Penylan I: Incógnito Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Me harías un gran favor —suspiró Guiney.

Tom despegó los labios, que habían transmutado en una fina línea.

—Ya me voy.

—Espera… —Guiney actuó impulsivamente cogiéndolo de la muñeca. Quería hallar la fuerza de expresarle lo que él significaba para ella, pero, como de costumbre, no fue capaz—. Muchas gracias —lo liberó, y los dedos de Tom rozaron los suyos, entrelazándose apenas un momento.

***

Los días se sucedían y los rumores acerca del acosador no hacían más que aumentar, aunque aquel había renunciado a obrar en los alrededores. Se veía que tanta proyección pública le dificultaba la faena y había decidido postergar su afición.

Por otro lado, Guiney seguía sin detectar a ningún sanglent, lo cual no era una garantía, puesto que si los aiglent contaban con una detectora era de prever que entre los otros hubiera alguien que poseyera el mismo poder, o que estos ocultaran sus auras.

La psicosis del caso del acosador les servía al menos para estar confinadas en casa sin darles lugar a que las desafiaran muy pronto.

De cuanto más tiempo dispusieran, mejor se asentarían sus dones y mejor los manejarían.

El padre de Guiney, que regaba el patio en el que las tres chicas merendaban, sacó de la veterinaria una vieja radio de transistores y la puso sobre la mesa de madera.

—…les acompañará Aimee Rhys y su espacio de investigación, hasta mañana —anunciaba una locutora.

Aimee lo había conseguido. A base de cotilleos había logrado su propia sección sobre el «acosador del norte de Gales», como habían bautizado a su simpático adormecedor de chicas.

El segmento comenzaba con una sintonía tétrica que hacía temer lo peor y le seguía la voz entre segura y acusadora de Aimee avisando de que entrevistaría al detective Lewis a continuación, pero que primero debía dar paso a los compromisos publicitarios.

La pausa comercial no tenía visos de terminar jamás, lo que demostraba que no era la única que sacaba tajada del folletín en el que se había transformado el caso.

—Detective, se ha comentado mucho en los últimos días que el agresor no ha vuelto a actuar, ¿a qué se lo atribuye la policía? —lo asaltó Aimee ni bien estuvieron en el aire otra vez.

—¿Usted me lo pregunta? —dijo Michael Lewis irritado e inició un intercambio de agudezas.

—Señor Lewis, el genuino interés de los medios en mantener a la población informada por el bien común…

—¿El bien común? ¿Así es como llama a obstaculizar la labor policial brindando excesivos detalles?

—Consultar a personas relacionadas con el caso no constituye un delito, en especial si no nos lo prohíbe la autoridad judicial. Si el cerco mediático obliga a este hombre a dejar sus ataques, habremos cumplido nuestro deber cívico, ¿no le parece?

—Francamente, no. Sabemos lo que pasa en cuanto algo ya no da réditos, desaparece de la emisión opacado por otros temas.

—Permítame recordarle que no ha sido convocado para exponer sus teorías sobre los medios de comunicación, señor Lewis, sino para describirnos las actuaciones de su departamento, que mucho requiere de nosotros en esta coyuntura.

—Nuestra honra no está en juego. Sin embargo, haré lo que me pide. Nuestros peritos han determinado que de su forma de proceder se desprende que se trata de un individuo solitario, un posible acomplejado.

—¿Una especie de psicópata?

—Nadie ha usado esa palabra. Le agradecería que no inventara diagnósticos psiquiátricos. Más bien hablamos de alguien que busca saciar algún tipo de compulsión. Por esta razón estamos, con las divisiones de los pueblos aledaños, realizando averiguaciones…

—¿Qué clase de averiguaciones? —lo cortó.

—Estamos rastrillando diferentes zonas en las que consideramos que podría esconderse el agresor.

Guiney maldijo al escuchar aquello.

—¿Cuál es el problema? —dijo Belle.

—Los cuerpos de los sanglent a los que Cinnamon se enfrentó: no hemos ido a librarnos de esa evidencia —respondió ella por lo bajo.

—¿Crees que se los cargó?

—¿A qué iba a referirse con «he detenido a los que vinieron a por mí» si no? No quiero sonar pesimista, pero con que alguno de ellos guardara algún tipo de información acerca de nosotras…

—Peor va a ser que nos vean moviendo cuerpos en descomposición —se negó Daphne.

—No vamos a moverlos, solamente a revisarlos.

Se internaron en el bosque. No habían visto a ningún policía, por lo que creían que las pesquisas se estaban llevando a cabo en algún otro sitio. Lograron ubicar el lugar de la muerte de Cinnamon.

—Haremos un barrido más minucioso. Me concentraré en sus improntas —propuso Guiney—. ¡Dios, esta cueva! —se estremeció.

—¿Qué tiene?

—No sé… recuerdos —miró al vacío—. De ella y míos.

—¿Qué hay de sus recuerdos? —destacó Belle.

