CAPÍTULO 5 El señor oscuro del tercer piso ha vuelto a perder la dentadura #2
—Señora Wren, por favor…
—¡A la batalla! —clamó el señor Valessi, saliendo en pos de Morcant. Sus pasos metálicos resonaron como tambores por todo el lugar.
—Por el amor de Dios, ¿es que nunca vamos a poder tener un desayuno en paz? —jadeó, saliendo tras ellos—. ¡Basi! ¡Escupe inmediatamente la dentadura ancestral del señor oscuro!
—¡No es ancestral! —gritó el hombre que iba por delante de ella—. ¡Me la hicieron hace ochenta años!
—Eso sigue siendo demasiado tiempo para una dentadura postiza.
Segis llegó al vestíbulo justo a tiempo de ver al basilisco desaparecer escaleras arriba, seguido de Valessi espada en mano.
—¡No corran dentro de la casa!
—Creo que ya hemos superado el punto donde esa norma importa, señorita Blackwood.
Aquella voz era como una mano helada bajando por la espalda. Juró por lo bajo y se volvió para ver a Ivar caminando detrás de ella con absoluta tranquilidad.
—Una mañana movidita, por lo que veo —le dijo cuando sus miradas se encontraron.
¿Cómo hacía ese hombre para estar tan elegante, fresco y atractivo a primera hora de la mañana?
—¿Por qué siempre aparece cuando mi dignidad se va por el desagüe?
—Empiezo a sospechar que ese es el estado natural de su dignidad y de esta casa —declaró, llevándose la mano al bolsillo del chaleco para sacar su cuaderno.
Lo apuntó de inmediato con el dedo.
—Ni se le ocurra.
—Incidente número catorce… —pronunció al tiempo que escribía.
¡La madre que lo parió!
—¡No es culpa mía que un basilisco tenga obsesión por la geriatría!
El supervisor la ignoró elegantemente y siguió con su trabajo.
—Pérdida reiterada de objetos encantados de alta peligrosidad.
Había empezado a subir las escaleras, dispuesta a ignorarle y seguir adelante con su persecución, cuando sus palabras la detuvieron en seco. Se volvió y entrecerró los ojos sobre el supervisor.
—Espere, ¿ha dicho alta peligrosidad ?
Morcant carraspeó desde el piso de arriba.
—Bueno, puede que en los últimos años haya desarrollado algunas defensas propias —mencionó el hombre.
—¿Qué? —Si hubiesen podido, los ojos se le habrían caído de las cuentas de lo mucho que los abrió.
—La dentadura del señor oscuro está clasificada como objeto de encantamientos menores —informó Ivar, devolviendo la libreta a su lugar.
—¿Qué clase de encantamientos? —preguntó ella.
—Defensivos —respondió ahora el anciano con visible orgullo—. Ya sabe… mordía intrusos.
Segis sintió que el mundo se le venía encima y las piernas le flojearon al punto de que se tambaleó. Tuvo que aferrarse al pasamanos para evitar rodar escaleras abajo.
—Su dentadura está maldita.
—Técnicamente está protegida —corrigió el anciano.
—¡Eso sigue siendo una jodida maldición! —exclamó a voz en grito, haciendo que la escalera temblase y los hombres presentes se la quedasen mirando momentáneamente.
Un repentino grito desde el piso superior desvió la atención, haciéndoles mirar hacia arriba. No tardó en seguirle un segundo y luego:
—¡Socorro! ¡Una dentadura intenta morderme!
Un nuevo estruendo, seguido de la risa villanesca del señor Valessi, hizo que todos se moviesen al unísono.
—¡Magnífico! ¡La reliquia está poseída!
—¡Eso no es magnífico! —siseó ella, lanzándose escaleras arriba una vez más.
La armadura apareció al final del pasillo agitando la espada mientras algo diminuto y blanco lanzaba dentelladas a los dedos del guantelete.
—¡No es una reliquia! —gritó Morcant visiblemente indignado.
La dentadura salió disparada del golpe recibido por el guantelete y aterrizó sobre la cabeza de Basilio. La serpiente siseó visiblemente ofendida, solo para recibir él también una mordedura en uno de sus cuernecitos.
Y entonces el caos explotó en el hostal Blackwood.
