Pensión Blackwood para villanos retirados CAPÍTULO 3 Alguien ha maldecido la lavandería del sótano. #2
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CAPÍTULO 3 Alguien ha maldecido la lavandería del sótano. #2

La camisa, quién parecía haber desarrollado entidad propia, se volvió en redondo y se abalanzó sobre este, intentando morderle. La puta prenda tenía una sonrisa llena de dientes que dejaba en ridículo la del gato Cheshire .

Todo aquello resultaba tan ridículo y absurdo que Segis se vio superada por lo que había a su alrededor y necesitó de unos segundos para asimilarlo.

—¿Qué coño ha pasado aquí?

Siguió el humo verde hasta un registro en el suelo y las burbujas hasta una de las lavadoras más cercanas. Dos orígenes distintos que sugerían dos hechizos divididos o una maldición que había salido mucho peor que cualquiera de las suyas.

Las voces estallaron por encima del caos, superponiéndose unas a otras. Todos hablaban a la vez, mientras Trevor seguía ladrándole, ahora desde otra zona distinta del sótano, a los malditos pantalones.

—¡Alguien mezcló detergente bendito con suavizante nigromántico!

—Catherine señaló las burbujas verdes que salían de una de las lavadoras—.

La ropa ha salido disparada de la lavadora y ha empezado a atacar a todo el mundo aquí abajo —resopló, gesticulando hacia su propio sostén, quien estaba usando uno de los cierres con corchetes a modo de lengua para hacerle una pedorreta.

—¡Y la secadora ha troceado mis sábanas de seda egipcia! —se quejó Mary Ann, la ayudante de cocina. Y, a juzgar por el placer con el que masticaba dicho electrodoméstico, no era lo único que acabaría hecho pedazos.

—¡Mis calzoncillos intentaron ahorcarme!

Todos miraron a Arnold con distintas expresiones en su rostro.

—Dudo que eso fuese accidental —murmuró Catherine, ganándose una mirada fulminante del verdugo.

Cerró los ojos un segundo, inspiró hondo y acabó tosiendo por el olor a azufre que se le metió en la garganta.

—Joder… —Miró de nuevo el registro en el suelo y se abrió paso entre los presentes para ir hacia él. El humo verde seguía saliendo de su interior—. ¿Por qué hay una maldición emergiendo del registro del agua?

—Esa, señorita Blackwood, es una respuesta que me encantaría conocer.

Segis dio un respingo al escuchar aquel tono de voz.

Era igual que sentir una mano helada recorriéndote la columna vertebral.

Una mano sexy , sí, pero con muy, pero que muy mala idea.

Contó mentalmente hasta cinco antes de girarse lentamente y plantar una sonrisa en sus labios.

Antes muerta que mostrarle a ese hombre la angustia que le provocaba su presencia.

Ivar Vinter tenía el aspecto impoluto de siempre. Había dejado el abrigo a un lado y ahora vestía tan solo con camisa, chaleco y esos pantalones con pinzas que le hacían un culo de primera. Su rostro pétreo seguía siendo muy atractivo, del mismo modo en que sus ojos parecían atravesarle el alma.

—Buenos días, señor Vinter —lo saludó—. ¿Le puedo ayudar en algo?

Enarcó una ceja con visible ironía y señaló con el bolígrafo el registro del que seguía saliendo ese denso humo que ya se extendía como una neblina cubriendo todo el suelo del sótano y ascendía por las escaleras hacia la planta superior.

Ese hombre no soltaba esa dichosa libreta ni a tiros.

—¿Qué ha hecho ahora?

Resopló, llevándose las manos a las caderas con gesto indignado.

—¿Por qué da siempre por hecho que yo tengo algo que ver?

—Su historial la precede.

—Mi historial no tiene nada que ver con lo que quiera que haya pasado aquí.

—La señorita Blackwood ni siquiera estaba hoy a cargo de la colada, señor Ivar —aseguró la ayudante de cocina—. Se ha pasado toda la mañana ahí fuera, arrancando hierbecitas.

Miró a la muchacha sin saber si agradecerle su defensa o no.

¿Hierbecitas? ¿En serio?

—Gracias, Mary Ann —controló su voz para evitar que sonase como si quisiera estrangularla y se volvió hacia el recién llegado—. Pero sí. He pasado toda la mañana en el jardín, así que no he podido…

— Catástrofe número nueve: Se le encargó convertir el agua del río de la aldea en sangre. La maldición fue lanzada a dos kilómetros de la aldea. El resultado fue que el río siguió claro y transparente, mientras que todos los grifos de las distintas casas empezaron a verter zumo de uva.

