Pensión Blackwood para villanos retirados CAPÍTULO 4 Prohibido alimentar al basilisco fuera de hora. #2
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CAPÍTULO 4 Prohibido alimentar al basilisco fuera de hora. #2

—Moderada-alta —corrigió, tras mirar el botón ahora clavado en la pared.

Gimió por lo bajo. Aquello era un auténtico desastre y lo peor de todo era que esa maldita serpiente con cuernos era adorable.

Sus escamas negras brillaban bajo la luz de las lámparas y las plumitas alrededor de su cabeza se agitaban cada vez que alguien le prestaba atención.

Parecía estar feliz de ser el centro de atención en aquellos momentos y aquello solo podía escalar en un desastre mucho mayor.

—Muy bien —sentenció, mirándolos a unos y a otros—. A partir de este momento, nadie volverá a darle comida.

Todas las cabezas se volvieron lentamente hacia ella y la anciana señora Wren la apuntó con un huesudo dedo.

—¡Quieres matarlo de hambre!

—No diga tonterías.

Trevor dejó escapar un pequeño gimoteo también. Ni siquiera se había dado cuenta de la presencia del perro hasta ahora.

Incluso el basilisco parecía ofendido ante aquella arbitraria orden y siseó para demostrarlo.

—Por el amor de Dios, ¿es que no ven que se está comiendo toda la casa? —intentó hacerles ver lo obvio, pero algo le decía que tendría mucho más éxito enseñando a Faustus a hablar que introducir algo de sentido común en esas cabezas.

—Eso es porque tiene ansiedad —murmuró Catherine.

—¿Ansiedad?

—La noto en su aura.

Ivar soltó un suspiro tan leve que casi pareció una amenaza.

—No existe la ansiedad reptiliana.

—Claro que existe —replicó la invocadora—. Julius la tuvo cuando intentaron podarle.

La planta carnívora emitió un ruido ofendido desde el pasillo, seguido del sonido de las ruedas de su monopatín al deslizarse.

—No vamos a discutir sobre salud emocional de plantas carnívoras y criaturas sobrenaturales ahora mismo —intervino Segis—. El problema es que ha aprendido a comerse todo lo que encuentra a su paso y eso no es bueno.

—Hasta que le oigo decir algo sensato, señorita Blackwood —mencionó Ivar, mirándola de soslayo—. Estoy impresionado.

Lo fulminó con la mirada, ignorándolo acto seguido para concentrarse en el resto de los huéspedes.

—Si fuese por ti, lo dejarías morir de hambre —resopló la señora Wren señalándola de nuevo—. Igualito que haces contigo misma.

—Yo no me estoy dejando morir de hambre.

—No. Yo doy fe de ello. La señorita Segismunda come como una lima, pero tiene un metabolismo lento, al igual que su aprendizaje —declaró el ama de llaves.

—Gracias por su aportación, señora Drekka —siseó—. Y no, no se trata de dejarlo morir de hambre, joder, sino de darle aquello y solo aquello que debe comer. ¿Alguno de ustedes tiene idea del tamaño que puede llegar a alcanzar un basilisco?

—¿Grande?

—La madre que me trajo… —masculló ella.

—¿Quién fue el primero en darle comida? —Porque tenía claro que aquello tendría que haber empezado por algún lado.

Arnold levantó su largo y delgado brazo.

—Me miraba con hambre, ¿qué se suponía que debía hacer? —se justificó el verdugo—. Me lo encontré en uno de los árboles de fuera, mirándome con esos ojitos… Solo llevaba encima un trozo de cuero y se lo comió.

—Señor de la oscuridad, dame paciencia…

—Me hacía ojitos —se justificó.

—¡Es un basilisco! —Lo señaló como si la gente todavía no captase la idea de lo que eso significaba.

—Y tú una intolerante —le espetó la señora Wren. Esa anciana estaba haciendo méritos para entrar en su lista de personas non gratas.

Se llevó la mano a la cabeza, frotándose la sien derecha, solo para ver por el rabillo del ojo cómo el señor Vinter seguía escribiendo.

—¿Va a seguir tomando notas mientras mi vida se desmorona?

—Ese es literalmente mi trabajo.

—Uno que parece disfrutar enormemente.

Él levantó la vista.

—Empiezo a sospechar que usted es incapaz de pasar veinticuatro horas sin provocar una catástrofe, señorita Blackwood.

—¡Esta no la he provocado yo!

—Todavía.

Estaba dispuesta a decirle dónde podía meterse sus comentarios cuando Basilio siseó y, desenroscándose con rapidez, bajó al suelo y se deslizó hacia la puerta.

—¿Y ahora a dónde va?

—Seguramente a liberar estrés —mencionó Catherine—. Lo habéis puesto de los nervios.

—Este lugar va a acabar conmigo —suspiró ella, pasándose la mano por el pelo que hoy llevaba recogido en una trenza.

—¡Mi dentadura! ¡El demonio serpiente se ha llevado mi dentadura!

El grito llegó desde algún punto del piso superior.

Todos levantaron la cabeza, como si pudiesen ver al otro lado del techo, más fue el señor Valessi quien se levantó dando un puñetazo en la mesa que hizo temblar la madera.

—¡A la batalla!

Salió disparado detrás del basilisco, haciendo temblar toda la planta con los pisotones que daba su armadura.

