Capítulo 2 #3
Lo primero que oyó al despertar fue el canto de los petirrojos en el árbol que daba contra la habitación.
Al menos era un sonido reconfortante después de esa noche espeluznante.
Se levantó con dificultad y entrevió a Carys roncando bajo el edredón.
Sus zapatillas doradas brillaban a pesar de la penumbra.
Daphne se quitó el camisón y buscó el uniforme. Era demasiado temprano incluso para su madre. Su padre habría llegado reventado del parque de bomberos a eso de las seis.
Se vistió en la oscuridad y emergió a la cocina. Cogió un zumo y unas galletas y salió al patio a desayunar. El rocío impregnaba la mañana de frescura.
No estaba de ánimos para ir al colegio, ni siquiera entendía por qué demonios iba esa semana si las notas estaban más que decididas en los despachos de los profesores. El pasar de curso era una preocupación minúscula comparada con eso que había soñado.
La cabeza todavía le daba vueltas. Se colocó los auriculares del iPhone subiendo el volumen a toda pastilla, a ver si la música contribuía a alejar ese zumbido. Cogió la chaqueta del perchero y se fue de casa caminando a un paso muy lento.
Llegó a la intersección del camino que pasaba por detrás de la mansión Crow. Tuvo que vencer la curiosidad por saber si Étienne había cumplido su promesa y estaba arreglando los desperfectos. No iba a usar ese atajo nunca más. En su lugar, decidió atravesar el cementerio.
Impulsada por una potencia ajena, se adentró en el sendero traspasando la gigantesca entrada de hierros negros y tapias de piedra ahogadas en enredaderas.
Hacía un día desapacible y tuvo que abotonarse hasta el último botón.
Los altos árboles se balancearon rompiendo el silencio en un suave murmullo de hojas frescas.
Sus pasos la fueron guiando hasta la tumba de Paul.
Ya casi no se enterraba a nadie en aquel cementerio vetusto, la gente optaba por ser incinerada en los crematorios del pueblo vecino, con lo que los mausoleos y nichos eran en su mayoría antediluvianos.
Pero Paul Williams siempre había sido especial.
Limpió de hojas secas la tumba con el mármol cuadrado y moderno. En eso los familiares supervivientes no habían conseguido cumplir con la voluntad del chico.
Se obligó a continuar antes de que su ánimo se derrumbara del todo.
Cerca de allí estaba el panteón de los Crow.
Tenía más de un siglo y medio de existencia y no se había vuelto a abrir para albergar otro cuerpo desde entonces.
En uno de los laterales crecía un zarcillo enroscado a una flor de piedra.
Con una sonrisa triste pensó en cómo le habría gustado ese detalle a Paul.
Y apuntó con el móvil para hacer una foto que subir a la cuenta que todavía compartía con su amigo fallecido.
—Siempre me ha sorprendido que en la tele, cuando espían a alguien, esa persona está hablando del que la está mirando —susurró una voz en su oído y ella soltó un respingo—. Esto viene a ser casi lo mismo. ¿Qué clase de obsesión malsana tienes con mi familia?
Étienne Crow se irguió y desde su posición acuclillada a Daphne le pareció más alto y tan cincelado en piedra como los ángeles custodios del panteón de su familia. Se sintió avergonzada. Comprendía que era una situación extraña.
—Lo siento —se disculpó queriendo evitar la confrontación, aunque la mosqueó que admitiera que la espiaba—. Con los auriculares no oí que te acercabas.
—Descubrí que, si voy por aquí, el colegio me queda más cerca.
—¿Vas a clase? En un par de días acabamos. Santa Perpetua termina el curso dos semanas antes que el público.
Étienne agitó unos papeles en el aire.
—Burocracia. ¿Te importa si te acompaño? Vamos al mismo sitio, después de todo.
—Tú mismo.
Cruzaron en silencio el camposanto y salieron al monolito que marcaba el centro de Penylan. Era muy temprano y todavía no había demasiados alumnos de Santa Perpetua en las calles.
—Siento curiosidad. Ayer no terminaste de hablarme de las leyendas de las que somos objeto los Crow.
Daphne volvió del trance en el que había caído pensando en Paul.
—Se cuenta que en el mausoleo hay un sarcófago sin nombre y vacío porque su propietario falleció en dudosas circunstancias.
Otros afirman que está ocupado por un hijo bastardo de James Crow, y algunos dicen que por un hijo natural nacido muerto de su esposa Chantal y un noble eslavo al que trataban.
—Vaya —Étienne endureció el gesto, visiblemente molesto por las elucubraciones centenarias de los aburridos habitantes de Penylan—.
Cuánta imaginación. En realidad, la tumba está vacía porque a mi tátara tátara abuelo lo tuvieron que arrojar al mar.
Murió en un viaje en barco a la altura del Paso de Calais.
Daphne arqueó las comisuras de los labios hacia abajo. Étienne había acabado con el romanticismo de años de cuentos de taberna de un plumazo.
—¿Eso es todo lo que se comenta?