CAPÍTULO 5 El señor oscuro del tercer piso ha vuelto a perder la dentadura
—¡Alguien ha entrado en mis habitaciones!
La voz cavernosa resonó por toda la pensión justo cuando Segis intentaba desayunar algo parecido a una tostada sin que Julius, la planta carnívora de Catherine, intentase robársela.
Era curioso que lo que hacía tres semanas le habría provocado un sobresalto, ahora solo la hiciese suspirar y preguntarse «¿qué problema me acarreará esto hoy? ».
Los últimos seis días habían sido particularmente demenciales.
El martes la señora Wren había intentado sacrificar a un pobre turista que se había perdido.
Esta vez había decidido hacerlo al aire libre y la habían encontrado por los gritos desesperados del pobre hombre, al que estaba intentando matar a base de cosquillas.
Esta vez estaba decidida a que ninguna normativa le impidiese llevar a cabo su tarea.
El miércoles Basilio había vuelto a la carga. Le había gustado tanto el libro de la biblioteca del segundo piso que se las ingenió para abrir la puerta y colarse a mordisquear un manual de botánica hechicera. Se había pasado todo el día eructando toda clase de flores muertas.
El jueves el edificio entero tembló. Literalmente.
A fecha de hoy seguían sin saber quién había hechizado la caldera para que se pusiese a cantar de forma atronadora, haciendo temblar los cimientos.
Y no había ayudado demasiado que, en su intento por ponerle fin, hubiese terminado equivocándose en recibir el encantamiento y la caldera cambiase la voz de soprano por una versión lacrimógena de una sirena.
Todavía le zumbaban los oídos por aquello.
El viernes, Ivar Vinter había anotado otra infracción a su nombre. Como siguiese así, ese hombre tendría que abrir un archivo exclusivo para ella.
El sábado , Agatha, la cocinera, decidió que era un buen día para envenenar a medio hostal en el desayuno.
Segis estaba convencida de que no había sido un accidente culinario, sino un experimento de la mujer para ver cómo funcionaba una de sus últimas pociones.
Sarpullidos, manchurrones, incluso algo de diarrea… Había sido un día para olvidar.
El domingo había sido un día maravilloso, especialmente tranquilo, hasta más o menos la mitad de la tarde, cuando acabó conjurando por error una plaga de langostas.
La idea era dar con algo que le ayudase a limpiar los terrenos, deshacerse de la maleza y adecentar un poco el exterior de la pensión.
Las langostas resultaron ser carnívoras y empezaron a morder a todo huésped que encontraron en el camino.
El señor Vinter nunca había estado tan cabreado como ese día.
Había gritado su nombre junto con un montón de epítetos nada agradables para terminar con su eterno: «A rregle esto de una jodida vez».
Para medianoche, las cigarras habían pasado a mejor vida gracias a las ranas del estanque. Se habían pillado tal empacho que llevaban dos días sin comer.
Y ayer lunes , todavía había quedado tiempo para que el señor Valessi iniciase una nueva cruzada contra Teodoro, el fantasma del siglo XII que habitaba la habitación del pasillo, en la segunda planta.
Miró el reloj del salón y dejó escapar un pequeño suspiro. Todavía no eran ni las ocho de la mañana y los huéspedes de la pensión ya habían entrado en acción.
—Eso viene del tercer piso —murmuró Arnold, con la mirada clavada en el techo. El verdugo estaba hoy especialmente pálido y tenía unas ojeras lo bastante oscuras como para que su rostro adquiriese un aspecto aún más demacrado. Daba un miedo de cojones.
—Qué observador eres —canturreó Catherine, quien alimentaba a Julius con pequeños pedazos de carne de conejo.
Otro golpe sacudió el techo, seguido del inconfundible sonido de algo pesado siendo arrastrado.
—¡Han profanado mis dominios!
Cerró lentamente los ojos y respiró hondo. Estaba segura de que su tensión arterial últimamente estaba por las nubes.
—Voy a fingir durante cinco minutos que no he oído eso.
—Yo no lo haría —comentó Mary Ann cruzando en ese mismo momento la puerta con una bandeja de pan recién hecho—. La última vez que el señor Morcant creyó que alguien había entrado en su habitación, maldijo todas las tuberías del ala oeste.
Se volvió hacia la ayudante de cocina con los ojos abiertos como platos.
—¿Fue él? Llevamos una semana duchándonos con agua negra.
La mujer se encogió de hombros.
—Según él, la «niebla del abismo» es buena para el cutis.
—Lo cierto es que nunca había tenido la piel tan bonita y suave —afirmó Catherine.
Dejó lentamente la taza sobre la mesa y suspiró.
—¡No descansaré hasta dar con el culpable! ¡Lo destriparé por esto!
Alzó la mirada al techo y luego la paseó por el resto del comedor, mirando a los presentes. Esos hombres y mujeres eran mejores que cualquier periódico. Siempre estaban al tanto de lo que pasaba en esa casa.
—¿Y bien?
Todos guardaron silencio y eso ya sabía lo que significaba.
—¿Qué demonios ha pasado ahora? Desembuchad.
Trevor soltó un pequeño ladrido, entonces empezó a gimotear y se metió debajo de la silla de su dueña.
—Creo… —Arnold se aclaró la garganta—. Es posible que el Morcant haya vuelto a perder la dentadura.
