CAPÍTULO 8 Cómo organizar una cena diplomática sin invocar demonios. #4
Segis empezó a relajarse en cuanto todo el mundo estuvo ya dentro y en el comedor.
La tensión parecía haberse ido rebajando lo suficiente como para disfrutar, los invitados charlaban, admiraban la decoración y disfrutaban de la comida.
Su madre incluso le había dirigido unas cuantas preguntas que no parecieron dardos y su tía se estaba comportando…
lo cual sin duda se debía a la presencia de su progenitora.
Nadie hacía un desaire ante Belladona Blackwood a menos que quisieras morir lenta y dolorosamente.
Hacia el postre, todo el mundo había bebido y disfrutado de la velada tanto como para considerarla una prueba superada… o lo habría sido si él, hasta entonces desaparecido Basilio, no apareciese de repente al lado de la pirata retirada y se zapase alegremente su copa de cristal.
La mujer se quedó mirando a la criatura como si acabase de producirse una invocación.
—¿Por qué hay una… serpiente supermona… sobre la mesa comiéndose una copa?
Segis dejó escapar una nerviosa sonrisa y dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.
—Ese es Basi y tiene déficit de minerales.
Ivar, que ocupaba el asiento a su lado, se bebió el vino de la suya de inmediato, sus ojos fulminándola por encima del cristal un segundo antes de que Basi canturreara, se enroscase en su brazo y se zampara la copa entera.
—Y van dos.
—¿Esa… serpiente es tuya, Segismunda? —La voz de su madre sonó como un trueno en la sala.
—Es un basilisco y… no, qué va. —Sacudió ambas manos con rapidez—. Basi es… Basi.
—Lleva aquí casi tanto tiempo como la casa, querida —mencionó la señora Drekka, quien había ocupado el lugar de escolta de su madre durante toda la noche—. Es una criatura adorable.
—Y también un saco sin fondo… —mencionó alguien entre los huéspedes.
—Ciertamente es… particular —corroboró la matriarca de la familia, estirando el brazo hacia la serpiente como si pretendiese llamar a un perrito—. ¿Basi, dices que se llama?
—Basilio —murmuró, porque esto no era algo que viese todos los días.
Al escuchar su nombre, la serpiente se incorporó y miró en su dirección, hizo ese sonidito tan cuqui y luego… eructó.
Un candelabro acabó sobre la mesa.
—¡Sabía que habías sido tú!
Al primer eructo le siguió otro:
—Espera, tiene un reloj igual que el mío… —comentó alegremente uno de los invitados, hasta que se miró la muñeca y la vio desnuda—. Oh. ¿Cómo lo ha hecho?
La serpiente sacó su lengua, agitándola en el aire para luego deslizarse sobre la mesa y detenerse delante de su madre. Se la quedó mirando, emitió de nuevo ese pequeño sonidito y, acto seguido, eructó de nuevo.
Un puñado de huesecitos cayó en su plato y el basilisco canturreó de plena satisfacción.
—¿Para mí? Qué detalle.
Segis gimió.
—Puedo explicarlo… —murmuró. Aunque, no, la verdad es que no podía explicar nada.
Y, por si sus niveles de estrés no habían llegado todavía a su punto álgido, el conocido sonido de un patinete llegó por el pasillo, justo antes de que Julius hiciese acto de aparición.
Y la planta carnívora… brillaba.
Como una jodida lámpara de neón.
—¿Qué coño te has comido ahora, Julius? —jadeó Catherine, levantándose de golpe de la mesa para ir junto a su mascota—. Ay, Dios. Esto tiene mala pinta, muy mala pinta…
—Esa no es una planta carnívora prohibida en siete territorios —preguntó su tía Agatha, a la cual la fascinaban las plantas raras y peligrosas.
—No, en este territorio no… —respondió ella, volviéndose hacia la invocadora—. ¿Por qué narices está brillando?
—Creo que se ha comido una de mis pociones —mencionó Hermenegilda, mirándola con ojos como platos—. Qué guay… Provoca luminiscencia.
La planta empezó a avanzar entonces hacia la mesa mientras todos observaban horrorizados cómo olfateaba el aire y vibraba emocionada… para finalmente dar un salto y zamparse de un bocado el rosbif.
Segis se quedó inmóvil, mirando a esa monstruosa planta devorando feliz la carne mientras los comensales la miraban alucinados… Hasta que empezaron a aplaudir como locos.
—¡Eso ha sido increíble!
—¡Qué agilidad!
—¡Y que modales! ¡No ha manchado nada!
—¿Y dices que brilla así porque se ha comido una de tus pociones, muchacha? —Le preguntaron ahora también a Hermenegilda.
Esta asintió cohibida.
Segis paseó la mirada de un lado a otro, atónita. Llegó a ver cómo el inspector Riper intentaba contener la risa, Ivar se cubría el rostro con una mano y su madre… su madre sonreía mientras acariciaba a Basi, quien se había enroscado en su mano.
—Por todos los círculos del abismo… —jadeó su tía, estirando la mano para tocar a Julius y reírse después cuando la planta quiso comérsela—. ¡Qué adorable!
—¿Segismunda? —La voz de su madre hizo que levantase la cabeza y se volviese en su dirección.
—¿Sí?
Cuando levantó la cabeza y se encontró con sus ojos, vio algo que no había visto en muchísimo tiempo.
—Esta es la cena más entretenida a la que he asistido en siglos, hija mía —aseguró y parecía realmente estar conteniendo la risa—. Enhorabuena.
Una amplia y renuente sonrisa empezó a curvarle los labios hasta que finalmente acabó riéndose a carcajadas.
—Gracias, mamá.