Capítulo 5 #3
—En el único lugar que se me ocurre: el garaje. Caerá el nuevo diluvio universal el día en que mi padre ordene ese desastre —propuso Guiney introduciendo las cosas de nuevo en su mochila a topos de colores.
Al día siguiente, Guinevere se despertó antes que nadie y bajó al garaje, rebuscó entre los kilos de cachivaches inservibles y destapó la grieta que no había sido revestida tras el arreglo de las cañerías.
Introdujo allí la bolsa de plástico en la que habían metido los documentos y los teléfonos y la tapó con una tabla apolillada.
Unas horas después, volvió a la cocina haciendo como que recién se levantaba.
Igualmente, lo que mostraban en la televisión le despejó la mente del todo.
Allí estaba Aimee Rhys, en su flamante papel de reportera audiovisual, recorriendo el bosque junto a su cámara, acompañada de otro detective que no era Lewis.
—La policía exploró ayer esta área del bosque con la intención de localizar al acosador. Dígame, inspector Bradley, ¿ha habido suerte?
El inspector Bradley agitó los bigotes castaños al responder.
—No, no hemos hallado al individuo, apenas unos cuantos indicios materiales que se están analizando.
Aimee y Bradley iban rehaciendo el recorrido que los oficiales habían realizado el día anterior, el mismo que los había guiado a donde habían estado ellas y los cuerpos.
—¿Qué demonios…? —se preguntó Guiney en voz alta, no dando crédito a lo que sus ojos veían.
Se allegaron al círculo sin hierba en el que Cinnamon habría conjurado un hechizo tan poderoso como para quitarle la vida a cuatro adultos… que estaba vacío. Los cadáveres ya no estaban allí.
—Al principio nos llamó la atención esta circunferencia perfecta de pastos quemados —narró el inspector agachándose y toqueteando la tierra, causando un efecto dramático—. Más tarde concluimos en que era el producto de una desafortunada barbacoa. E ilegal, debo agregar.
—¡Por el amor de Dios! —rio Guiney irónica—. Así nunca le echarán el guante a ese tipo.
—¿Podrías atender el teléfono? Estoy ocupada —le reclamó su madre, que sacaba las sábanas de la lavadora.
Era Belle gritándole que cambiara a la S4C, a la vez que hablaba con Daphne por el móvil. En esencia, las tres habían sido testigos de la milagrosa desaparición de Giovanni, Nikolai, Sally y Anna.
—¿Alguna teoría? —indagó Daphne ahogando un bostezo.
—Quizás la policía deseaba evitar más alarma social —colaboró Belle masticando una tostada.
—O los sanglent ya están en la ciudad y han venido a tirar la basura —sonrió macabra Guiney.
—¿Quién ha venido a tirar la basura? —la pilló Tom y ella casi dio un respingo del espanto. No le cabía en la cabeza cómo se había distraído tanto para no distinguir su presencia.
—¿Te he asustado?
—¡Sí! —colgó apresurada.
Él esbozó una sonrisa.
—Me gustan tus pijamas —observó echándole una ojeada de arriba abajo a su conjunto de ositos.
La chica huyó a su cuarto, completamente roja, y se embutió en la camiseta rosa y los pantalones vaqueros que descansaban sobre la silla del escritorio. Volvió a la primera planta, donde su amigo secaba los platos que su madre enjuagaba.
—No tienes que hacerlo, son los platos de mi casa —extendió el brazo esperando que le entregara la bayeta y él la alzó por encima de su cabeza.
—¿No recuerdas qué día es hoy? —le dijo la señora White terminando de aclarar.
Guiney cayó en la cuenta al reparar en las caras de alegría.
—¡Feliz cumpleaños! —la abrazó ella y Guiney fingió alegrarse.
No iba a confesarles que le rondaban asuntos mucho más importantes en los que pensar. De hecho, haber llegado viva hasta ese día ya le resultaba una proeza.
—Felicidades, Guiney —le sonrió Tom, reclinado contra la mesa—. Y de parte de mis padres también. ¿Pasarás esta tarde por el local? Jack y los otros van a ir saludarte.
—Emh, claro. Primero supongo que iré a la casa de mis abuelos.
—Vendrán a cenar, por eso necesito que me des una mano —deslizó su madre.
—Bien, entendí la indirecta.
—Me voy ya. Querría quedarme un rato más, pero los dueños se han ido de vacaciones y estamos solos Andy y yo —expuso Tom tragando a sorbos la taza de té con leche que le había ofrecido la señora White.
—¡Diles a Hannah y a Robin que vengan esta noche, no lo olvides! —le recordó la señora White cuando el chico cerraba la puerta.
—¡No lo olvidaré! —alcanzó a gritar.
Guiney tuvo una mañana muy ajetreada, a pesar de lo cual lo que había visto en la TV no dejaba de asombrarla.
¿De qué modo desaparecían cuatro muertos en los, aproximadamente, tres minutos que mediaron entre que ellas escaparon y los policías se presentaron?
Cabía la posibilidad de que quien lo hubiera hecho las hubiera estado vigilando. Qué alentador.
—Hemos estado mirando el asunto siempre en clave de amenaza. ¿Y si hubieran sido los aiglent? —aventuró Belle. Se habían encontrado por casualidad en la calle y se dirigían juntas a la tienda de música en la que trabajaba Tom.
—¿Por qué no nos habrían avisado, entonces?
Todavía brillaban los postreros rayos de sol del atardecer sobre el cartel de latón de Noble se reunían con el delegado comarcal de la BBC, iban a enseñarle la maqueta.