Penylan I: Incógnito
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Capítulo 1
Crow
—Está despertando.
Guiney tardó en reaccionar. Tenía la impresión de que había estado durmiendo durante semanas. La médico de guardia le tomó el pulso y comprobó que sus pupilas se dilataban y contraían con normalidad.
—Ya puedes irte a casa, Guinevere. Solo ha sido un susto —la palmeó en el hombro antes de pasar a la siguiente camilla y dejar que sus padres se aproximaran.
—¿Por qué me han ingresado?
—¿No lo recuerdas? Volaste tres metros antes de caer en los setos de los Woods —le explicó su padre.
—Es un milagro que no te hayas hecho más que un puñado de rasguños —hipó su madre—. No entiendo cómo alguien te atropelló, huyó del lugar del accidente, desapareció. ¿De verdad no lo viste venir, no oíste nada?
—Ni siquiera sé si fue un coche, una centella o Superman, mamá.
—Es evidente que no hay daño cerebral —el padre chocó la palma con la hija, que le devolvió un saludo flácido.
—¿Era necesario el collarín? Y… ¿Era necesario ponerme una bata que no se cierra del todo por detrás?
—Los médicos temían una lesión de médula, te revisaron hueso a hueso —aclaró el padre poniéndose serio.
—Te traje ropa limpia. Vístete en el baño.
Los adultos ayudaron a la chica a bajar de la camilla y la acompañaron hasta el lavabo de la sala. Guiney se puso la camiseta blanca y el peto vaquero a la mayor velocidad que el collarín le permitía.
Al regresar a la habitación con cortinas azules vio a Tom en las sillas de espera. Le dio un vuelco en el estómago, como cada vez que lo veía.
—Te han dado el alta —se puso él de pie.
—Al parecer soy una paciente muy poco interesante.
—Ha sido por mi culpa. Si no hubiera sido por la estúpida canción del estúpido de Jack…
—Ha sido una coincidencia. Pero sí, Jack es un poco estúpido —sonrió ella.
Se hizo un silencio incómodo.
—Encontré esto esta mañana entre unos arbustos —Tom extrajo de la chaqueta un móvil con la pantalla quebrada. —He intentado encenderlo, pero…
Guiney se lo arrebató de las manos antes de que pudiera acabar la frase. No tenía por costumbre ponerle contraseña a su teléfono y no quería que el chico tuviera acceso directo a sus conversaciones. Probó a encenderlo, un destello verdoso apareció y murió enseguida.
—Tus padres están en el coche —dijo él viendo la cara de decepción de su amiga—. Yo he venido en el mío, así que… voy contigo hasta el aparcamiento.
—Sí, vámonos —concedió ella guardándose el dispositivo en el bolsillo.
Salieron despidiéndose del personal y dándoles las gracias.
Al parecer, el caso de su accidente sin consecuencias graves la había convertido brevemente en una celebridad médica y hasta algunos pacientes de la sala de espera la saludaron al pasar.
Cuando las puertas automáticas se cerraron detrás de ellos, Tom añadió con gesto preocupado:
—Esta mañana he revisado la calle y no hay huellas de neumáticos frente a mi casa. Lo que te embistió no quiso frenar en ningún momento.
—Esto ha tenido que ser obra de mis enemigos —alzó el puño Guiney quitando hierro al asunto, aunque empezó a preocuparla de veras el hecho de que aquello podría haber acabado muy mal.
—Ten cuidado, Pooh.
Guiney puso los ojos en blanco y fingió enfadarse con él por usar el apelativo de cuando eran pequeños. Lo vio irse en su Volkswagen Beetle del ’68 antes de montarse en el monovolumen familiar.
Al llegar a casa, Guiney subió a su habitación, encendió el portátil y entró en Internet.
Hizo doble clic en el icono de Telegram y al instante le aparecieron más de veinte mensajes, la mitad de Belle, que estaba en línea, como de costumbre.
No llegó a leerlos porque Belle ya le estaba enviando un nuevo mensaje.
«Tía, al fin te encuentro. Tienes que ver esto»
Antes de empezar a redactar la respuesta, un link del periódico online apareció en el cuadro de diálogo.
Guiney entró y la dirigió a una noticia firmada por una tal Aimee Rhys acerca del agresor que decían que estaba actuando en la zona.
Aparentemente, la noche anterior se había registrado una nueva denuncia por parte de una joven de dieciséis años con las iniciales D. H.-L.
«Daph», adivinó ella de inmediato.
Belle la invitaba a una videoconferencia, a lo que ella accedió. El rostro enmarcado en una abundante cabellera rubia rizada de Belle con algunos mechones rojos copó toda la imagen.
—Tengo a Daphne por el móvil —puso el aparato a la altura de la cámara del ordenador. —¿Qué te pasó, por qué llevas eso puesto?
—Ah, esto —Guiney se tocó el collarín —. Luego os cuento. Daphne, ¿eres tú la D. H.-L. de la noticia?
—Sí, la periodista esa no paró de incordiar a mi padre cuando hacíamos la denuncia. Yo no quería que se supiera. Al menos, como soy menor no ha podido dar más datos.
—¿Estás bien? —se compadeció Guiney—. No te ha… ya sabes… —tragó aire.
—Únicamente este maravilloso chichón en la cabeza…
—Daphne separó el flequillo de la sien derecha.
—De cuando el tipo me empujó contra el muro.
