Penylan I: Incógnito Capítulo 6
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Capítulo 6

Desaparecidas

La histeria colectiva por el acosador no hacía más que aumentar debido a las infructuosas pesquisas de la policía y la renuencia del delincuente a reaparecer y ser atrapado con las manos en la masa.

La popularidad de Aimee Rhys subía escalafones, hasta que su programa de TV cambió de informe semanal a diario, por lo que hubo de despedirse de su antiguo puesto en la radio.

Stardust se había transformado en la nueva base de operaciones de los productores de Aimee a la busca del material definitivo, así que Daphne eligió el restaurante Onigiri para festejar su cumpleaños.

Estaba a punto de tragar su primer bocado de arroz cuando un tropel de cámaras, productores, técnicos de sonido e iluminación irrumpieron en el local.

—¡No, aquí y ahora no! —berreó Daphne—. ¡Nos han invadido!

—Otro que anda tras la publicidad gratis —murmuró Belle al reparar en que el dueño del restaurante salía de detrás de la barra deshaciéndose en reverencias hacia los miembros del equipo.

—Muy bien, iremos al grano, señor Tanaka —lo avasalló Aimee surgiendo imponente entre sus colegas a pesar de su corta estatura y su vestimenta sencilla y veraniega—. ¿Qué interés podemos tener nosotros en su historia?

—Vámonos de aquí —se asqueó Daphne apartando el plato y cogiendo la bolsa de su regalo.

—¿No te vas a comer eso? —indagó de inmediato Guiney apuntando al tazón de arroz con sus palillos.

Tanaka relató que la noche anterior estaba vaciando la basura en el contenedor de la esquina cuando lo sorprendió una sombra, una sombra cuyos contornos eran los de un hombre alto y delgado, lo que le recordó a lo que en japonés llamaban kyûketsuki . Nadie entendió qué diantres significaba eso.

—¿Hay alguien que lo corrobore? —atacó Aimee indicándole mediante señas a una ayudante que empezaran a grabar.

—Mi hijo, Keitaro. Estaba conmigo —se refregó los dedos el restaurador.

A continuación, demandaron más detalles, esperando determinar si habían entablado algún tipo de conversación con el desconocido, pero tanto el hombre como su hijo de diez años habían corrido a refugiarse en la cocina.

—Caminaba raro, cansado —sostuvo el niño.

—No lograremos irnos, están tapando la entrada —mostró Guiney apurando los últimos sorbos de coca cola del vaso.

—Que los cumplas feliz, Daphne Hywel-Loraine —musitó ella para sí.

Aimee dio unas cuantas indicaciones sobre la manera de realizar el reportaje y echó una mirada en derredor seleccionando las mejores tomas. Entonces, las vio.

Atravesó el laberinto de mesas que las separaba y fue directa a ellas tres esbozando una enorme sonrisa persuasiva.

—¡Hola, chicas! Mi nombre es Aimee Rhys, presentadora de televisión —les tendió la mano, que ellas no estrecharon—. Bueno, ¿vosotras sois de aquí? ¿Sabéis si lo que dice Tanaka es verdad?

—Aunque así fuera, no te lo diríamos —le respondió fríamente Guiney—.

Te ha aparecido mucha competencia en las otras cadenas y en Internet —la picó—.

Ahora mismo hay un canal de YouTube llamado Los sucesos del norte de Gales que está recibiendo montones de visitas gracias a los pormenores escabrosos (y falsos) que está divulgando.

—¿En qué te basas para afirmar que son falsos, listilla? —entró en liza Aimee con descrédito en el rostro y la secreta certeza de que la chica guardaría informaciones frescas que refutaran las que se publicaban en esa web.

—¡Por favor, la mitad de lo que postean es de viejos casos de otras regiones del país y bulos que no tienen nada que ver!

Aimee intuyó una veta que le garantizara un buen reportaje y aguzó los sentidos con el fin de hacerla desembuchar.

—Cuéntame…

—Ya te hemos dicho que no te contaremos nada —dijo Belle—. Así que mejor vete a buscar alguna de esas estrellas de medio pelo que se mueren por salir unos segundos en la tele, si es que todavía queda gente que la vea.

La reportera les dio la espalda. Quizás no hacían bien al ponérsela en contra, aunque peor era que desfilaran en los medios si los sanglent las estaban acechando.

Se fueron del local y se sentaron bajo los árboles de la plaza del monolito, abanicándose con el flyer del servicio a domicilio del restaurante.

—¿Te ha estado pasando información tu abuelo, Guiney? —preguntó Daphne, tapándose los ojos de la luz del mediodía.

—Sí, le enseñé ese canal y él me nombró los expedientes de memoria.

Opina que hay un trasfondo muy raro en esto, demasiados huecos que la policía no es capaz de rellenar.

Ya sabéis, como con Jack el Destripador: no había manera de capturarlo porque sus métodos obligaban a atraparlo en plena faena.

Este otro, sin ser tan luctuoso, le ha dado la vuelta al sistema y ha demostrado que no importa el delito que cometas ni cómo lo ejecutes, sino que no te relacionen de ningún modo.

