Pensión Blackwood para villanos retirados CAPÍTULO 2 Prohibido sacrificar huéspedes en zonas comunes #3
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CAPÍTULO 2 Prohibido sacrificar huéspedes en zonas comunes #3

Levantó las manos en alto, como si la señalasen con un arma.

—Eso no ha sido cosa mía —declaró al momento.

—Oiga, no ofenda, guaperas, que la que ha capturado al mozo y ha hecho todo el trabajo duro soy yo —replicó la señora Wren toda malhumorada—. Esa no sabría ni dónde clavarle el cuchillo.

—¿Ah? ¿Al final sí van a clavármelo? —intervino el repartidor.

—No, nadie va a clavarle un cuchillo —le aseguró ella—. ¿Verdad que no, señora Wren?

—Eso está por verse —resopló la anciana.

—Nada de sacrificios en el comedor —insistió la ayudante de cocina, llevándose las manos a las caderas.

Por Dios, esto se le estaba escapando de las manos y su supuesto supervisor se estaba limitando a mirar todo con ojo crítico, incluida a ella.

—Me previnieron sobre usted, aunque he de reconocer que pensé que exageraban… —mencionó él, llevándose la mano al bolsillo del pantalón para sacar una pequeña libreta y el bolígrafo.

¿No era la misma libretita que había sacado anoche?

Presionó el émbolo del bolígrafo, se mojó la yema del dedo y empezó a pasar páginas hasta encontrar la que quería.

—Incidente número cuatro —anunció en voz alta.

—¿Número cuatro? —Segis empezó a palidecer—. ¿Cuáles han sido los tres anteriores?

—Intento de sacrificio ritual en zona común, sin autorización previa, licencia y en horario de desayuno —recitó, ignorándola a medida que escribía—, por una sacerdotisa vudú.

—¡Las normas no prohíben explícitamente los sacrificios matutinos, joven! —protestó la señora Wren.

El enviado de la Organización levantó lentamente la vista.

—Ahora sí.

El rostro de la anciana empezó a ponerse completamente rojo. Estaba ofendidísima.

—La burocracia está destruyendo este país —declaró, levantando un huesudo dedo en el aire—. En mis tiempos estas cosas no ocurrían…

Segis decidió aprovechar que ambos parecían dispuestos a entrar en combate para correr hacia el círculo. Desdibujó la línea con el pie, rompiendo cualquier tipo de poder que pudiese habérsele imbuido y desató rápidamente al pobre repartidor.

—Hostia, mami. ¿Cuándo has adelgazado tanto? —El tipo la miró con ojos vidriosos, completamente drogado.

—Me temo que no soy tu «mami» —murmuró, volviéndose hacia los demás—. Vamos a calmarnos todos un poco, ¿de acuerdo?

Ayudó al hombre a ponerse en pie, solo para soltarlo de golpe, haciendo que el pobre se diese de morros con el suelo cuando vio la planta carnívora de Catherine pasando por la puerta sobre un patinete. Si eso no era ya lo bastante raro, el que llevase una salchicha en la boca lo superaba.

Nadie hizo una sola pregunta al respecto, ni tampoco se sorprendió, así que se apresuró a recoger de nuevo al hombre y señaló a la ayudante de cocina el incensario—. Deshazte de eso y que alguien abra las ventanas para ventilar.

—¿Abrir las ventanas? —La chica dejó escapar un resoplido de risa—. Eso sí que tiene gracia.

Con todo, recogió el objeto y se lo llevó mientras murmuraba: «um, qué bien huele».

—¿Se encuentra usted bien? —volvió a centrarse en el repartidor, que ahora tiraba del pantalón de su pijama.

—Joder. Estoy viendo gatitos.

—Sí, muy bien. Gracias a Dios no se ha quedado ciego.

—No eran sus ojos los que me interesaban —chasqueó la señora Wren—. Los corazones son mucho mejores.

Hizo una mueca mientras se esforzaba por que el hombre se pusiese en pie.

—¿Alguien puede echarme una mano, por favor? —gimió. El tipo pesaba demasiado para ella sola.

—Antes la gente apreciaba los sacrificios —gruñó la anciana—. Había respeto. Elegancia. Ceremonia…

—Joder, ¿ha vuelto a secuestrar a otro repartidor, señora Wren? —preguntó Catherine, quien cruzó la puerta para venir a desayunar—. ¿Cuántos van ya este mes?

—Tres. Pero este era el mejor de todos, si me dejasen tan solo arrancarle el corazón…

—No —respondieron tanto Ivar como ella al mismo tiempo, lo cual fue toda una novedad.

—Señorita Catherine, su planta acaba de pasar por aquí —le informó el supervisor—. Espero que haya encontrado ya su licencia y los papeles estén en regla.

Y dijo aquello mirándola a ella. ¡A ella!

—¿Por qué me mira a mí? ¡La planta es suya!

—Este hostal no cuenta con licencia para ese tipo de mascotas, señorita Blackwood —le informó sin despeinarse—. Su presencia es una clara violación de las normas.

Segis volvió a dejar caer al tipo.

—¡Venga ya! ¡Si yo he llegado aquí ayer!

—Excusas. —Cerró la libreta de golpe y señaló a uno que entraba en esos momentos por la puerta—. Recojan al humano y devuélvanlo a su furgoneta. Con el colocón que lleva, no se enterará de nada. —La miró, de nuevo de arriba abajo—. Eso la librará de otra sanción.

Abrió la boca para decir algo, pero no sabía qué narices responder ante tamaña estupidez. Por suerte, el ama de llaves apareció entonces llevando una bandeja de tostadas.

—¿Ya hemos terminado con el sacrificio? —preguntó mirando hacia aquel despliegue ritualista—.

Bien. El desayuno está listo, así que recojan todo esto y vuelvan a poner las mesas en su sitio.

Segis, querida. Si ya has terminado de mirar al señor Vinter como una pazguata, haz el favor de subir arriba y vestirte.

Normas de la casa, querida. Nadie desayuna en pijama.

Bajó la mirada sobre sí misma e hizo una mueca. Prácticamente se había olvidado de lo que llevaba puesto. Se volvió de nuevo hacia el tipo y vio que volvía a sacar la libreta.

—¿Qué se le ha olvidado anotar ahora?

La señaló con el bolígrafo.

—Anotaré las normas sobre etiqueta en el desayuno —le dijo y, tal y como había llegado, dio media vuelta y se fue sin dejar de escribir.