Pensión Blackwood para villanos retirados CAPÍTULO 6 Como superar una inspección y no morir en el intento. #2
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CAPÍTULO 6 Como superar una inspección y no morir en el intento. #2

Valessi se puso en esos momentos en pie, llevándose el guantelete sobre el pecho.

—No temáis —dijo el hombre, atrayendo la atención de todos—. Yo me encargaré de la seguridad.

—No necesitamos seguridad —negó ella, levantando las manos en gesto conciliador—. Solo tenemos que…

—Toda inspección es una amenaza potencial —declaró el hombre dejando caer la mano sobre la mesa, la cual reverberó bajo el metal.

—No…

—Prepararé las defensas —sentenció con ese enorme yelmo.

—Le estoy diciendo que no…

—Fortificaré la mansión.

—No…

—Voy a sacar la catapulta del sótano.

—¡Valessi! —Acabó alzando la voz en un intento de llamar por fin su atención—. No hará nada de eso.

El hombre resopló y se sentó de nuevo, visiblemente decepcionado.

—Perdonad mi franqueza, señorita Blackwood… —rezongó—. Pero no tenéis la menor idea de cómo se protege un fuerte.

—Y a usted se le olvida que estamos en pleno siglo veintiuno y no en la Edad Media —rezongó.

— Um , ¿señorita Blackwood? —llamó alguien a su lado.

—¿Qué? —Se volvió, respondiendo con algo de brusquedad.

—Sosiéguese, señorita Segis, está que echa humo. Literalmente. —Señaló el ama de llaves, señalando con un gesto de la cabeza los hilillos negros que emanaban tanto de sus manos como también de su ropa.

—Agatha, prepárale a la niña algo para calmar los nervios hechiceros o acabará convirtiéndose a sí misma en una calabaza —rezongó la anciana Wren, dirigiéndose a la cocinera.

Entonces, como si hubiese decidido coger ella la batuta, señaló a la señora Drekka con la barbilla—.

Hay que deshacerse de todas las pruebas incriminatorias.

Ya sabemos cómo se las gastan esos cabrones.

La mujer asintió con un gesto de firmeza y posó la mano sobre su hombro, buscando su mirada.

—Esta es la mansión Blackwood, señorita Segismunda —le dijo mirándola a los ojos—.

Y usted es una Blackwood. Puede que no sea la más competente de tal ilustre familia, sin embargo, nadie podrá echarle en cara jamás que no se esfuerza por hacer las cosas.

Así que, mueve el culo, niña. Tenemos muchas cosas que hacer y muy poco tiempo.

Todos los presentes se levantaron de la mesa con distintas expresiones de decisión, listos para ponerse en marcha motivados por la señora Wren.

—Vamos. Ya sabéis lo que tenéis que hacer —declaró esta, saliendo ya por la puerta del comedor, seguida del resto de la gente.

Segis no pudo evitar que le bajase un escalofrío por la columna vertebral.

—¿Por qué esto me está dando tan mala espina? —murmuró cuando todos ellos hubieron salido.

—Yo también estaría preocupado si tuviese que controlar a semejante comunidad, señorita Segismunda —mencionó Ivar, sacando la libreta del interior del chaleco.

—Si me dice que las reuniones de personal infringen alguna ley, le juro que…

La miró y la forma en la que sus labios se curvaron le dio un poquito de miedo.

—No, las reuniones están permitidas… —le aseguró, pero el bolígrafo ya estaba sobre la página en blanco—. Infracción número treinta y tres… Conspiración para socavar la autoridad…

—No me joda, Ivar —resopló ella y salió a zancadas del comedor, pues si se quedaba, maldeciría ese estúpido cuaderno y a la mierda todos.

Las siguientes horas podían haber sido perfectamente una muestra de lo que ocurre cuando alguien abre las puertas del infierno. El caos se desató por toda la propiedad y no quedó una sola piedra sin tocar.

Morcant ocultó doce grimorios prohibidos que, en honor a la verdad, ni siquiera sabía que tenía en su haber. El señor oscuro parecía tener una particular afición por ocultar cosas y comunicarlas solo cuando ya no había más remedio.

La señora Wren apareció con cajas y cajas de material para rituales, así como con una enorme piedra de altar transportada entre Arnold y Valessi.

Catherine, por su parte, parecía intentar enseñar modales a Julius, aunque sin demasiado éxito, ya que la planta intentó morder a cuatro personas y, cuando no lo consiguió, volvió a comerse al perro. Trevor aullaba por su vida desde el estómago de la planta carnívora.

Arnold desapareció misteriosamente después de trasladar la piedra y nadie quiso preguntar el porqué. Los secretos que tenía ese verdugo estaban mejor enterrados, sinceramente.

Y Basilio… La serpiente se comió dos formularios oficiales que la señora Drekka había traído en una carpeta.

—¡Deja de comerte la documentación! —lo regañó ella—. ¿Qué hemos hablado sobre tu dieta, Basi?

La criatura siseó y después se zampó un tercero, soltando a continuación un pequeño eructo satisfecho.

—Señor… —resopló—. Si salimos de esta, será de puro milagro.

Aquella noche Segis apenas durmió. No había ni salido el sol y ella ya estaba en pie, acicalando a Faustus, quien la miraba como si hubiese perdido la chaveta. Y quizá así fuese, pues acababa de colocarle una pajarita roja a un cuervo.