Pero no consiguió más que asustarme. Y, como chillé, se tuvo que ir por patas para que no lo cogieran.
De verdad, ya me siento mejor —aclaró al ver la preocupación en las caras de sus amigas.
—¿Qué le ha pasado a tu teléfono? No te llegaban mis mensajes.
Guiney lo sacó del bolsillo del peto y lo enseñó a la cámara.
—Anoche tuve un accidente mientras volvía, justo frente a la casa de Tom. Solo sé que salí despedida y que acabé rodando desde un seto al suelo. Mi móvil está destrozado. Por un tiempo no voy a estar localizable, chicas.
—¿Qué? Se me ha cortado cuando hablabas.
—Espera, ¿dices que a la misma hora en que atacaban a Daph, a ti te embestía un coche? —resumió Belle.
—Eso es lo más raro: no recuerdo haber visto ningún coche, ni furgoneta, ni moto, ni camión; ni un patinete eléctrico, siquiera.
Ya sabéis que mi calle es muy tranquila por las noches y puedes oír un motor que esté a una manzana.
De lo que sí me acuerdo es de una luz muy fuerte, como un reflector.
Aunque pudo ser consecuencia del golpe. Los médicos dicen que mi cerebro está bien, dentro de lo que siempre ha sido, así que no sé.
—¿Les has dicho a los médicos lo de la luz?
—Sí, lo balbuceé cuando me estaban haciendo el TAC, pero no encontraron coágulos de sangre ni nada raro. Y yo tampoco siento otra cosa que no sea cansancio.
Belle compuso una de sus habituales caras de concentración.
—Has volado y no te has hecho nada. Pues esto sí que desafía a las leyes de las probabilidades.
—¿A qué te refieres?
—A que a tres amigas les ocurren tres incidentes extraños al mismo tiempo.
—¿A ti qué te ocurrió?
—Anoche oí voces. Bueno, una voz.
Al notar la pausa de Belle, Daphne intervino pensando que se había congelado la imagen:
—Oyó una voz que pedía ayuda y sintió que le tocaban la oreja.
—Vale, ¿qué? —dijo Guiney, que había oído la mitad.
—Hice una fortaleza con las sábanas y me eché toda la ropa encima para que eso no volviera a tocarme.
—¿Quieres decir que has visto un fantasma?
—No lo vi, lo oí. Y me tocó. Qué mal rollo —volvió a quedarse muda—. Qué… mal… rollo.
—Convengamos en que no es la primera vez que nos pasa algo inexplicable. Aunque sí que es la primera vez que nos ocurre SIMULTÁNEAMENTE —Daphne tuvo que gritar por encima de los golpes que Carys daba contra el suelo.
—Oíd, ¿qué os parece si mañana después de clase vamos al bosque y hablamos de esto más tranquilas? Así es muy difícil —propuso Guiney.
—Buena idea. Me he encerrado en el sótano para que no me molesten mis hermanos y me voy a quedar sin batería, además de que aquí la wifi va fatal.
—Sí. Y yo no quiero que mis padres oigan mis conversaciones. O el fantasma.
***
Las tres amigas se encontraron en el punto habitual, frente al monolito conmemorativo, y torcieron a la izquierda.
Las estrechas aceras congregaban a ambos lados a chicos y chicas de distintas edades que lucían el uniforme del colegio Santa Perpetua.
Algunos se demoraban en corrillos, sin animarse a entrar todavía.
Al llegar a la esquina del recinto de piedra roja, Daphne, Belle y Guiney avistaron el bullicioso grupo de Lilah Knight, Jenny Tenby y Gwen Wilder poniendo morros y haciéndose fotos para escenificar el #findeclases y el próximo inicio de las #vacaciones.
No querían pasar delante de ellos, así que rodearon todo el colegio y se colaron por el aparcamiento de profesores.
—Me pone enferma tener que hacer esto cada vez que esas nos tapan la entrada —dijo Belle pateando una hoja seca.
—No estoy de ánimos para aguantar sus insultos —suspiró Daphne.
—¿Insultos? Solo la mierda merece insultos. Y nosotras somos menos que la mierda —Guiney imitó la pija forma de hablar de Lilah.
Belle lanzó un relincho.
—Soy Gweeeeennnnn y tengo dientes de cabaaaallo —se echó la nariz hacia atrás enseñando la sonrisa.
—¿Te crees que porque vas con gente guapa ahora eres guapa, Gwen? —Guiney continuó su imitación acompañándola de un contoneo.
Daphne lanzó una carcajada y enseguida se arrepintió al ver que el director miraba en su dirección desde el otro lado del pasillo y se encaminaba hacia ellas.
Las tres chicas se cuadraron instintivamente pensando que les echarían la bronca por su exhibición; sin embargo, el director esbozó una sonrisa, se restregó las manos y extendió la diestra para saludar a alguien que estaba detrás de ellas y que pronto se abrió paso.
Era un chico. Un chico de su edad, pero vestido con un pantalón de sastre y camisa impecable. Los zapatos relucían como solo lo hacen los que acaban de salir de las manos del zapatero.
—Bienvenido. Recibí la carta de su familia —saludó efusivamente el director.
—Espero que no sea mucha molestia que haya venido tan pronto —correspondió el chico.
—No, de ninguna manera. Siempre es un placer ver a jóvenes tan comprometidos con su educación. Normalmente, son los padres los que arrastran a los muchachos a ver colegios.
—Decidí ahorrarles contratiempos.