman que dos mujeres y un hombre retuvieron a las muchachas, que estaban de compras en una conocida tienda de Llandudno.
Una cuarta adolescente que las acompañaba dio la voz de alarma a los agentes de seguridad del local, a quienes les fue imposible detenerles, puesto que los secuestradores y sus víctimas ya habían desaparecido en una furgoneta negra.
»Las cámaras registraron las imágenes de dos mujeres y un hombre; no se ve el número de la placa. Se pide a la población que avise a la policía si reconoce a alguna de estas personas.
Los corazones de las tres chicas latían a mil por hora, la sangre les bullía en las venas, llenas de miedo y rabia a partes iguales.
—Es un llamado a gritos —dijo Daphne.
Abandonaron el local a la carrera y emergieron al resplandor de la mañana nublada.