Penylan I: Incógnito Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

—¡¿Qué?! ¿Y por qué no estás con ellos? —lo regañó ella irguiéndose de un salto. Ahora ya no había tanta diferencia de altura entre ambos.

—Porque tenía un compromiso —le contestó serio—. Ya sabes, es mi mala costumbre de cumplir las promesas.

—Bueno, debería irme —anunció Belle en voz queda—. Ya es tarde.

—Ahora os llevo a todos. Subid al coche.

—Eh, tío, ¿a mí me acercas al pub?

Tom dejó a Andy primero y luego a Belle. Guiney se vio obligada a emplear sus dotes de contorsionista para pasar del asiento trasero al delantero por dentro del coche. Su amigo apagó el motor al aparcar en la casa de ella, aunque no se quitó el cinturón.

—Abre la guantera —le indicó a Guiney apretando el volante.

Ella lo miró suspicaz, aunque se limitó a abrir el compartimento. Había una caja envuelta en papel de regalo de Winnie The Pooh.

—Esto perdió la gracia hace varios años —protestó riendo—. Te lo consiento porque me encantan los personajes.

—Ábrelo —la apresuró, bastante excitado.

Guiney desplegó el papel y lo dobló a conciencia depositándolo en su regazo. Encima colocó la caja de un móvil de última generación.

—¡Guau! ¡Debió de costarte una pasta, serás idiota! —gritó Guiney cerrando los puños.

—No esperaba ese cumplido —entornó él los ojos y se mordió el labio inferior.

—No es que no esté agradecida, es que no está bien que hayas hecho semejante gasto en mí —se sonrojó ella, más por confusión que por otra cosa. Entonces, se dio cuenta de algo—. El bolo en la fiesta de Jenny. Era para esto.

—Es que me he cansado de localizarte a través del teléfono de Belle o el de tu casa. Además, con el acosador ese suelto, lo mejor es que vuelvas a estar comunicada. De pensar que ese tío estuvo en el mismo sitio que yo y a unos metros de vosotras… me entran escalofríos.

—Gracias, de verdad. Mierda, ahora no sabré cómo compensarte —lo estrechó estirándose hacia él y se quedaron así varios segundos. Ninguno estaba dispuesto a romper ese abrazo, que era la tregua definitiva.

—Te lo mereces por ser la única que me escucha —Tom contempló el interior de sus ojos provocando que le subiera el rubor.

—Entremos —sugirió Guiney con el fin de que no advirtiera que iba a tornarse del color de una cereza madura.

El perro mestizo ladró y se lanzó a lamer a Tom en cuanto entraron por la puerta que lindaba con la consulta. Recorrieron el pasillo con el animal dando saltos y fueron hasta el patio trasero, donde ya estaban los cuatro abuelos de Guiney y los padres del chico.

—¡Que alguien quite a la gata de la mesa! —ordenaba Vivianne.

—Ya voy —se ofreció Guiney abrazando a su gata blanca.

La cena estaba casi lista, por lo que tomaron asiento.

Guiney observó cuánta gente había en la mesa de tablas del jardín y sintió un gran temor a que si los sanglent las vigilaban los convirtieran en el blanco de su venganza.

Allí estaban la abuela Mary, el abuelo John, el abuelo Samuel, la abuela Genevieve, sus tíos Nessa y Steven.

Y Hannah, cuya mirada entre verde y marrón era la misma que la de Tom; y Robin, cuyas pecas en la nuca había heredado su hijo. Y él…

—…te queda un mes y medio de estudio.

El tono agrio de Hannah la devolvió a la realidad.

—No voy a ir a la universidad, ya lo he repetido un millón de veces —negó Tom pegando la espalda al respaldo de la silla que había traído del comedor.

—¡Pasó los exámenes de nivel con notas sobresalientes!

—Sí, lo pusiste en Facebook… diecisiete veces —murmuró la madre de Guiney.

—Malgastas tu tiempo. Ojalá mi hijo fuera igual de sensato que Guiney y estudiara una carrera.

La aludida no supo qué contestar a eso.

—Durante este año ha demostrado ser muy independiente y que es capaz de administrarse como un adulto —intentó poner paños fríos Henry, el padre de Guiney.

—Accedimos a su año sabático bajo la condición de que luego eligiera un grado —informó Robin a sus abuelos—. No importa cuál.

—He dicho que voy a dedicarme a la banda, tendremos una gran oportunidad dentro de dos semanas. Eso es lo que quiero hacer —exclamó Tom sin perder el aplomo.

—¿Quién dijo que yo iría a la universidad? —rio Guiney.

—¡Tú! —le recordaron sus padres.

—No estoy tan segura —se encogió de hombros.

Era verdad, ni tan solo sabía cuándo iba a empezar la lucha por la supervivencia, menos si iba asistir a clases el curso próximo.

—Ya lo ves, Guiney, mis padres me apoyan tanto como un ecologista la caza de ballenas —se sonrió Tom.

—¿Apoyarte? ¡Aporreas tambores, por el amor de Dios! Si no hubieras dejado el conservatorio, con lo que nos costaba.

—¡Seis mil libras al año! —agregó Robin.

—¿Es que somos unos esnobs? —acometió el chico en falsete.

—Tom es un batería genial, lo siguen cientos en su canal de YouTube —afirmó Guiney no muy convencida de que eso fuera a servir de algo.

—¿Os gusta la comida? —resolvió la discusión Vivianne White arrojando enormes cantidades de ensalada de patata en los platos.

Guiney percibió la cálida mano de Tom posándose sobre la suya debajo de la mesa y el fuerte apretón que le siguió.

—Gracias —musitó él.

—Cuando quieras —murmuró ella devolviéndoselo.