Pensión Blackwood para villanos retirados CAPÍTULO 6 Como superar una inspección y no morir en el intento.
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CAPÍTULO 6 Como superar una inspección y no morir en el intento.

Si existía algo que le diese más miedo que tres maldiciones saliendo mal al mismo tiempo, era la carta que estaba ante ella. Y, sobre todo, haberla recibido un martes.

Las desgracias más importantes de su vida habían ocurrido un jodido martes:

El fallecimiento de su pez mascota. Madre mía, todavía se le llenaban los ojos de lágrimas al recordar ese momento y cómo su querida e insensible madre le había dicho que practicase su necromancia trayéndolo de vuelta.

Se había negado en redondo, lo que le ganó una mirada desaprobatoria y el saltarse la cena.

Su expulsión de la academia de artes oscuras también había caído en martes.

Para ella había sido un auténtico drama, pero su padre había visto la oportunidad perfecta para llevarla con él a «su trabajo» y enseñarle el verdadero sentido de ser un brujo negro.

Su progenitor se arrepintió a la mañana siguiente de tan feliz idea y no volvieron a hablar de aquel vergonzoso episodio.

La ceremonia de graduación también había sido un martes. Y trece, para más señas. Le había tocado dar el discurso de cierre y sus palabras acabaron ofendiendo —ni que lo hubiese hecho a propósito—, a la mitad del alumnado. Había salido con vida de aquel lugar de puro milagro.

Oh, y su expulsión de la organización y posterior llegada a Blackwood también había sido un martes… Aunque no estaba segura de si eso contaba como una desgracia.

Aunque, desde luego, el haber recibido ese sobre negro con lacre de cera y el sello de la Organización de Villanos Unidos estampado en plata, sí lo era. Una desgracia monumental.

No quería abrirlo. Nada bueno podía salir de ahí. A ella no le escribían para darle buenas noticias, generalmente lo hacían para comunicarle todo tipo de malas.

—¿Va a quedarse mirándolo mucho más? —preguntó Ivar desde el otro extremo de la biblioteca del primer piso, donde también estaba su despacho.

Levantó lentamente la vista hasta que sus ojos se encontraron.

Preciosos, como siempre. E igual de helados.

—¿Conoce esa sensación de que algo horrible está a punto de ocurrir?

Él enarcó una ceja.

—Se refiere a la vida diaria en este lugar.

Bufó ante tan irritante respuesta.

—No me está ayudando, Iver —pronunció su nombre con intención, aunque el tipo ni se inmutó. Era como si aquel hombre no lo perturbase ni la mismísima muerte.

—Nunca he pretendido hacerlo, señorita Blackwood.

Sí. De eso no le cabía la menor duda.

Miró de nuevo el sobre sobre su escritorio. Había aparecido allí hacía poco más de una hora. Nadie lo había traído, pero tampoco hacía falta. Ese tipo de notificaciones siempre encontraban la manera de llegar a su destinatario, estuviese donde estuviese.

Segis respiró hondo, cogió el abrecartas y rompió el sello. Una fría y aulladora corriente de aire atravesó la habitación, desapareciendo tan rápidamente como había llegado.

—Con acuse de recibo —mencionó Ivar, entrecerrando los ojos—. Se lo han tomado en serio.

—¿Usted cree? —No pudo evitar sonar irónica.

Sacó el pedazo de papel manuscrito del interior del sobre, lo desplegó y empezó a leer.

—No, no, no, no… —Abrió cada vez más los ojos a medida que devoraba línea tras línea—. ¡Ay, no!

—¿Malas noticias?

—¿Cree que diría «no, no, no, no» si fuesen buenas? —resopló ella, levantando la cabeza del papel tan solo un instante para volver a dejarla caer. Leyó de nuevo aquellas líneas. No eran demasiadas, las justas para comunicarle algo de lo más funesto.

—Con usted cualquier cosa es posible.

Dejó escapar un resoplido y se pasó la mano por el pelo que hoy llevaba recogido en un desenfadado moño.

—Estamos jodidos.

—¿Va a decirme qué clase de noticias le ha comunicado la Organización? —insistió él. Estaba claro que sabía de quién era la carta, dada la manera en la que había terminado sobre el escritorio.

Depositó el papel sobre la mesa, girándolo hacia él.

—El consejo de la Organización de Villanos Unidos tiene el dudoso placer de comunicarme que voy a ser objeto de una inspección.

Sus palabras parecieron cogerlo por sorpresa, ya que su mirada se ensanchó ligeramente.

—¿Cuándo?

—Léalo usted mismo —señaló el papel con un ademán—. Parece que tienen la suficiente prisa como para ejecutarla mañana mismo.

El papel de pergamino oscuro destacaba contra esos elegantes y largos dedos. Le echó un rápido vistazo, entonces la dobló meticulosamente y volvió a dejarla sobre la mesa.

—Entiendo.

—¿Lo entiende? —Señaló el sobre con un airado movimiento de la mano—. ¡Lo entiende! —Se levantó tan deprisa que casi vuelca la silla—. ¡Me lo han notificado con menos de veinticuatro horas! ¡Veinticuatro!

—En realidad, con menos de veintidós —matizó él—. Las inspecciones oficiales suelen llevarse a cabo nada más salir el sol.

—¡Fantástico! ¡Pues menos tiempo aún! —Dejó el lugar tras el escritorio y empezó a pasearse de un lado a otro—. Veintidós horas. Veintidós horas para que alguien del consejo venga a hacer una maldita inspección. ¡Una inspección! ¿Qué narices quieren inspeccionar aquí? ¿Y por qué ahora?