—Son sensaciones difusas, un sentimiento de tristeza, congoja, anhelo, todo mezclado. Me da que deseaba despedirse de alguien y no lo consiguió —explicó ceñuda Guiney. Luego ladeó la cabeza—. A ver esos caídos en combate…

Se centró en percibir las esencias del entorno, poniendo especial énfasis en lo que no fuera puro y etéreo. Se adentraron cada vez más en la arboleda, alejándose de Penylan y casi tocando la frontera del poblado vecino.

—Es ahí —señaló un espacio en sombras.

Dos hombres y dos mujeres yacían formando un círculo perfecto.

Las tres chicas se acercaron a echarles un vistazo, a pesar de que ya olían y sus rasgos se desdibujaban por la acción de las moscardas de la carne.

La visión de los cadáveres les revolvió el estómago.

Por la ropa que vestían, consideraron que se trataba de dos jóvenes y dos adultos.

Lo único fuera de lo común era que los habían marcado con el mismo tatuaje en el cuello bajo la oreja izquierda.

El dibujo era el símbolo astronómico de Plutón.

—Son una familia —se horrorizó Belle—. Dime que no son ellos, por favor.

Guiney asintió parcamente.

—Están… envueltos en un halo azulino. Eso es que sus intenciones no eran buenas al… fallecer —le costaba articular, las tres estaban conmocionadas.

—El símbolo del dios de las profundidades. El Hades. La oscuridad —enumeró Daphne apuntando vagamente a los tatuajes.

—Esto convierte a los aiglent en asesinos también, en malas personas —se enfureció Guiney levantando la voz.

—La perseguían, era una cuestión de vida o muerte —la contradijo Daphne.

—Terminemos con esto —dijo Belle haciendo acopio de fortaleza y revolviendo en los bolsillos de la mujer rubia.

Pronto halló entre las ropas una descripción de Cinnamon anotada precipitadamente en un papel, de lo que se infería de los trazos; teléfonos móviles sin batería, algo de dinero y documentación.

—No eran una familia, Belle. El hombre era italiano, el chico era ruso, la mujer era belga y la chica era neozelandesa.

Interesante: han enviado individuos que se confundieran entre los habitantes de la comarca por su aspecto corriente —dedujo Daphne hojeando los pasaportes que había dispuesto en el suelo de tierra chamuscada.

—¡Rápido, Belle, deja todo como estaba! —las urgió Guiney agitando los brazos.

Ella así lo hizo, con el desconcierto en la cara.

—¡Daph, viene tu padre con otros bomberos y la policía, échalos!

—¿Por dónde?

—Por allí.

Daphne se enderezó de inmediato y empleó su poder mental con el fin de guiar los pasos de las fuerzas del orden lejos de ellas. Eso no duraría demasiado, era hora de largarse.

—Ojalá esto dé resultado —Guiney guardó en la mochila los objetos robados a los cuerpos, procurando no dejar más vestigios.

Escaparon corriendo sobre la maleza y las raíces con el corazón a mil revoluciones, la tensión las obligó a volar hasta el picnic, donde no se pararon a coger oxígeno.

Se desmoronaron sobre las sillas de un restaurante, sin respiración.

Estaban solas, a excepción de dos clientes a varias mesas de distancia, lo que les permitía conversar en calma.

Revisaron los efectos personales de los sanglent una y otra vez sin desvelar nada que las ayudara a entender a sus némesis.

—Giovanni Scola, cuarenta y tres años. De Milán.

Ha estado en muchos países, cada tres meses en uno distinto —explicó Guiney inspeccionando el pasaporte que sostenía.

Pasó al siguiente—: Anna Dupuis, cuarenta años.

A las mismas fechas que Giovanni, otros destinos; solo han estado en los mismos lugares en dos ocasiones.

Sally McDormand, la de Nueva Zelanda, tampoco coincide, ni tan solo en las que los dos primeros sí; y el chico, Nikolai apellidoimpronunciable , menos.

—Adiós a la conjetura de una base secreta de operaciones —se lamentó Belle presionando los botones de encendido de los móviles—. Completamente muertos. Han pasado varios días desde lo de Cinnamon, lo raro es que no rastrearan los aparatos.

—Dame tu teléfono —solicitó Guiney y ella se lo tendió desconfiando.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que creo que hizo nuestra inteligente Cinnamon —le respondió fijando la vista en el aparto de color negro. Al instante, este empezó a pitar.

—Me has agotado la batería —se quejó Belle con una mezcla de estupor y disgusto—. Supongo que así fue como me borró las imágenes.

Al menos, habían llegado a la conclusión de que se movían entre organizaciones de alcance internacional.

Lo que no lograban vislumbrar era qué sacaban personas en apariencia normales de estar a la greña con otra gente, cuál era verdaderamente el trasfondo de esa pugna ancestral.

De lo que sí estaban seguras era de la capacidad de todos ellos para ocultar cualquier pista que revelara sus actividades.

—Si el Guía nos explicara mejor lo que Cinnamon nos contó… —deseó Daphne descansando la cabeza contra la pared porque se le había vuelto un torbellino.

—Este no parece darse por aludido, no es más que un parásito intestinal —dijo Guiney golpeándose el estómago, que emitió un gruñido.

—¿Dónde vamos a esconder esto? —inquirió Belle ocultando las posesiones de los sanglent rápidamente tras su bolso al notar las miradas curiosas de los clientes.