Capítulo 2 #4
—Un amigo y yo recopilamos lo que pudimos.
De periódicos viejos, relatos orales, documentos.
Comenzó como una tarea para el colegio y se convirtió en…
en algo que compartíamos —terminó la frase en un murmullo; por un extraño momento se había olvidado de que estaba charlando con un desconocido, y no solía abrirse tanto sobre Paul con los demás, excepto con Belle y Guiney.
—Ahora lo compartimos los tres —dijo Étienne frenándose en seco—. Ya no necesitas los relatos inventados, puedo darte los pormenores de mi historia familiar.
—¿En dónde estamos? —Daphne se dio cuenta de que se habían desviado de tan absorbidos por la charla.
—Me he perdido. Todavía no conozco bien el pueblo —Étienne miró en derredor buscando puntos de referencia.
—Nos hemos ido hasta el súper. Hay que volver por aquí.
—Espera, no hay prisa —sonrió él—. Hay una cafetería abierta.
—Ah, Stardust —dijo Daphne—. Es la cafetería de Penylan. No hay otra.
—¿Qué me dices? Invito yo —Étienne puso los ojos en blanco creyendo que el mohín de Daphne era por una cuestión de dinero.
—Digo que prefiero ir al colegio —respondió Daphne sin mucho entusiasmo. Debía encontrarse con sus amigas y hablar de lo que estaba sucediendo y, al mismo tiempo, deseaba creer que no pasaba nada, que la vida seguía igual que siempre y que no había nada de malo en tomar café con leche con un Crow.
—De acuerdo. Solamente quería continuar con la conversación. No es una cita. No estoy interesado en ti, si es eso lo que te preocupa —dijo Étienne guardando las manos en los bolsillos de otro pantalón igual de caro que el del día anterior.
—Estás interesado en tu reputación —completó Daphne con un tono ácido.
—¿Tan malo es lo que se cuenta?
—Lo puedes averiguar por ti mismo. Yo no te hago falta —Daphne dio media vuelta y reemprendió la caminata con rumbo a Santa Perpetua.
—Eres demasiado susceptible —Étienne le dio alcance enseguida.
—Si no te apetece mezclarte con gente como nosotros, ¿por qué estás aquí?
—Son mis asuntos.
La manera en la que Étienne soltó la frase fue lo suficientemente automática para que Daphne entendiera que no había amistad posible entre ellos dos.
—¿Te has ofendido porque he dicho que no estoy interesado en ti?
Daphne lo miró casi con compasión.
—No, me he ofendido porque te he revelado algo muy importante para mí y tú solo has pensado en cómo eso podría beneficiarte a ti.
Étienne volvió a interponerse cuando ella emprendía la retirada.
—Y solo por eso ya me has catalogado como una mala persona.
—De verdad, no hay por qué estar manteniendo esta conversación. Cada uno que vaya por su lado.
Cuando Daphne intentó una finta, Étienne fue más rápido. Ella se enredó en sus propios pasos y se aferró a un transeúnte para no caer. El movimiento brusco le trajo de vuelta los dolores del día anterior. Y el del chichón del sábado.
—¿Estás bien?
—¿Te preocupa de veras o esperas sacar un rédito de esto? —le espetó Daphne en un deje tan lastimero que parecía un puchero.
Étienne se limitó a sonreír enigmático, con las manos en los bolsillos.
—Apóyate en mí —dijo él finalmente al notar que ella apenas podía pisar con el pie izquierdo.
—¿Y que parezca que paseamos del brazo? —le refrescó la memoria aceptando a regañadientes.
No volvieron a cruzar palabra hasta la entrada del Santa Perpetua. Que estaba cerrada.
—Mierda —refunfuñó Daphne oprimiendo el timbre, rezando por que fueran a abrirles.
No podía quitarse de la cabeza los cotilleos si se percataban de que ambos habían llegado tarde y a la vez.
Sin darle margen para idear un plan, Étienne trepó ágilmente las puertas de reja y se dejó caer del otro lado.
—No pensarás que voy a imitarte, ¿verdad? —dijo Daphne con incredulidad.
Aquel se encogió de hombros y se perdió en las galerías oscuras.
Daphne irrumpió en medio de la clase evitando el contacto visual y fue directamente a sentarse junto a Guiney, que le hacía señas.
—¿Dónde te habías metido? No estamos como para que nos des esos sustos —la reprendió Guiney—. Creíamos que te había pasado algo.
—Lo siento, es que me entretuve en el camino —murmuró Daphne.
—Tenemos que… —comenzó Guiney y la profesora la mandó a callar.
Un trozo de papel le rozó la mano por debajo de la mesa y ella lo cogió.
«Tenemos que ver a Cinnamon.»
Ella se lo pasó a Belle, que estaba sentada atrás.
«Después del almuerzo», escribió Belle y se lo devolvió.
La clase de Literatura no les permitió una buena conversación, por lo que el cambio a Gimnasia les facilitó unos segundos a solas de camino a los vestuarios.
—Grabaremos todo lo que nos diga —murmuró Belle al ser superada por un grupo de chicas en el pasillo.
—Nos escabulliremos por el aparcamiento —completó Guiney.
—A propósito, ¿por qué llegaste tarde?
Daphne resumió su encuentro con Crow mientras se cambiaban de ropa. Sus amigas nunca la habían visto rabiar de esa manera y, en cierto modo, les hizo gracia.
—¿Os falta mucho? ¿O es que habremos de continuar aguardando vuestra presencia en el campo? —las reprendió la profesora en un remedo de reverencia entrando a un vestuario vacío, salvo por ellas tres.
El sol del mediodía a través de la niebla les lastimó los ojos. Aunque peor fue la perspectiva de una última clase que consistía básicamente en sudar y en ser objeto de las burlas de sus compañeras más atléticas.