—Parece ser algo rutinario —mencionó con su habitual calma incorruptible—. Hay un nuevo administrador y quieren saber cómo le va, aunque…

Sus palabras fueron perdiendo intensidad hasta casi desaparecer, lo que hizo que se volviese a él de inmediato. Ivar miraba ahora el sobre con cierta sospecha.

—¿Aunque?

El supervisor no dijo nada.

—¿Aunque qué? —insistió ella, deteniéndose delante de él.

El dios nórdico levantó la cabeza y sus ojos se encontraron.

—El nombre que firma la carta es el inspector general Alaric Riper.

Segis no reconoció el nombre, pero solo por la forma en la que lo había pronunciado él, imaginaba que no era algo bueno.

—¿Por qué tengo el intenso presentimiento de que eso es algo malo?

—Porque lo es.

—Genial. —Rodeó el escritorio y se dejó caer en la silla—. Simplemente maravilloso. Si es que no hay martes que las cosas no se tuerzan. —Echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando al techo—. En una escala de malo a preferirías estar muerta, ¿qué tan grave es que hayan asignado a ese inspector?

—Enterrada y olvidada. —Escaló el nivel más allá de su propio baremo.

—Cómo no…

—Tiene fama de ser extremadamente estricto con las normas.

Bajó la mirada y se encontró con la de él.

—¿No me diga? ¿Y también es amante de las libretitas?

—No se lo tome a broma, Segis, el inspector Riper es particularmente hostil con… ciertas residencias.

—¿De verdad? —Aquello ya empezaba a preocuparla seriamente.

—Y es de los que considera que la Pensión Blackwood debería haber sido clausurada hace años —concluyó.

Dejó caer la cabeza de golpe contra la mesa e hizo una mueca cuando su frente conoció íntimamente la madera de caoba.

—Vaya empezando a cavar mi tumba, señor Ivar —farfulló—. No voy a salir con vida de esta.

—Probablemente.

Hizo una mueca y alzó un poco la mirada.

—¿Nunca le han dicho que su optimismo apesta? —resopló.

—Lo cierto es que no.

—Pues ahora ya se lo han dicho.

Volvió a dejar caer la cabeza y emitió un largo gemido que habría hecho que cualquier fantasma se hubiese sentido orgulloso.

Esto tenía que ser cosa del karma, no había otra forma de explicar que tuviese tan mala suerte.

Acababa de empezar su cuarta semana en este lugar.

Casi se había cumplido un mes de su llegada y ya se estaba acostumbrando a la mecánica de la pensión.

Incluso el jardín tenía mejor aspecto. De hecho, había conseguido cultivar también un pequeño huerto que, con un poco de suerte, no acabaría convertido en un muestrario de plantas venenosas y carnívoras.

Aunque eso lo comprobaría cuando empezasen a salir los primeros brotes.

La propiedad también tenía mejor aspecto.

Había conseguido que los huéspedes colaborasen para limpiar las ventanas, aun cuando al hacerlo se hubiesen cargado unas cuantas.

Pero bueno, nadie era perfecto. Incluso el señor Valessi la había perdonado por despojarlo de su armadura delante de otros huéspedes, aunque para ello hubiese tenido que tragarse todas sus batallitas y llevarle cada tarde unos dulces a su habitación.

Por primera vez sentía que al fin estaba haciendo algo bien, aunque todo corría el riesgo de irse al garete con la dichosa inspección.

—Hay que comunicárselo al resto de los huéspedes —murmuró, levantando la cabeza y frotándose la dolorida frente—. Esto también les afecta a ellos.

—Entonces, hágalo —le dijo el supervisor, levantándose de su asiento—. Y lo antes posible.

Ese «lo antes posible» acabó traduciéndose en «veinte minutos después» y el comedor ocupado con todos y cada uno de los habitantes y trabajadores de la mansión.

Algunos habían rezongado, pensando que la reunión era para tratar problemas administrativos o de conducta, otros se quejaban abiertamente o exponían problemas que en esos momentos eran lo menos importante.

Solo cuando dejó caer la frase «inspección de la organización de Villanos Unidos» se quedaron momentáneamente callados.

Un segundo después, el drama estalló en la habitación.

—¿Cómo que nos van a hacer una inspección? —preguntó la señora Drekka, mirándola con los ojos entrecerrados.

—¿Cuándo? —La cocinera parecía a punto de desmayarse allí mismo.

—No me jodas —farfulló Hermenegilda.

—¡Me van a llevar presa! —gimió Catherine, llevándose las manos a la cara.

—Les plantaré cara, querida —se ofreció el señor Valessi.

—Tengo que ocultar todas las pruebas —farfullaba por lo bajo la señora Wren.

—¿Pero es oficial? —preguntó Arnold, más pálido que de costumbre.

—Completamente oficial. —Asintió en dirección al verdugo.

—¿Oficial a nivel «hay que rellenar un mogollón de formularios» ?

—Mucho me temo que así será, señora Drekka —confirmó Ivar, quien también estaba presente.

La habitación entera palideció ante tal confirmación. Era curioso cómo la burocracia era capaz de aterrorizar incluso a los más avezados villanos.

—Estamos muertos —gimió Catherine, cuyas palabras fueron acompañadas de un ladrido de Trevor y el siseo de Basi, quien se había enroscado en torno a un expositor de pasteles.