CAPÍTULO 9 La pensión Blackwood nunca fue un castigo.
La noche era uno de sus momentos favoritos del día, quizá porque se sentía en comunión con ella o porque era más fácil esconderse entre las sombras que a plena luz.
También era uno de los momentos más activos de la mansión, justo cuando los huéspedes han dejado atrás sus particulares jornadas y empieza a respirarse otro ritmo.
Segis había salido al porche y se había sentado en las escaleras. Llevaba allí un buen rato, disfrutando del frescor, de los ruidos propios de los animales nocturnos y de una quietud que contrastaba con los golpes, los gritos y el ambiente general del interior de la mansión.
Hoy hacía exactamente dos meses que había llegado a este lugar.
Al principio pensó que solo estaba regresando al punto de origen, a la casa en la que había pasado su infancia, en la que creció intentando ser digna del apellido que llevaba.
No fue así. Podían ser las mismas paredes, las mismas vistas, el mismo jardín, pero ni ella ni esta mansión eran las de antes.
—No, ya no lo somos, ¿verdad? —Levantó la cabeza para mirar el edificio sobre ella. La energía que envolvía la casa se sentía más viva, consciente, como si todas las personas que ahora moraban en su interior le hubiesen insuflado un poco de todos ellos.
Cruzó los brazos sobre las rodillas y apoyó la cabeza con un suspiro.
Todavía no podía creer que hubiese sobrevivido a la cena de hacía cuatro días. Y, sin embargo, lo había hecho. Su madre incluso la había felicitado… ¡A ella!
Eso tenía que considerarse un milagro en sí mismo. No le cabía la menor duda.
—¿Disfrutando de un momento de tranquilidad, señorita Blackwood?
Ladeó el cuerpo para encontrarse a Ivar saliendo por la puerta, con su libreta en las manos.
—¿Sabe? Empieza a darme miedo cada vez que saca eso.
Él levantó ligeramente una ceja, mas no dijo nada. Se lo veía cansado, lo cual era toda una novedad en sí misma. Estaba acostumbrado a su expresión seria, a su irritación, a su «quiero estrangular a alguien» , pero en esos momentos él solo parecía… cansado.
—Debería irse a dormir —le aconsejó—. Sus ojeras empiezan a competir seriamente con las de Arnold y eso sí que es verdaderamente aterrador.
Dejó escapar un resoplido, miró la libreta que tenía en las manos y la agitó en el aire.
—Terminé mi informe. —Su admisión la tomó por sorpresa—. Hace unas semanas envié mi evaluación y esta es la resolución final que he de mandar esta misma noche al consejo.
El ambiente cambió de inmediato.
¿Cómo había podido olvidarlo? Ivar Vinter había llegado a la Pensión Blackwood por encargo de la Organización con la tarea de supervisarla. Y ese trabajo, al parecer, había llegado a su fin.
—¿Y cuál es el veredicto? ¿Soy una persona lo bastante peligrosa como para tenerme en cuenta? ¿Lo es alguien de la pensión? ¿Va a cerrar este lugar?
Según esas palabras salieron de su boca, sintió que se ahogaba con ellas.
No quería imaginar aquella casa vacía, sin los pasos metálicos de Valessi con su armadura, sin el ruido de las ruedas del patinete de Julius, sin los refunfuños de la señora Wren porque alguien le había impedido de nuevo que sacrificase a alguien…
Esa gente pertenecía aquí, a Blackwood… y ella también.
Miró la libreta en las manos de Ivar y luego a él.
—¿Puedo saber al menos qué dice el informe?
Él no respondió. No de inmediato. Avanzó unos cuantos pasos y la sorprendió sentándose también en las escaleras, compartiendo su espacio.
—Que esta mansión es un desastre administrativo.
Segis dejó escapar un resoplido.
—No me está diciendo nada que no sepa ya.
—Que hay al menos trescientas doce infracciones…
—¡¿Trescientas doce?! —jadeó, mirándolo escandalizada.
—Doscientas cuarenta y siete pertenecen exclusivamente a Basilio —le aseguró y eso la hizo resoplar de nuevo, pero de risa—. Lo que nos lleva también a que hay dos criaturas en la mansión sin registrar oficialmente y una de ellas es un misterio digno de estudio.
—Nadie va a experimentar con mi Basi, antes dejo que se los coma.
—Y a mí no me importará mirar hacia otro lado mientras lo hace.
Su comentario fue tan sorprendente como el tono en que lo formuló.
—¿Se da cuenta de que ya es un poquito nuestro? —murmuró ella y señaló con un gesto la casa—. De Blackwood.
—Me doy cuenta de que nada es lo que esperaba cuando llegué aquí, señorita Blackwood.