El señor Valessi se lanzó a la carga, Morcant comenzó a recitar un encantamiento oscuro en latín y Basilio salió disparado escaleras abajo con una dentadura embrujada enganchada en su cabeza.
Ella acabó pegándose a la pared para evitar que aquellos hombres la arrollaran antes de mirar hacia abajo, donde Ivar permanecía en pie a los pies de la escalera, mirando todo aquello con su acostumbrada serenidad.
—Ni se le ocurra volver a sacar esa maldita libreta —siseó ella, despegándose de la pared para bajar con suma tranquilidad las escaleras.
Ni siquiera el ladrido de Trevor en el comedor, ni el sonido de los platos rotos o los gritos de los otros huéspedes hicieron que se diese prisa en alcanzar el suelo de la primera planta—.
O mejor aún, sáquela y deje constancia de una única cosa: Segismunda Blackwood no ha tenido nada que ver con esto.
Sin más, pasó por delante del dios nórdico y se dirigió a la puerta principal.
—¿A dónde piensa que va? —resopló él—. El desastre está justo en la otra dirección.
—Necesito una raíz de mandrágora para acabar con la maldición —replicó y, antes de que pudiese hacer una sola observación más, salió por la puerta.
Los ladridos, las voces y los gritos quedaron en silencio en cuanto se cerró detrás de ella.
El aire tironeó de su trenza y le acarició el rostro.
Respiró hondo y dejó escapar poco a poco el aire.
Sus dedos estaban envueltos en volutas de humo negro, su magia crepitaba en su interior, atraída por el caos, deseando ponerle fin de una manera drástica.
Y la última vez que había cedido a ello había ocurrido algo malo, muy malo. No quería volver a pasar por algo así, ni aunque esa hubiese sido la única vez que había obtenido las felicitaciones y la aprobación de sus padres.
Se miró las manos y se las limpió en la ropa, como si de ese modo pudiese deshacerse de los rescoldos de la magia.
Un graznido rompió el silencio y la sombra negra de Faustus revoloteó sobre ella.
El cuervo sabía el momento exacto en el que dejaba el interior de la mansión, pues siempre aparecía a los pocos segundos. Era como si no se fiara de dejarla sola fuera de esas cuatro paredes.
Segis se dirigió con rapidez al jardín. Había sido lo bastante previsora para plantar algunas cosas en las últimas semanas y la mandrágora estaba ya lista para ser recolectada.
—Esto servirá —decidió. La envolvió en su magia y volvió sobre sus pasos.
Ivar seguía en el mismo punto donde le había dejado, con la libreta en las manos, garabateando como si no tuviese nada mejor que hacer. Los gritos venían ahora de la cocina, reconoció la inconfundible voz del ama de llaves, así como los golpes de su sartén.
—¡Suelta ese jamón ahora mismo, maldita! ¡Que lo sueltes, te digo!
—Espero que tenga licencia para cultivar mandrágora, señorita Segis.
El escucharle llamarla por su nombre fue casi más impactante que el hecho de ver una pata de jamón volando por el aire entre los dientes de la dentadura maldita.
—¡A la carga!
—¡Mi dentadura!
—¡Segismunda Blackwood!
Dejó escapar un profundo suspiro, apretó la raíz entre las manos, convirtiéndola en polvo, y la esparció de un soplo en el aire.
— Solve maledictionem.
La casa tembló como si le hubiesen dado una sacudida, la pata de jamón voladora cayó al suelo de golpe, con la dentadura inerte y ahora de un intenso color ónix.
El reloj de la entrada hizo un sonido extraño y se descuajeringó, la sartén de la señora Drekka se le soltó del mango y la armadura del señor Valessi empezó a desprenderse de su cuerpo dejándole prácticamente en bolas.
—¡Mi armadura!
—¡Mi sartén!
—¿Qué le habéis hecho a mi dentadura?
Segis resopló, se volvió a Ivar y miró la libreta que estaba en sus manos.
—Déjeme adivinar… ¿Infracción quince?
El supervisor miró la dentadura que ahora contemplaba el señor oscuro con ojos llorosos, la sartén rota y los pedazos de armadura que el señor Valessi se esforzaba por recoger y, acto seguido, volvió a posar los ojos sobre ella.
—Por esta vez… lo dejaremos pasar —cerró el cuaderno, lo guardó y se marchó como si nada, dejando a Segis con la mandíbula por los suelos.