CAPÍTULO 8 Cómo organizar una cena diplomática sin invocar demonios.
Recibir cartas con membrete oficial debería estar prohibido en la Pensión Blackwood.
Segis se quedó mirando el sobre como si fuese lo más peligroso que había en aquella casa y, por muchas razones, sin duda lo era. Habían sobrevivido a duras penas a una inspección, así que no quería ni pensar qué narices querrían ahora los del consejo.
Respiró hondo, como si necesitase reunir fuerzas para enfrentarse a esa carta, y la cogió entre las manos.
—Ve, no es una bomba.
Fulminó con la mirada a Ivar, quien permanecía cómodamente sentado tras el escritorio de la biblioteca. El inspector había hecho de aquel su propio territorio, uno en el que parecía sentirse lo bastante cómodo como para empezar a perder un poco de aquella rigidez inicial.
Lo que no había perdido un ápice era su apostura. El tipo estaba cada día más bueno o quizá fuese solo que a ella le gustaba un poquito más.
—Tratándose de la organización, podría serlo.
—Ábrala.
—¿No quiere hacerlo usted? —Se la ofreció.
—Está dirigida a usted.
Hizo una mueca y, finalmente, rompió el lacre.
—Si es otra inspección, no sobreviviremos. Ya se lo digo yo.
—No creo que lo sea.
Segis sacó el papel y empezó a leer las escuetas líneas que componían la carta.
—¡Por todos los demonios del infierno! —jadeó, volviendo a repasar párrafo por párrafo—. Tiene que ser una broma.
—¿Qué ocurre?
Bajó la hoja y se encontró con esa mirada azul fija en ella.
—Es mi madre… —balbuceó—. Quiere que organice una cena diplomática aquí y que yo sea la jodida anfitriona.
—¿Y eso es malo?
—Mi madre cree que puedo organizar una cena diplomática. —Agitó el papel, como si eso pudiese enfatizar el problema.
—Eso parece una muestra de confianza.
—No. —Sacudió la cabeza—. Eso significa que piensa venir.
El silencio se instaló en la biblioteca y, a juzgar por el cambio en la expresión de Ivar, al fin parecía haber entendido que esta era una situación gravísima.
—Ah.
—Sí.
—Comprendo.
—No tiene la menor idea de lo que eso significa, ¿verdad?
—Pues no —respondió con absoluta franqueza.
—Mi madre es la clase de mujer que considera que una invocación demoníaca durante el postre es una falta de educación —resopló.
—Eso parece razonable.
—Porque no ha conocido a mi familia. —Se pasó la mano por el pelo, desordenándolo—. Si no, sabría que esperaría algo mucho más grandioso durante el postre. Una horda, posiblemente.
—¿Una horda de qué?
—Dependerá del menú —resopló—. No puedo creer que diga esto, pero hubiese preferido enfrentarme a otra inspección antes que al azote de los Blackwood.
Y es que lo más preocupante de todo era que la carta además había llegado a través de la organización, lo que significaba que no era solo un capricho familiar, sino algo oficial de cojones.
—Estamos perdidos. Muertos. Caput —dramatizó—. De esta, la organización me manda a una casita abandonada en Siberia o algo parecido. Cualquier sitio donde no pueda cagarla.
Ivar enarcó una ceja.
—¿Me está diciendo que nunca ha preparado una cena de estas características?
—¿Personalmente? No. Aunque he asistido a mi madre en algunas…
—admitió. Belladonna Blackwood se había encargado de que estuviese atenta y aprendiese todo lo necesario para moverse en la sociedad, aunque luego no hubiese tenido ocasión de poner en práctica dichos conocimientos.
Pues bien, el fatídico día parecía haber llegado—.
Esto tiene que ser un castigo infernal, se lo digo yo.
—O una oportunidad.
Lo miró como si acabara de sufrir un golpe en la cabeza.
—¿Una oportunidad para qué?
—Para demostrar que puede hacerlo.
—Ivar, estamos hablando de una cena organizada por orden de Belladonna Blackwood.
—Sigo sin ver el problema.
—Porque no ha conocido a mi madre.
—Ya me lo ha dicho.
—No, no lo entiende. Mi madre es capaz de detectar una servilleta mal doblada a diez metros de distancia.
—Eso parece una habilidad muy específica.
—Una vez canceló una recepción porque las velas proyectaban sombras poco favorecedoras sobre una delegación de nigromantes.
Ivar guardó silencio.
—¿Lo ve?
—Empiezo a comprender su preocupación —admitió él.
—Y eso fue un martes tranquilo.
—Empiezo a pensar que los martes tienen un significado especial para usted.
—Los martes tienen un significado especial para el universo —aseguró, señalándose a sí misma—. Yo solo soy la víctima.
Miró de nuevo la carta, repasó una vez más aquellas líneas y supo que, por más que desease que se esfumasen, que no existieran, lo que había escrito su madre era de obligado cumplimiento.
—Vale. De acuerdo. —Necesitaba serenarse y pensar como una Blackwood, o por lo menos como esta Blackwood—. Lo único que tenemos que hacer es dar buena impresión, evitar asesinatos no planeados y conseguir que nadie invoque entidades prohibidas en el comedor.
Ivar la observó en silencio.
—El hecho de que eso deba especificarse me preocupa muchísimo —mencionó él.
—Créame. Esta vez soy capaz de grabar esas normas en piedra para que todos las vean —afirmó con rotundidad—.
