Penylan I: Incógnito Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

«Tendría que haber presionado el círculo rojo», se reprochó.

Barrió la calle de un vistazo. Nadie andaba por las pulcras aceras y los verdes jardines de las casitas permanecían en la calma habitual del barrio de los coches híbridos y eléctricos.

Pasó cautelosa junto a las violetas, cerciorándose de que no había ningún sujeto escondido, y se encaminó al colegio atenta a cualquier indicio de la posible presencia de Cinnamon.

—¡Belle! —dijo alguien a su espalda, lo que provocó que se le erizaran los rizos rubios.

Al darse cuenta de quién era, disimuló una cara de fastidio.

—Hola, Pete —lo recibió desganada y con la respiración entrecortada del susto, si bien Peter Llewellyn era un chico larguirucho con rostro infantil del que no había que preocuparse.

—¿Tú no estabas enfermo? —mencionó Belle falsamente asombrada de su recuperación—. Hay gente haciendo apuestas sobre si ya te has despedido de la escuela o no.

—Lo sé, yo las puse en marcha. Voy a recoger mis ganancias —dijo él encogiéndose de hombros—. He visto en el Instagram de Lilah que hay un alumno nuevo. Igualmente, hoy te sientas a mi lado, ¿verdad?

El rostro implorante de Pete le daba algo de lástima, aunque sus intentos por ligar con ella no tanto.

—No.

Pete encajó el golpe con deportividad.

—¿Y cómo es el nuevo? ¿Es… uno de los nuestros? —indagó entusiasmado.

—¿Un rechazado? Pues, no. Es un C-R-O-W —Belle estiró tanto el apellido que casi lo deletreó—. ¿No lo decía la descripción de las fotos?

—No las leo.

—Eres un guarro.

—¡No es por eso! No soy un guarro, solo soy vago.

—Para conseguir dinero sin dar palo al agua.

—Me esfuerzo un poco, no te creas. Guau, iré al colegio con un Crow. ¡Genial!

Belle sonrió. En Penylan, ese apellido lo decía todo con apenas pronunciarse. Se preguntó cuál sería la expresión de Pete si le comentaba que podía crear nubes en miniatura.

***

El corazón de Guiney era un manojo de malos augurios.

De camino a casa había seguido un rumbo tan errático que casi se despista en su propio barrio en su intento por eludir el hecho de que veía las presencias de las personas dentro de los edificios y las casas, sus movimientos, desprendiendo una radiación demasiado palpable como para no percibirla.

Era como si estuvieran iluminadas por un halo de santidad, si bien no parecía ser esa exactamente la sensación.

Quiso evitar ser vista y entró por la puerta trasera, la que lindaba con el muro de la consulta veterinaria de su padre; sin embargo, allí estaba él, ocupándose del perro de la familia, al que le había salido un extraño sarpullido.

Lo incoherente fue que lo supo antes de trasponer la puerta.

No había evidencia científica que ella conociera que le permitiera dar una respuesta a lo que le estaba ocurriendo.

Antes de que consiguiera decidir qué hacer, la puerta se abrió y emergió su padre con el animal mestizo, dispuesto a llevárselo a la consulta.

—¿Qué le has hecho al collarín? —la regañó Henry White al verla.

Guiney se palpó el aparato ortopédico y se dio cuenta de que se había rajado un poco por el ataque supersónico o lo que fuera que Cinnamon les había lanzado.

—¿Un partido de tenis muy rápido? —aventuró, aunque en esa ocasión Henry no compartió el chiste malo de su hija.

—Volveremos al hospital para que te lo arreglen. La doctora dijo que debías llevarlo hasta pasado mañana.

—Dijo tres o cuatro días, y no siento ningún dolor.

Mentía. Le dolía cada hueso de su anatomía. Aunque no por el porrazo del sábado.

—Guiney, no importa si no vas a la moda. Es la salud, es algo serio —dijo el señor White llevándose al perro iluminado en color terracota.

—¿De verdad crees que a mí me importa la moda? ¿Ya no me conoces? —alcanzó a contestar ella viendo salir el foco de luz anaranjada en el que se había convertido su padre.

Guiney entró por la cocina y por el rabillo del ojo vio a su madre en la mesa de la sala corrigiendo exámenes en un cambiante tono amarillo.

Cogió agua de la nevera y subió hasta su cuarto sin hacer ruido.

Se bebió la botella de un litro de un solo trago al tiempo que una sensación de náusea la invadía.

Eso se parecía demasiado a los efectos de una conmoción cerebral, la sinestesia que estaba sufriendo podía ser parte de los síntomas de algo perfectamente normal.

Se miró las manos. No era capaz de apreciar ese halo en sí misma, solo estaba en los otros. Entonces, no debía de tener relación con su golpe en la cabeza.

Salió al lavabo. Se aproximó al espejo y descubrió el aura plateada a su alrededor.

Las náuseas incendiaron su garganta. Doblada de un repentino dolor, galopó hasta su cuarto echándose en la cama de un salto, apretándose la barriga. Creyó que iba a vomitar, el estómago era una coctelera, así que se estiró desovillándose para impedirlo.

La cama crujió como si ella pesara una tonelada. Las arcadas fueron suplantadas por la inconfundible fatiga de la enfermedad, la del cuerpo defendiéndose de un organismo invasor. Cerró los ojos con fuerza intentando impedir el vómito. Tuvo que pestañear.