Segis parpadeó un par de veces con exagerada lentitud. Era como si a su cerebro le costase especialmente centrarse.
—¿Cómo que «ha vuelto» ? —preguntó—. ¿Suele perderla a menudo?
—Técnicamente, esta sería la cuarta vez este mes —afirmó Catherine, quien rascaba una de las hojas de Julius.
—¿La cuarta? ¿Es que no es capaz de aguantarla dentro de la boca o qué?
—La dentadura está encantada y tiene cierta… tendencia a moverse sola —añadió Mary Ann, quien ya se retiraba—. Lo cual la vuelve imprevisible.
El eco de unos poderosos pasos, unido a varios improperios, precedió la llegada del señor Morcant.
Ese hombre había sido una leyenda en su época.
La gente se encogía con solo oír su nombre, había aterrorizado continentes enteros y su presencia tenía el mismo efecto que una plaga de la peste negra.
Y a juzgar por la presencia que cruzó las puertas del comedor, había envejecido bastante bien… en cierto modo.
El tipo era alto, altísimo y tan delgado que parecía un cadáver vestido con terciopelo negro.
Su piel grisácea tenía el aspecto de alguien que llevaba siglos evitando la luz solar y el largo pelo blanco caía desordenado sobre sus hombros como una cascada espectral.
Todavía conservaba unas facciones atractivas, con esa apostura tosca e interesante que le aportaban los años…
pero lo que realmente le aportaba un aire aterrador en esos momentos era la manta.
Una enorme manta de cuadros oscuros envuelta sobre los hombros que le daba el aspecto de un abuelo enfadado dispuesto a discutir en la cola de una farmacia.
Sus ojos hundidos recorrieron lentamente el corredor con una intensidad y detenimiento propios de un sabueso.
—Sé que entre vosotros se oculta un traidor…
El efecto atronador de su voz quedó un poco descafeinado cuando el hombre empezó a escupir saliva al hablar.
—Buenos días a usted también, señor Morcant. —Segis se pellizcó el puente de la nariz, empezaba a sentir ya cierta presión entre los ojos.
El anciano gesticuló con un dedo huesudo hacia todos ellos.
—¡Alguien me ha robado los dientes!
—Otra vez… —añadió Catherine en voz baja, lo cual alteró al momento al hombre.
—¡No digas «otra vez» como si fuese algo normal!
—En esta casa sí lo es —intervino la señora Wren, removiendo su té. Había estado muy entretenida ojeando un libro antiguo sobre sacrificios rituales hasta el momento.
Morcant avanzó hacia la mesa con movimientos lentos y algo reumáticos.
Hay que ver cómo engañan las apariencias.
—No he sobrevivido a cuatro inquisiciones, siete guerras santas y a dos epidemias de peste para acabar humillado por mi propia boca.
—La peste no era algo a lo que alguien sobreviviese más de una vez —murmuró más para sí misma que para él, para finalmente dedicarle toda su atención—. ¿Está seguro de que se la han robado?
—¡Por supuesto que lo estoy! —resopló visiblemente ofendido.
La ofendida iba a ser ella como no se apartase un poco de esa ametralladora de saliva.
—¿Ha mirado debajo de la cama? —No sería la primera vez que algo caía al suelo y acababa, inexplicablemente, debajo de una cama.
—Señorita Blackwood. —La miró como si acabara de insultar a todos sus ancestros—. Fui conocido como el Azote de las Diez Provincias…
—Y aun así podría habérsele caído y rodar debajo de la cama.
El Señor Oscuro parecía profundamente ofendido.
—No me tome por un viejo senil, haga el favor.
Abrió la boca para disculparse y asegurarle que jamás consideraría a una leyenda de su talla algo tan vulgar, pero el canturreo de Basilio atrajo su atención hacia la puerta.
El basilisco cruzaba lentamente el comedor con cierta complacencia mientras llevaba algo entre los colmillos.
Algo sospechosamente blanco y que no encajaba con la fisionomía de esa particular serpiente.
Segis cerró los ojos al darse cuenta de dónde estaba exactamente el objeto perdido.
Y, a juzgar por los jadeos, los «oh, Dios» y la sonora carcajada de la señora Wren, los demás comensales también se habían percatado de ello.
—¿Por qué no me sorprende? —suspiró para sí.
Morcant emitió un siseo indignado.
—¡Demonio serpentino!
El basilisco lo miró y, como sabiendo la que se le venía encima, aceleró.
—Y ahí está la dentadura —mencionó Catherine—. Hay que reconocer que le queda bien.
—No digas burradas, por favor —pidió, fulminando con la mirada a la invocadora.
—¡Es la guerra! —rugió el señor Valessi, levantándose tan deprisa que casi tira la mesa.
—Qué guerra ni qué ocho cuartos… —rezongó, levantándose también al ver al hombre de la armadura dispuesto a meterse en problemas—. ¡Envaine esa espada ahora mismo!
—¡Esa criatura ha ofendido el honor del señor oscuro! —reclamó el hombre—. ¡Esa fechoría exige reparación!
—¡Se ha comido sus dientes, no su reino!
—En realidad ni siquiera se los ha comido, querida, los lleva puestos —la corrigió la señora Wren, doblándose con la risa.