Capítulo 4 #4
—…y luego esas cuatro chicas se rieron de mí. Bueno, la nueva no.
Belle aguzó el oído al entrever el uniforme del colegio. Era Hywel-Loraine.
—Sin ti es el doble de duro. Estoy vacía, Paul. No hay nada que llene este agujero negro —gimió estrangulando los susurros.
Debía de quererlo de veras. Debía de sentirse sola sin él. Probablemente, Paul, Daphne y ella misma fueran los más solitarios de Penylan.
Quiso marcharse como había llegado, pero al girar sobre sus talones chocó con la tapa de granito de un sepulcro y cayó de bruces, emitiendo un agudo aullido de dolor.
—¿Estás bien? —acudió de inmediato Daphne.
—Sí, no te preocupes —Belle cogió la mano pálida y pequeña que tiró de ella.
—¿Puedes andar? ¿Te llamas Belle Annwyl, no es cierto?
—Sí —Belle se incorporó torpemente—. Y tú eres Daphne.
—Bueno… —dejó en suspenso aquella.
—Yo… lamento lo de tu amigo —le soltó Belle recostándose en un mausoleo—. Si necesitas consuelo…
Daphne enmudeció agachando la vista. Belle ya se censuraba por haber sido inoportuna, tal y como Guiney había vaticinado.
—Hasta luego —masculló Daphne finalmente, retirándose.
—Una chica y yo vamos a comer juntas mañana, si te apetece apuntarte… Digo, ya que las dos somos nuevas —la retuvo Belle, que apretó los párpados augurando una negativa rotunda derivada de su intromisión anterior.
Daphne curvó las comisuras de los labios en una fina sonrisa.
—Sí. Está bien.
Belle regresó a la realidad enjugándose una lágrima.
—Pásamela antes. La subiré a la nube y luego formatearé la tarjeta del teléfono.
—¿Creéis que nos hemos hecho amigas porque estábamos predestinadas a ser el trío?
—No —impugnó Belle tajante—. No nos hemos unido por la magia, fue la magia la que nos escogió por ser amigas.
Las tres sonrieron. Y se emocionaron.
—Beth ha colgado algo en sus historias —anunció Daphne mostrándoles la pantalla.
Una panorámica de la fiesta de Jennifer recorría el patio, la piscina, globos blancos, reflectores, una mesa con pica-pica y bebidas. La gente saltaba y bailaba al ritmo de la canción más movidita de Jack y los suyos. Al fondo se veían las baquetas y el pelo color almendra de Tom.
—Hasta están usando un hashtag, han subido de todo. Incluso a qué sabe la tarta.
Las tres se quedaron en silencio, masticando la injusticia cada una a su manera. Mientras sus compañeros le mostraban al mundo quiénes eran y cómo se estaban divirtiendo, ellas debían deshacer los vestigios de su pasado y las trazas de su presente con tal de seguir vivas.
Alexa apagó las luces a la hora habitual y Daphne y Guiney se fueron a dormir. Le tocaba la guardia a Belle.
No había transcurrido demasiado tiempo desde que se habían dormido que el móvil de Belle armó jaleo con una melodía punk. Ella lo buscó alterada tanteando en la mesita de noche.
—¿Sí?
Cuando le contestaron, gateó hasta el colchón en el que Guiney yacía despatarrada y la llamó.
—Cómprate un móvil nuevo —le tendió Belle el suyo.
—Hola.
—Guiney, soy Tom.
El bullicio de fondo despejó a Guiney, que endureció el tono.
—Son las dos.
—Ya. No cuelgues —gritó él sin más fin que el de hacerse entender por encima del bullicio—.
He visto que has ocultado todas nuestras fotos juntos en Instagram.
Escucha, sé que Jennifer no os trata precisamente bien.
Pero yo he venido por trabajo y porque los padres de Kirsten insistieron —marcó un inciso aguardando su reacción.
Ante su mutismo, persistió—. No quiero que pienses que te he traicionado o que soy un falso.
—Felicidades, ahora tendrás pasta para tus festivales.
—¿Crees que lo hago por eso? —Tom sonaba herido—. Te comportas como una boba.
—Vete a la mierda.
—Guinevere —vociferó sobre el alboroto—. Sé razonable, te estoy pidiendo que me perdones, ¿no es así?
Guiney hizo otro largo silencio. Se sentía culpable por quitar las fotos, por más que lo hubiera hecho para protegerlo de los sanglent. Era preferible que pensara que lo estaba castigando por lo de Jenny que decirle la verdad.
—Vale.
—Vale. Hasta pronto.
—Hasta pronto.
Belle se la quedó mirando, Daphne dormía plácidamente.
—¿Qué ha sido eso? —cuestionó en voz queda.
—Que es un buen tipo después de todo —resumió Guiney.
Se cambiaron los puestos y Guiney se abocó a mirar por la ventana. Tom no tenía que hacerle descargos; no obstante, el que se hubiera tomado la molestia demostraba que lo que había entre ellos era lo bastante precioso como para telefonear a las 2 AM.
A eso de las cuatro, Guiney y Daphne hicieron el cambio de guardia.
No pasó mucho tiempo hasta que Belle y Guiney sintieron unos quejidos bajos. Abrieron los ojos de inmediato ante el temor de que un sanglent hubiera entrado y estuviera atacando a su amiga.
Pero no. No era un sanglent.
Daphne lloraba de espaldas a ellas, procurando ahogar los sollozos.
Se acercaron a ella y encendieron las luces.
Al preguntarle qué le ocurría, les mostró la pantalla del móvil.
Una retahíla de más de treinta comentarios homófobos, algunos muy explícitos, manchaban la cuenta-tributo de Paul.
Guiney y Belle no hablaron. Rodearon a Daphne en un abrazo.