Capítulo 4 #2
—Mis padres me acaban de dar permiso para quedarme en tu casa, Belle —informó Daphne revisando sus mensajes.
—Esta mañana antes de venir he vuelto a revisar todo, no hay huellas de pisadas en el barro.
—¿Podrá tratarse de lo mismo que oíste que te pedía auxilio? ¿Qué dijo Cinnamon? Ah, sí, que era alguien con un poder similar al tuyo. No significa que sea un sanglent. Porque ella ya se encargó de los que estaban en Penylan —dijo Guiney emergiendo de un cubículo y lavándose las manos.
—Sea lo que sea, espero que no reaparezca hoy —dijo Daphne y las demás la miraron sin comprender—. La fiesta de Jennifer, a cuatrocientos metros de donde vamos a estar nosotras. Si después de todo resulta ser un sanglent…
Ella no quería ni especular con la idea de que un grupo de sanglent las pillara en medio de un sarao lleno de público.
Si Cinnamon había vencido y así había quedado, era evidente que sus enemigos eran capaces de emplear dones muy potentes.
Por más que algunos de sus compañeros fueran detestables, no le apetecía que los convirtieran en brochetas.
La campana sonó y fueron a clase. Las ganas de vacaciones hicieron que esa última jornada ni alumnos ni profesores se tomaran demasiadas molestias académicas.
Se armaron corrillos en el aula, el mayor de ellos fue el que congregaron Lilah, Jennifer y Gwen, que daban la tabarra con el tema de la fiesta de esa noche.
—He visto que has incluido a Crow en la lista —puntualizó Beth Li—. ¿Crees que vendrá?
Lilah se echó la abundante melena rubio miel detrás del hombro.
—Ayer fui a verlo a la mansión. Me ha dicho que sí.
—¿Has entrado en la mansión? —Jenny abrió los ojos exageradamente—. Dinos ya: ¿cómo son sus padres? ¿Tienen cosas caras? ¿Hay servicio doméstico? ¿Viste su habitación?
—No hablamos mucho —se incomodó Lilah—. Él tenía unos compromisos, así que simplemente lo invité, él aceptó y nos despedimos.
—¿Qué clase de despedida? ¿Os besasteis?
—Ah, Jennifer. No voy a hablar de eso delante de todo el mundo —dijo Lilah mordiéndose el labio en una pose de timidez fingida.
—¿Y por qué no deja todo el mundo de hablar de ese imbécil? —refunfuñó Daphne desde su asiento.
En cuanto el reloj marcó la hora de salida, un estallido de júbilo recorrió los pasillos. Las chicas esperaron a que la mayoría de los compañeros hubieran salido para escurrirse ellas también.
El día volvía a estar gris. Las nubes se arremolinaban en la línea del horizonte y desde la colina se abarcaba el imponente paisaje del bosque color esmeralda, enfundado en la niebla gruesa. Parecía que no iba a tocarles una noche de buen clima.
Antes de ir a la casa de Belle, decidieron pasar por el supermercado y comprar lo necesario para la supuesta fiesta de pijamas que iban a celebrar.
—Pensé que veníamos a por unas galletas o unos botellines de refresco. ¿No aborrecías las legumbres? —resaltó Daphne al fijarse en que Guiney se surtía de todas las variedades.
—Parece que el Guía no —sopló resignada.
Cargaron unos cuantos productos más y se alinearon en la cola de la caja.
A través de los cristales avistaron a sus conocidos festejando el fin de clases.
La moto de Anthony se detuvo en el parking del supermercado, este descendió de un salto sacándose el casco e ingresó en la tienda a la carrera.
Al instante, lo vieron acercarse a la fila atiborrado de latas de cerveza, pese a que era menor de edad.
No reparó en las tres chicas, que pagaron las cantidades industriales de comida que Guiney se había empeñado en llevar.
Las tres chicas franquearon las puertas del local.
En el aparcamiento delantero se estaba juntando un grupo de gente alrededor de la moto.
Daphne instó a sus amigas a alejarse de inmediato, pues tenía la sensación de que Carys podía aparecer de un momento a otro y, de ser así, le iba a tocar ejercer de hermana mayor.
Ya llevaban la mitad del trayecto a casa de Belle cuando Guiney se paró en seco asustando a sus amigas.
—¡Olvidamos la salsa Worcester!
—Que ni se te ocurra —la previno Belle alzando una bolsa de tela—. Esto ya pesa una tonelada.
El anticuado claxon de un coche viejo sonó tras ellas.
—¿Os vais a encerrar en un refugio nuclear o algo parecido?
Era Tom haciéndose el chistoso.
—Algo parecido: una fiesta de pijamas —dijo Guiney arrimándose al Volkswagen Beetle negro del ‘68.
Tom posó el codo en la ventanilla. Del interior surgía el clamor amortiguado de un locutor proclamando que la próxima canción sería Eleanor Rigby .
—Subid que os llevo —ofreció abriéndoles por dentro y desplazando el asiento hacia delante. Belle y Daphne se apoltronaron atrás, forzando a Guiney a ir de copiloto, embutiendo las bolsas en el hueco entre sus pies.
El motor arrancó en un ronroneo y permanecieron en silencio contemplando el desfile de los asistentes al convite de Jenny que ocupaban la calle principal, lo que no le permitía a Tom avanzar más deprisa. Esto hizo que Guiney se percatarse de algo.
