Pensión Blackwood para villanos retirados CAPÍTULO 8 Cómo organizar una cena diplomática sin invocar demonios. #2
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CAPÍTULO 8 Cómo organizar una cena diplomática sin invocar demonios. #2

—Sorprendentemente, dejó de serlo después del primer incidente —admitió sincera.

El hombre asintió, conforme, y casi pareció como si la habitación entera suspirase de alivio.

—La mandaron aquí porque la creen incompetente, señorita Segis —dijo la señora Drekka.

Su ama de llaves no se callaba ni debajo del agua, pero era de las pocas cuyas palabras respetaba.

Ella llevaba en este lugar toda su vida—.

Usted no encaja ni encajará jamás en los estándares de esos estirados, aunque le aseguro una cosa: encaja aquí.

Y eso era, con toda probabilidad, lo más bonito que escucharía jamás de boca de su ama de llaves.

—Ahora, consiga esa maldita lista de invitados o no será solo usted la que esté acabada, lo seremos todos —declaró con total franqueza.

—Sí, señora.

La lista de invitados apareció un par de horas después, clavada con un cuchillo en la puerta de la cocina. Nadie preguntó cómo había llegado hasta allí. En la Pensión Blackwood existían fenómenos mucho más inquietantes que una lista de invitados con tendencias homicidas.

Lo que ya no era tan fácil ignorar eran los nombres que la componían.

Representantes de distintos sectores del gremio de villanos, miembros destacados de antiguas familias, dos consejeros de la Organización y varias figuras cuyo simple nombre bastaba para llenar páginas enteras de los libros de historia.

Y, encabezándolos a todos, figuraba Belladonna Blackwood.

—Lord Malachai Graves, Gran Nigromante del Norte, lady Morganna Voss, Reina Pirata Retirada, el consejero Riper… —Empezó a repasar la lista—. Vale, a este le conozco… a esta también, aunque hace siglos que no la veo… Mi madre, por supuesto, y… Oh, Dios…

—¿Qué ocurre? —La señora Drekka la miró desde la cocina.

—Mi tía Agatha. —Sintió cómo el alma empezaba a abandonar lentamente su cuerpo—. Viene a la cena.

—Esa mala pécora siempre ha sido la joya de la corona de las fiestas de la señora Blackwood.

Y una auténtica cabrona de manual, añadió Segis mentalmente. La hermana de su madre era una villana de pies a cabeza, una bruja oscura nivel averno, de las que era mejor no cabrear si no querías terminar atado a un espeto y dando vueltas sobre una parrilla.

—Oh… —añadió de forma tardía—. Qué bien.

—¿Has encontrado a alguien aún más repelente?

—Peor. Acabo de ver la fecha. Tenemos tres días para prepararlo todo.

—Bueno… —Drekka se arremangó—. Siempre he querido que me dé un infarto. Es algo que todavía no he experimentado.

Y, por raro que pareciese, lo decía con una enorme sonrisa en la cara.

Los próximos tres días fueron un auténtico caos. Todo el mundo estaba decidido a tomar parte de los preparativos, aunque eso supusiese poner en peligro su propia integridad.

Drekka apareció desde la cocina empuñando una sartén como si fuese un arma medieval.

—¿Quién ha tocado mi salsa?

Segis levantó la cabeza de la lista que estaba repasando y vio cómo el señor Graham señalaba a Morcant.

—Ya no se aprecia ni el arte culinario —protestó el anciano—. Era indispensable añadirle un toque de carácter, algo que recuerde las batallas de antaño.

Se hizo el silencio y eso no era bueno.

—¿Le has puesto sangre de cabra a mi salsa?

El hombre sacó pecho y asintió.

—Un hombre tiene que darlo todo en la batalla, señora Drekka —declaró con total seguridad—. No puede sucumbir al deshonor.

—¿Qué deshonor ni qué ocho cuartos, imbécil? —La mujer levantó la sartén. Un momento después, esta volaba a través del comedor como un proyectil. Y sí, impactó de lleno. El hombre cayó hacia atrás como el tronco de un árbol.

—¡Señora Drekka! ¡Que nos lo mata!

Corrió hacia el anciano tirado en el suelo solo para verle riéndose a carcajadas.

—Siempre tan efusiva, querida.

El ama de llaves recogió su sartén del suelo, bufó y volvió a la cocina.

—¡El próximo que se le ocurra profanar la cocina recibirá un sartenazo aún mayor!

A juzgar por la manera en que tragaron algunos, nadie tenía pensado poner a prueba a esa mujer.

—¿Cree que llegaremos a la noche de la cena, señorita Blackwood?

Segis levantó la cabeza para encontrarse con la mirada de Ivar paseándose de Morcant a ella.

—Más nos vale —respondió con una mueca.

Las cosas no habían mejorado al día siguiente, si acaso se habían vuelto aún más absurdas.

Valessi se había autoproclamado el maestro de ceremonias del evento y llevaba las últimas veinticuatro horas repartiendo cargos.

—Necesitamos una guardia de honor.

—No necesitamos tal cosa —negó ella de inmediato.

—Toda recepción digna necesita una guardia de honor —insistió, llevándose el guantelete al pecho.

—Es una cena, señor Valessi.

—Precisamente por eso, muchacha, precisamente por eso —declaró y, sin mediar palabra, se fue dando órdenes a diestro y siniestro para que adquiriesen uniformes y se preparasen para marchar.

