Pensión Blackwood para villanos retirados CAPÍTULO 7 El supervisor empieza a sospechar que nadie aquí es realmente malvado.
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CAPÍTULO 7 El supervisor empieza a sospechar que nadie aquí es realmente malvado.

Ivar Vinter había contado cada uno de los días que llevaba en la Pensión Blackwood.

Veintisiete largos y absurdos días en los que había rellenado cuarenta y tres informes, anotado ciento doce infracciones y presenciado una cantidad de comportamientos cuestionables que habrían llevado a jubilarse anticipadamente a cualquier supervisor menos paciente.

Miró los informes que tenía delante. Había tomado prestada la biblioteca de la planta baja para su trabajo, pero cuanto más navegaba entre sus notas, menos sentido tenía todo aquello.

La organización lo había enviado con una clara misión: vigilar a la señorita Segismunda Blackwood y certificar que aquella bruja oscura carecía del talento suficiente como para formar siquiera parte de la comunidad.

La expulsión de la organización solo había sido un movimiento disciplinario e intuía que el objeto de esta vigilancia era en realidad encontrar motivos suficientes para despojarla completamente de su magia.

—Absurdo —murmuró para sí.

Esa mujer podía ser un desastre con patas y estar muy lejos de los estándares que exigía el organismo para formar parte de él, mas no dejaba de ser miembro de una de las familias brujas más importantes y poderosas del gremio.

Ir a por ella era un suicidio. A menos que se demostrase que era un peligro real para la supervivencia de los suyos.

Y para ello no habían tenido ningún reparo en llevarse por delante la Pensión Blackwood y a sus habitantes. Para el consejo no eran antiguas leyendas villanas, eran individuos que habían dejado de serles útiles y no tenía caso darles un lugar más adecuado en el que terminar sus días.

Por eso había sido elegido él por encima de cualquier otro para este caso, porque sabían que cumpliría con la tarea asignada y lo haría con todas las garantías.

Dejó la pluma sobre el escritorio. Su libreta estaba abierta por la mitad, llena de anotaciones de días anteriores, así como de última hora. Nada de lo que ahí había escrito encajaba con lo que figuraba en los historiales que tenía ante él.

Morcant, Arnold, Catherine, Valessi, la señora Wren…

La información recopilada en esos dosieres le provocaría pesadillas al más valiente.

Eran una representación de una carrera brillante, de una vida dedicada por completo a la organización…

¡Eran el ejemplo que toda familia de villanos querría seguir!

Y, aun así, lo que ponía en esos papeles distaba mucho de ser lo que se había encontrado entre estas cuatro paredes.

Cogió uno de los expedientes y volvió a la primera página donde se recogían los méritos de cada persona.

Hechicero de alto rango. Alias «Señor Oscuro». Responsable de múltiples actos de terrorismo mágico, invasiones infernales y varias plagas. Experto en maldiciones y encantamientos. Extremadamente cauto y peligroso.

Levantó la vista y miró a través de la ventana. El día se había nublado y la lluvia no había tardado en llegar. La tarde se había cerrado de agua y la mayoría de los huéspedes aprovechaban para entretenerse en las zonas comunes.

Morcant estaba en la sala de música. Lo sabía porque lo había visto allí, sentado ante la pequeña mesa con el tablero de ajedrez.

El hombre estaba volviendo a recordarle a Teodoro las reglas del ajedrez.

El fantasma tendía a olvidar las cosas de un día para otro, algo que tenía que ver con su propia maldición, así que el señor oscuro acababa cada tarde en el mismo lugar y volvía a enseñarle cómo se jugaba.

¿Dónde estaba el villano extremadamente peligroso?

El hombre que había visto allí sentado era un anciano intentando pasar el rato.

Y sí, su conducta errática era propia de la edad y de alguien que ya no tenía las fuerzas ni la juventud de antaño, que se frustraba cuando no podía seguir el ritmo.

Su magia seguía viva, algo errática, sí, pero tan fuerte como la voluntad con la que la esgrimía.

El Señor Oscuro todavía tenía reminiscencias del azote que había sido, era alguien a quien admirar, de quien podía aprenderse muchas cosas y, en vez de tratarlo con el respeto que se merecía, de alojarlo en una institución a su altura, lo habían enviado aquí.

—Esto es ridículo —cerró el expediente y pasó al siguiente.

Arnold Vonbitten. Verdugo oficial de la Organización. Alias «Silent Morte». Especialista en interrogatorios y en necromancia. Ejecutor en los juicios de brujas de Salem. Retirado.

Le bajó un escalofrío por la columna al ver la larga lista de sentencias que había impartido a lo largo de su carrera, la cantidad de países y eventos importantes a nivel histórico en los que había estado.

Era un hombre que te helaba la sangre con su sola presencia…

y que se dedicaba a construir casas para pájaros en los árboles de la propiedad.

Ivar lo había visto varias veces merodeando por los terrenos, así que decidió seguirlo solo para encontrarle colgando una estructura de madera, con forma de castillo y ventanas decorativas, en uno de los árboles del jardín. El verdugo incluso se había sonrojado, por todos los infiernos.

Cerró el expediente con un resoplido. No se molestó en abrir los otros, sabía lo que decían y también lo que él mismo había anotado en el último mes con respecto a las personas de las que allí se hablaba.

