Capítulo 4 #3
—Es que siento que, si lo hago, es como si ocultara a Paul de mi vida —dijo ella con una sonrisa triste.
Las tres hicieron silencio, buscando alternativas.
—¿Por qué no lo conviertes en un tributo? Quitas las fotos en las que salís juntos y ya está.
Daphne suspiró.
Era la única opción que no implicaba eliminar por completo ese recuerdo.
—Vale, allá voy.
Quitó la foto del perfil en la que se los veía a ellos dos en la puerta de hierro de la casa Crow y puso una de él con su vieja cámara Leica colgando del cuello.
Era la foto favorita de Daphne. Paul miraba hacia la izquierda de la imagen, con las manos en los bolsillos y un aire bohemio.
El gorro de lana multicolor caído hacia atrás acentuaba su aspecto hípster.
Seleccionó todas aquellas fotografías en las que ella aparecía y las archivó.
En sustitución de la escueta biografía que habían redactado para el trabajo de clase, Daphne puso:
«Cuenta que honra la vida y el talento de Paul Williams Lowe. Amante de la naturaleza y del patrimonio arquitectónico de Penylan. Amigo incondicional».
Las manos le temblaron al escribir la última frase.
De un plumazo, ya no quedaron vestigios de su amistad.
Lanzó una bocanada de aire y por unos segundos olvidó volver a respirar.
—Has sido muy valiente —la animaron sus amigas.
Daphne no se sentía valiente, sino todo lo contrario.
—¿Me prestas el ordenador un segundo? —preguntó Guiney. Ahora le tocaba a ella —¿Qué me decís? ¿Cierro la cuenta, la pongo en privado o archivo las imágenes?
—Tienes un montón de fotos de tus mascotas, no hace falta quitarlas.
—Y tengo un montón con Tom. Él tiene acceso a ellas y yo salgo etiquetada en muchas de las suyas. Qué mierda, me va a tocar ponerla en privado.
—Espera, nuestra foto —dijo Belle—. Déjame verla un poco más.
Belle se refería a una fotografía que les habían hecho a los ocho años.
Ella ni siquiera vivía en Penylan por aquel entonces, había estado visitando a su abuela paterna.
Cuando esta falleció, sus padres decidieron mudarse de Londres y trasladarse definitivamente al pueblo.
Belle tenía catorce años, solo había pasado allí unos cuantos veranos de la niñez, entablando unas de esas efímeras amistades de vacaciones con niñas cuyos nombres no se le habían grabado.
No le hacía ninguna gracia dejar el colegio al que iba por el Santa Perpetua.
Sin embargo, en cuanto traspuso las verjas negras y la envolvió la fragancia de las flores y los setos, reconoció que había estado equivocada.
Las cosas no eran muy distintas a su antigua escuela: había grupos, envidias, rumores y las típicas chicas que se morían por lucir mayores de lo que eran.
Tres de ellas la abordaron en el almuerzo presentándose como Lilah, Jennifer y Gwen.
Fueron majas al principio, pero luego Belle se percató de que su pasatiempo era criticar a quien se pusiera delante.
Solían cebarse particularmente con una chica que se recluía en el fondo del comedor y con otra que pasaba el rato con un alumno de bachillerato.
La segunda tenía un no sé qué que no tardó en desentrañar al coincidir en la cola para devolver las bandejas.
—¿No te acuerdas de mí, verdad? —le dijo esta—. Te reconocí por la foto. Bueno, tu pelo ha sido lo que me ha convencido.
—No te estoy entendiendo.
Lilah fue a dejar su bandeja y se llevó por delante a la chica a propósito, sin pedirle disculpas.
—¿Se puede saber qué haces? —dijo Guiney masajeándose el brazo magullado.
Lilah no le contestó, más bien hizo como si no existiera.
—No le hables —se inmiscuyó Jenny—. Tienes ensalada en los brackets, Guinevere. Qué asco das —susurró pasando a su lado.
—Eres una zorra.
En ese momento, toda la cafetería calló.
Anthony lanzó una carcajada y Alika Ohakwu exclamó un bien audible «Ay, mi madre».
—¿Qué has dicho? —Jennifer intentó darle un empujón a Belle, pero esta fue más rápida y lo esquivó.
—¿En serio guardas una foto mía? ¿Me la muestras? —dijo Belle dando la espalda a Jennifer, Lilah y Gwen.
—¡Claro! Es de hace cinco años, en el castillo hinchable —Guiney la cogió del brazo.
—Apuesto a que todavía va —dijo Gwen ensanchando su horrible sonrisa caballuna, pero en la cafetería ya nadie les prestaba atención.
—¡Ah, sí! Se te cayó un diente de leche porque un niño te dio una patada.
—Ermmm, sí… —se incomodó ella—. Aunque deberías haber visto cómo lo dejé yo a él después. ¿Te sientas conmigo?
—Por supuesto —se alivió Belle de librarse de esas pérfidas.
—Si te vas con Guinevere, despídete de nosotras —la coaccionó Lilah.
—Perfecto. Adiós —no dudó Belle cortándolas en plena rabieta.
Al pasar a su lado, a Belle la intrigó nuevamente la niña de aspecto apesadumbrado que se confinaba al final del recinto.
—Ah, es Daphne Hywel-Loraine. Iba al otro colegio, al público.
No he reunido el valor de darle el pésame, tengo miedo de meter la pata —abrevió Guiney—.
Es que… su mejor amigo falleció este verano en un accidente de coche en la carretera A55 cuando se iban de vacaciones; lo pasaron en las noticias.
Eran inseparables. Los vi muchas veces rondando por la casa Crow, haciendo fotos por el pueblo.
La frase le dio vueltas en la mente durante el resto de la jornada. El que dos personas estuvieran así de encariñadas era una sensación que no había experimentado. Nunca había contado con verdaderos amigos, solo con compañeros a los que la ligaba una pura cortesía formal.
Se despidió de Guiney en la esquina del instituto.
Le había dado su palabra a su padre de que se encargaría de llevar flores frescas a la tumba de la abuela.
Eligió un ramillete de margaritas en la floristería del centro y en un santiamén estuvo ante los portalones de hierro, respirando hondo.
Los camposantos le daban un miedo atroz por el inexorable vaivén del tiempo; sentía que la eternidad retenida allí se le adhería a su propia carne.
Caminó vadeando las lápidas y las cruces antiguas y avistó la cabeza de una persona que musitaba.