—¿Y adónde vas tan elegante? —le reprochó, pues vestía la camisa blanca y los vaqueros oscuros de Año Nuevo.
Tom se desentendió escudriñando a ambos lados al girar a la izquierda. Guiney, Belle y Daphne descifraron su actitud.
—Tú también —dijo Guiney severa.
—Tocaremos en la fiesta de los Tenby —fue el conciso resumen de Tom, quien no apartó los ojos de la ruta.
Guiney ladeó la cabeza y la pegó contra la ventanilla, viendo su propia cara de decepción en el espejo lateral.
No iba solo porque los hubieran contratado, sino porque Jennifer era la hermana menor de Kirsten, la exnovia de Tom.
Así que ella iba a estar presente, indudablemente, y él era el tipo ideal de iluso para tratar de reconquistarla, pese a que había sido ella la que había cortado la relación al irse a Oxford.
Nadie habló durante el trayecto. Tom detuvo el motor frente a la casa de Belle, bajó y les abrió la puerta ayudándolas con las bolsas. Guiney se le anticipó saliendo del coche por ella misma.
—No te molestes —gruñó abalanzándose sobre el sendero de guijarros con el fin de que él no viera la amargura en su rostro.
Tom suspiró poniendo los ojos en blanco, molesto por su reacción, y saludó escuetamente aparcando luego en la casa al final del vecindario, de cuyo jardín surgían unos haces de luz.
—Guiney… —la llamó Daphne percibiendo su frustración.
Aquella se limitó a exhalar dos o tres rezongos.
Fueron a la cocina a dejar las bolsas. Con la excusa de sacar a pasear al perro, las tres volvieron a la calle. Belle les enseñó dónde había divisado al fantasma, debajo de su ventana-ojo de cortinas blancas
—Parecía un chico de nuestra edad.
—¿Y cómo se justificaría una conexión entre vosotros? Nos has dicho que sus pocos rasgos no te resultaban familiares, que no lo habías visto nunca —corroboró Daphne.
Belle caviló rascando la espalda de su mascota.
—No sé. Quizás sea uno de mis poderes el detectar aparecidos.
—No —dijo Guiney estirando la vocal—. Si mi don es la capacidad de distinguir las auras de lo vivo… sospecho que también debo de poder detectar lo que alguna vez lo fue.
—En el caso de que sigamos pensando que el chico es un aparecido.
—Tu admirador no ha producido impronta, qué raro.
—¿Debería?
—¿Y si no es un fantasma y por eso lo ves? —concibió Daphne.
—Aunque así fuera, no creo que represente un verdadero riesgo. No es corpóreo.
—Ojalá que no te equivoques —rogó Daphne viendo cómo el vecindario se iba animando con la llegada de vehículos y jóvenes que se dirigían a la casa de Jenny.
—No siento nada —concluyó Guiney levantándose del suelo tras palpar el césped—. Está limpio, por aquí no anduvo ningún sanglent.
Recorrieron el barrio aguzando los sentidos.
No se apreciaban más que casas de familia iluminadas y sombras que seguían con sus rutinas diarias.
A apenas diez metros del final de la hilera de casas blancas, las chicas se detuvieron.
No querían que Jenny las viera y creyera que iban a colarse en su soirée .
—Volvamos. Supongo que te mueres de hambre —propuso Belle al oír el ronquido de la barriga de Guiney.
Subieron a la habitación de Belle con las bolsas y dispusieron las patatas fritas, los refrescos y la pizza en la mesa del ordenador.
Su amiga metió la pila de ropas en el armario y fue al cuarto de invitados a por colchones, sábanas y almohadas.
Instalaron los colchones y Belle desatrancó la ventana para ventilar la habitación.
Era una noche quieta, cálida y apacible, casi no se escuchaba ni a los pájaros ni a los grillos que habían establecido sus moradas en los setos de los Annwyl.
Picaron algo. Belle y Daphne jugaron a videojuegos mientras Guiney hacía la primera ronda de vigilancia. A eso de las siete se oyó a lo lejos una canción conocida. La banda de Tom había empezado a tocar.
—Alexa, pon música —dijo para intentar tapar el sonido que le llegaba desde fuera—. He estado pensando… durante estos días sin móvil me he dado cuenta de que hay un motivo por el que Cinnamon no llevaba prácticamente nada consigo.
Belle pausó el videojuego y se giró para oír a su amiga.
—No llevaba nada que pudiera conducir a un sanglent a identificar a un miembro de su familia o a cualquier persona cercana.
El rostro de Daphne se ensombreció.
—Entonces, crees que deberíamos hacer limpieza.
—Sí. Básicamente, quitar nuestros nombres de los perfiles en las redes y eliminar las fotos en las que salgamos juntas o con los nuestros.
—Vale. Vale, yo… —comenzó Belle abriendo varias pestañas en el navegador —solamente tengo cuenta en Twitch, YouTube y Spotify. En todas estoy con pseudónimos y avatares.
—Yo tengo muchas fotos en Instagram. Casi todos mis cumpleaños desde los doce —dijo Guiney con pesadumbre.
—Yo tengo las cuentas personales en privado, solo he de cambiar el nombre. Luego está… la cuenta que compartía con Paul —dijo Daphne, y las demás comprendieron que esa iba a ser una tarea muy dura para ella.
—No es preciso borrar las imágenes, solamente ocultarlas.