Capítulo 1 #2
—Muy bien. Tenemos toda la documentación necesaria para su ingreso el próximo curso. Solamente falta el informe del ministerio, seguramente no habrá ningún problema. Me animaría a afirmar que ya es uno de nuestros alumnos.
—Muchas gracias, estoy muy complacido de estudiar aquí. De hecho, me gustaría recorrer las instalaciones, si me lo permite.
—Por supuesto, faltaría más. Si me acompaña… —se ofreció el director.
—No quiero entretenerlo mucho. Debe de estar ocupado. Tal vez vosotras me podríais guiar —el chico se dirigió a las tres amigas—.Vamos a ser compañeros —sonrió.
—Buena idea. White, Annwyl, Hywel: acompañen al señor Crow.
Al oír el apellido, Belle y Guiney se volvieron a mirar el rostro lívido de Daphne.
—No puede ser —dijo ella por lo bajo.
—¿Eres algo de los Crow de la mansión de la colina? —preguntó Belle todavía con la sorpresa en el rostro.
—Sí, es la casa de mi familia —contestó él con naturalidad.
—Guau —dijo Guiney echando una elocuente mirada a Daphne otra vez.
—Pues que sepas… —comenzó Daphne rehaciéndose—. Que sepas que han vandalizado los muros del jardín trasero.
—Lo he visto.
—Y también… se han robado los pomos de las puertas de la caseta del jardinero.
Y un trozo de mampostería de la primera planta se ha venido abajo en el ala este.
Y las fuentes de las ninfas han quedado irreconocibles, parecen masas amorfas.
Los cristales de lo que fue el gran salón están rotos desde hace años.
Suele colarse la lluvia cuando hay tormenta.
—¿Llevas un inventario?
—Algo así.
—Vale, ese pasillo es el de la secretaría, el despacho del director y la sala de profes.
Si vamos todo recto acabamos en la cafetería.
Por esta escalera subimos a las aulas de bachillerato.
Por ese lado se va a secundaria y por el otro a primaria —Belle zanjó la cuestión previendo que la conversación iba a volverse rara.
Los pasillos empezaron a llenarse de alumnos, el reloj de la entrada marcaba que quedaban apenas cinco minutos para empezar.
Subieron las escaleras en silencio y Belle fue nombrando las aulas de acuerdo a su propósito.
Al llegar a la quinta por la derecha, le preguntaron a Crow qué asignaturas hacía.
—Nosotras tenemos que entrar en Literatura.
—Me gustaría ver cómo es una clase aquí. He leído que el programa de Arte es muy completo.
—Es la especialidad de este colegio —asintió Guiney distrayendo a Crow de las miradas de muerte que Daphne le echaba.
—Lo siento, Daph. He tenido que cortarte porque a veces hablas como si tuvieras una relación con la propiedad de los Crow —le susurró Belle yendo a su sitio y dejando la mochila roja con pinchos en el suelo—. Una relación tóxica.
—Hace unos años una exalumna de Santa Perpetua ganó la beca del festival Eisteddfod —siguió informando Guiney mientras el aula se llenaba y la profesora llegaba con el numeroso grupo de Lilah detrás.
El muchacho se dirigió de inmediato a la profesora Roberts y le explicó qué estaba haciendo allí.
Al pasar a su lado, Lilah le echó una elocuente mirada de tasadora a su traje y sonrió.
La sonrisa se volvió todavía más satisfecha cuando oyó que se presentaba como Étienne Crow.
Le dijo algo al oído a Jenny y en cuanto se sentaron en sus sitios comenzaron a hacer fotos con el móvil y a cuchichear entre ellas.
—¿Habéis visto a Llewellyn? —preguntó a las tres chicas un compañero—. Tenemos que hacer la presentación juntos.
—Me ha enviado un mensaje —comprobó Belle—. Dice que está enfermo. Lo de siempre. Lo siento, Inay; ya sabes cómo es.
—Vale, pues si Peter no viene hoy, puedes ocupar su sitio —la profesora le señaló a Crow la mesa a la izquierda de Daphne, que pareció mosquearse.
—¿Qué te ha pasado en el cuello? —le preguntó Gwen a Guiney en un susurro venenoso—. A mi perra samoyedo le pusieron uno de esos cuando la castramos.
—Esto es un collarín cervical —contestó Guiney apretando la mandíbula para no perder los nervios.
—Dejad los móviles, que estáis en clase —se impacientó la profesora y Lilah y Jenny tuvieron que guardar sus aparatos en los bolsos.
Étienne le pasó un trozo de papel a Daphne, que lo cogió extrañada.
«¿Has entrado en mi casa?»
La chica se sonrojó. Rasgó la última hoja de su libreta y respondió:
«Investigaba el patrimonio local.»
Étienne lo cogió tan pronto ella terminó de redactarlo y le escribió debajo antes de devolvérselo:
«¿Qué dirías si yo entrara en la tuya?»
Esta vez, Daphne tapó con el brazo la contestación y se la pasó doblada en cuatro.
«Buena suerte. Somos tantos los que vivimos allí que no tendrías espacio ni para tus pensamientos.»