—Esto va a salir mal, pero que muy, muy mal.

Se encontró a Catherine explicándole a Julius que no podía comerse ningún invitado, aunque a la planta carnívora, el maniquí sentado a la mesa le pareció lo bastante apetitoso como para comerse la cabeza en el mismo instante en que su dueña dejó de mirar.

Esa planta tenía un serio problema con la comida.

—Escúpelo. Escúpelo ahora mismo, Julius —le decía la invocadora—. El plástico te sienta fatal.

Sin embargo, la planta estaba demasiado encantada consigo misma masticando la cabeza del maniquí.

La señora Wren, por otro lado, llegó rezongando sobre la poca clase de las cocineras, su falta de mundo y, sobre todo, la falta de gusto culinario.

—Todo mejoraría si pusieran los entrantes sobre pequeñas bandejas que hagan la función de piedras rituales —farfullaba mientras arrastraba los pies por el pasillo—. Qué importa si sacrifican un dedo o dos… Eso le dará incluso encanto.

Escuchó comentarios de parte de Hermenegilda, quien no sabía qué ponerse para la cena, y de Arnold, quien buscaba a alguien que pudiese coserle un botón a su traje de los domingos. Dentro de aquella locura colectiva, escucharlos preguntar cosas tan normales era un alivio, la verdad.

No lo era tanto la desaparición de Basilio.

Nadie sabía dónde estaba el basilisco, unos decían haberlo visto en el ático, otros en la biblioteca de la segunda planta, alguien señaló que estaba durmiendo en un árbol del jardín…

pero la serpiente no aparecía por ningún lado y eso jamás era buena señal.

A saber qué estaría haciendo.

—¿Basi? —Llamó a la criatura, esperando escuchar ese canturreo que le resultaba tan característico—. Basi, cariño.

Segis abrió un poco la puerta de la biblioteca y empujó con suavidad, solo para encontrarse a Ivar recostado en la silla con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. El inspector no había dejado de rezongar en todo momento, mas también se había implicado en el evento, aunque fuese a su manera.

Entró despacio, mirando a su alrededor, buscando a la serpiente, mas no por ello dejó de echar fugaces vistazos al hombre. Parecía dormido, lo cual era ya de por sí algo milagroso. Estaba por apostar que ese hombre no hacía algo más propio del más común de los mortales.

Le gustaría admitir que había terminado en la esquina en la que él estaba casi por casualidad, mas sería una flagrante mentira.

Se concedió un instante para contemplar ese rostro relajado, libre de la dureza de siempre. Era realmente un dios vikingo, tan rubio, tan fuerte y con ese aire que te hacía plantearte si fuera realmente humano.

Porque, ¿qué sabía realmente de Ivar Vinter? Que trabajaba para la Organización como inspector, que no se inmutaba por la mayoría de las cosas que pasaban en este lugar y que poseía un aura de poder propio, similar al de un brujo y, aun así, había algo más en él… No sabría decir muy bien el qué.

Antes de poder detenerse a sí misma, estiró la mano y le apartó un mechón rubio de los ojos. Fue tan solo una caricia de los dedos, aunque fue suficiente para que las espesas pestañas rubias se levantasen y se encontrase con dos pedazos de hielo azul mirándola fijamente.

— Um … perdón por despertarle.

Él se quedó inmóvil durante unos segundos, entonces parpadeó y, cuando volvió a mirarla, su mirada parecía ya más despejada.

—Segis… —Escucharle pronunciar su nombre le provocó un cosquilleo—. ¿Ha ocurrido algo?

Negó con la cabeza.

—No. Vuelva a dormirse. Se ha ganado el descanso.

Con esas últimas palabras, sonrió y se apartó para dirigirse de nuevo hacia la puerta.

—Ah. —Se detuvo en el umbral—. Si ve a Basilio por ahí, avíseme. El condenado lleva desaparecido desde esta mañana.

El inspector frunció el ceño.

—Eso no es bueno.

—No. Nunca lo es —afirmó, saliendo finalmente de la habitación—. Ay, Segis. En qué líos te metes.

Chasqueó la lengua, sacudió la cabeza y continuó con sus tareas. Había todavía mucho que hacer y se estaban quedando sin tiempo. La cena sería en dos días y más le valía encontrar antes de entonces un vestido que no dijese «soy una bruja hippy. Caos y amor para todos».

***

La noche de la cena llegó envuelta en un fuerte aguacero acompañado por rayos y truenos.

Un antiguo Rolls-Royce negro enfiló por el camino de entrada, las luces abriéndose paso en la densa cortina de lluvia a medida que avanzaba hacia la casa.

Segis supo quién iba dentro incluso antes de que este se detuviese en la entrada y el conductor bajase con un paraguas para abrir la puerta trasera.

—Que nadie respire —advirtió Morcant, vestido con sus mejores galas, al igual que el resto de los huéspedes, y más tieso que un palo.

—Si dejo de respirar, muero —apuntó la anciana nigromante.

—Lo cual sería un verdadero problema ahora mismo, señora Wren —le aseguró ella, notando cómo el corazón se le aceleraba—. Por favor, resista un poco más.

—La que debería de respirar es usted, ¿no le parece? —mencionó Ivar, quien había dejado de prestarle atención al primer coche para fijarse en los dos que entraron a continuación.

—Respirar está sobrevalorado en estos momentos, Ivar —murmuró ella un segundo antes de que la matriarca de la familia hiciese acto de presencia.