CAPÍTULO 7 El supervisor empieza a sospechar que nadie aquí es realmente malvado. #2
—Ya estamos otra vez.
Abandonó el sofá como si la estuviesen llamando para acudir al patíbulo, lo cual, en aquella casa, hasta sería posible.
—¡Nos han robado! —La exclamación llegó tan solo un par de segundos después, cuando la puerta de la biblioteca se abrió de par en par, chocando contra la pared y juraría que incluso resquebrajándose al hacerlo.
La señora Drekka enmarcaba el umbral, sartén en mano y visiblemente agitada.
Ivar cerró los ojos y suspiró.
—¿Cómo que nos han robado? —preguntó Segis, visiblemente sorprendida.
—La caja fuerte ha desaparecido.
Aquellas palabras fueron igual que invocar el caos.
Las paredes en esa casa escuchaban, Ivar estaba seguro de ello. En menos que canta un gallo, todos los huéspedes se habían enterado de dicha desaparición, reuniéndose en el comedor para enfrentar aquella nueva crisis.
—¿Cómo demonios ha pasado?
—¿Alguien sabe si estaba maldita?
—¿Tenía pies?
—¿Acaso esperas que saliese corriendo?
—¿Desde cuándo tenemos una caja fuerte?
Todos se volvieron hacia el señor Graham, el cual acababa de hacer aquella pregunta.
—Desde hace años —respondió la ama de llaves—. ¿Dónde piensa que guardamos los documentos importantes y otras cosas? ¿Debajo de la cama?
—¿Es que no se guardan allí? —intervino también Arnold, un poco conmocionado.
—No voy a preguntar… —negó Segis, reconduciendo la conversación a lo realmente importante—. ¿Había algo de valor dentro, señora Drekka?
—Las escrituras de la casa…
—La madre que me parió… —jadeó la administradora.
—Una gran mujer —aseguró la ama de llaves, antes de continuar—. También guardamos ahí la dentadura maldita del señor oscuro…
—Ya no está maldita —rezongó este—. Esa buena para nada se cargó la maldición.
—De nada —siseó la aludida, volviendo a coger la batuta de aquella absurda situación—. ¿Algo más?
—Pues los ahorros de la casa, ya sabe, los que pagan los gastos y esas cosas…
Todos palidecieron al mismo tiempo.
—Eso convierte esta desaparición en prioridad nacional —declaró el señor Morcant.
—Gracias por su observación, señor oscuro.
—Oh, no es nada —agitó la mano, orgulloso de sí mismo—. Llevo años perfeccionando mis dotes observatorias.
—Vale, pero, ¿cómo es posible que haya desaparecido una caja de ese tamaño? —preguntó Catherine, quien estaba dándole pequeños trozos de tarta de limón a Julius. Esa planta carnívora tenía un extraño sentido culinario—. Si mal no recuerdo, era enorme.
De repente, las cabezas se giraron a la otra esquina de la mesa, hacia el verdugo.
—¿Por qué me miran todos?
—Tú pareces tener la fuerza suficiente como para cargar con ella —masculló la señora Wren, entrecerrando los ojos en el hombre.
—¿Yo? —Abrió los ojos como platos.
—¿O Valessi? —señaló alguien más—. Esa armadura tiene pinta de ser pesadísima.
—¿Insinúa que soy un ladrón? —preguntó el caballero dando un golpe sobre la mesa—. ¡No perdonaré semejante ofensa! ¡Vamos, desenvaina tu espada, bellaco!
—Nadie va a desenvainar nada —avisó Segis, fulminándolos con la mirada—. Ni se les ocurra. Y usted, no ose sacar la libreta…
Ivar puso los ojos en blanco ante semejante alusión, pero guardó silencio. Se limitó a contemplar aquel despliegue de reproches desde la barrera, fijándose en cada uno de ellos y en sus respuestas, analizando cada una de ellas.
Pasaron otros veinte minutos antes de que llegasen a la conclusión de que nadie había podido llevarse por sí mismo una caja fuerte de hierro tan pesada y descubriese, además, lo que cada uno de ellos había hecho el día anterior.
Arnold había alimentado a los gatos callejeros de fuera de la verja. Decía que les daba pena que estuviesen solos e hizo una disertación sobre la soledad y sus efectos.
Morcant admitió que enviaba dinero anónimamente a sus antiguos subordinados. Muchos de ellos habían perdido a sus familias, incluso sus hogares, y era la única manera en que tenía de ayudarlos. Escuchar a un hombre de su talla y oscuridad hablando de tales cosas, lo noqueó un poco.
