Penylan I: Incógnito Capítulo 4
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Capítulo 4

Contrafiesta

La puerta de la habitación de Daphne rechinó y asomó una cabecita castaña.

—Ya está la cena —le dijo Alis a su hermana.

Se aglomeraron cinco de los seis miembros de la familia Hywel-Loraine alrededor de la mesa y fue el padre quien amenizó la velada quejándose de los precios desorbitados de la ferretería de los hermanos Olwen, donde esa mañana se había formado una cola enorme que había entorpecido hasta el tránsito.

—¡Ya era hora! —bramó el señor Hywel contra Carys al verla llegar.

Carys no se preocupó por el protocolo de la cena, absorta en el cotorreo telefónico.

—Te voy a confiscar el móvil, te lo aviso. Estoy harto de que no te desprendas de ese cacharro ni cuando vas al baño —la advirtió el padre arrebatándoselo de las manos.

—¡Sí, claro! ¿Qué quieres, que me enclaustre en mi cuarto, sin vida social igual que Daphne? —disputó estirándose para recuperar el aparato.

La aludida no hizo comentarios al respecto; ese era el estúpido argumento favorito de su hermana.

—¡Adiós! —colgó el padre desoyendo las protestas de su hija.

—No veo qué cosas tan urgentes has de decirles a tus amigas —puso los ojos en blanco la madre—. Aquí nunca pasa nada.

—¿Es que no os ha llegado el rumor? —se sonrió Carys componiendo una mueca de suficiencia—. Hay gente en la mansión Crow, Sophie Olwen me lo acaba de contar. Dice que prácticamente todos los albañiles y fontaneros de Penylan han pasado por la ferretería a comprar materiales para hacer reparaciones.

—Pues a los Olwen me estaba yo precisamente refiriendo, porque el precio de los tornillos…

—Consiguió que le confirmaran el cotilleo de que el hijo de la familia se ha matriculado en Santa Perpetua —Carys traspasó a Daphne con la mirada, quien la desestimó pinchando un bocado de pollo—. Son la comidilla del pueblo.

—¡Y las podadoras, por el amor de Dios, qué escándalo! —perseveró el padre.

—Desde luego, lo habrás visto —machacó Carys en un mohín dirigido a Daphne, que no le prestaba atención—.

Tendrás que describírmelo. He revisado el «insta» de Lilah Knight.

Supuestamente le ha hecho unas fotos, pero se ven fatal, súper movidas y el chico sale de espaldas.

Lo he buscado por todas partes, pero no sale su nombre.

—Te ahorraré la demora: se llama Étienne Crow. Y es idiota —Daphne solventó su duda sabiendo que ella no iba a descansar hasta obtener la información.

Carys le devolvió un gesto de enfado.

—Quizás tú no comprendas el potencial de contar con un Crow en tu círculo —puntualizó Carys.

—Definitivamente, no saben el significado de la palabra «oferta», porque cobrar más de diez libras por esa baratija es inmoral —siguió opinando el señor Hywel para quien estuviera por la labor de oírlo.

—¿Primero contribuyes a destrozar la casa Crow y ahora te interesa que él se haga tu amigo? Quizás la que no entiende cómo funciona la sociedad eres tú —se retiró Daphne llevando su plato al fregadero y saliendo al patio.

—¿Será posible que nunca podamos tener una cena tranquila los seis? —oyó Daphne que se quejaba su padre antes de cerrar la puerta tras de sí y esconderse en la casita de juegos de sus hermanos, que años atrás había sido de ella y de Carys.

Necesitaba un lugar a solas para poder llorar.

La llamada a la policía de esa tarde había resultado ser una de las tareas más duras de su vida hasta entonces.

No era que hubiera desarrollado un apego extraordinario por Cinnamon, sino que esa mujer había dado su vida por ella.

Y ella ni siquiera podía hacer más que reportar su homicidio, cuyos culpables probablemente nunca iban a comparecer ante ninguna justicia ordinaria.

Se preguntó si los aiglent eran gente de ir a las autoridades, o si preferían resolver sus temas en una suerte de venganzas bíblicas ininterrumpidas.

Lo segundo le causó un escalofrío por la espina dorsal.

Otros sanglent iban a reemplazar a estos que habían encontrado a Cinnamon; eso quería decir que nunca iban a estar a salvo.

Siempre habría un sanglent dispuesto a atacarlas.

Los dolores de cabeza regresaron con intensidad.

Había tenido que emplear todo el control mental posible para convencer a la distancia a la administrativa de Emergencias de que era una anciana que se llamaba Gerta Pennyworth y que había hallado el cuerpo de Cinnamon mientras daba un paseo por el bosque.

Rogó que no hubiera nadie en Penylan con ese nombre para que no le cayera encima una investigación.

En la oscuridad de la casita de madera se iluminó el bolsillo del camisón. Era un mensaje del grupo de Whatsapp de clase. Jenny daba una fiesta de fin de curso y adjuntaba la lista de los invitados. Como era de esperar, ni ella ni sus dos amigas estaban incluidas.

Al instante, Daphne tecleó un mensaje en su propio grupo.

«¿Vamos a clase mañana? No me apetece aguantar a esas lagartas hablando de su fiesta.»

