Capítulo 3
Lucha
Todavía con el uniforme de gimnasia y el aspecto exhausto que deja una hora de ejercicio, las tres chicas se escabulleron por el aparcamiento del colegio sorteando la barrera por el espacio entre esta y el muro de ladrillo rojo.
En el camino, aprovecharon para resumirse las unas a las otras lo que habían experimentado de camino a casa el día anterior, las visiones incomprensibles que las postraron en una enfermedad desconocida.
Guiney seguía viendo los halos alrededor de las personas y, en cierta forma, era capaz de predecir la presencia de los que estaban cerca. Por su parte, Belle no había vuelto a crear sus propias condiciones atmosféricas.
La única explicación plausible era la hipnosis.
Guiney aseveraba que Cinnamon había utilizado alguna técnica de programación mental que les hacía creer que tenían el don de producir efectos extraños.
No obstante, seguían sin hallar sentido a qué sacaba la mujer con eso, si habían sido escogidas al azar o si todo formaba parte de un plan muy elaborado para meterlas en algún culto.
El picnic estaba vacío nuevamente, aunque por las cercanías se oían las conversaciones de algunos senderistas que aprovechaban que el día se había quedado bueno.
—Hemos vuelto, tal y como ella quería —dijo Daphne echando miradas en derredor.
—Prepararé la cámara del móvil.
Las horas pasaron y Cinnamon no apareció.
Las tres chicas acordaron que era un poco absurdo asumir que la mujer pudiera presentarse en el mismo momento que ellas.
Y aun así la seguridad que había mostrado ella el día anterior en que regresarían a buscarla las hacía pensar lo contrario, que iba a hacer acto de presencia de un segundo a otro.
Finalmente, tras más de una hora, Cinnamon surgió del follaje. Su aspecto era peor que el de la pasada tarde.
—No tengo mucho tiempo —exhaló.
Belle comenzó a grabar la escena. El bolso tapaba parcialmente el móvil para que Cinnamon no advirtiera que estaba siendo capturada por la cámara.
—Nos prometió una explicación —comenzó Guiney—. No nos iremos de aquí sin ella.
—Lo sé, pero va a ser mejor si voy a veros más tarde.
—Ah, no. Usted no va a entrar en mi casa —se negó Daphne pensando en sus hermanos pequeños.
Cinnamon percibió las reticencias de las tres chicas y miró el reloj. Parecía estar haciendo cálculos.
—Está bien —concedió hablando rápidamente—.
Daphne: tienes el don del control mental.
Por eso el sujeto ese no te hizo nada. Belle, eres la guardiana del tiempo, alguien en uso de un poder similar ha querido contactarte.
En realidad, seguramente quería contactar con Cassandra, pero…
no importa. Guiney, lo que te atropelló no fue ni un coche ni un fenómeno atmosférico raro.
Fue el Guía. No tienes de qué preocuparte.
—Oiga, no entendemos ni media palabra.
—Atended: me han descubierto. Saben que estoy aquí y que soy vulnerable, que vosotras no estáis preparadas.
—¿Quién? ¿De qué habla? —dijo Daphne.
—Esto ha sido un error, chicas —terció Guiney dando un paso al costado para irse.
—Hablo de los sanglent —Cinnamon echó una segunda mirada al reloj digital.
—No sé vosotras, pero yo estoy esperando a que de detrás de esos matorrales salgan Lilah, Jenny, Gwen y Anthony partiéndose la caja. Esto es una broma. Un fake —Belle descubrió el móvil y se aproximó a Cinnamon, que abrió los ojos en una mueca de sorpresa y enfado.
Una fuerte ráfaga de viento surgió de la tierra barriendo los cuerpos de las tres chicas, que fueron impulsados hacia atrás en línea recta, lo que las obligó a retroceder a pasitos cortos.
Cuando se apartaron intentando escapar del influjo de aquel tornado, no lograron alejarse demasiado, pues fueron retenidas por una energía que las pegaba al suelo .
—¿Qué nos ha hecho? —forcejeó Belle apretando los dientes.
—¿Ya es suficiente? Lo siento, no voy a desplegar un don que despierte su atención. Tampoco uno que os haga daño.
El viento cesó y también lo que las inmovilizaba. Se desplomaron resollando y Cinnamon optó por parlotear a la carrera con tal de que la oyeran.
—Empiezo de nuevo: mi nombre es Cinnamon Johnson. Soy miembro del Clan de Aiglent. Tengo el don de ver las auras de las personas. Junto con Cassandra Goldmann y Dawn Foley formaba parte del trío ancestral.
—¿Qué? —carcajeó Guiney. Lo que les había descrito sonaba a los delirios de una excéntrica o al cutre argumento de una serie de bajo presupuesto.
Cinnamon desestimó la interrupción, decidida a exponer lo que debía, estuvieran o no dispuestas a escucharla. Las rodeó andando en círculos.
—Vosotras sois el nuevo trío, las sucesoras. Habéis recibido los dones.
—¿Qué fue de Dawn y Cassandra? —indagó Daphne al notar que hablaba en pasado, por lo que se ganó un codazo de reconvención de parte de Guiney. Lo que ella quería era desmontar cualquiera que fuese la estrategia de la mujer.
Cinnamon suspiró deteniendo su danza.