Hizo una mueca y se volvió completamente hacia él.
—¿Es que nunca va a llamarme por mi nombre? —preguntó—. Llevamos dos meses viviendo bajo el mismo techo, creo que es tiempo más que suficiente como para que me llame Segis… y me tutee.
Ivar la observó en silencio durante un par de largos segundos, entonces dejó escapar el aire y se llevó la mano al interior del chaleco. Sacó un sobre sin lacrar y se lo tendió.
—Léelo.
Miró el pedazo de papel, luego a él y dudó.
Mientras no lo cogiese, no sabría lo que había escrito y podría seguir alargando este momento, así como seguir ignorando el paso del tiempo y que tenía que existir… que existía una resolución final.
—Cuando era pequeña… —murmuró, apartando la vista del sobre para posarla de nuevo sobre él—.
Mi madre decía que acabaría convirtiendo la mansión en un circo…
No dejaba de repetir que los Blackwood estábamos destinados a inspirar miedo, respeto, ser un símbolo de poder…
—Se miró las manos y dejó que su poder, esas hebras de magia negra, surgieran de ellas—.
Poseo el apellido, poseo el poder mágico de mi familia, aunque no soy como ellos… y ya he comprendido que nunca lo seré.
Miró una vez más la carta y negó con la cabeza.
—Cuando me enviaron aquí acepté que esto era un castigo, llegué a pensar que incluso me lo merecía, por incompetente… —Se rio de sí misma—. Pero no lo soy. Incompetente. Solo soy distinta, al igual que cada una de las personas que viven bajo este techo.
Levantó la vista hacia él.
—Envíala si es lo que debes hacer —decidió—. No me importa lo que ponga ahí dentro, ni cuántas infracciones haya cometido o pueda cometer en el futuro. Porque, oh, sí, sé que seguiré cometiendo muchas más… Y lo haré aquí.
Volvió la vista atrás, hacia la casa, y sonrió.
—Ahora sé que venir aquí no fue un castigo, sino lo mejor que me ha pasado nunca.
El silencio esta vez fue distinto, quizá porque en realidad no había tal cosa, tan solo una ausencia de palabras.
—Segis, he solicitado al consejo que te restituyan como miembro de la comunidad y te dejen continuar al frente de la administración de la Pensión Blackwood —le dijo y, por primera vez desde que se conocían, la tuteó—.
Tanto tus huéspedes como tú merecéis seguir en este lugar.
No he encontrado justificación alguna para que sea de otra manera.
No pudo abrir más los ojos sin que se le escapasen de las cuencas.
—¿Lo dices de verdad?
—Completamente —confirmó, haciendo girar el sobre en las manos—.
La organización me envió aquí porque pensaban que tanto este lugar como tú erais una amenaza para el gremio, pero…
no he visto nada de eso. En todo el tiempo que llevo como investigador, he conocido organizaciones enteras mucho más crueles que esta casa.
—Levantó la cabeza, mirando al cielo, y dejó escapar un largo suspiro—.
Aquí yo solo veo gente intentando encontrar un lugar en el que poder vivir sin ser juzgados…
—¿Entonces…? —Necesitaba asegurarse, escuchárselo decir una vez más—. ¿Blackwood y sus huéspedes están a salvo?
—No creo equivocarme si digo que… esa cena de hace unos días ha inclinado por completo la balanza a vuestro favor —confirmó. Miró una última vez el sobre y luego a ella—. Es solo cuestión de tiempo, ¿podrás esperar?
—Soy una experta en eso, Ivar —afirmó esbozando una enorme sonrisa—. Una verdadera experta.
Él asintió, lanzó el sobre al aire y este desapareció.
—Creo que nunca me he alegrado tanto de ver desaparecer una carta… —aseguró ella.
Ivar sonrió, empezó a levantarse y…
—¡El basilisco se ha comido a alguien! ¡Lo estoy escuchando hablar dentro de Basi!
Segis contuvo la respiración, horrorizada.
—No vas a anotar eso en tu libreta, ¿verdad?
Sus labios se estiraron lentamente en una sonrisa.
—¿Qué libreta?
Ella le devolvió la sonrisa.
— Ey , me gusta este nuevo tú —le dijo.
—Basilio, Segis… —le recordó.
—Si es que… sabía que el haber desaparecido durante tanto tiempo tenía que tener una explicación —resopló ella, se sacudió la falda, dio media vuelta y atravesó la puerta de su hogar—. Basi, cariño, ¿puedes, por favor, escupir a quien quiera que te hayas tragado?
Un sonoro eructo resonó en toda la casa, seguido por la voz de un desconocido que parecía bastante perdido y sin saber cómo había terminado allí.
Sí. Sin duda no era más que otro día cualquiera en la Pensión Blackwood.