Étienne sonrió al leer la respuesta. Guardó el papel en el interior del bolsillo del pantalón y pareció absorberse en los titubeos de Inay Singh, que tuvo que explicar él solo un trabajo hecho por dos personas.
Al acabar la clase, el grupo liderado por Lilah rodeó la mesa de Crow, impidiéndole la salida.
Daphne, Guiney y Belle emergieron de la barrera humana como pudieron, saltando por encima de sus pupitres.
A Guiney se le quedó el pie atrapado entre las mesas y trastabilló, causando un estrépito y las carcajadas caballunas de Gwen.
—Tu cara sí que es de risa.
—Guinevere, no trates así a tu compañera —la oyó la profesora.
—Pero si ha sido ella…—intentó justificarse
—Eres una maleducada —la cortó Jenny—. Nadie te ha dicho nada.
—Es verdad —se entrometió Lilah—. No hacéis más que maltratarnos —agregó buscando ganar puntos frente a Étienne, que se levantó del asiento con cara de fastidio—. Me gusta tu nombre, ¿cuál es su significado? —lo abordó ella frunciendo los labios en una pose sexy.
—Ni idea —la esquivó él atravesando finalmente la puerta.
A Daphne se le escapó una media sonrisa al apreciar el desconcierto de Lilah. Debía de ser la primera vez que la rechazaban.
Las tres amigas habían escogido las mismas asignaturas, así que se dirigieron juntas hasta la otra punta del colegio para ir a la clase de Historia. Detrás de ellas iba Étienne.
—No hemos terminado el tour.
—Como todo en Penylan, el edificio es un rectángulo. No hay mucha pérdida —respondió Belle con malas pulgas, creyendo que Crow ya era parte de la panda de Lilah.
—¿Intentas decir que la gente en Penylan es cuadriculada? En el siglo XVI solo la gente honesta era llamada así. En el fondo, les estás haciendo un cumplido —dijo Étienne encogiéndose de hombros.
—Vale, con ese comentario has logrado interesarme —dijo Belle frenándose en seco—. No eres uno de ellos. Tú tienes cultura.
—Te traduzco a Belle: no pareces ser un adolescente superficial y desinformado —dijo Guiney tanteando la silla antes de caer a plomo.
—¿Vas a quedarte a otra asignatura? —preguntó Daphne viendo que Crow buscaba un asiento libre.
—¿Esas otras chicas vienen a esta clase?
—No.
—Entonces, sí.
—No podrás esconderte demasiado. O estás con ellas o estás en su contra —dijo Daphne—. Así funciona.
—Les caigo en gracia porque soy de fuera y les atrae la novedad.
—Y porque eres un Crow —completó Guiney.
—¿Qué quieres decir?
—Los Crow sois una leyenda en Penylan —dijo Belle como si fuera algo evidente—. Pregunta a Daph.
Étienne compuso un gesto incomprensible entrecerrando los ojos verdes. Daphne entendió que pretendía que hablara.
—Antes de que tu familia comprara las tierras a un gentilhombre arruinado, Penylan ni siquiera tenía ese nombre. James Crow trasladó sus fábricas y con ello se formó un poblado.
—Resulta divertido cuando lo escuchas de boca de otros. Pero eso es historia, no leyenda.
—No, esto es Historia —intervino el profesor Morris invitándolos a cerrar el pico y empezar la clase, que iba a consistir en un documental sobre las Pirámides. Anthony Brown se pasó todo el vídeo gritando «aliens» cada vez que el locutor nombraba a los constructores de los monumentos funerarios.
Tras un debate muy poco informativo acerca de las teorías de la conspiración que pululaban por Internet, y de las que Belle parecía ser toda una eminencia, sonó la campana del almuerzo.
Rápidamente, el aula se despejó y los muchachos empujaron a Étienne al comedor, deseosos de comprobar si era un aceptable candidato para el equipo de fútbol.
Daphne, Belle y Guiney colmaron sus bandejas y se arrellanaron en una mesa aislada.
—Si hasta las de los demás cursos caen rendidas a los pies de Crow —escrutó Belle apoyada en el respaldo de su silla.
—¿Qué le verán? Digo, sé que es guapo, pero no es nadie de otro mundo —masticó Guiney, que no podía girarse—. Ah, ya. Es rico —hizo una mueca.
Evidentemente molesto con su público, Étienne Crow decidió abandonar la cola y plantar la bandeja en la mesa contigua a la de las chicas, que de cualquier modo se rodeó de curiosos igual que un dulce se llena de hormigas.
Aún faltaban unos minutos antes de que se reanudaran las actividades, así que las tres escaparon a respirar el aire del patio bordado de rosales en flor, huyendo del bullicio que parecía seguir a su nuevo compañero.
Al que no tardaron en ver aparecer caminando presuroso hacia el aparcamiento de profesores.
—¿No te quedas al turno de tarde? —llamó su atención Belle.
—Tengo compromisos. Según Daphne, debo contratar una cuadrilla de albañiles, fontaneros, cerrajeros y vidrieros si no quiero que mi casa se caiga a pedazos —respondió él antes de irse serpenteando entre los coches.