CAPÍTULO 3 Alguien ha maldecido la lavandería del sótano.
El cuervo decidió quedarse. No era un gran conversador, aunque se le daba bien escuchar y, teniendo en cuenta la semana que llevaba, para Segis eso era más que suficiente.
Si volver a la mansión en la que se había criado era extraño, el verla cambiada y llena de gente —por llamarlos de alguna manera y no ofender a nadie—, era una experiencia indescriptible. Y no precisamente en un sentido favorable.
Puede que ella no fuese la bruja negra más competente de todas, pero al menos todavía conservaba algo de sentido común, cosa que escaseaba en el interior de aquellas antiguas paredes.
Tenía que haberse imaginado que un nombre como: «Pensión Blackwood para villanos retirados» no podía ser tan elegante como parecía a simple vista.
En honor a la verdad, había esperado encontrarse con una institución refinada, llena de gente importante que había llegado al final de su vida como villano y que simplemente quería retirarse.
Algo así como una de esas asociaciones para veteranos de guerra.
En cambio, se había encontrado con El Circo de los Horrores.
Cuanto más tiempo pasaba en aquella casa, más convencida estaba de que la organización la utilizaba para apartar a todos los miembros que habían dejado de resultar útiles.
Cada huésped era una pieza defectuosa que ya no encajaba en sus estándares.
Como las ejecuciones habían quedado obsoletas, por no mencionar que eran bastante costosas y difíciles de ocultar en los tiempos modernos, y alguna familia podía además tomárselo como una ofensa personal, preferían deshacerse de los miembros sobrantes de una forma más elegante.
Así que, sí. A grandes rasgos, su antigua casa natal se había convertido en el contenedor de desechos de la Organización de Villanos Unidos y ella en la gerente de aquel circo. Después de todo, no convertían a una bruja negra en responsable de una pensión para jubilados por méritos extraordinarios.
Y, por si la humillación no fuese suficiente, la organización incluso le había asignado un vigilante. Ivar Vinter llevaba una semana paseándose por la pensión, siempre con aquella maldita libreta entre las manos, observándolo todo con la misma expresión fría con la que un verdugo afilaba un hacha.
Dejó escapar un largo suspiro, se pasó el brazo por la frente perlada de sudor y entrecerró los ojos ante el sol de la mañana.
No es que hiciese un calor insoportable.
De hecho, el aire fresco ayudaba a templar el ambiente, pero se había metido en el jardín a arrancar hierbajos como si tuviese algo contra ellos.
Durante el último par de horas había desarrollado una especie de contienda con la maleza, prefería estar aquí fuera, peleándose con el terreno, y no dentro, con la mirada inquisidora de Ivar sobre ella.
El supervisor había adquirido la mala costumbre de señalarla como responsable de cada desastre que ocurría en la casa, incluso aunque ella no estuviese ni siquiera en la habitación o tuviese algo que ver.
—Espera y verás, Segis, seguro que encuentra algo nuevo de lo que hacerte responsable, como el que no crezcan adecuadamente las plantas o el jardín esté lleno de maleza —rezongó, rodeando otro puñado de hierbas con las dos manos—.
Y le dará igual que tú no hayas pisado este lugar en siete años. Te echará la culpa.
Arrancó la hierba con saña, dando un traspié y equilibrándose en el último momento para no caerse encima del espino.
—Si trabajases más y hablases menos, ya habrías terminado de limpiar esa parte, Segis.
Levantó la cabeza hacia la fachada de la casa, desde la que Gerald había decidido hacer de vigía. O, mejor dicho, de viejo artrítico con incontinencia verbal.
La gárgola se había trasladado al tejadillo del porche para recibir los rayos del sol sobre su cuerpo de piedra y así calentar sus viejas articulaciones.
Después de la primera hora de quejas y batallitas, le quedó claro que no debía de tener muchas oportunidades para charlar, porque la lengua todavía no se le había secado.
—Si alguien se hubiese encargado antes del jardín y del mantenimiento de los terrenos, no tendría que estar yo aquí, haciéndolo ahora.
—Claro que sí —bufó el ser—. Porque no has venido al jardín a esconderte del dios nórdico con complejo de inspector de hacienda que se pasea por toda la casa con esa libreta diabólica en la mano, ¿verdad?
Pudo sentir el calor en las mejillas y se alegró de estar ya acalorada, pues evitaba que la delatase el sonrojo.
—Si es que, menudo carrerón llevas, hija.
Te echan por incompetente, te mandan al geriátrico de los villanos a vigilar a otros incompetentes y, aún encima, te ponen una niñera, no vaya a ser que hagas algo drástico como incendiar la casa o inundarla de sapos.
—Dejó escapar un suspiro nostálgico—. Nunca olvidaré la vez en que hiciste tu primera invocación.
Solo tenías que llenar el estanque de sapos venenosos, pero en lugar de eso aparecieron flamencos.
Su sonrojo fue a mayores. Aquel había sido su primer intento de hacer magia negra y no le había salido demasiado bien.
—Al menos eran negros —le recordó, apuntándole con el dedo.
