Capítulo 3 #3
—No lo hagas. Lo sobrenatural carece de respuestas racionales —subrayó Guiney apesadumbrada—.
Ah, antes de despedirnos… no deberíamos hablarle a nadie de esto —se frenó Guiney clavando la vista en el vacío—.
No es muy… verosímil. Nos tomarían por majaras, ya estamos grandecitas para cuentos de magical girls .
Y tampoco sería prudente hacer alarde de esos dones por si anda algún sanglent suelto, si es que existen —remarcó.
—¿Os iréis a casa? —planteó Belle echando un vistazo hacia el bosque que iba quedando atrás—. Sé que es lo que nos pidió Cinnamon, pero puede que sea preferible hacer las maletas. Aquí nos encontrarían tarde o temprano.
—¿No eras tú la optimista? —se mofó Guiney.
—Tendremos que aceptar todo el pack sin más —renegó Daphne—, y me temo que eso incluye intentar asimilarlo.
Una bandada de pájaros se elevó en aleteos agitados.
No había habido ningún estruendo delator; no obstante, las tres chicas intuyeron que lo que había asustado a las aves debía de guardar relación con Cinnamon.
Al instante, una especie de energía desplazada en ondas se expandió desde el bosque, alcanzándolas.
—¿Deberíamos volver y ver qué ha sucedido? —dijo Belle.
—No es lo más sensato —dijo Guiney.
—Siento que necesita nuestra ayuda —resolvió Daphne y volvieron a entrar en la arboleda sombría.
Guiney aguzó sus sentidos en busca del aura brillante de aquella mujer, mas solo recibía los destellos de las de los animales salvajes, bastante menos potentes.
De repente, el estómago le dio un vuelco al tocar la muralla de piedra que conformaba la ladera de la colina.
La rodearon y se les presentó una gruta en la que difícilmente cabría una persona adulta de pie.
—Mi cueva… —pronunció Guinevere—. Vale, no es mía . Una vez Tom y yo nos extraviamos de niños y… bueno, no importa ahora. La siento… muy débilmente. Dentro —planteó.
—¿Cinnamon? —la llamó Belle y la palabra retumbó en las paredes.
Apenas un quejido obtuvieron por respuesta.
—Por ahí —orientó Daphne.
Cinnamon yacía en el suelo con grandes heridas y un charco de sangre alrededor. Respiraba dificultosamente y retenía el último hálito de vida.
—¡¿Qué ha pasado?! —dijo Daphne buscando una forma de que no manara sangre de sus cortes.
—¡Hay que llevarla a un hospital! —ordenó Belle incorporándola—. Llama a Tom, cojamos su coche.
—No… —balbuceó Cinnamon—. Oídme. Los sanglent… he detenido a los que vinieron a por vosotras. Nuevos… los suplantarán.
—Será mejor que nos marchemos de Penylan, que la ocultemos —tembló Guiney tapándose la nariz, a punto de marearse por la visión de la sangre.
—No —reiteró la mujer—. Es probable que aten cabos y… entiendan que el trío es de la zona; si os vais confirmaréis sus sospechas. Vivid normalmente —tosió.
—Debemos sacarla de aquí —apremió Daphne—. Como sea.
—Voy a morir de todas formas. Aquí o en una camilla del hospital —susurró clavando la vista en el techo de la cueva de un modo que les encogió el corazón—. Es preciso que no me cojan, de lo contrario… estaréis en un aprieto. Confiad en vuestros dones y estos os mantendrán a resguardo.
—¿Cómo? ¿Cómo nos servirán nuestros dones?
Cinnamon jadeó desinflando el pecho. Su rostro se relajó y sus manos ya no sostuvieron las de Daphne.
Se había ido.
Su largo cuerpo tendido en el suelo de roca era difícil de ver.
Las tres chicas intentaron reanimarla desesperadamente, aunque fue en vano.
No habían sido las heridas las que habían acabado con ella, sino algo más fuerte.
Algo que le había paralizado el corazón.
No sabían por qué lo sabían, pero presentían que había sido lo mismo que había causado la desbandada de los pájaros.
—Es la primera vez que veo morir a alguien —sollozó Belle—. No puedo… —las náuseas la obligaron a salir de la cueva y expeler el contenido de su estómago.
Daphne sacó su móvil del bolsillo con dedos temblorosos y Guiney la detuvo reteniendo a duras penas las ganas de gritar por el espanto.
—No podemos llamar a la policía. Nos harían muchas preguntas y eso atraería la atención de los sanglent.
—Tampoco vamos a dejarla aquí, a la intemperie. Murió procurando que no nos pillaran, fue bastante explícita al respecto —hizo hincapié Daphne, llorando.
—Una llamada anónima —propuso Guiney —Ah, ya. Desde el móvil es imposible.
—Frente a la casa Crow, del lado del cementerio, hay una vieja cabina telefónica. La han vandalizado, pero creo que todavía le queda la tecla del número 9 —dijo Daphne poniéndose de pie con tal de no derrumbarse—. Ya me encargo.
—Vale, yo… —Guiney tragó saliva—. Revisaré su bolso y veré a quién habrá que avisar.
Guinevere revolvió en la bolsa de piel con flecos envolviendo la mano en la tela de la camiseta para no dejar huellas.
Ahí dentro había un botellín de agua, algo de dinero suelto y el pasaporte.
No había siquiera unas llaves, ni unas fotos familiares.
Era como si hubiera salido a dar un paseo.
El problema era que, según el pasaporte, ella era de Nueva York.
El último sello de aeropuerto se lo habían puesto en Heathrow, hacía dos días.
No se le ocurría que alguien quisiera hacer más de cuatro mil kilómetros solamente para montar un espectáculo de ese tipo, ni que invirtiera tanto tiempo y dinero en tramar un engaño en contra de ellas.
Era hora de admitir que no había fisuras en la historia de Cinnamon.