Capítulo 2
Cinnamon
El área de picnic del bosque de Penylan estaba desierto a esa hora. Las tres amigas buscaron una mesa a la sombra y se cercioraron de que no había moros en la costa antes de decidirse a hablar de los sucesos del día anterior.
—¿No pudiste verle la cara o reconocer algún detalle del que te atacó? —insistió Belle echando sobre el banco su bolso rojo con pinchos.
—No vi nada. Su voz ni siquiera sonaba real, más bien fingida —confirmó Daphne—. El agente que nos atendió dijo que no suele ir a por las mismas personas y que podía sentirme segura.
—Si nos hubiéramos ido de aquí tan solo unos quince minutos antes…—dejó en suspenso Guiney y las demás la entendieron.
—Creo que el acosador estaba esperando escondido entre las malezas de la casa Crow —dijo Daphne—. Lo mío fue mala suerte.
Se quedaron calladas oyendo el frufrú de las hojas de los árboles agitadas por el viento estival. Bajo la sombra del bosque siempre hacía frío, incluso en un día húmedo como aquel.
—Hace un tiempo leí en Internet que hay un tío que afirma que una noche a las 3 AM escuchó una risa maléfica en su casa y que resultó ser Alexa. Vosotros tenéis uno de esos chismes, ¿verdad?
—Ya, Daph. Pero no sonaba como Alexa. Y, además, algo me tocó.
—Estabas quedándote dormida. Quizás fue un error de los sentidos, un sueño muy vívido —aventuró Guiney.
—No lo sé —dijo Belle—. Yo… os juro que no miento.
—Por supuesto, Belle. Te creemos —asintieron las otras dos.
—Hablando de bulos, una vez vi un vídeo trucado de un rayo globular sobre unas vías de tren. El vídeo será un fake , pero esas cosas sí que existen. Y había tormenta eléctrica.
—Si hubiera sido eso, habría acabado en el ala de quemados del hospital —rio la aludida.
—Entonces…—Belle echó la cabeza atrás cerrando los ojos—. No hay respuestas.
Volvieron a hacer silencio.
—Sí las hay —dijo alguien y las tres chicas se giraron instintivamente en busca de quien había hablado.
Una mujer de mediana edad, con las ropas manchadas de barro, se aproximó emergiendo del bosque. Llevaba un bolso de piel cruzado sobre el pecho y el pelo enmarañado, lo que le daba una apariencia de campista perdida. Vio el espacio libre en el banco junto a Belle y se sentó.
—¿Nos ha estado oyendo?
—Un poco, sí. Me llamo Cinnamon, por cierto.
—Ah, vale —asintió Guiney pensando que esa mujer de acento norteamericano sería de una secta y que viviría en una comuna. Pero no había ninguna cerca de Penylan, que ella supiera—. ¿Tiene una teoría?
—Algo mejor. Anteayer os escapasteis por un pelo; estaba exhausta y no llegué a tiempo —se exculpó la mujer.
—¿A tiempo de qué? —inquirió Belle de inmediato, sin detenerse a plantearse qué asunto podría haber llevado a esa forastera al mismo sitio que a ellas.
—De advertiros antes de que os sucedieran esos fenómenos.
Aquello era tan alarmante que las tres chicas se echaron una mirada entre sí y recogieron sus mochilas.
—Oh, no me tengáis miedo. En este momento soy la única en quien podéis confiar plenamente —dijo en un tono ominoso que no intentaba ser una amenaza, si bien lo parecía viniendo de una extraña.
—¿Por qué? ¿Y por qué tendríamos que confiar en usted? —objetó Daphne poniéndose de pie.
—Queríais una explicación y yo os la puedo dar —sonrió la mujer y aquello sonó demasiado tentador como para no darle una oportunidad—. Os juro que no me lo estoy inventando.
—Vale —convino Daphne volviendo a ocupar su sitio—. A ver de qué va esto.
—Bien —Cinnamon tomó aire viendo que las otras dos chicas seguían a su amiga—.
No puedo explicar quién es el acosador del que habláis, pero sí que sé por qué se largó, Daphne.
Y tampoco puedo deciros qué fue eso que oíste, Belle, pero sí por qué se acercó a ti.
Y, por último… No, a ti sí que puedo contártelo todo, Guinevere.
—¿Cómo es que sabe nuestros nombres? —dijo Guiney enfadada—. ¿Qué demonios quiere de nosotras?
Belle sacó el móvil de la mochila y apuntó a Cinnamon.
—Cualquier cosa que intente quedará grabada. Incluso puedo emitir en directo —la amenazó.
—Vale, deja eso, Belle —dijo Cinnamon alzando las manos en actitud pacífica—. Sé vuestros nombres porque ya os he dicho que os buscaba. Mi deber era hallar a Daphne Hywel, Guinevere White y Belle Annwyl, hablarles de nosotros y… hacer esto.
Fue como si sus almas hubieran salido de sus cuerpos por unos segundos.
Una ráfaga de viento pareció brotar de Cinnamon atravesándolas y llevándose con ella los espíritus de las tres chicas, que sintieron que se despegaban momentáneamente de sus extremidades.
Cayeron al suelo exhaustas y confundidas.
Sin mediar palabra, cogieron sus mochilas y corrieron fuera del área de picnic.
