Penylan I: Incógnito Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Haced lo que os digo, por favor. Si vais en esta dirección y torcéis hacia el oeste al llegar a la hondonada, estaréis a salvo —les indicó la aiglent recurriendo a la persuasión.

—En la hondonada no hay un solo roble —negó Guiney—. Si alguien quiere darnos caza, ese es el terreno adecuado.

Cinnamon sonrió.

—De eso se trata. Os acompañaré un tramo, luego nos dividiremos. ¡Andando!

La mujer se lanzó en un sprint dejándolas atrás. Igual que antes, iba precediendo la evasión, capitaneando al resto con sus blancas vestimentas manchadas abombándose. En unos instantes, surcaron la espesura emergiendo a la hondonada y al terreno de líquenes verdes del estrecho claro.

—Cubridme. Si no regreso en cinco minutos, será que me he salido con la mía —ordenó Cinnamon rodando pendiente abajo.

—Eso significa que somos el cebo —protestó Belle.

La vieron camuflarse entre las ramas y la oscuridad del otro lado de la depresión con el corazón en un puño, contando los segundos: uno, dos, tres…

Belle dio un vistazo al reloj; el plazo había expirado, por lo que les dijo a sus amigas que había que largarse.

—¿No vamos a esperarla? —apuntó Daphne.

—Esto es una tontería que ha ido demasiado lejos; ¡nos ha estado sugestionando, chicas! —arengó Guiney—. Hemos sido unas crédulas sin remedio. Admito que lo de mi accidente fue una buena estrategia, aunque pudo haberlo visto. O hasta provocarlo.

—¿Y nuestros incidentes? —arremetió Daphne—. No iba a estar en tres sitios a la vez.

—Los impostores son muy hábiles —rebatió Guiney sin encontrar una explicación al fenómeno—. Piénsalo, ¿a quién no le apetece que le digan que es especial? Eso no nos vuelve aiglent o lo que sea.

—¿Y qué gana ella? —cuestionó Belle echando a andar, hasta que Guiney le cogió el brazo bruscamente.

—No vayamos por ahí.

—¿Qué? Cinnamon dijo que hay que ir hacia el oeste, y estoy segura de que el oeste está por ahí.

—¡Sí, lo está, pero no nos conviene ir! —casi chilló Guiney dirigiendo la vista al otro lado de la hondonada, adoptando un mohín de dolor de estómago.

La brisa agitó las copas de los árboles, que se balancearon en un acompasado baile.

—¿Por qué?

—Ni idea —farfulló Guiney.

Las ramas crujieron y de un hueco en la vegetación surgió Cinnamon a la carrera. En un gesto mudo les dio a entender que no se había salido con la suya. Detrás aparecieron unas manos masculinas apartando ramas que se prendieron al cuello de la mujer.

—¡No! —gritó Daphne instintivamente y las manos se detuvieron en un espasmo como luchando contra la voluntad de su dueño.

Antes de que lograran ver al agresor, Cinnamon aprovechó la distracción y lo envió por los aires abriendo una brecha en los arbustos. El cuerpo salió despedido de una forma aterradoramente real.

—Es como si te hubiera hecho caso —se sorprendió Belle—. Controlas a la gente —agregó arrastrando las palabras.

—Ha… volado —se azoró Daphne.

Cinnamon jadeó, puso las palmas en las rodillas.

—Ahora, idos a casa y no regreséis por ningún motivo —se incorporó reteniendo el resuello—. Jurádmelo.

Las chicas no respondieron, aturulladas ante el vuelco de los acontecimientos. Ya no era concebible que eso fuera un simple montaje.

—Por favor —insistió Cinnamon—. En vuestras casas seréis indetectables por el momento. Mientras no parezcáis distintas de lo habitual no llamaréis su atención. Que no se os ocurra largaros de Penylan.

—De acuerdo —se inquietó Daphne—. ¿Y usted qué hará?

Cinnamon calló. Su rostro cansado y triste fue muy elocuente.

—Hasta la próxima —dijo.

Luego se retiró por la senda de ramas destrozadas alejándose a toda prisa.

