CAPÍTULO 6 Como superar una inspección y no morir en el intento. #3
La habitación estaba igual de impoluta que las demás, pero esta tenía algo… distinto.
Teodor, el fantasma del siglo XII que nunca solía abandonar sus habitaciones, estaba sentado ante una mesita de café, con un tablero en el que estaban dispuestas dos juegos de piezas de ajedrez.
Frente a él, moviendo ahora una de las blancas, había una armadura de color bronce y sin yelmo. Y estaba completamente vacía.
Segis nunca había encontrado aquel lugar tan silencioso como en aquel mismo instante. Era como si incluso la casa estuviese conteniendo el aliento para no molestar a los jugadores de aquella sobrenatural partida.
—¿Quiere explicarme qué significa esto?
Se lamió los labios y señaló lo evidente.
—Diría que están jugando una partida de ajedrez y… —Movió un poco la cabeza para echar un vistazo al tablero—, que Teodoro va ganando con las negras.
El hombre la fulminó con la mirada y extendió la mano, señalando la armadura y al grisáceo espectro, a través del que casi podía verse el piano.
—¿Es uno de sus huéspedes?
Se enderezó y alzó ligeramente la barbilla.
—El señor Teodoro es huésped de esta casa desde los tiempos en que mi querida abuela tenía atemorizada a toda la población de Salem —respondió orgullosa—. Si desea jugar en sus ratos libres al ajedrez, no seré yo quien se lo impida.
—Es un fantasma —replicó él.
—Es usted muy observador, inspector.
—Señora, no agote mi paciencia.
—Es señorita Blackwood para usted —le sostuvo la mirada, desafiándole. Si bien por dentro se estaba haciendo pipí encima, no dejaba de ser una Blackwood. Había visto las suficientes veces a su madre intimidar a los hombres como para saber cómo se hacía.
Ivar carraspeó, atrayendo su atención. Sus ojos contenían una silenciosa advertencia.
—El señor Teodoro tiene un salvoconducto escrito con puño y letra de sangre por la mismísima Belladona Blackwood, inspector —informó él con esa frialdad tan característica suya—. Puedo pasarle una copia del registro si lo desea.
El hombre lo miró de soslayo y asintió con brusquedad.
—Hágalo, Vinter.
Segis tuvo que morderse la lengua y limitarse a sonreír, cuando lo que en realidad quería era arrancarle la cabeza a ese arrogante enviado de la organización.
—¿Y la armadura? ¿Qué clase de hechizo o maldición tiene?
—Maldición de grado dos. —Fue ella la que habló ahora—. Y si quiere saber quién la realizó, fui yo. —Levantó un poco más la barbilla y ladeó la cabeza—. Fue un regalo para mi padre.
Y uno de los pocos que le había hecho ilusión, al menos durante los cinco minutos que la armadura permaneció entera y dispuesta a batirse en duelo con él. Una vez la descabezaron, fue como un pollo sin cabeza. Y así seguía, pero de eso no tenía por qué enterarse, ¿no?
Además, se le daba de puta madre jugar al ajedrez.
El inspector le sostuvo la mirada, dejó escapar un pequeño resoplido y se volvió hacia uno de sus hombres, el cual afirmó y volvió a escribir.
—Sigamos.
Y así lo hicieron, al menos durante la próxima media hora, pues, ¿cómo iban a salirle bien las cosas a Segismunda Blackwood?
Julius protagonizó una escapada digna de un mago y acabó mordiendo por sorpresa el culo de uno de los enviados de la organización. Trevor, aun cuando solía ser la ocasional comida de la monstruosa planta, se unió a la refriega con sus ensordecedores latidos.
La armadura, la cual padecía de los nervios desde que su padre le arrancó la cabeza, empezó a chillar y salió corriendo de la sala de música. O lo intentó, ya que acabó estampándose contra la pared y cayendo hacia atrás.
Siempre dispuesto a ir a la batalla cuando las cosas se ponían chungas, Valessi apareció enarbolando su hacha, buscando el supuesto peligro… y el maldito pollo decidió aparecer también para sumarse a la refriega y activar al momento la persecución rutinaria de cada día.
En algún lugar de la casa, la cabeza reducida empezó a cantar.
Basilio despertó y decidió empezar a merendarse lo primero que tenía a mano: las nuevas cortinas de la señora Drekka.
Y alguien, nadie supo quién, acabó activando accidentalmente el sistema anti intrusos de Morcant, sumiendo la mansión entera en un absurdo caos a la hora del té.
Las ventanas empezaron a cerrarse solas, las puertas desaparecieron, un retrato empezó a hacerle ojitos al inspector y la señora Wren aprovechó la confusión para arrastrar a uno de los asistentes al comedor y atarlo a una mesa con el único propósito de sacrificarle.
—¿Qué significa todo esto? —bramó el inspector, sus ojos a punto de salírsele de las órbitas.
—¡Le aseguro que nada de esto ha sido cosa mía!