Este maldito lugar no era como se lo habían presentado en la organización, ni tampoco sus huéspedes.

—Nada encaja —resopló, recostándose contra el respaldo, haciendo que la silla crujiese.

Unos suaves golpecitos en la puerta precedieron la llegada de la señorita Blackwood.

Esa mujer era otro enigma, uno que le costaba cada vez más resolver.

¿Cómo era posible que una bruja de su talla, nacida y criada en el seno de una de las más grandes familias de brujos oscuros de todos los tiempos, fuese por ahí vistiendo como una hippy?

Sí, bien. El código establecía que las brujas expulsadas de la organización no podían vestir de negro, pero a la mayoría eso le daba igual.

Era casi una afrenta renegar de la oscuridad, de sus raíces, y seguían usándolo.

Segis, sin embargo, parecía una mezcla entre una integrante de una colonia hippy y una romaní.

Hoy llevaba el pelo recogido en un moño, con varios mechones sueltos. No tenía una apariencia intimidante, sino más bien… delicada, femenina… demasiado femenina.

—¿Qué quiere? —le preguntó con brusquedad.

Ella se limitó a poner los ojos en blanco y levantó un poco la bandeja que llevaba entre las manos a modo de respuesta.

—Agatha pensó que le vendría bien picotear algo —declaró dejando su carga en un lado del escritorio—. Y viendo su cara, creo que ha acertado. Tiene la misma expresión que pone Morcant cuando intenta recordar dónde dejó su dentadura.

—¿La de un hombre estreñido? —Esa era la expresión que solía lucir el viejo hechicero.

—Vale. Es posible que no haya elegido la mejor comparación. —Hizo una mueca y señaló el plato con unos bocadillos y una taza de café—. Se le ve cansado.

—Estoy trabajando.

—Déjeme adivinar, ¿más infracciones?

Se dejó caer en el sofá. Ivar observó cómo cruzaba las piernas, recogía uno de esos mechones rebeldes detrás de la oreja y esbozaba una pequeña sonrisa.

—¿Necesitaba algo en particular o solo ha venido a darme conversación, señorita Blackwood?

—Ni lo uno ni lo otro —replicó, encogiéndose ligeramente de hombros—. Simplemente quería comprobar que seguía vivo.

—¿Por qué no iba a estarlo? —resopló.

—Porque lleva varias horas aquí encerrado —señaló la habitación—. Los huéspedes ya se han acostumbrado a verlo pasearse de un lado a otro con su libreta, así que su ausencia ha llevado a que empezasen a hacer preguntas.

—¿Preguntas?

—Si la señora Wren ya lo había sacrificado, si Julius se lo habría comido o era cosa de Basi…

—Cosa del basilisco.

—Ya sabe usted cómo es Basi.

Puso los ojos en blanco.

—Como dije, tengo trabajo —indicó con un gesto las carpetas sobre el escritorio.

Ella le echó un vistazo a los papeles y luego lo miró.

—¿Puedo preguntar en qué anda metido ahora?

—No.

La vio hacer un mohín, pero su fría respuesta no fue suficiente como para que esa mujer abandonase su lugar y se marchase por donde había venido.

—Reconozco un expediente cuando lo veo, Vinter, así que no es como si fuese a revelar un secreto de estado.

—Es información confidencial —zanjó de nuevo con brusquedad.

—La confidencialidad en esta casa murió hace mucho tiempo —resopló ella. Se echó hacia delante y ladeó la cabeza. No tocó los papeles, tampoco es que hiciese falta, pues el que señaló tenía una página asomando—. ¿Ese es el de Morcant?

Cogió la carpeta y la devolvió con el resto.

—No es asunto suyo.

—¿Todavía figura como amenaza continental para la organización? —preguntó curiosa—. Dice que es de lo que más orgulloso está de toda su carrera.

—¿Qué parte de «no es asunto suyo» no ha entendido?

—¿Sabe que ayer se quedó dormido en el salón viendo un documental de jardinería? —continuó ella, ignorándole—. Sus ronquidos y los de Valessi hicieron temblar la casa. Pensé que alguien había invocado algo de nuevo en el sótano, pero no… Eran dos tiernos abuelos roncando.

—¿Qué demonios quiere, señorita Blackwood?

—Primero, que me llame Segis —le dijo, levantándose por fin de la silla—. Y segundo, que coma algo. Sé por experiencia que no se piensa bien con el estómago vacío. Los ruidos distraen.

Por Dios, ¿cómo alguien podía considerar a esta atolondrada una amenaza para la sociedad brujeril?

—La única que me está distrayendo aquí es usted…

—¿De verdad? —Sus ojos marrones se abrieron ligeramente y, si no supiese que era imposible, casi parecía emocionada por ello.

—Sí.

Sus labios se estiraron lentamente, formando una sonrisa que no debería parecerle tan atractiva.

—Perfecto. —No dudó un segundo en volver a sentarse.

—Segis…

No hizo más que pronunciar su nombre, pero debió de funcionar como una invocación o algo más dramático, porque de repente se escuchó a alguien gritar desde algún lugar de la casa.

—¡Segismunda Blackwood, tenemos problemas!

Ambos se miraron y ella resopló.