Las tres chicas prácticamente se propulsaron hacia el área de picnic temiendo perder la vía de escape otorgada por Cinnamon. A pesar de que una batalla se estaba librando en alguna parte del bosque, todo parecía en calma. Solo se las oía a ellas correr pisando la hojarasca temprana.

Daphne fue rezagándose hasta que las otras dos la perdieron de vista.

Regresaron sobre sus pasos y la vieron recostada contra un tronco, mareada.

No iban a continuar con ella en ese estado y Guiney tampoco se sentía demasiado bien.

El pecho le ardía a cada espiración, así que se quitó el collarín con dedos torpes.

Comenzaban a acusar los dolores que la premura les había hecho obviar.

Sin embargo, no podían permanecer mucho rato descansando, el picnic estaba a escasos metros y debían sortearlo si deseaban irse a casa indemnes.

Se pusieron de pie y esta vez fue Belle la que encauzó a las demás. Ya divisaban las mochilas en las mesas cuando Guiney se paró en seco.

—¡Oh, no!

Alzó la cabeza y las otras dos la imitaron.

—Se han dado cuenta. Se han dado cuenta de cuál es la zona que Cinnamon intenta defender para que no lleguen hasta nosotras.

En el cielo gris, una gigantesca masa de electricidad de forma esférica dio tumbos tomando diversos sentidos. Fue cuestión de milisegundos; un pestañeo y el rayo globular —uno de verdad— se abatió sobre ellas. Las chicas solo atinaron a cubrirse las unas a las otras.

Al abrir los ojos, Daphne y Guiney vieron a su amiga brazos en alto, aullando presa del pavor.

Le tocaron el hombro y ella reaccionó, percatándose de que no habían sufrido ni un rasguño gracias a que, aparentemente, les había servido de escudo.

La estática le había puesto los pelos de punta, pero aparte de eso estaban ilesas, así que salvaron el área de picnic y salieron a la calle.

—Por qué poco —tosió Daphne.

—¿Por qué hemos venido? Tendríamos que haber ido a merendar. Al menos los muffins no habrían intentado matarnos, por muy secos que estuvieran.

—Ha sido increíble… —inspiró Belle.

—No —Guiney frunció más el ceño—. Esto es una completa locura, es peligroso. ¡Si es real se nos van a cargar y a los que amamos, Belle! —la regañó caminando nerviosamente.

—No lo harán, tenemos una ventaja comparativa: no nos conocen —razonó Belle.

—Si esas mujeres con toda su supuesta experiencia no fueron capaces, ¿por qué nosotras sí? —discutió Guiney, quien ya no esgrimía motivos en contra de la veracidad de Cinnamon.

Daphne se interpuso entre ambas por si la discusión iba en aumento.

—Tal vez perdían sus facultades —dijo Belle.

—No sabes lo que me tranquiliza el pensar que en cuanto chocheemos nos remplazarán igual que a unos neumáticos viejos —dijo Guiney.

—Estoy de acuerdo —intervino Daphne—. Nos han metido en este enfrentamiento sin dejarnos opción. Ni siquiera reconoceríamos a los supuestos enemigos si se nos pusieran delante. Dos mujeres han muerto y nosotras podríamos ser las próximas, Belle.

—¿Soy la única que le ve el lado positivo? Nos han encomendado una sola misión, que es cuidar del Guía. Los sanglent ni se imaginarán que él está en ti. Es probable que no relacionen que quien lo porte sea parte del clan. Hasta que lo averigüen quizás pasen meses —alentó Belle.

—¿Creéis que se las apañará? —cambió de tema Daphne en un cabeceo que aludió a Cinnamon.

—Hemos acatado las instrucciones que nos dio —terció Guiney sin ocultar su ganas de estar a años luz de allí.

—Esto no puede estar pasándonos. En menos de cuarenta y ocho horas me aborda el acosador, los Crow se mudan a Penylan y ahora esto —Daphne se tapó la cara—. Es demasiado…

Una bicicleta conducida con despreocupación las retuvo unos segundos en la acera. Enmudecieron, cada una preguntándose qué sería de ellas a partir de entonces.

—Me esfuerzo en enterarme y no lo logro —se desesperó Daphne rompiendo el mutismo—. Lo siento, me suena extremadamente ridículo —dictaminó.