—¡Socorro! —gritó el candidato al sacrificio desde las escaleras—. ¡Que alguien me quite a esta loca de encima!
—¡Señora Wren, deje ir inmediatamente al oficial!
—¡Se merece que lo sacrifique!
—¡Y una mierda!
—Por lo que más quiera, Segis, arregle esto —siseó Ivar, interponiéndose entre ella y el inspector—. Ahora.
Sus ojos se encontraron y resopló irritada.
—Más le vale no añadir esto a su maldita libreta.
Si bien había sido su mala suerte con las maldiciones y encantamientos de magia negra la que la había traído a este lugar, desde que llegó no había hecho otra cosa que deshacer entuertos.
No sabía si se debía a el repetido uso de sus habilidades o a que se le daba mejor arreglar cosas que provocar el caos, pero fuese como fuese, su poder oscuro respondía con mayor facilidad a sus demandas.
— Silentium fiat.
Las palabras brotaron de sus labios, moldeando su poder oscuro y extendiéndolo sobre toda la casa. Silenció el sistema anti intrusos, devolviendo la calma a la casa y a todos los que estaban en esos momentos en su interior.
—Buen trabajo.
Sus ojos se encontraron unos segundos con los de su supervisor. Ivar Vinter le sostuvo la mirada, asintió de manera casi imperceptible, confirmando sus palabras y, acto seguido, le dio la espalda para reunirse con los hombres de la Organización.
Segis dejó escapar un pesado suspiro, miró al techo y se dispuso a enfrentarse a los que sin duda serían sus últimos minutos de libertad.
Una hora después todo había terminado. La pensión había sobrevivido a un nuevo cataclismo y los inspectores de la organización parecían tan agotados como deseosos de abandonar el lugar.
Prueba de ello fue que subieron a sus respectivos coches con mucha más premura de la que habían bajado.
De hecho, los dos últimos iniciaron el regreso casi de inmediato, mientras que Riper permanecía delante del coche, en compañía de uno de sus hombres y del propio Ivar.
Los ojos oscuros del miembro de la Organización recorrieron el edificio una vez más, hizo una rápida pasada sobre los huéspedes que habían salido al porche y, finalmente, alternó la mirada entre su colega y ella.
—No entiendo cómo este lugar sigue todavía en pie —dijo con esa voz profunda y hastiada.
Ella no pudo más que darle la razón.
—Créame. Yo tampoco.
El inspector guardó silencio, volvió a mirar más allá de ella, hacia el nutrido grupo que había vuelto a comportarse… más o menos.
—Ni tampoco el por qué ninguno de sus huéspedes ha abandonado todavía este lugar.
No lo dijo con acritud y, quizá por ello, el comentario caló en ella.
En honor a la verdad, no se había parado a pensar en ello.
Levantó la cabeza y paseó su propia mirada sobre ellos, las personas que vivían bajo aquel techo, que compartían mesa, que desayunaban, peleaban y se enfrentaban a cada desastre juntos.
Podrían haberse marchado, encontrado un lugar mejor, pero por algún motivo habían decidido quedarse en Blackwood.
Puede que la casa no fuese perfecta, aunque tampoco lo eran sus habitantes y eso… Eso era lo que, de algún modo, les permitía encajar. Al igual que a ella.
—La inspección ha concluido —anunció Riper, tomando un puñado de papeles de manos de uno de sus hombres. Levantó la cabeza y se los entregó—. La Pensión Blackwood seguirá abierta y con usted al mando, señorita Segismunda.
El alivio fue tan intenso que las piernas estuvieron a punto de combarse bajo ella.
—Gracias, inspector —murmuró, cogiendo los papeles y acercándolos contra su pecho.
Asintió y, por último, miró a Ivar.
—Tenía razón —admitió, le dio una pequeña palmada en el brazo y, sin otra palabra más, se subió al coche que lo esperaba y se marchó.
Los dos se quedaron allí de pie unos segundos, viendo cómo se alejaba el coche.
—¿Qué ha querido decir con «tenía razón» ? —inquirió en voz baja, mirándole de manera soslayada.
Ivar le devolvió la mirada con esos intensos y fríos ojos azules.
—Nada —le dijo, bajó la mirada sobre los papeles que tenía todavía entre las manos y los señaló con la barbilla—. Enhorabuena. Lo ha conseguido.
Fiel a su estilo, dio media vuelta y se dirigió hacia la casa.
—¿Y bien? —preguntaron desde el porche.
Segis encontró varios pares de ojos clavados en ella y sonrió.
—La Pensión Blackwood para villanos retirados seguirá abierta —declaró—. Y parece que tendréis que aguantarme un poco más en la administración.
Un coro de gritos, vítores y señales de alivio resonó al mismo tiempo. Hubo abrazos y también lágrimas de felicidad, y luego estaba Basi, quien no dudó en enroscarse en ella y comerse una esquina del informe oficial.