Penylan I: Incógnito Capítulo 5
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Capítulo 5

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El desayuno fue triste y silencioso, tanto que el señor Annwyl optó por pedirle al asistente virtual que pusiera la radio local, en la que a esas horas daban las noticias.

—Nos acaban de comunicar que anoche el acosador que mantiene en vilo a las autoridades locales cometió otra agresión. Aimee Rhys está en la comisaría de Penylan, amplíanos la información.

—Sí, Demian. Como has dicho, el acosador ha cometido un nuevo ataque a la salida de una fiesta en Penylan.

Un individuo abordó a una de las asistentes empleando la técnica característica del acosador: la sedación.

Nos encontramos en las dependencias de la policía junto al detective Michael Lewis, quien está a cargo de las investigaciones.

Detective, ¿todavía no hay sospechosos pese a los numerosos testimonios que han prestado las víctimas?

El detective carraspeó, un tanto escamado por que los tildara de inútiles.

—Tal y como lo ha expuesto usted, las jóvenes pierden la memoria en cuanto el acosador entra en contacto con ellas. Es cauto; ataca por la espalda con el fin de no ser identificado, de manera que su aspecto varía según la testigo. Y eso es lo que nos impide avanzar en su identificación.

—¿Y no han averiguado qué clase de narcótico ocasiona la amnesia? Se ha hablado de plantas psicotrópicas —arremetió la periodista.

—El laboratorio no las ha detectado en las muestras de sangre obtenidas de las implicadas. No sé de dónde ha sacado ese dato.

—¿Y qué es lo que ustedes consideran?

—No puedo decir más sin comprometer la investigación.

—¿Al menos podría decirnos si este caso se resolverá con celeridad?

—Estamos en ello —zanjó el detective Lewis.

—Ya lo has oído, Demian; si bien el acosador ha vuelto a actuar, la policía sigue sin esclarecer su identidad.

—Gracias, Aimee. Y ojalá que en breve os informemos de que este sujeto ya no siembra el temor en nuestra tranquila comarca. Cambiamos de tema: ya se ha conocido la programación de la Feria del Ganado y Millicent Church nos la trae en exclusiva…

Las tres chicas se habían quedado de piedra al oír la palabra fiesta . Alguna de las invitadas a la despedida de curso de Jenny debía de haber sido la agredida.

—Por suerte vosotras no habéis ido. A apenas unas calles de aquí, Phil. ¿Te das cuenta? —se desahogó la señora Annwyl dando un sorbo al café.

—Hay cámaras por todas partes, ¿cómo es que no captaron la agresión?

—Hay un punto ciego —intervino Belle—. En la carretera.

—Peter me ha enviado un audio —dijo Daphne y subió el volumen para que todos lo pudieran oír.

«Estoy yendo hacia Stardust. El acosador atacó a la salida de la fiesta de Jenny. A Lilah.»

—Un momento: ¿primero a Daphne y ahora a Lilah? —cayó en la cuenta el señor Annwyl.

—¿Cree que se trate de alguno de nuestros compañeros? —interpretó Guiney.

—¿Quién tiene acceso a vuestro grupo de Whatsapp? —quiso saber la señora Annwyl.

—Mucha más gente sabía lo de la fiesta: Tom y sus amigos, la pandilla de mi hermana… —listó Daphne.

—Todo Penylan —se encogió de hombros Belle.

Llegó otro audio de Peter.

«Lilah acaba de entrar en el local.»

—Deberíamos ir a apoyarla —dijo Guiney y las otras dos se quedaron mirándola sin entender el repentino interés en el bienestar de Lilah—. Necesita desahogarse, ya me entendéis.

Las otras dos finalmente comprendieron el sentido oculto. Se refería a que podía brindar datos del acosador que les confirmaran si se trataba de un sanglent.

Stardust estaba a rebosar de alumnos del Santa Perpetua y de algunos desconocidos, desbordando las capacidades de sus tres empleados. Las chicas y Peter se deslizaron entre el gentío y se sentaron en la barra de media luna, dado que el grueso de la concurrencia se amontonaba en una mesa próxima.

—¡Dejadla respirar! —gritó Anthony despejando la apretada ronda, haciendo visible la nuca de Lilah.

—Voy a aproximarme —dijo Pete confundiéndose en el tumulto.

Lilah inhaló ruidosamente dándose aire con la mano y aprovechó para echarse el pelo hacia atrás.

—Os lo contaré, pero por favor que sea la última vez —amenazó poco convincentemente.

Jenny, ubicada a su lado, la miraba con los labios fruncidos y los ojos entrecerrados. Se suponía que todos deberían estar alucinando por su fantástico fiestorro y no por su compañera. Seguramente creía que había sido atacada a propósito con tal de restarle protagonismo.

—Me despedí pasadas las tres. Cuando estaba en la acera esperando a que mi Uber me recogiera, sentí una sombra por detrás y un aire helado, y luego…

—lloriqueó teatralmente—. Ya no recuerdo nada más, solo que…

—gimoteó—. Desperté varias horas después en el asiento del copiloto de un coche, y tenía estas cicatrices en los brazos ¡Quién sabe lo que me ha hecho!

—chilló sonándose la nariz y enseñando dos finas incisiones de aguja hipodérmica amoratadas a la altura del interior del codo.