—Ya volveréis —oyeron que Cinnamon decía a sus espaldas mientras ellas se lanzaban a la carrera salvando el trecho hasta la calle.
Se detuvieron frente al poste indicador de madera, sofocadas.
—No nos persigue —confirmó Guiney echando una mirada hacia el bosque y esquivando a un vecino que hacía marcha nórdica por la acera.
—¿Qué demonios ha sido eso? —masculló Daphne.
—Si sabe quiénes somos, sabe dónde encontrarnos —dijo Belle.
—Vámonos de aquí ya. No dejemos que nos coja —propuso Guiney y las tres amigas se separaron tomando distintas direcciones.
Unos diez minutos después, Belle atrancó la puerta tras de sí y le dio dos vueltas a la llave creyendo que sus padres le preguntarían por qué estaba tan rara.
Siempre le reventaba que quisieran entrometerse en su vida; sin embargo, en ese momento lo habría agradecido.
Vio su paraguas rojo en la entrada y lo empuñó revisando cada habitación.
Notó que su madre se había ausentado y que su padre se recluía en el estudio, inmerso en la escritura de un ensayo sobre la línea Maginot.
Esquivó las carantoñas del pequeño Yorkshire y subió a su cuarto con el corazón latiéndole de una forma que la asustaba.
Entreabrió las cortinas oteando los jardines de los vecinos y ni siquiera la calle desierta y la hilera de hogares rectangulares con ventanas-ojo que todo lo ven logró tranquilizarla.
¿Qué estaba pasando? ¿Y por qué a ella y a sus dos mejores amigas? ¿Y por qué en Penylan?
La respiración entrecortada le recordó un ataque de pánico que había sufrido unos años atrás, aunque la sensación de que un fuego invisible la abrasaba, un fuego que provenía de ella misma, era del todo nueva.
Fue a mirarse en el espejo del interior del armario y, aparte de su pecho inflándose y desinflándose ostensiblemente, no se apreciaban cambios en su físico.
«¡Combustión espontánea!», pensó aterrorizada, si bien ese calor ya se convertía súbitamente en frío que la hacía tiritar.
Era como si alguien estuviera trasteando con el aire acondicionado, y esta vez no iban a poder echarle la culpa al asistente virtual. Se tocó la frente: tenía fiebre y piel de gallina. Se metió a la cama sin quitarse el uniforme, abrigándose hasta la barbilla, forzándose a descansar.
Un súbito sopor la venció y cayó presa del delirio.
Soñó con escenas sin sonido en las que vio a mujeres de muchas épocas distintas instruyéndose acerca de los poderes que influían en el clima y en el tiempo.
También surgieron conceptos ininteligibles demasiado avanzados para su comprensión sobre un supuesto don que guardaba en su ser.
Todo acabó con la visión de Cinnamon de esa tarde agrediéndolas y advirtiéndoles que iban a ser ellas tres las que regresarían en su busca.
Un ruido similar a un trueno lejano resonó en la habitación.
Belle despegó los párpados temiendo que fuera el ataque de Cinnamon, sin saber cuánto rato había pasado en esa posición, y vio suspendida sobre su cabeza lo que se asemejaba a una nube del tamaño de un balón de fútbol.
Pestañeó repetidas veces intentando aclarar ese borrón, aunque debió admitir con asombro que de veras había una nube…
allí. Irguió la espalda y alargó unos dedos para tocarla.
Unas gotitas minúsculas se derramaron en el cobertor.
«¡Tengo que deshacerlo!», se dijo horrorizada al ver unos rayos liliputienses que iluminaban la estancia.
«¿Cómo?», se preguntó y, ante su sorpresa, lo supo.
No había mediado un gran proceso mental, había sido igual que respirar.
Esa certeza había aguardado dentro de ella, tal vez esperando a que Cinnamon le probara su condición.
Se concentró en regular la temperatura corporal, el frío y el calor simultáneos se combinaron, se amoldaron al ambiente. La sangre también recuperaba su fluidez normal. La pequeña nubecita fue deshilachándose en jirones a la par que Belle suspiraba aliviada.
Le quedó una extraña sensación residual que la obligó a descorrer las cortinas en busca de aire fresco.
La responsabilidad que esos poderes significaban se le vino sobre los hombros opacando cualquier otro tipo de sentimiento.
Una angustia auténtica la postró en un rincón debajo de la ventana al darse cuenta de que su vida, tal como había sido hasta entonces, había tocado a su fin.
Amaneció en la misma posición, la habían cubierto con una manta. En la mesa del ordenador descansaba una bandeja con la cena de la noche anterior. No podía siquiera pensar en comer, su estómago todavía era una montaña rusa.
El altavoz del asistente virtual la invitó a despertarse, tal y como lo habían programado, aunque Belle ya estaba bastante despejada.
Fue hasta el armario y rebuscó el uniforme de repuesto.
Se dio una ducha rápida y bajó las escaleras acristaladas viendo desde arriba a sus padres en la cocina de concepto abierto. Preparaban tostadas y café.
¿Qué se suponía que iba a contarles? Si ni ella misma entendía qué estaba pasando.
Compuso su mejor máscara y desayunó en silencio, sin provocar ninguna bronca matutina.
Al terminar su tazón de leche y cereales, desenchufó el móvil parcialmente cargado y lo guardó en la mochila.
No había grabado ni medio segundo a Cinnamon.