Pensión Blackwood para villanos retirados CAPÍTULO 3 Alguien ha maldecido la lavandería del sótano. #3
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CAPÍTULO 3 Alguien ha maldecido la lavandería del sótano. #3

—Práctica de hechicería sin supervisión, efectos adversos por una mala ejecución y una maldición sin registrar…

— Enumeró antes de bajar la mirada sobre la libreta y empezar a escribir—.

Como no empiece a ponerse pronto las pilas, va a tener muchos más problemas, señorita Blackwood. Su incompetencia es cada vez mayor.

Con ese último apunte, cerró la libreta, la miró de nuevo de arriba abajo y señaló con un gesto displicente.

—¿A qué espera? —Enarcó una ceja—. Arregle esto.

Se señaló a sí misma con un dedo.

—¿Que lo arregle yo?

—¿Quiere que se lo ponga por escrito?

Ese hombre tenía una habilidad especial para cabrearla, no le cabía duda y, además, se le daba horriblemente bien.

— Um , ¿señorita Segis?

—¡Qué! —Alzó la voz, irritada hasta el extremo con ese maldito hombre.

—Está que echa humo —mencionó el señor Valessi con un gesto de su guantelete. En torno a los dedos articulados de la armadura había hilos de su magia—. Humo muy negro.

Bajó la mirada sobre sí misma y maldijo.

—Lo siento —respiró hondo y volvió a toser.

Ese maldito humo verde le picaba en la garganta, estaba irritada y a un salto de estrangular a ese maldito supervisor.

Se tomó un instante para serenarse y se dirigió a los huéspedes de la pensión—.

Será mejor que suban al piso de arriba. Intentaré… deshacer esto.

—¿Está segura? —La falta de confianza en la voz del verdugo la hizo resoplar.

—La señorita Hermenegilda me asistirá, ya que ha sido la promotora de esto —decidió, mirando a la muchacha.

—Si usted lo dice… —Ni siquiera la propia artífice de este desastre estaba segura de poder ponerle fin.

—Estamos apañados —rezongó el señor Valessi, dirigiendo sus pesados pasos hacia las escaleras.

—Sigo esperando, señorita Blackwood —le recordó Ivar.

—Le aconsejaría que se apartase un poco, señor Vinter.

—Estoy bien aquí —aseguró él. Llevándole la contraria, cómo no.

—Como quiera… —resopló y añadió para sí misma—. Luego que no diga que no le avisé.

La máquina de las pompas de jabón eligió ese momento para empezar a emitir una serie de tosecillas que iban en ligero aumento, pasando de una ligera carraspera a un fumador empedernido que ya tiene los pulmones calcinados.

—Eso no suena bien… —mencionó la joven bruja a su lado, dando un par de pasos hacia atrás—. Puedo anular la maldición, pero eso… no ha sido obra mía. Aunque puedo sacrificarme por los demás si eso aumenta mi pena y me torturan en la mazmorra.

Segis la miró de soslayo y sacudió la cabeza.

¿Qué coño le pasaba a la juventud de hoy en día para disfrutar tanto de una mazmorra como de una sesión de spa?

—Dijeron que mezclaron jabón celestial con suavizante infernal o algo así —recordó y, esa combinación no podía ser buena.

El sonido fue incrementándose, la secadora empezó a escupir con más ímpetu lo que llevaba dentro, hasta el punto de temblar. Las tuberías también empezaron a rechinar.

—Puede que eso sí sea consecuencia de la maldición —corrigió entonces la chica—. El exceso de sangre, ya sabe...

—Por todos los dioses del averno, ¿quiere hacer el favor de acabar con esto? —resopló Ivar, quien se estaba impacientando—. No tenemos todo el día, señorita Blackwood.

Ambas máquinas continuaron haciendo ruidos raros, la mentada neblina empezó a salir ahora también de ellas, junto con esas malditas burbujas gritonas, y Segismunda Blackwood lo supo tan bien como sabía su nombre.

Aquello era muy mala señal.

—¡Cuerpo a tierra, todo el mundo!

Se giró como un rayo, tropezó con sus propios pies y acabó cayendo al suelo sobre el confundido vigilante.

Un segundo después, todo saltó por los aires, literalmente.

Su magia actuó de manera automática, protegiendo a las tres personas que estaban allí abajo, evitando que los pedazos de los electrodomésticos, las tuberías y el confeti verde en el que acabó convirtiéndose todo a causa de la maldición, cayesen sobre ellos.

Al estruendo le siguió el silencio, uno bastante raro, de hecho, porque Segis había aterrizado prácticamente encima de Ivar, respirando agitadamente mientras pequeñas sombras seguían escapando de sus dedos.

Sus miradas se sostuvieron durante unos largos segundos y, en esa proximidad, ella se dio cuenta de varias cosas: ese hombre era duro como una roca y olía de maravilla y sus ojos eran incluso más azules a esta distancia.

—Bueno… creo que ya está —murmuró ella, incapaz de moverse.

—¿Esta es la manera en la que arregla habitualmente las cosas, señorita Blackwood?

Se lamió los labios e hizo una mueca.

—Solo cuando yo no soy la que las causa.

Él resopló, le puso las manos en la cintura y la empujó.

—Levántese, por favor.

Se incorporó con rapidez, abandonando ese cálido y duro cuerpo, solo para encontrarse a la bruja de sangre sentada en el suelo con las piernas cruzadas y una expresión de pura dicha en el rostro.

—Esta ha sido la mejor experiencia de mi vida —aseguró la chica con voz soñadora—. Estar a punto de morir aplastada por una secadora diabólica y una lavadora maldita. Oh, cómo amo este lugar.

Segis sacudió la cabeza, miró a su alrededor y levantó los brazos, dejando que las volutas de su magia se fuesen extinguiendo.

—No. No pienso hacerme responsable de esto.

Y, sin una palabra más, dio media vuelta y subió las escaleras de una en una, dejando tras de sí a esa joven bruja perturbada y al sexy y puñetero vigilante.