El reloj de pared del vestíbulo acababa de dar las siete y ella ya había revisado cada una de las habitaciones e incluso pillado a algunos en bolas. No podía importarle menos. Hoy todo tenía que salir bien.

Una hora después descubrió que alguien había colgado una cabeza reducida en el porche a modo de bienvenida. Solo tardó unos minutos más en darse cuenta de que dicha cabeza estaba viva y se llamaba Luisa.

Media hora después, conocía toda su vida y le había prometido buscar el resto de su cuerpo o encontrarle un reemplazo.

El reloj empezó a dar las campanadas a las nueve en punto, el momento exacto en que tres antiguos carruajes, tirados por un par de caballos negros cada uno, empezaron a desfilar por el camino de entrada hasta detenerse ante la puerta.

Segis sintió cómo su alma abandonaba temporalmente su cuerpo.

—Ya están aquí.

—Y tan melodramáticos como siempre —bufó la ama de llaves, mirando entre las nuevas cortinas—. Con la de marcas de coches que hay hoy en día y estos siguen usando esos polvorientos e incómodos carruajes.

—Para la Organización, la tradición lo es todo.

—¿Entonces traemos una guillotina y los decapitamos? —sugirió la buena mujer—. Digo. Eso también es tradición.

—Ah, qué tiempos los de la guillotina —suspiró la señora Wren con mirada soñadora.

—Señoras, por favor, compórtense por una jodida vez en sus vidas —siseó, fulminando a ambas mujeres.

—¡Ahí! ¡Ahí está esa mirada Blackwood! —señaló la ama de llaves, llevándose la mano al pecho—. Igualita que la de su adorable madre.

Puso los ojos en blanco y se volvió para ver a Ivar reunirse con ellas en el vestíbulo.

—Ya han llegado —le informó.

—Lo he visto —respondió con su habitual seriedad y gesticuló hacia la puerta—. Le recomendaría salir a recibirlos.

—Estaba a punto de hacerlo.

Y también de salir corriendo tan rápido como le permitiesen las piernas.

Descartando aquella opción, y no por falta de ganas, abrió la puerta y salió al porche justo para ver al tal Alaric Riper descendiendo del primer carruaje.

Aun si Ivar no se lo hubiese descrito, no habría errado al suponer que aquel hombre era el que estaba al mando.

Alto y elegante, con un aspecto que recordaba a los viejos agentes de Scotland Yard y una expresión dura, como la de alguien que llevase media vida desaprobando cosas, el inspector de la organización exudaba poder y una pesada oscuridad.

Respiró hondo y bajó las escaleras para recibirle.

—Inspector Riper —lo saludó con educación, inclinando ligeramente la cabeza.

Los ojos oscuros del hombre cayeron sobre ella, la recorrieron con rapidez y juraría que acabó levantando la nariz al pronunciar su nombre.

—Señorita Blackwood.

Su voz era dura, profunda, de las que provocaban escalofríos, como bien pudo comprobar.

No sonrió, ni siquiera le dio pie a darle los buenos días o invitarle a un café, fue directo al grano.

—Empecemos.

Tragó para sus adentros y extendió el brazo, haciendo gala de los exquisitos modales que le había inculcado su madre —lo único de lo que nunca se había quejado con respecto a ella—, y entraron en la mansión.

Segis no sabría decir qué fue lo que le causó mayor asombro durante las próximas horas.

Los huéspedes de la pensión hicieron gala de una educación y un saber estar que jamás habían mostrado con ella.

Morcant se mostró encantador, compartiendo con el inspector algunas anécdotas de familiares en común, Valessi habló únicamente cuando le preguntaron, manteniendo en todo momento una pose regia, de auténtico militar.

Incluso la señora Wren parecía haber sufrido una transfiguración completa.

Nadie que la conociese realmente podría decir que la adorable anciana que se acercó a saludar al inspector apoyada en un bastón fuese una nigromante con ansias sacrificiales.

Basilio dormía como la criatura adorable que era, Julius permanecía encerrado en su jaula invernadero y Trevor no había emitido un solo ladrido. La pajarita que llevaba puesta era igual a la de Faustus, quien había decidido presenciar toda aquella comitiva desde la moldura del reloj del vestíbulo.

Y lo más importante de todo, nadie había hecho explotar nada todavía, lo cual le permitió bajar un poquito la guardia.

—Como puede ver, contamos con varias zonas comunes en las que nuestros huéspedes pueden disfrutar de su tiempo libre —le informaba ella, con las dotes de una auténtica anfitriona.

Mamá, gracias por obligarme a asistir a esas aburridísimas clases de etiqueta.

—¿Qué hay ahí dentro?

—La sala de música —informó y, cuando se dirigía a abrir la puerta, empezó a ver señales por parte de los huéspedes que los acompañaban.

Dado que el inspector estaba de espaldas a ellos, no podía ver la cantidad de gestos que hacían en modo: «¡Ahí no!

», «¡No entres!», «¡Aborta, aborta»—. Si me acompaña, le enseñaré…

Ignorándola, cosa que ya había hecho en varias ocasiones, hizo una seña a uno de sus acompañantes, quienes, al igual que su supervisor, tenían la manía de llevar una libretita y tomar notas, para que abriese la puerta.

—La cagamos… —escuchó susurrar a su espalda.

Las puertas se abrieron y todos se quedaron en el umbral, mirando hacia dentro.