Valessi, por su parte, se había pasado la tarde escribiendo cartas a las viudas de los soldados caídos en combate. Llevaba décadas anotado en una lista de contactos y mantenía correspondencia regularmente.
La señora Wren se había pasado el día acicalando su piedra de sacrificios. Aquello podía ser lo más normal de todo, si no fuese porque acabó diciendo que estaba confeccionándole además una funda de patchwork para poder guardarla después.
No le sorprendió escuchar que Catherine dedicaba horas a cuidar de las criaturas abandonadas en el bosque, aunque no especificó qué tipo de criaturas eran, viendo a la que tenía por mascota, podía hacerse una idea.
Más y más confesiones salieron a la luz, demostrando lo que él mismo había visto en esas últimas semanas conviviendo entre ellos. Los expedientes que había dejado sobre el escritorio de la biblioteca no se ajustaban a la actual realidad de estas personas.
Y eso podía ser un verdadero problema.
—Bien, si el ladrón no es ninguno de nosotros, ¿entonces quién ha hecho desaparecer la caja fuerte? —concluyó Segis finalmente.
Casi era poética la manera en que las respuestas solían llegar por sí solas cuando esa mujer abría la boca. El basilisco apareció por la puerta, reptando con toda la tranquilidad del mundo, mientras canturreaba en busca de atención.
Varios pares de ojos se clavaron de inmediato en la criatura y esta, con ese aspecto inocente y demasiado encantador para una serpiente con rostro dragonesco, cuernos y plumas, pareció encantada con toda la atención.
—Basilio —pronunció Ivar, señalando a la serpiente que ya se había subido a la mesa y miraba a todos los allí reunidos, decidiendo a quién embaucar ahora.
—¿En serio? —Segis cruzó la mirada con él.
—Cosas más raras se han visto por aquí, ¿no? —admitió Catherine.
—Basi, cariño… —Segismunda siempre usaba un tono amoroso cuando se dirigía a la serpiente y esta no dudó en decidir que ella era su persona favorita en esos momentos—. De casualidad no te habrás comido una enorme caja fuerte, ¿verdad?
La serpiente eructó una moneda de oro.
—Pero, ¿cómo demonios lo ha hecho?
—¿Y dónde lo tiene? Es imposible que le coja ahí dentro.
—¿Con la de cosas que se come a diario? —chasqueó la señora Drekka—. Esa serpiente tiene un agujero negro por estómago.
—Basi, cielo, escupe la caja fuerte —le pidió Segis, acariciándole la cabecita—. Es demasiado pesada para ti. Te va a sentar mal.
Un nuevo eructo y la caja fuerte acabó cayendo sobre la mesa y rompiéndola a la mitad.
—Bueno, sigue entera…
—Eso desafía toda lógica —señaló Arnold.
—Y también la física —añadió el señor Morcant, cogiendo la boca de la serpiente y abriéndosela para mirar dentro—. ¿Cómo demonios lo hace?
La serpiente canturreó contenta.
—Una pregunta mejor sería, ¿cómo coño se la ha tragado? —aseguró Catherine.
—Eso no lo sabemos.
—Ni queremos saberlo —aseguró Segis, cogiendo a la serpiente, que no dudó en enroscarse en torno a su cuello como una bufanda, para luego frotar su cabecita romboide contra su mejilla—. Nos basta con saber que es Basilio.
Ivar negó con la cabeza y abandonó el comedor en silencio para volver a la biblioteca a finalizar con sus reportes.
Sentado de nuevo tras el escritorio, recuperó la pluma, miró la hoja que tenía delante y empezó a escribir:
«Tras varias semanas de observación, los residentes de la Pensión Blackwood presentan comportamientos incompatibles con los perfiles registrados por la organización. No existen pruebas que indiquen que los residentes constituyan actualmente una amenaza significativa para la sociedad sobrenatural».
Se detuvo unos instantes, repasó las líneas y dudó un segundo antes de continuar.
«La señorita Segismunda Blackwood está desempeñando su papel de administradora de la propiedad con rigor y profesionalidad.
Mi conclusión es que la bruja oscura a la que se me asignó vigilar no representa una amenaza ni para la organización, ni para el gremio de brujos y villanos.
Recomiendo la suspensión de la pena, la reintegración de su lugar en la organización y que mantenga su puesto como directora y administradora de la propiedad nombrada como Pensión Blackwood para villanos retirados».
Firmó la hoja con su nombre, la enrolló, le añadió el lacre correspondiente y la envió por vía mágica a la sede.
La organización se había equivocado con aquella mujer, aunque puede que dicha equivocación fuese lo mejor que le hubiese pasado a Segismunda Blackwood y a todas las personas que vivían bajo este techo.