CAPÍTULO 4 Prohibido alimentar al basilisco fuera de hora.
Segismunda Blackwood supo justo a la hora del té que alguien iba a morir en el comedor y, con toda probabilidad, iba a ser ella.
Solo llevaba dos semanas como administradora de la pensión, pero sabía sin asomo de duda que el adorable basilisco que vivía en las cañerías y se paseaba por todo el edificio acababa de convertirse en su problema número… no sé cuántos.
Y todo porque parecía haber desarrollado unas cuestionables preferencias alimenticias.
—No, no, no, no —murmuró horrorizada al ver la escena que tenía ante sus ojos.
Acababa de bajar del ático, después de comprobar que el señor Graham no había perdido un brazo, una pierna o el ojo, como le había asegurado Hermenegilda en su última invocación.
De hecho, lo único que descubrió fue que había hecho una muñeca vudú con su pelo —que a saber de dónde lo había sacado—, y planeaba practicar con ella un nuevo ritual.
Se la había confiscado a la velocidad de la luz y dejado sobre su tocador con la intención de encargarse de ella después.
A Faustus, el cuervo que decidió quedarse a vivir en su habitación, debió de parecerle lo bastante espeluznante como para cogerla entre las patas y salir volando con ella por la ventana.
La muñeca era ahora la última de sus preocupaciones, porque Basilio la miraba desde el centro del comedor con esos enormes ojos amarillos y verticales que parecían demasiado adorables para pertenecer a una criatura tan letal.
Sus cuernecitos negros, así como las espinas que descendían en dos fases, una desde la cabeza y otra desde la mitad de su longitud, a lo largo de su lomo, habían adquirido un tono más oscuro que sus escamas, las que ya eran como pequeños fragmentos de ónice.
Entre sus fauces colgaba algo negro, rectangular y todavía parcialmente entero.
La libreta de Ivar Vinter.
—Señorita Blackwood, llega usted justo a tiempo, para variar —anunció el supervisor, que permanecía inmóvil junto a la puerta, observando la escena con un silencio tan denso y amenazador que ninguno de los presentes se atrevía siquiera a respirar—.
Esa cosa se ha comido su licencia de tenencias de mascotas especiales y va camino de hacer lo mismo con mi cuaderno.
—Bueno… —Levantó la mano, señalando lo obvio—. Técnicamente, todavía no se la ha comido del todo…
El basilisco emitió una especie de canturreo seguido de un sonido húmedo y se tragó el objeto.
—Ay, Dios… —gimió bajito—. Ay, Dios. Ay, Dios. Ay, Dios.
El silencio se hizo incluso más denso, seguido de esa lengua serpentina asomando de la boquita de Basilio.
—Estupendo —murmuró Ivar con una calma que le provocaba escalofríos.
La cocinera dejó la taza de café sobre la mesa.
—Yo no diría que esté estupendo, joven —repuso la mujer—. Ese cuaderno parecía importante.
—Lo era —confirmó, volviéndose hacia ella con una mirada fulminante.
¿Y por qué diablos la miraba? ¡Ella no había tenido nada que ver en todo esto!
—Pues ahora está en el aparato digestivo del basilisco —sentenció la señora Wren, removiendo tranquilamente el té—. La vida sigue.
El vigilante cerró lentamente los ojos y Segis reconoció aquella expresión. Era la misma que había puesto el día anterior, cuando descubrió que alguien había usado documentos oficiales de la Organización para encender la chimenea del salón.
Era increíble lo bien que prendía aquel tipo de burocracia.
—Basi… —Empezó ella con cautela, avanzando un paso—. Cariño. Vamos a devolverle eso al señor Vinter, ¿vale?
El basilisco ladeó la cabeza, adoptando una postura completamente adorable.
—Eso es. Buen chico. Ahora escúpelo, venga.
El reptil abrió la boca, mostrando unos afilados colmillos que habían acojonado a cualquiera, y empezó a desenroscarse. Un segundo después, vomitó una cucharilla.
La señora Drekka soltó un resoplido al reconocer el objeto.
—Ah. Así que ahí está la cubertería de plata oscura que había desaparecido —chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
—¿Se ha comido más cosas? —preguntó Segis mirando al ama de llaves. Si alguien podía saber si faltaba algo en la mansión, era esa mujer. Era como un contable maldito la mayor parte del tiempo.
La mujer no respondió, pero tampoco lo hizo el resto de los presentes, lo cual era ya de por sí sospechoso.
Los huéspedes de la pensión tenían opiniones para todo, incluso cuando no se les preguntaba.
Miró alrededor del comedor y descubrió que todo el mundo estaba repentinamente interesado en su té, en el café o en los bocadillos que tenían en el plato.
Ni uno solo se atrevía a encontrar su mirada, salvo su vigilante, claro.
Arnold bebía café con muchísimo interés, Catherine silbaba mientras acariciaba a Trevor y el señor Valessi fingía concentrarse en untar mantequilla sobre una tostada pese a llevar guanteletes medievales. Incluso la cocinera había caído en un inusual mutismo e interés por la porcelana.
Entrecerró los ojos, sabiendo que allí había más de un culpable.
—De acuerdo, damas y caballeros… —Se llevó las manos a las caderas—. Desembuchen. ¿Qué han hecho?