—¡La madre que me….! —maldijo entre dientes y corrió detrás de él—. ¡Basi! ¡Escupe ahora mismo los dientes del señor Morcant!

Subió las escaleras de dos en dos justo a tiempo de ver al basilisco desaparecer por el pasillo del segundo piso con una dentadura postiza entre los colmillos. Si todo esto no fuese realmente grave, se reiría por lo absurdo de todo esto.

—¡Eso no es comida! —le gritó.

La criatura la miró, parpadeó con lentitud una única vez y luego aceleró.

No tenía idea de cómo esa serpiente podía deslizarse a tanta velocidad, pero desde luego era más rápida que ella.

—¡No corras! ¡Eso solo empeorará las cosas!

—Diría que eso depende de hacia dónde corra —comentó Ivar, que ya le seguía los pasos.

¿Cómo demonios hacía ese hombre para subir las escaleras sin ni siquiera despeinarse?

El basilisco dobló una esquina y desapareció dentro de la biblioteca privada de aquel piso.

—No, no, no, no… —gimió ante el desastre que sabía se avecinaba. Esta habitación estaba en el segundo piso por una razón: tenía libros que no eran aptos para consulta.

Llegó jadeando a la puerta abierta, maldiciendo interiormente a quien la hubiese dejado así y entró muy despacio. Encendió la luz y miró a su alrededor, esperando ver a la serpiente.

—Basi…

Algo cayó desde una estantería, luego se oyó un crujido, seguido de otro y otro más.

—No, Basi… ¡Joder!

Segis corrió hacia el sonido y se encontró al basilisco enroscado sobre la alfombra persa mientras masticaba alegremente una esquina de un grueso libro encuadernado en cuero.

Ivar llegó tras ella y se detuvo en seco.

—¿Qué se está comiendo? —Por primera vez escuchó verdadera preocupación en su voz.

—Aquí solo hay libros de magia oscura —rezongó ella, gesticulando con la mano las paredes—. Elija… —Se agachó y entrecerró los ojos para intentar ver el título en el lomo del libro—. Reglamento interno y protocolo disciplinario de la Organización de Villanos Unidos…

El supervisor se puso completamente rígido al escuchar el título. De todas las posibles elecciones, aquella no era la peor de todas, aunque sí la más irónica.

—Creo que le está diciendo exactamente lo que opina de sus normas… —murmuró ella.

Basilio tragó, luego eructó una pequeña nubecita negra.

Nadie movió un músculo en aquella habitación. Se quedaron mirando al basilisco, esperando, listos para contener el desastre cuando se diese, porque incluso ese manual era peligroso en sí mismo.

La serpiente volvió a eructar, dejando escapar una segunda nubecita y agitó su lengüecita en el aire con visible satisfacción.

Entonces, ocurrió lo inesperado: Ivar Vinter se echó a reír.

Segis se lo quedó mirando como si acabase de presenciar un milagro sobrenatural. No era una risa fuerte, ni escandalosa, tan solo un resoplido grave y breve que se le escapó como si no pudiese contenerlo, pero real.

—Vaya por Dios, si es usted capaz de reírse —murmuró. Y es que aquella era la primera vez que veía a ese hombre reaccionar como una persona normal.

Ivar carraspeó inmediatamente y recuperó su habitual frialdad.

—Esto sigue siendo una infracción grave.

—Claro —respondió ella sin apartar los ojos de él—. Gravísima.

El basilisco se acercó entonces al supervisor y le dio un pequeño cabezazo contra la pierna, una acción tan inesperada como asombrosa.

—¿Qué coño…? —jadeó ella, observando, anonadada cómo la serpiente canturreaba mientras frotaba la cabeza contra la pierna del vigilante—. Esto es… inaudito. No le suelen gustar los desconocidos y menos aún la gente de la Organización.

Lo vio observar a la criatura, mientras esta volvía a empujarle con la cabeza.

Entonces, para su completo estupor, el supervisor se agachó.

—¿Qué demonios está haciendo? —jadeó ella.

—Evaluando la amenaza —respondió, sus dedos resbalando entre las plumas de la serpiente, rodeándole la cabeza, recorriendo su contorno.

—Diría que lo está acariciando —repuso ella, con una ligera sacudida de la cabeza—. Y no haría eso si fuese usted. Si le clava los colmillos. Se acabó.

—No lo estoy acariciando y no me va a atacar, ¿verdad?

El basilisco cerró los ojos con felicidad y ella tuvo que parpadear varias veces para entender realmente lo que estaba presenciando.

—Usted no ha visto nada.

—¿Sobre qué? —Fingió no enterarse de lo que quería decir.

—Esa es la actitud, señorita Blackwood. Esa es la actitud.

Ella se llevó las manos a las caderas y sonrió.

—Sabe, creo que ya es hora de que empiece a llamarme Segis.

Él ladeó la cabeza, lo justo para encontrarse brevemente con su mirada, entonces volvió de nuevo a Basilio, que siseaba satisfecho mientras apoyaba la cabeza sobre la rodilla de Ivar.

—Esta pensión es un absoluto desastre.

Dejó escapar un pequeño resoplido propio, aunque no se le borró la sonrisa.

—Sí, lo es —admitió ella con suavidad—, pero empieza a gustarle.

Volvió a levantar la vista hacia ella y, por primera vez desde que llegó a la pensión, no pareció que fuese a discutírselo.