—Con las patas rosa fluorescente —concretó la gárgola con su habitual sarcasmo—. Y brillaban en la oscuridad.
—Era una bruja joven…
—Ahora ya se te ha pasado el arroz y sigues siendo igual de mala… y no en el buen sentido, ya sabes —replicó, moviéndose con ese rechinar propio de la piedra—. Mis rodillas. Esta artritis me está matando…
Se abstuvo de hacer comentario alguno al respecto, esa gárgola tenía una habilidad única para insultarla y no estaba dispuesta a escucharle decir otra vez lo poco que se parecía a los demás miembros de su familia.
—¡Devuélveme los calzoncillos, espíritu inmundo!
La voz nasal y penetrante resonó como un eco por el jardín.
—Ah, ya ha empezado otra vez —suspiró Gerald, cambiando de nuevo de posición.
—¡Eso era seda egipcia!
Otra voz distinta se unió a la primera y esta vez reconoció el timbre.
—¿Qué demonios…?
—El sótano —señaló la gárgola—. Alguien ha debido embrujar de nuevo la lavandería.
Sus ojos cayeron de inmediato en los huecos de ventilación que había a la altura de los cimientos de la casa e hizo una mueca instantánea.
—Ay, no —gimió, se sacó los guantes de jardinería, la pamela con la que se había estado protegiendo del sol y voló hacia la casa.
Entró solo para detenerse en seco al ver a Basilio enroscado en torno al perchero que alguien había instalado en el vestíbulo mientras daba cuenta de lo que parecían ser… ¿Calcetines?
—Basi, ¿qué estás…?
—¡Te dije que no lavases prendas malditas si no era después de medianoche! ¡Les sienta fatal la luz!
Los gritos venían desde el final del pasillo. Echó un último vistazo al basilisco, optó por ignorarlo y corrió hacia las voces. La puerta del sótano estaba abierta y un conocido olor a azufre emanaba de su interior junto con un particular humo verde que estaba empezando a reptar a ras del suelo.
—¡Joder! ¡La secadora tiene dientes y está masticando las camisas!
Segis cerró los ojos un instante. No quería atravesar esa puerta y mucho menos bajar las escaleras, pero con semejante panorama no podía arriesgarse a que aquello escalase. O aún peor, que el señor Vinter añadiese otra falta más a esa maldita libreta.
Respiró hondo y empezó a bajar las escaleras. Sus pies desaparecieron dentro de aquel humo verde que le llegaba a los tobillos, unas burbujas de jabón del mismo tono verdoso aparecieron también flotando en el aire y, cada vez que una explotaba, pegaba un pequeño chillido.
Por Dios. Eso se parecía demasiado a una maldición que había salido mal. Nadie mejor que ella para reconocer el patrón.
El sótano estaba tal y como lo recordaba, con ese aspecto de bodega de vino antigua, aunque había una zona que habían modernizado para dar cabida a varias lavadoras industriales y secadoras.
Era allí donde estaban reunidos varios huéspedes y de donde procedía el humo y las burbujas.
El olor de la magia negra del más bajo nivel perfumaba el ambiente, despejando cualquier duda de lo sucedido.
Abanicó el aire frente a ella con la mano, haciendo explotar algunas burbujas que emitían nuevos chillidos.
Las lámparas del techo se movían ligeramente, la luz de las bombillas titilaba y una de las secadoras tenía tal dentadura que asustaba solo con verla.
Y ya no digamos al verla escupir pedacitos de tela.
—Mi camisa…
Pero aquello no era más que una parte del desastre, porque también había ropa volando.
Segis abrió los ojos desmesuradamente cuando una sábana se lanzó directa hacia ella como un fantasma furioso, envolviéndola con tan mala leche que a punto estuvo de estrangularla. Consiguió quitársela de encima, solo para que la traicionera hiciese otro pase que esta vez esquivó agachándose.
—¡La madre que me parió! —jadeó, permaneciendo por debajo de la línea de vuelo—. ¿Quiere decirme alguien qué coño ha pasado aquí?
Los histéricos ladridos de Trevor dirigieron su atención hacia el otro lado de la habitación, donde Trevor corría en círculos ladrándole a unos pantalones embrujados, mientras Catherine, su dueña, intentaba atrapar un sujetador que parecía haber desarrollado conciencia propia.
—¡No vas a encontrar otras tetas mejor que las mías! —gritaba la invocadora—. ¡Y me costaste un riñón! ¡No te vas a largar!
El inconfundible sonido metálico de la armadura del señor Valessi trajo consigo al hombre, que parecía estar batiéndose en duelo singular con una camisa hawaiana. Y lo peor de todo es que la camisa parecía llevar las de ganar.
—¡Muere, maldita bestia! —gritaba el hombre, dejando escapar esa risa malvada tan perfecta, aunque algo achacosa por la edad—. ¡No podrás conmigo! ¡Soy invencible! ¡En mis años mozos me enfrenté a dragones, a brujos e incluso a una suegra!
—¡Esa es mi camisa de verano! —gritaba Arnold horrorizado—. ¡No la asesines!