Ni siquiera es cuestión de ir deshaciéndose de las pistas.

Belle se estiró contra el tronco del árbol.

—Quiero que lo atrapen ya. Estoy harta de las manías de mis padres con la seguridad. Estoy cansada de este pueblo.

—Londres es la capital de la videovigilancia —la rebatió irónica Daphne dando un bocado a lo único que había alcanzado a rescatar de su almuerzo: un pincho de verduras.

—Quizás no sea buen momento para comunicaros esto, pero…

—Te vas a casar. Con Tom —la picó Belle.

—¡¿Qué dices?! —se sonrojó—. ¡No! No nos hemos vuelto a ver desde la semana pasada, solo conversamos un poco por teléfono y estaba muy deprimido por que no hubiera habido suerte con lo de la maqueta.

No, lo que quería deciros es que presioné a mi abuelo para que se cobrara favores de sus amistades en la policía.

No han sido ellos quienes sacaron los cadáveres, chicas; se rumorea que el Primer Ministro está cabreado con el tema y que si hubiera surgido una prueba de ese calibre la habrían sacado en primera plana con tal de demostrar que más valen cuatro muertos que una investigación costosa que se va al demonio.

—Habrá sido alguien más. De verdad, de haber sido los famosos sanglent no estaríamos aquí ahora —Belle suspiró antes de continuar en un tono grave—. Sería menos estresante que nos liáramos en una pelea de una buena vez que aguantar esta alarma permanente.

—Ha de haber una razón que explique por qué no se presentan si ya saben cuál es nuestro paradero.

—Es que tal vez no lo sepan —rebatió Daphne—. Puede que fueran los aiglent quienes se encargaron de los cuerpos, ya hablamos de esa posibilidad.

El sonido del móvil de Guiney invadiendo el aire con Queen of Rain de Roxette las interrumpió.

—¿Y eso?

—Ah, la escogió Tom haciendo el tonto. No se me ocurre qué otra usar. ¿Qué pasa, ma?

El semblante de Guiney pasó de la alegría al azaramiento en unos segundos.

—Es el cumpleaños de Daph, no me voy a ir. ¿Que lo acabemos en casa? ¿Por qué?

Las otras dos no entendían sus balbuceos. Solo que no debían de ser buenas noticias, a juzgar por el modo en que su amiga abría los ojos y fruncía el entrecejo.

—Está bien, ya vamos —terminó ella antes de colgar—. Todo se complica: tres alumnas de mamá han desaparecido y me ha ordenado que volvamos a casa de inmediato. Esto es terrible.

—¿Qué quieres decir?

—Que si está tan asustada es porque ya las han hallado… y no precisamente vivas.

Al abrir la puerta, repararon en Vivianne preparándose una taza de té bien fuerte. Su aspecto denotaba que la mala nueva la había afectado bastante, así que acaso su hija estuviera en lo correcto al aventurar que las chicas no habían salido de esa.

—Es mejor que estéis aquí —se justificó Vivianne tan pronto se arremolinaron a su alrededor en la cocina—. Es increíble, fui a recoger unos papeles al colegio y me crucé a la tía de los Benson, los padres de Dolly, y cuando me lo contó no di crédito. ¡Este era un sitio apacible!

Las chicas se miraron entre sí. Parte de la culpa de que ese rincón del mapa ya no fuera apacible era de ellas.

—¿Qué fue exactamente lo que sucedió?

—Según me han comentado, habían quedado las tres por la noche y se habían internado en el cementerio para intentar esa chiquillada del espiritismo.

Dolores Benson, Tammy Stevens y Ginger Hayes son…

eran un poco marginadas del resto y lo hacían todo juntas, así que, cuando sus familiares se percataron de que no regresaban, sospecharon que estarían en el mismo lugar las tres.

Las rastrearon, no hubo ápice del pueblo sin revisar, incluso pidieron la cooperación de la policía de Penylan.

Hasta que las encontraron dentro de un hueco a medio cavar, amarradas de pies y manos, muertas, con las caras estancadas en una expresión de horror —la madre de Guiney se restregó los ojos cansados y llorosos.

—¿Cuánto hace de eso? —indagó Daphne al tiempo que se sumergía en los recovecos de la mente de la señora White en pos de recuperar la historia que le habían relatado.

—Denunciaron su desaparición hace dos días. Las hallaron a la mañana siguiente, es decir, ayer.

—Por Dios, que no se entere Aimee —rogó Belle por el bien de la memoria de las tres jóvenes.

—Demasiado tarde —dijo Guiney rebuscando en los vídeos a la carta de su programa de televisión. Giró la pantalla en horizontal para que todas lo pudieran ver.

La periodista se había plantado en la puerta de la casa de los Stevens.

En la parte inferior de la imagen, un rótulo anunciaba un directo desde el cementerio esa misma tarde.

Golpeó la aldaba esperando ser recibida, mas lo único que obtuvo fue un portazo de furia al dar su nombre y acercarle el micrófono al padre de Tammy.

Daphne, Belle y Guiney esbozaron gestos de «se lo merece».