Cada vez que parpadeaba, una serie de eventos se pegaban a sus retinas, eventos que no pertenecían a su historia, sino a las de miles de distintas mujeres.

El timbre campaneó unos instantes, tras los que captó voces amortiguadas en la planta baja.

—Oh, no.

Un estrépito de pasos ágiles y fuertes se aproximaba a la puerta.

—Guiney… —Tom la llamó desde el otro lado—. Te vi pasar desde la ventana de casa, tengo la tarde libre.

«¡Fantástico! No le voy a gritar que se marche sin un motivo convincente.»

—Pasa —se enderezó de mala gana.

—Hola —la saludó Tom ingresando con desenvoltura.

—Hola —respondió entrecortadamente ella intentando acallar el duendecillo interior que subrayaba que no había luz alguna rodeando a Tom. O tal vez era escurridiza como la suya propia.

—¿Cómo te encuentras? Te he traído un usb con la última maqueta —sacó del bolsillo del vaquero un pequeño dispositivo.

Tom intentaba animar la conversación, pero ella estaba demasiado liada en evitar expulsar el contenido del estómago.

—Estoy bien —contestó ella al punto—. Con la regla, ya sabes —se palmeó el vientre.

—Pues no, no lo sé —sonrió Tom cohibido—. ¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?

—No, la verdad. Bueno, puedes encender el ordenador y enchufar el usb.

—Vale— concedió Tom y unos minutos más tarde empezó a sonar la música.

Guiney se sentía desfallecer. Se aferró a la almohada y fue adormeciéndose en un estado parecido a la inconsciencia en la que era la única espectadora de una película llena de personajes cambiantes que no reconocía.

Las estrellas brillaban intensamente en el recuadro azul de la ventana. Tenía la boca pastosa y se había dejado puesto el collarín, con lo que ahora sí que le dolía el cuello. Se lo retiró con manos torpes y se dio un masaje.

Miró hacia el alumbrado público y se acordó de Tom. Eran las 4:23 de la mañana, según el reloj de muñeca. El ordenador estaba otra vez en su sitio, el usb a su lado. Había un post it encima.

«Que duermas bien, Pooh.»

Un dibujo del oso de los libros infantiles acompañaba la frase.

***

Las sienes de Daphne iban a estallar. Su madre le llevó un vaso y una aspirina a la cama mientras sus dos hermanos menores la circundaban preocupados.

—¿Se va a morir? —husmeó Dywel, el pequeño.

—¡No digas tonterías, ve a jugar con Alis a vuestra habitación! —los despachó la señora Hywel-Loraine tomando la mano de su hija mayor.

«Pero tal vez los niños tengan razón, ¿y si es grave? ¿Y si la ha vuelto a atacar ese degenerado?»

—¿Qué murmuras, mamá? —gimoteó Daphne bajo la almohada.

—Nada, cariño. Tú tómate la pastilla —la dejó en la mesilla de noche.

«Mírala, parece una muñequita de trapo. Mi pobre niña. Espero que sea lo que sea se le pase rápido, de lo contrario tendré que conseguir un taxi a estas horas y justo el día en que Winston hace turno doble en el parque… Carys, ¿dónde está Carys? Se aprovecha porque su padre no está, ya va a ver…»

—Mamá, por favor, para ya de hablar.

—Si no he dicho nada.

—Era tu voz.

«¡Dios mío, es más grave de lo que pensaba! ¡Desvaría!»

—¿Qué ha sido eso? —se puso en pie la madre al llegarle el estrépito de la cerámica rota.

—¡Ha sido Dywel, mamá, lo juro! —Alis entró en el cuarto apretujando los trozos de una figurita.

—Mi último recuerdo de boda —se lamentó Leanne Hywel revisando los dos patos de picos coloreados de purpurina rotos en cuatro trozos

Alis se sentó en el borde de la cama de Daphne, quien resurgió de las profundidades del cojín a mirar la figurita rota. Le puso la mano en la cintura a su hermanita con el propósito de amonestarla.

—He sido yo —se autoimputó Alis y se tapó la boca de inmediato.

—¿Qué? Se acabó mi paciencia, Alis. A tu cuarto, ahora —rugió la señora Hywel.

—Yo… —la niña no alcanzó a lanzar una mentira pues la madre la cogió del brazo sacándola al corredor.

—Al fin —susurró Daphne aliviada.

Aunque lo malo recién comenzaba. Era como si los pensamientos de los demás se metieran en su cabeza. Al tocar a Alis se había establecido una conexión por la que había percibido en su propia boca el sabor de las palabras que había pronunciado su hermana.

Se tragó la aspirina rápidamente, queriendo que el sufrimiento remitiera.

Si cerraba los ojos, se le presentaban ideas difusas y visiones que no duraban lo bastante para aprender algo de ellas, pero que le infiltraban sensaciones de vidas pasadas que se amoldaban a la suya.

Era cada una de las personas que desfilaban a una velocidad de vértigo.

En un segundo de lucidez se preguntó si sus amigas estarían en similares condiciones, y en otro se preguntó por qué les había caído ese muerto a ellas tres.

Fue sintiendo el efecto terapéutico de la aspirina, que no era demasiado, así que tomó otra.

Poco a poco se fue amodorrando, rindiéndose al arrebato de recuerdos de otras mujeres que la acompañaron en sus sueños mostrándole un relato de parches inconexos.