La única que podía contestarle era Belle, pero pasaron los minutos y no obtuvo respuesta.

«Olvida el mensaje anterior. Si Guiney pudiera escribir diría que hay que ir para que no parezca que nos escondemos de los sanglent.»

Volvieron a pasar varios minutos y Daphne empezó a preocuparse.

***

El uniforme de gimnasia de Belle había acabado sucio de vómito, así que ni bien llegó a casa se lo sacó y fue al lavadero para darle un tratamiento especial antimanchas antes de que lo vieran sus padres.

Puso la lavadora y se fue a duchar, perseguida por un olor que la había acompañado desde el bosque hasta su casa.

Al acabar, encendió el ordenador y buscó el cable usb del móvil. Quería guardar en la nube una copia de la filmación de su encuentro con Cinnamon, de tal modo que, si en algún momento los sanglent acababan con ellas, que al menos hubiera una explicación que darles a sus familias.

Enchufó el cable, abrió las carpetas y… nada. ¡No se había grabado nada!

Buscó entre las demás carpetas, trasteó en las aplicaciones.

Estaba más que segura de que había tocado la pantalla y que había verificado varias veces que la grabación se había realizado.

Comprobó que no se hubiera quedado sin espacio en la tarjeta de memoria.

No, no había sido un problema técnico.

Había sido la mismísima Cinnamon la que lo había borrado. En el momento en el que habían amagado con irse.

Dio un golpe en la mesa y las lágrimas saltaron dejando unos lamparones en el pijama.

No había nada. Ni una prueba.

Estaban absolutamente desamparadas.

Belle hipó, ahora incapaz de retener el llanto. No quería morir así, igual que Cinnamon. Sola.

Al escuchar los pasos de su madre en la escalera, Belle tuvo que guardarse la impotencia y limpiarse el rostro a toda prisa.

—¿Qué quieres cenar? —preguntó la señora Annwyl desde el otro lado de la puerta cerrada.

—No tengo hambre.

—¿Te encuentras bien?

«No.»

—Sí. Acabo de estornudar y tengo la nariz llena de mocos.

—Vale, abrígate que han bajado las temperaturas. Si cambias de opinión sobre la cena, me dices.

Belle resopló. Dejó el teléfono en la mesa, cargándose desde el usb, y revolvió en el armario para extraer el secador de pelo.

Con la tormenta que se había desatado no se le iban a secar más los rizos.

No quería pensar en algo tan nimio; aunque, por otro lado, los pensamientos rutinarios la iban a ayudar a no entrar en pánico.

El chasquido de una notificación rompió el silencio en la habitación insonorizada a la que no le llegaba el estrépito de las gotas que reventaban contra la fachada. Belle la desestimó y se aproximó a la ventana arreglándose el pelo con el secador a plena potencia.

Aún llovía con una virulencia inusitada.

Los anteriores habían sido días de calor húmedo, por lo que no era nada excepcional que las nubes descargaran indefinidamente.

Dejó el aparato en el suelo y tornó a concentrarse en el paisaje de la ventana.

La luz grisácea le otorgaba un aspecto antiguo y melancólico al ambiente, como de vieja fotografía.

Todo en calma, lo que habitualmente cabía esperar de su vecindario repleto de cámaras de vigilancia, alarmas de última generación, ventajas-ojo y señoras ociosas sin más ocupación que cotillear.

Otra notificación. Belle siguió absorta en el paisaje de las farolas LED y las casas blancas.

Dibujó un smiley en el cristal, en el que se había acumulado el vaho, y lo borró de un manotazo haciendo visible una porción de la calle.

Atisbó desde el rabillo del ojo una silueta.

Había alguien allí fuera, alguien que un instante atrás no estaba.

Belle perduró en su parálisis el rato suficiente para confundirla con una estatua. El que pisaba el césped de su patio delantero alzó las pupilas hacia ella. Belle extendió la manga de su pijama y en una sacudida limpió el vapor del vidrio. Pero el observador se había esfumado.

Aquella cara le heló la sangre.

Eso y el hecho de que las gotas la atravesaban como si su dueño no fuera más que un holograma.

Belle cogió un chubasquero de su bola de ropa del rincón y bajó las escaleras de un salto.

Salió a la calle empapándose con el aguacero, buscando con la mirada al sujeto que había visto desde la ventana.

Corrió hasta el final del vecindario, hasta el inicio de la carretera.

¿Adónde se había ido, cómo había desaparecido tan rápido?

Desde allí divisó a su padre haciéndole señas de que regresara. Le pareció pequeño en comparación con la hilera de viviendas rectangulares. Le pareció un desvalido hombre sin dones sobrenaturales.

En peligro.

Echó a correr de nuevo, en dirección a su hogar.

Ahora también su madre se arrebujaba en un chal, llamándola.

No podía abandonarlos.

No podía irse.

Tenía que protegerlos.

***

De modo que no había nada. Ni el vídeo de Cinnamon ni una triste imagen del sujeto incorpóreo en las cámaras de vigilancia de la casa de Belle. Guiney meneó la cabeza.

—Son como sombras en la noche. Un secreto. Tal vez eso sea lo que esperan de nosotras —atrancó la puerta del lavabo de chicas de la planta baja—. Máxima discreción.