—Consiguieron dividirnos y vencerlas. Nuestro juramento nos impone que al menos una de nosotras sobreviva y delegue los dones en las sucesoras. ¿Entendéis ahora por qué os estoy contando esto? —las escrutó una a una y percibieron que otra vez estaban atadas al suelo.
—¿Sobrevivir? ¿De qué estamos hablando? Esto ya ha ido demasiado lejos —dijo Guiney poniendo los brazos en jarra.
—¿Hay alguien que quiere matarnos? ¿Eso intenta decirnos? —Belle fue a lo práctico.
—En cierta manera. No es el propósito principal del Clan de Sanglent. En realidad, ellos están interesados en el Guía ahora mismo. Y puesto que nuestra misión es protegerlo, estamos expuestas a ello, sí.
—¿Qué demonios es el Guía? —se impacientó Guiney.
—Esa luz que viste, Guiney. Esa luz es el Guía. Y está dentro de ti.
—¿Cómo que dentro? ¿Dónde?
—El Guía es un ser incorpóreo que precisa de un huésped para alojarse. Últimamente lo he estado llevando yo, pero en cuanto recibiste los dones decidió entrar en tu cuerpo.
—Todo esto es imposible —rio Guiney.
—¿Por qué? ¿Cuál es el sentido en esto? —inquirió Daphne.
—Sé que no debería ponerlo en términos maniqueos, aunque no tengo tiempo para filosofía.
Hace miles de años, algunas personas descubrieron que eran diferentes, que sus habilidades eran distintas.
No eran buenos talando árboles o cazando, pero sabían instintivamente qué plantas eran venenosas.
O presentían la llegada de tribus enemigas.
»Algunos de ellos emplearon sus dones para ayudar, mientras que otros fueron egoístas.
Y a medida que las sociedades se volvieron más complejas, esas personas se organizaron.
Así nació el Clan de Sanglent, bajo la premisa de que los dones son un signo de supremacía.
Para contrarrestarlos nació el Clan de Aiglent.
Nosotros creemos que los dones son para salvaguardar a la Humanidad, no para nuestros propios fines.
—Vale, al menos nos toca el lado de los buenos —dijo Belle con algo parecido al entusiasmo en el rostro.
—Si los dones se heredan, ¿cómo es que usted dice que somos sus sucesoras? —intervino Daphne.
—Lo dices por la palabra «clan», ¿verdad?
Bien, pues como las personas con habilidades diferentes eran rechazadas por los demás, cuando se encontraban con otros de sus iguales se formaban grupos.
Con el correr de los años, esa solidaridad determinó que se nos viera como a una familia extensa.
Las únicas miembros del clan que no nacen con los dones, sino con la propensión a poseerlos, son el trío.
De acuerdo a lo que me han contado, es así para despistar a los sanglent, que de lo contrario irían tras nosotras como van tras cualquier individuo con un don con tal de convencerlo de que se pase a su bando.
—Suena todo tan conveniente que es imposible creer en usted —dijo Guiney.
—¿Y si fuera cierto? —cuestionó Belle a sus amigas reprimiendo el escepticismo, resignándose a consentir que esa mujer no mintiera y que el porqué de lo de los últimos días fuera que eran… aiglent .
—Utilizareis vuestros dones con el propósito de cuidar de la gente, del clan y del Guía hasta que él esté completamente restablecido. Ese es vuestro cometido —listó Cinnamon con un tono mucho más duro, echando el tercer vistazo al reloj.
—Me niego —declaró Guiney firmemente. Empezaba a inquietarla que aquello fuera real—. Quiero una vida estándar sin ningún Guía dentro.
Enunciar aquello comportaba un voto de fe en Cinnamon y esta lo advirtió.
—Hay destinos que no son modificables —predicó de forma cortante dando signos de inquietud, al estilo del evadido que siente el hálito caliente de la justicia en la nuca.
—Si acepto… ¿el bicho saldrá de mí? —se interesó Guiney, no muy predispuesta a colaborar.
—Acaso lo haga —Cinnamon entornó la mirada, nuevamente ensimismada.
—¿Y qué nos certifica que usted es de los buenos? Podría ser una de esos sang… sang… —tornó a la carga Guiney.
—Sanglent —corrigió Cinnamon echando ojeadas nerviosas alrededor—. He de marcharme, es arriesgado que nos vean juntas.
—¿Quiénes? —se impacientó Daphne.
—Ya están aquí —anticipó Cinnamon conteniendo el aliento—. ¡Corred!
La mujer las espoleó abriendo los brazos, liderándolas a través de los arbustos. Las apremió a apurar la marcha adentrándose en el intrincado laberinto de árboles.
—Todavía hay opción de despistarlos —dijo encabezando la expedición.
Las tres muchachas la secundaban atascándose en los tocones y desniveles del suelo, cada vez más atemorizadas de lo que iba tras ellas. Cinnamon giró en un recodo frenándose de improviso, la vista en lontananza.
—Van en distintas direcciones —instruyó—. Planean emboscarnos.
Daphne, Belle y Guiney aprovecharon a coger aire y determinar en qué parte del pueblo se hallaban. La profusa vegetación no les permitía obtener ninguna referencia y la caída de la tarde les ponía aún más difícil vislumbrar los contornos del paisaje.
—Solo hay una vía de escape —decretó Cinnamon—. Pero tendréis que echarme una mano.
—Cinnamon —respiró Daphne—. ¿Cómo se la vamos a dar si no sabemos de qué huimos?