Más por ahora, tengo que hablar con la señora Drekka para darle la maravillosa noticia de que vamos a celebrar una cena diplomática en su comedor y que posiblemente su ídolo de juventud asista como invitada.
—¿Y después?
Segis ya estaba de pie, lista para salir por la puerta.
—¿Después qué? —lo miró.
—Después de que sobreviva a la señora Drekka.
—Supongo que reuniré a todos y estableceré unas normas básicas —decidió.
—¿Normas?
—Sí.
—Eso nunca ha funcionado aquí.
Odiaba que tuviese razón.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué seguir intentándolo?
—Tengo la esperanza de que algún día pueda ocurrir un milagro.
El inspector dejó escapar un resoplido.
—¿Trabaja con magia oscura y aun así cree en milagros?
—Es más probable que ocurra un milagro que conseguir que la señora Wren no intente sacrificar a alguno de los invitados.
Y con eso salió por la puerta dispuesta a convocar una reunión de emergencia, las cuales empezaban a convertirse en otro clásico de este lugar.
Las reuniones de emergencia en la Pensión Blackwood se parecían bastante a las invasiones demoníacas. Nadie las esperaba realmente, siempre llegaban en el peor momento posible y, por alguna razón, terminaban reuniendo a todo el mundo en el comedor.
Quince minutos después, los residentes ocupaban sus puestos habituales alrededor de la mesa principal.
Morcant había aparecido envuelto en una manta oscura y con una taza de té entre las manos, como si estuviese dispuesto a presenciar una tragedia ajena.
Valessi seguía llevando la armadura completa.
Segis empezaba a sospechar que aquel hombre dormía con ella.
Catherine había traído a Julius, quien mordisqueaba una servilleta con aparente satisfacción.
La señora Wren tejía algo que parecía sospechosamente una capucha ceremonial y Basilio dormitaba enroscado sobre la mesa, ocupando aproximadamente el espacio destinado a tres personas y media.
Todos la observaban expectantes, imaginándose que lo que estaba a punto de salir de su boca era el preludio de otra catástrofe.
No se equivocaban mucho.
—Va a celebrarse una cena diplomática en la Pensión Blackwood por orden de mi querida y maldecida madre.
Un silencio sepulcral cayó sobre el comedor, haciendo que incluso Basilio abriese un ojo para ver qué lo había causado.
—¿Belladonna Blackwood? —preguntó finalmente Morcant.
—La misma.
El señor oscuro se hundió un poco más en la silla.
—Oh.
Aquello no era una reacción tranquilizadora.
—¿Ese «oh» qué significa exactamente?
—Significa que deberíamos empezar a limpiar inmediatamente —aseguró el ama de llaves.
Si alguien conocía bien a su madre, esa era ella.
No en vano había llevado esta casa bajo la implacable mirada de su señora—.
¿Sabemos ya cuántos invitados van a venir?
¿Quiénes son? ¿Hay alguno alérgico? Tengo que elaborar la lista de la compra.
Si conozco bien a la señora Belladona, esperará lo mejor de lo mejor.
Y eso incluye que usted se vista de manera apropiada, señorita Segis.
Se miró e hizo una mueca.
—Casi agradezco no poder usar el negro —murmuró.
—El negro no, pero… ya encontraremos algo.
Sacudió la cabeza y se volvió hacia el Señor Oscuro.
—Todavía no me ha explicado qué significa ese «oh».
—Conocí a su madre durante una recepción en el setenta y cuatro —resopló, pasándose la mano por la cabeza con gesto incómodo.
—¿Y?
—Me hizo rehacer un brindis tres veces —rezongó.
Valessi soltó un silbido de admiración.
—Una mujer formidable.
—Una tirana —corrigió ella. Y de las buenas, además. Era única ejerciendo de villana.
—Las dos cosas no son incompatibles —intervino la señora Wren.
—Estoy con la anciana del sacrificio —asintió Morcant.
—Nunca pensé que escucharía esa frase pronunciada en serio —aseguró la aludida, mirando de refilón al hombre.
—No se acostumbre.
—Una preguntita… —Catherine levantó la mano—. ¿Por qué demonios han elegido este lugar para hacer una recepción? Es una pensión, no la sede de la organización.
—Porque alguien en el consejo de la organización parece tener una particular cruzada contra la señorita Blackwood.
Las palabras de Iver hicieron que todos volviesen la cabeza en su dirección. Ella, la primera.
—Eso explicaría muchas cosas —admitió la señora Drekka, como si aquello no la tomase por sorpresa.
—¿Cómo lo sabe? —inquirió, posando de nuevo su atención sobre él.
—Tengo mis fuentes.
Esperó a ver si decía algo más, pero el inspector permaneció callado.
—¿Y ya está? ¿Es todo lo que me va a decir?
—¿Qué quiere que le diga? —preguntó con su habitual frialdad.
—¿Lo que sabe, quizás?
—Es confidencial.
—¡Y una mierda! —resopló y, con el golpe de genio, vino también el surgimiento de su poder—. Me despojaron de mi rango en la organización y me mandaron aquí, a hacerme cargo de esta pensión como castigo…
—¿Y lo es? ¿Un castigo? —La pregunta vino de Arnold. El verdugo posó esos inquietantes ojos sobre ella.
Y no fue el único, hubo varios miembros que la miraron, aunque de manera más disimulada.
Negó con la cabeza.