—Es lo mismo que intentó conmigo —aseveró Daphne cuchicheando—. No logró acercárseme demasiado, supongo que porque lo enfrenté. Esto desmiente que se haya tratado de un sanglent, de lo contrario habría descubierto que lo repelí usando mi don.

—Además, las agresiones comenzaron antes de que conociéramos a Cinnamon, concretamente la semana anterior —expuso Belle.

—¿Qué vais a tomar? —las distrajo una empleada alta y algunos años mayor que las chicas, cuyo aspecto demostraba que esa mañana estaban a tope.

Lilah se levantó y se abrió paso entre la multitud a empellones, no sabían por qué.

—¡Señorita Knight! —llamó una mujer joven, bajita y delgada que llevaba gafas de pasta negras.

—Ya os he dicho que no quiero hablar con vosotros —rugió Lilah despachándola en un ademán.

—Señorita Knight —instó la reportera sacando una libreta de su enorme bolso—. Usted es una víctima, toda información que nos facilite valdrá para desentrañar este misterio. La opinión pública merece conocer la verdad.

—¡Es la del periódico, Aimee Rhys! —la identificó Daphne.

Lilah puso cara de fastidio y se cruzó de brazos, haciéndose la difícil. El séquito tornó a rodear a la reina y también a Aimee.

—Su testimonio es vital —quiso convencerla usando un tonillo complaciente—. Debemos evitar que estos incidentes vuelvan a repetirse.

Lilah la observó con suficiencia y accedió de mala gana, si bien se notaba que se moría por sus quince minutos de fama.

—¡Perfecto! —sonrió Aimee anotando unos garabatos en la libreta—. Incluiremos un reportaje en el informativo de las cuatro, tendrás que estar en el estudio a las dos y cuarenta. Aquí está la dirección —cambió de registro al extenderle la nota.

—¿He de ir yo? ¿No vendréis a buscarme? —se horrorizó Lilah.

—No es necesaria una transmisión especial desde el lugar de los hechos, no sé si me entiendes —la cortó enseguida la periodista, que encaró a la muchedumbre.

—¿Alguno de vosotros ha sido testigo de alguna cosita interesante? —exclamó atrayendo a posibles fuentes. Y las consiguió, porque, de repente, la mayoría de los que se congregaban ahí estaban al tanto de alguna historia ─falsa o hiperbólica─ que narrar.

Las tres chicas aprovecharon el desorden para escurrirse fuera del local. Saludaron con la mano a Peter, que le explicaba a Aimee Rhys sus teorías de investigador aficionado, agenciándose un posible sitio en la programación de ese día. Lo adivinaron al observar el gesto de satisfacción de ella.

—Estará contenta de rellenar mucho espacio a base de freaks —se quejó Daphne.

***

A Guiney la sorprendió la presencia del coche de Tom aparcado en el vado de su casa; había previsto que estaría durmiendo después de tantas horas de juerga. Su lado malvado pensó que estaría tan bebido que se habría equivocado de vivienda.

No, él jamás se había sobrepasado; era un estúpido buen chico.

Le oyó discutir de fútbol con su padre en la sala, así que optó por ascender las escaleras corriendo y encerrarse en su cuarto.

Se sentó en el borde de la cama sofocando el malhumor que le producía el que posiblemente le fuera con historias sobre Kirsten.

No la alegraba la idea de ser su paño de lágrimas.

Percibió los pasos de Tom y vio aparecer su pelo rubio oscuro en el hueco de la puerta.

—Hola, Guiney… —comenzó, dudando de si le convenía a su integridad física entrar o no.

Ella entornó los párpados al murmurar una salutación.

Tom se animó finalmente a pasar y se acomodó junto a su amiga hundiendo el colchón bajo su peso.

—¿Olvidado?

—A mí no me debes explicaciones de lo que hagas con tu vida.

—A veces, sí.

No se miraban a la cara, sino a un punto en el infinito por encima del espejo del tocador. Guiney bajó la vista y captó en una fracción de segundo el semblante de Tom reflejado en su superficie.

—¿Has estado con Kirsten?

Lejos de lo que esperaba, Tom lanzó una carcajada corta de asco.

—Se ha prometido al hijo de no-sé-quién que conoció en la universidad.

«No me extraña», se dijo la chica entendiendo a qué venía la gracia. Era lo que cabía esperar de las aspiraciones algo aristocráticas de la familia Tenby. Respiró profundamente antes de preguntarle si todavía sentía algo por ella.

—Hace mucho que no —se apresuró a responder él—. Para ella solamente fui el tío con el que se enrollaba para que la ayudara a aprobar las asignaturas y entrar en la uni. Tenías razón en detestarla.

—¿Y qué importaría mi opinión si tú aún la quisieras? —se giró Guiney hacia él y sus pupilas chocaron en un chispazo encendido.

—Me importa lo que pienses —le respondió él de todo corazón, desarmándola.

Reinó el silencio, apenas roto por las fuertes palpitaciones de Guiney.

—Guiney… lo de quitar nuestras fotos…—comenzó Tom dubitativo—. ¿Has conocido a algún chico? ¿Es que no quieres que él malinterprete…?

—No. No, no es eso —se ruborizó ella—. Es que hay gente muy mala que hace cosas muy feas —recordó lo de la cuenta de Paul con rabia—. Por eso directamente puse el perfil en privado.

—No me afectan los trolls. Que digan lo que quieran de mí. Pero si tienes miedo a que te hagan daño, quitaré tus fotos de mi perfil y del de la banda.