—¿Lleva usted un registro de todas mis fechorías? —preguntó casi sintiéndose orgullosa de que las tomase en cuenta.

—Señorita Blackwood, lo que usted llama fechoría , yo lo llamo incompetencia —afirmó con esa sequedad suya—. Si pudo cometer aquel… desastre a dos kilómetros de distancia, es de suponer que no le costaría nada hacerlo desde el jardín.

—Que yo no he lanzado ninguna maldición ni recitado hechizo alguno, jolín —rezongó, dando un pisotón en el suelo. Su intento de parecer adulta y competente se fue a la mierda con aquellas palabras—. Me acusa sin tener pruebas, señor mío.

La miró de arriba abajo y luego el registro.

—Usted es la única prueba que necesito, señorita.

Aquello la ofendió muchísimo.

—¿Cómo se atreve? —Volvió a dar otra patada en el suelo—. Si tuviese intención de embrujar o maldecir la lavandería, utilizaría un hechizo concreto y no algo que… No sé ni para qué sirve, la verdad.

—Se suponía que tenía que disuadir a quienquiera que estuviera robando la ropa interior de las mujeres del hostal.

La voz baja, lenta y casi de ultratumba hizo que todos los presentes se volvieran hacia las escaleras.

En el último escalón, vestida como una gótica emocionalmente deprimida, estaba Hermenegilda, la miembro más joven del hostal.

Era una bruja de sangre, descendiente nada más y nada menos que de la mismísima Elizabeth Bathory.

Descendió el par de peldaños que le quedaban hasta el suelo y avanzó, arrastrando los pies y moviendo la niebla hasta acuclillarse ante la rejilla del suelo.

—Hice un popurrí con algunas hierbas venenosas, unas pastillas de menta y unos cuantos cabellos de la cocinera, para aportarle fuerza.

—Hizo una mueca—. Y le añadí una gota de sangre.

—Sus ojos se abrieron un poco y adquirió una sonrisa siniestra—.

O debería haber sido una gota, pero me emocioné un poco…

—Levantó la cabeza y su expresión fue decayendo de nuevo hacia la depresión—.

Creo que arriba las cortinas han empezado a cantar. Basi se las está comiendo.

—A la señora Drekka le va a dar algo.

—¿A la señora Drekka? El pobre Basi va a terminar cogiendo tremenda indigestión —resopló Catherine, posando la mano sobre su hombro—. Lo dejamos todo en tus manos, Segis.

Y, sin otra palabra, se dirigió hacia las escaleras y empezó a subirlas de dos en dos.

—Basi, cielo, no comas más cortina que te vas a indigestar.

—Por cierto. Siento lo de la humareda, sin embargo, la maldición ha funcionado —añadió la emo, mirando hacia arriba—. He encontrado al ladrón de ropa interior.

—¿Ah, sí? —se interesó Mary Ann—. A mí me han estado desapareciendo bragas. Pensé que era la lavadora la que se los comía, al igual que los calcetines…

La bruja negó muy lentamente con la cabeza.

—Fue el bokor de la habitación del ático.

—¿El hechicero vudú? —preguntó Ivar.

—¿Tenemos un hechicero vudú? —¿Por qué nadie le hablaba de esas cosas?

—¿Lleva aquí una semana y no sabe que tiene un huésped de esa categoría?

—No se deja ver mucho —aseguró Arnold, como si eso lo explicase todo.

—¿Y para qué narices quiere un hechicero vudú ropa interior femenina?

—Me dijo que estaba haciendo un hechizo para elegir a Miss Bragas Bonitas —respondió la chica, con esa forma de hablar lenta y melancólica que la estaba poniendo de los nervios.

No sabía si estar agradecida de que un brujo vudú hubiese pasado de revolver en el cajón de su ropa interior u ofenderse por haber sido excluida una vez más.

—Y prometió que la próxima vez pediría permiso primero —concluyó la chica. Se incorporó, estiró ambos brazos, juntando las muñecas, y se dirigió al supervisor—. Ya puede llevarme presa, señor Ivar. Lléveme a la primera cámara de tortura que tenga.

—Eso no será necesario, señorita Hermenegilda —respondió él, volviéndose en cambio hacia ella—. Un administrador que no sabe los huéspedes que tiene en su edificio es una falta grave.

—¿Qué? —Abrió los ojos como platos—. Oiga, espere un momento…