—Nada —respondieron todos al unísono.
No había más culpables por metro cuadrado que en esa habitación.
Ivar dejó su posición junto a la puerta y avanzó hacia la criatura, a esa pequeña serpiente.
—¿Desde cuándo alimentan ustedes a esta criatura fuera de sus horarios establecidos?
La pregunta cayó como una sentencia judicial.
—¿Tiene horarios? —preguntó Catherine, fingiendo absoluta inocencia.
El supervisor la miró.
—Por supuesto que tiene horarios —confirmó con sequedad, antes de añadir—, y ha de llevar una dieta específica.
—Pues eso nadie nos lo había dicho —añadió la cocinera, sumándose a aquella fingida inocencia.
Esos heladores ojos azules se volvieron entonces sobre ella y solo pudo señalarse a sí misma con estupefacción.
—¿Por qué me mira a mí? —protestó—. Yo no sabía ni que los basiliscos tenían sistema digestivo hasta hace menos de dos semanas.
—Lo que no habla precisamente bien de sus actitudes como nueva cuidadora —rezongó él, volviendo a cuestionar su idoneidad para cualquier cosa que no fuese causar problemas, al parecer. A ese hombre no había quien lo bajase de semejante caballo.
—¿Disculpe?
—La criatura presenta claros síntomas de sobrealimentación y a la vista está que ha llevado una dieta deficiente si se come todo lo que encuentra a su paso.
Todos guardaron silencio y ella empezó a sentirse bastante incómoda con su reprimenda.
Jamás había tenido un basilisco, ni siquiera una pequeña serpiente.
Su familia había sido muy estricta al respecto.
Opinaban que no estaba preparada para hacerse cargo de una, puesto que a duras penas podía hacerse cargo de sus propios encantamientos y maldiciones.
Faustus era lo más cercano a un animal de compañía que hubiese tenido hasta ahora, y esa pequeña criatura, en cierto modo, también.
Así que el que ahora Ivar le dijese que había sido negligente la hacía sentir culpable.
—¿Qué síntomas?
Ivar señaló con un gesto de la barbilla hacia la pared.
—En el vestíbulo han desaparecido un par de sombreros y de los paraguas solo queda el esqueleto —enumeró.
—Ay, no.
—También faltan tres cojines del salón, una escobilla del baño del segundo piso y parte de las cortinas del ala este —enumeró la señora Drekka.
—Pero las cortinas ya se las había comido antes —intervino Catherine—. No podemos culparle de todo.
—Se ha comido también las que colgué ayer.
La invocadora hizo una mueca de dolor.
—También se comió mis zapatillas de invierno —gruñó Arnold.
—Porque olían a demonio muerto —replicó la cocinera—. Te ha hecho el favor de evitar que te matasen ellas a ti.
Segis paseó la mirada de unos a otros con gesto incrédulo.
—¿Por qué nadie me informó sobre esto?
La señora Wren apareció por la puerta con su habitual malhumor. Llevaba toda la semana rezongando, porque le habían impedido sacrificar al pobre Trevor.
—Porque eres una incompetente —soltó tan frescamente la mujer.
El basilisco siseó alegremente al verla aparecer.
—Ay, mi niño precioso. —La anciana dejó momentáneamente su tarea y le rascó la barbilla a la criatura—. ¿Quién es la serpiente más bonita del infierno?
Basilio empezó a enroscarse, moviendo la punta de la cola como un jodido perro.
Las palabras de la mujer la delataron de inmediato.
—¿Lo ha estado alimentando usted? —Abrió los ojos como platos.
—Tú puedes matarte a ti misma de hambre si quieres, muchachita, pero esta serpiente necesita alimentarse bien.
—Se ha estado comiendo prácticamente la mitad de la pensión.
—Está creciendo.
—Es un basilisco , no un cachorro —señaló lo evidente.
—Y tiene mejores modales que muchos de los huéspedes —resopló la anciana, haciendo rodar los ojos.
El señor Valessi interpretó aquello como una ofensa propia, pues replicó al instante:
—Yo tengo unos modales excelentes.
—Sí, para la Edad Media , carcamal.
Y mientras esos dos se fulminaban con la mirada, si es que ese hombre veía algo a través del yelmo, el pollo cruzó el comedor perseguido por una tetera flotante que silbaba mientras dejaba escapar el vapor.
Nadie en la habitación reaccionó, lo cual daba muestra del nivel de rarezas que parecían darse en el lugar de manera cotidiana.
Segis escuchó a Ivar respirar hondo, para luego llevarse la mano al interior del chaleco y sacar… otro cuaderno.
—¿Tiene una libreta de repuesto? —No sabía si aquello la sorprendía, horrorizaba o hacía que quisiese darse de cabezazos contra una pared. Posiblemente un poco de todo.
—Eso es lo más perturbador que he oído esta semana y no hace mucho explotó la lavandería.
El supervisor empezó a escribir.
—Incidente número doce…
—¿Doce? —protestó ella—. Deme un respiro, hombre.
—Alimentación irresponsable de una criatura clasificada en la escala de monstruos infernales como «amenaza sobrenatural moderada».
—Basi no es una amenaza.
El basilisco eructó y un botón salió disparado de su boca. Los rápidos reflejos del hombre hicieron que diese un paso atrás y evitase que aquella cosa le atravesase.